DE NOMBRES Y APELLIDOS

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 DE NOMBRES Y APELLIDOS

 Ciertas nefastas e inoportunas combinaciones entre los nombres y los apellidos, pueden hacer infeliz y desgraciada la existencia de quienes, inopinadamente, las sufren. Si no desgraciada, que si! Por lo menos muy molesta.

 Viene esto porque el otro día -y viendo las noticias de RTVE: La 1- no daba crédito a lo que estaba viendo. La periodista de calle, narraba en directo una noticia -no recuerdo cual- y debajo, a titulo informativo, en un rótulo, el nombre de la periodista. Y el apellido: Bárbara Majá. Lo que yo te diga: Bárbara Majá.

 Vamos a ver…En que coño pensaban esos padres inhumanos para -apellidado el pater familias Majá- va y se les ocurre ponerle a su hija Bárbara. ¿Somos tontos o que? ¿Era hija no deseada? ¿Era fea de cojones? ¿Era morenita y grande tirando a marrón? ¿Olía a cañerías y cagajón?

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Me recuerda a un tweet que leí el otro día que me hizo mucha gracia:

 -¿Y qué, como le habéis puesto al niño?

-El engendro.

-¡Será Alejandro!

-¡¡Tu no lo has visto!!

 Pues eso, que hay que tener muy mala leche y muy poca consideración, para que tu hija, pase una niñez (sobretodo una adolescencia) y el resto de su vida, soportando hasta el limite de la depresión, chistes inoportunos de los graciosos de turno. Reconozco que yo no podría evitarlo, resultarían inevitables: ¿Cómo se llamaría Barbarita en Japón?  Soberana Cagada. En fins.

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Los nombres llamémosle “difíciles de asumir” son malos de llevar. Muy, muy, muy, malos de llevar. ¿A que chica llamada Penélope le gusta que la llamen por el familiar apelativo de Pene?

 No digamos ya cuando surge la combinación con el apellido. Imprevisible. Yo pienso que una pareja, antes de nada, deben de conocer sus apellidos; para una vez combinados, comprobar si resultan apropiados. Si no es así, deben de evitar que esa relación llegue a infeliz término, y por supuesto, desechar la extravagante idea de contraer matrimonio que conduzca al caos filial. A menos que deseen hacer terriblemente desgraciados a los vástagos (y vástagas) que nazcan de esa inoportuna unión.

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Pongamos ejemplos:

 En mis tiempos de colegial, había un alumno en el colegio apellidado Vallina Blanco. Como es natural, era denominado El Avecrem. No nos vamos a ir a los clásicos: Francisco Salido del Pozo, Jesús Coronado de Espina, Ana María Conejo Saborido, María José Condón Serrano o Javier Mier de Cilla, pero deben Uds. de reconocerme que un nombre inapropiado, puede causar mas de una desgracia a quien los detenta. Para toda la vida. Había un señor muy entrado en carnes en Málaga llamado José Gordo Obeso. ¿Predestinación?

 Antonio Cacho Pegote!! declamaba en voz alta el profesor pasando lista. A continuación un murmullo muy bajito, de cincuenta voces al unísono, contestaba ¡Agárramer sipote! Donde -en la frase- solo se podía entender meridiana y someramente la última palabra. El profesor -un cachondo- hacía la oreja gorda, pues esta situación le divertía un montón. Instituto de Martiricos; circa 1975.

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Mi propio apellido -bastante conocido en mi ciudad- ha pasado en estos últimos años, cuando solicito llamada telefónica, ha pasado digo de Souvirón a Subidón. Directamente. Sin ingesta previa de psicotrópico alguno. Así sucede…

 -Buenas tardes Señorita- es tan amable de pasarme con el Sr. Tal y Tal? Demando yo.

– ¿Desparte de quieenn? pregunta la irredenta y preparadísima secretaria de dirección de coqueta empresa familiar.

– De Álvaro Souvirón (su-vi-rón fonéticamente; es francés, como se adivina fácilmente)

-Papááá…dice la inefable secretaria (titulada CCC en curso de ofimática) en voz muy alta: Te llama el Arverto´s Subidón!!! ¿Que le digooo?

 ¡Un horror!

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Después están los equívocos. Había un señor tremendamente antipático que trabajaba en una importantísima constructora a nivel nacional. Delegación de Málaga. Me callo el nombre por prudencia.

Tenía una nota en mi mesa que ponía: “Llamar Sr. Elena de tal y  tal”. Así lo hice; llamé y pregunté por la Señorita Elena. El antipático me espetó un lacónico ¡Señor Elena! ¡¡Es Señorrr Elena!!!. Como quiera que nunca se llegó a nada con el Sr. Elena, cada vez que yo debía de llamarlo -mala leche por mi parte- siempre preguntaba por la Señorita Elena. La de la voz bronca. Keledén. Por borde.

Tambien había una chica de voz tranquila y sensual que trabajaba en un famosísima y distinguida compañía de seguros. Su nombre… Ana Aranda Virulés. De modo y manera que cuando yo me dirigía a ella no sabia si la estaba mencionando o recitando un mantra de yoga: Anaranda Anaranda Virulés. Y me daba la risa incontenible.

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Pues eso…que cuidadito con los nombres. Y los apellidos. Que los carga el diablo, que es un íolagranputa!.

…///…

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Una respuesta

  1. Conocí a Vallina Blanco. Era Asturiano y poco receptivo al sentido del humor malacitano. Soportó un duro bachiller ( de los de siete años)

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