ACERCA DE HILDA Y DE SUSI.

ACERCA DE HILDA Y DE SUSI.

Fue mi adorada Susi Márquez –una enseñante de dibujo y excelente ilustradora– la que me puso sobre la pista de Hilda, una Pin-Up regordeta y rolliza creada por la imaginación del pintor norteamericano Duane Bryers.

Fue ella –Susi Márquez– la que con sus continuadas inserciones en su página de Facebook, la culpable de que yo cayese rendido a los pies de Hilda (antes, yo ya había caído enamorado de las creacione de Susi) la que provocó que me interesase por esa Pin-Up bajita de cuerpo y formas orondas –e investigar en este mundo virtual en el que todo se encuentra– para recopilar  una serie de dibujos (tengo muchos más atesorados en mi disco duro y en mi memoria) de entre los cuales hago una selección que ahora ofrezco en este blog para vuestro gozo y disfrute.

Disfrutad de la carnosa voluptuosidad de Hilda. De sus ojos azules perennemente sorprendidos. De sus mofletes encarnados y de sus pies siempre desnudos y tremendamente apetecibles. Reíros con las situaciones tan cómicas que la vida le regala y con las enternecedoras escenas de su existencia de cartón y color.

No os avergoncéis al sentiros atraídos (y tentados) por esta gordita carnosa y adiposa, porque no es sino un bocado suculento, sabroso y tierno. Eternamente deseable. Carne de calendario es.

Addendum: Si queréis, también, podéis visitar la web de la Márquez. Una página llena de un erotismo enormemente explícito y despojado de cualquier atisbo de timidez y sofoco. Un deleite para la vista.

Estos son los dibujos de Hilda; caed en su red…

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIAISON

  1. liaison (en grammaire):La liaison es la acción de unir dos palabras al pronunciarlas. Se lleva a cabo uniendo la consonante final de una palabra a la vocal inicial de la palabra siguiente, como por ejemplo enLes amis / Mon ami/ Deux enfants/ Ces amis…

Esto nos enseñaba nuestro profesor de francés –el magnífico D. Pedro Cascales– acerca de la figura gramatical francesa llamada “liaison“. Con profusión de ejemplos magníficamente pronunciados. D. Pedro, que también era profesor de literatura, nos animó a los alumnos a decir también ejemplos que se nos viniesen a la cabeza pero en castellano.

Yo, que era asaz zascandil e imaginativo, levanté el brazo. Irreflexivamente. El primero. Era yo lo que se dice, súper rápido en cuanto a las ocurrencias y sin pensar las consecuencias que podrían acarrearme en un “colegio de curas” en circa 1968, levanté el dedo y Don Pedro me indicó que me pusiese en pie y expusiera mi ejemplo.

Cuando iba a soltar la chuscada –insisto en la rapidez de mis reflejos mentales– me senté y dije: Se me ha olvidado!!

Mis compañeros, empezaron a reírse de la situación tan boba que yo acababa de protagonizar. Don Pedro Cascales –más largo e inteligente que la media del profesorado– me miró solícito y con un cierto punto de choteo en la mirada y ordenó silencio a la clase.

Él sabía perfectamente que a mí no se me había olvidado. Para nada. Él sabía que yo había optado por la prudencia y la sensatez.

Cuál era el ejemplo de liaison en castellano que no dije en público pero sí a mis amigos más íntimos al terminar la clase?

“La actuación de esa vedette levantampollas entre el público masculino.”

Hice bien en callarme. Pero D. Pedro se hubiese desternillado, eso sí que lo puedo asegurar.

JOSE MARÍA SOUVIRÓN. DIARIO I

JOSE MARÍA SOUVIRÓN. DIARIO I

“La vida es naturalmente incompleta y todo empeño en hacerla completa es vano. Siempre nos falta algo, lo que deseamos. Si lo tuviésemos, nos sería quitado lo que ya tenemos, y lo incompleto sería de otra manera, contrariamente incompleto”

DIA: Martes 23 de abril de 1957

Luis Rosales, José Coronel Urtecho, José María Souvirón, Eduardo Carranza, Leopoldo Panero, Dámaso Alonso y Luis Felipe Vivanco, años 50. 
Archivo Histórico Nacional. Madrid.

Hace unos días que mi querido hermano desde el corazón Luis Centeno, me hizo entrega de un regalo que me tenía guardado desde hace un par de meses. Se trataba del diario íntimo e inédito de mi tío José María Souvirón Huelin que se ha publicado y presentado dentro de las jornadas dedicadas a éste por el Centro Cultural Generación del 27 de la Diputación de Málaga. Un libro, DIARIO I, que así se llama, felizmente editado  por  Javier La Beira y Daniel Ramos hacia los cuales no tengo sino mi más sincero agradecimiento por los entrañables recuerdos que me han proporcionado con dicha publicación.

José María Souvirón, Diario I. / Bibl. ASR

Sabedor, mi hermano in pectore, de que yo estaba mucho más que interesado en el citado Diario, y conocedor también de las íntimas circunstancias que me impedían asistir a ese acto a cuya mesa fui invitado a intervenir (pasaron los tiempos propicios para ello) tuvo, desde el primer momento, la intención de que ese libro fuese a parar –sin dudarlo de ninguna de las maneras– a mis manos, a mis ojos y a mis más afectuosos y entrañables recuerdos familiares.

Diario I, me llamaba poderosamente la atención. La prensa y los artículos que comentaban la edición de estas memorias, insistían y coincidían en la absoluta sinceridad y franqueza de lo escrito por mi tío José María que nunca fue corto en expresar su opinión personal ni pacato en reprender la mala educación, la audacia del bobo y la falta de cortesía.

Máquina de escribir Hispano Olivetti de José María Souvirón

Pobres de aquellos mentecatos que –sin prever las consecuencias– le tocaban la paciencia y se exponían, por tener un inadecuado comportamiento, al alcance de su palabra estricta y severa pero también razonada e inapelable.  O peor aún, a su hartazgo nada fingido. Terror provocaba entre aquellos inevitables necios y botarates (productores incansables de simplezas y necedades) tan profusos en los círculos de la cultura y la pedantería de aquellos tiempos; y no pocos recelos levantó entre estos, por tener la costumbre de emitir siempre su opinión sincera, veraz y honesta despejada de cualquier tipo de lisonja gratuita.

Cogí el libro con verdadera expectación. Más que nada –seamos sinceros– para ver, en primera instancia,  qué era lo que exponía de mi familia; aunque también, cierto es, para conocer de primera mano cómo fue su vida allende los mares y más arriba de Despeñaperros rodeado de eminentes figuras de la ilustración de aquellos años.

Cuando tío Josemaría empezó a escribir su diario, yo tenía apenas un mes de vida; pero después, lo escolté cada vez que venía a Málaga (su compañía intermitente me duró dieciocho años) con toda devoción y cariño. Con toda mi admiración. Con todo el respeto que se pueda tratar nunca a ningún familiar. Deslumbrado por sus interesantísimas historias y por el afecto paciente que me dispensaba.

Me ha encantado volver con él, gracias a este diario, a La Cañada de los Ingleses a aquellas tertulias y a aquellos recitales de verdiales en el llano de tío Matías. A volver a oír los mismos villancicos que cantábamos en varios idiomas (así lo narra en el libro) junto a la chimenea con mis tíos, mis padres y mis hermanos oliendo (y oyendo) los trompitos de eucaliptos al quemarse y saboreando desde lejos el aroma de los exquisitos bizcochos que tía Lourdes preparaba y que aún no habían llegado a la mesa. He vuelto a ver –otra vez– las flores de las pitas florecidas justo encima del pozo negro. Y me he vuelto a maravillar observando ese mar de color espléndido desde el mirador único que era la casa de Tioma  y que a él –a tío Josemaría– tanta vida y serenidad le  proporcionaba.

Luis Rosales con Azorín, Leopoldo Panero, Eduardo Carranza, J.M. Souvirón y José Coronel (poeta nicaragënse) en febrero 1958.

La admiración que yo sentía –que sentíamos todos– hacia tío Josemaría, se ha acrecentado sobremanera después de leer este libro: Su inteligencia natural para el estudio. Su carácter y voluntad de anteponer la verdadera vocación por la escritura y la enseñanza a lo más provechoso (económicamente) del ejercicio de la abogacía (fue, profesor de futuros insignes abogados malagueños) que le proporcionaron una vida plena y completa. Antepuso, decía, su verdadera vocación de escritor y profesor pudiendo haber elegido ser notario o registrador de la propiedad tal y como se esperaba de tan precoz y prometedor abogado.

Tío Josemaría fue –ahora lo sé definitivamente– un hombre leal a sus principios. Un verdadero intelectual que hizo lo que debía de hacer sin plegarse a los aduladores y cobistas del régimen. Una persona con una fortaleza extraordinaria en su fe en Dios, que no le impidió criticar con dureza al clero y no lisonjear, inmerecidamente, a los poderes fácticos y reaccionarios de su época. A los pelotas, a los lameculos.

Desde muy joven, fue un hombre de salud frágil. Una mala salud propiciada por un corazón quebrado pero colmado por el amor fiel que sintió hacia Dios, por sus hijos, a su familia más cercana, a su mujer (se puede querer desde el olvido, decía) a sus amigos y, sobre muchas de estas cosas, a la poesía. Ponga el lector de estas letras el orden de prioridad que prefiera.

Quiero leer ya la segunda entrega de este diario para seguir emocionándome con sus lágrimas provocadas por la belleza.  Para seguir preguntándome, sin entenderlo demasiado, por ese amor desmedido a Cristo. Para seguir sintiendo el inmenso orgullo que me interviene al saber las amistades que cultivó. Para poder acompañarlo, sin que se dé cuenta, en la soledad elegida de su cuarto del patio de La Cañada. Aquel que, en sus ausencias, fue tantas veces mío y en el que, sin yo saberlo, respiré el aroma de la erudición más exuberante, fértil y próspera que yo –antes de leer este diario– no hubiese podido imaginar en toda su magnitud y transcendencia.

Bienvenido de nuevo a mi vida, tío Josemaría. Me sigues emocionando.

INOCENCIA Y GRACIA

MALAGACUARELA

MALAGACUARELA

Tengo una especial predilección por la técnica artística pictórica denominada “Urban Sketcher”. Muchos la conocerán. Me introdujeron en este ámbito dos queridos amigos  –ambos máximos exponentes en el grupo de Málaga– como son Javier Rico y Luis Ruiz Padrón.

La frescura de dichos dibujos, la inmediatez en la realización y el colorido del resultado, me cautivaron desde el primer de los primeros momentos. Ya saben que dichos trabajos se realizan a pie de calle y sobre unos cuadernos (las muchas veces sin sentarse) y empleando trazos que retratan el paisaje elegido y que se visten de colores a base de aplicar acuarela al dibujo resultante. Todas esas circunstancias: La frescura, la inmediatez, el colorido, y, sobre todo, la franca camaradería que se respira en estos grupos de amigos artistas, hacen –ya lo he dicho repetidamente– que sea un impenitente y fervoroso admirador de esta interesantísima técnica y de sus preciosos y apreciados resultados.

Pues bien; casualmente, llega a mis ojos una serie de dibujos, que con temática malagueña, mi querido y viejo amigo Eduardo Guille ha elaborado recientemente. Él no lo sabe todavía, pero como dispongo de su permiso eterno, abusando, le he mangado su trabajo y lo cuelgo en este blog –que es tanto suyo como mío– para el disfrute de aquellos que tengan el privilegio de dedicar unos minutos a contemplar preciosos rincones de Málaga dibujados por este –y no me canso de repetirlo– querido y viejo amigo.

Disfrutadlos.

 

 

MUJER DE LOS OJOS TRISTES

MUJER DE LOS OJOS TRISTES

“Señora de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, señora de ojos tristes, debiera esperar?”

 (Sad Eyes Lady of the Lowlands / Bob Dylan)

 La veo pasar triste y despacio muy a menudo por las calles de mi barrio. Y siempre, siempre, me rompe el corazón. Me lo quiebra con su sola presencia y con esa parsimonia que le provoca la lentitud al andar. Y no es sólo ese el sentimiento de conmiseración y ternura que me produce. También me embiste otra sensación  de vergüenza hacia mi mismo. Por el comportamiento de otros que, habiéndoles caído en mala suerte como acompañantes en su vida, se la han procurado atroz y desdichada.

Va siempre escoltada por su perenne tristeza. Por una resignación obligada y, seguramente, inmerecida.  Además, a esa indeseada tristeza, le acompañan,  para más escarnio aún, sus  más viles compinches: La pena, el desconsuelo, la aflicción y el quebranto. La desesperanza y el abatimiento.

Su forma de vestir, con prendas dos grados por encima del harapo, y su pelo despeinado y descuidado, se complementan –va de serie con su agonía–  con un carrito de la compra tan desfallecido y vacío como ella misma. Demacrado tanto a la ida como a la vuelta de ese colmado de los antiguos que ella habitúa –y tan alejado de su domicilio– porque todavía hay personas que se apiadan de gente como ella y le anticipan –porque aún hay valientes– el condumio diario. “Hoy, si se fía, querida. Mañana, no te preocupes, también.”

Triste y desesperante tiene que ser la obligación del desplazarse tan lejos porque su economía y su peculio no le permiten las luces y el brillo de estos comercios modernos y plasticosos con tanta megafonía como oídos sordos. Con tanto frío en sus pasillos de alimentos refrigerados, como en su corazón cruel y monetario. Con tanta inhumanidad oscura cómo claridad artificial  y luminiscente.

Pero hoy, día de gota fría y lluvia intensa y poderosa, la he visto –desde el calor de mi ventana–  pasar de vuelta completamente empapada.  Calada y chorreante. Con el carrito mas enteco que nunca por eso de que la humedad no miente y canta las verdades de la apariencia. Con un aire resignado porque tiene que encarar el día – como todos los días de casi toda su vida– dándole gracias a un Dios sordo e inclemente por haberla librado de alguien  que la maltrataba y que le dejó, de regalo, una mala existencia sin visos de arreglo. Sin luz al final de su indeseado túnel.

Hoy, me he sentido  muy mal. Muy mal. Por no tener los suficientes arrestos de quitarme ese complejo del molestar o del herir su orgullo y bajar, taparla con un paraguas,  y ofrecerme a llevarla a un supermercado para llenarle la nevera. Y de ello, por omisión y negligencia, me arrepiento cada minuto de este día  tan triste y desabrido.

Que te vaya mejor la vida, Oh! Señora de ojos tristes de las Tierra Bajas. Mujer de día lluvioso.

 

UNA NOCHE EN GIBRALFARO  

“Hablad de castellanos y de portugueses, porque españoles somos todos”

Luís de Camões

El Castillo de Gibralfaro de la ciudad de Málaga está encallado, por imposición humana, en un océano de pinos y eucaliptos en la cima del monte del mismo nombre. Su bosque, salpicado de algún almez furtivo y algún que otro algarrobo solapado entre el verde, proporciona un perfume especial a toda la ciudad, que se le ofrece a sus pies y se deja dominar, complacida, por ese servicio de vigilancia y guardia permanente que –desde hace setecientos años– le viene prestando.

El Castillo de Gibralfaro, unido legalmente a su parienta La Alcazaba –un par de siglos mayor que él y a un mucho más mayor Teatro Romano– conforman uno de los conjuntos monumentales artísticos más interesantes y bellos de nuestro país. Un  ménage à trois  propiciado y consentido por edificaciones centenarias en el que cada una de ellas, saca partido y complementa  a las otras, en una explosión de belleza y armonía no exenta de la voluptuosidad y concupiscencia que a los tríos bien avenidos se les supone.

Una composición  pétrea que se entrega, con esplendor y generosidad, al nuevo visitante, al reincidente y al autóctono. Sus vistas desde lo alto, brindan el más bello y personal paisaje; y desde abajo, sirve como la más eficaz y perdurable carta de presentación de Málaga en la vista y en la memoria del que la contempla.

En ese idílico enclave, y a eso venía esta presentación que acabáis de leer, en el Patio de Armas de dicho recinto, tuvo lugar días pasados la ya tradicional conmemoración del Día de Portugal, de Camões y de las Comunidades Portuguesas. Con la organización de varios actos propiciados por el Consulado, con ocasión de la VI Semana de Portugal en el Sur de España, tuve ocasión –gracias a la enorme generosidad y amistad que me brinda y une al Cónsul Honorario en Málaga Rafael Pérez Peña– de asistir como invitado a un acto en el que –tal y como es habitual– la elegancia y el buen gusto imperaron en un ambiente tan sereno y distendido como pedagógico e instructivo.

Las amenas alocuciones del Secretario de Estado de Portugal  Eurico Brilhante Días, el Cónsul General en Andalucía Joao Queirós y del mismo Rafael Pérez-Peña, dieron paso a unas delicadas actuaciones musicales con un emocionante espectáculo de Fado y Flamenco interpretado  por el renombrado guitarrista portugués Pedro Jóia acompañado por Diana Vilarinho y José Manuel Neto y con la intervención de dos artistas invitados españoles  (Alejandro Hurtado y Bernardo Miranda) que nos prepararon el cuerpo para el ágape.

Todos los invitados nos desplazamos hasta un lugar privilegiado del Castillo donde se sirvió el festín. Desde esos adarves, la visión nocturna de una Málaga iluminada, puso el broche final a una velada donde, insisto, el buen gusto, la cortesía y la distinción fueron los principales invitados a este acto. Tal y como manda la tradición. Tal y como fija la pertinaz costumbre hospitalaria del país vecino.


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