EL CORREDOR Y LA BAILARINA

(I)

EL CORREDOR EN EL OLIMPO

Para Carlos

 

Hoy me ocupan el ánimo dos circunstancias distintas. Dos sensaciones. Una dicotomía que dicen los tontopollas.

Estas son: una profunda alegría por un lado y la percepción de faltarme algo por el otro. Y las dos circunstancias, las dos percepciones, las dos sensaciones, tienen un nexo común: Mi querido y alejado amigo Carlos Gil Passolas. De viaje por esos Olimpos de Dioses.

La alegría me viene por la  justa concesión -y entrega ayer- del Premio Andalucía de Turismo. Sí que me ha dolido ver en la prensa a sus hijos Christian y Cler recogiéndolo en su nombre. Aunque por otro lado, también respiro con alivio al no tener que haber asistido y oír las palabras de Cathy -su mujer- por medio de vídeo desde Nueva York. Suelo ser cobarde antes las emociones; cosa, que por otro lado, me importa un bledo. Que me la trae al pairo, vamos. No soy persona que se avergüence de sus afectos y sentimientos.

La percepción del faltarme algo, viene dada, por que este año nadie me hablará, con el énfasis y la vehemencia habitual, de su participación -como cada primer Domingo de Noviembre- en la Marathon de la ciudad que tanto amó (y que tanto amo yo): New York City. Tampoco nadie -a la vuelta- me enseñará fotos (¡¡¡ en papel !!!) de la carrera.

No hace mucho, un amigo común, el escritor Pedro Rojano me remitió una narración escrita con el corazón -como no podía ser de otro modo- con Carlos Gil como protagonista corriendo el Marathon. Ese Marathon suyo de cada año. Acordamos los dos que no se publicaría este articulo, que ahora estáis leyendo, hasta que no estuviese encima la fecha de dicha carrera. La fecha es el próximo Domingo.

En estos días, Nueva York hace honor a su fama de ciudad catastrófica (en el cine) y hace realidad una de sus pesadillas en forma de tormenta perfecta; me imagino que George Clooney aún no se ha recuperado de la última. Y Godzilla, el meteorito, los extraterrestres y el tsunami están libres de guardia.

Tan fuerte ha sido este meteoro que se ha inundado Brooklyn Heighths, ha ardido parte de Queens, han cerrado la Grand Central Station y todos los transportes incluido el Metro. El Top of the Rock, El Empire State, no se podían visitar; y lo que es mas peor y elocuente: Los McDonalds de Times Square… También permanecían cerrados!!! Inequívoca y palpable demostración del desastre sufrido.

Por llevarse para adelante, se ha llevado -por primera vez en su historia- hasta  el New York City Halloween Parade: el tradicional desfile de los Zombies que  se celebra por estas fechas.

Han cerrado los túneles que unen los distritos de la ciudad. Por cerrar, hasta el Puente de Brooklyn entre otros, ha estado dispensado de asistencia a clase justificado por el South Street Seaport también inundado. Pier 17.

Pero lo que no han podido ni el ciclón ni el tornado, ni las lluvias, ni los vientos huracanados, ni los devastadores incendios de Queens, ni las inundaciones. Ni tan siquiera la inhóspita soledad de centro del mundo -anegado esta vez de agua en vez de luz de neones- ha sido, cancelar el Marathon de Nueva York. Con el beneplácito de los Dioses del Olimpo. Convencidos estos – estoy seguro- por uno que yo me sé.

Porque yo, desde aquí hago responsable, ante todos, y para que así conste, a Carlos María Gil Passolas.

Porque nadie -aún estando en el Olimpo- tendría tanta vitalidad (sí, he dicho vitalidad y además, en presente) e insistiría tanto en que se celebrase.  Nadie como él, dispondría de tanto poder de convicción y razonamiento para que los Dioses le complazcan y agachen la cabeza. Aplacando a las tormentas, por muy perfectas que sean . Todo con tal de que el humano se callase de una vez.

Así que dándolo por imposible, Eolo y el Titán mamón de turno, tiraron la toalla.

Poseidón, Ares y Fobos y cualquier otro Dios catastrófico, dejaron  de importunar a la ciudad con tal de que el díscolo mortal, les dejase en paz.

Por eso, van permitir que el Marathon de este año, se vuelva a celebrar. Para que este pesao -dicen ciertamente agobiados- nos deje en paz!. De una puta vez.

Yo, con Baco y su primo el griego Dionisos, como es natural, celebraré este nuevo éxito del amigo. Aunque sea sin fotos en papel.

Este es el relato de mi amigo Pedro Rojano dedicado a su otro amigo Carlos. El llamado Gil Passolas. El que todo lo consigue. Esté donde esté. Aunque sea en el Olimpo.

 

Nota de última hora: Los Dioses de la maldad, para hacer honor a su calificativo, han incumplido la palabra dada a Carlos, y multiplicando víctimas y daños, se ha suspendido la Marathón

 ***

(II)

EL CORREDOR Y LA BAILARINA

 

Para mi amigo Carlos Gil

que aún corre maratones

 

Siempre que viajaba a Nueva York le gustaba alojarse en Tribeca: un barrio tranquilo y deliberadamente bohemio que aún conservaba el sabor del Manhattan de los setenta. Nada parecido a los elegantes barrios del Upper West Side, donde la gente pudiente y envejecida vivía apartada de las nuevas tendencias.

A pesar de sus sesenta y cinco años, Carlos no faltaba a su cita con la maratón de Nueva York. «Para correr cuarenta y dos kilómetros –decía­–, solo hay que mentalizarse». En eso influía su enfermizo entusiasmo por hacer cosas.

Llegó con una semana de antelación. Era imprescindible hacerlo con tiempo y entrenar todas las mañanas. El sábado cruzó por Hudson St. para llegar a la parada de metro de Franklin. Con las primeras zancadas se alegró de usar las cómodas New Balance, las mismas con las que había corrido la última edición. El año pasado completó la carrera en cinco horas diecisiete minutos, una marca muy lejos de las tres horas treinta y cuatro que alcanzó en el 99, pero entonces eran otros tiempos, con menos años y más interés por la conquista.

Al salir del Subway en la 42st, comenzó a ascender por la séptima. Respiraba a ritmo, uno dos uno dos, inspirar espirar, repasando en su mente el programa del día: comprar vitaminas en la herboristería del 156 de Buxter; buscar el objetivo 55/180 en el B&H junto a Penn Station; llamar a Cathy; recoger la ropa de la lavandería; escribir un correo con instrucciones para la oficina. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Mientras su cabeza se organizaba, se abría paso a través de la apagada imagen de Times Square, inusual a esa hora de la mañana: con intenso tráfico pero sin bandadas de turistas. El ejército de luces, pantallas y anuncios gigantes sobre los edificios aún no destacaba, como una actriz sin maquillaje.

Al pasar junto al edificio del Hotel Plaza, uno dos uno dos, inspirar espirar, giró a la derecha para recorrer la 59st frente a las relucientes calesas que se alinean a orillas de Central Park. En la esquina se detuvo junto al semáforo que acababa de cambiar a “DON’T WALK”. Mantuvo el trote para no enfriarse. Una chica se detuvo a su lado, vestía un plumón que le cubría hasta la cintura, las piernas enfundadas en una malla negra de bailarina y unos calentadores de rayas naranjas y verdes que le abrigaban las pantorrillas. Tenía el pelo recogido con una cola, y el rostro maquillado como si fuese a salir al escenario. Mientras aguardaba en el semáforo, aprovechó para estirar el cuello a izquierda y derecha, se puso de puntillas, apuntó los brazos al cielo un instante y los desplegó hacia los lados con las muñecas flexionadas como alas de águila. Los agitó suavemente en el aire con los ojos cerrados y en perfecto equilibrio.

Carlos pensó que aquella bailarina era una señal inequívoca de buen augurio.

En Columbus Circle ya lucían las pantallas donde el domingo los corredores podrían contemplarse agigantados por unos segundos. Carlos atravesó la plaza y enfiló uno de los senderos. Los pitidos de los taxis se fueron disolviendo en el aire, y al cabo de unos minutos pudo escuchar la fanfarria de una banda cuyos músicos ensayaban sobre la hierba. Carlos sonrió. Con aquel sonido, tan familiar para los corredores de la maratón, percibió los primeros nervios. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Imaginó que se encontraba en la línea de salida, un punto incierto del puente de Verrazano, rodeado de corredores, con la imagen empequeñecida e inalcanzable de Manhattan más allá del mar. ¡Cuánto le fascinaba esa silueta, marcada sobre el gris brumoso del amanecer, desafiándole un año más a alcanzarla!

Uno dos uno dos. Al pasar por Stramberry fields sintió una débil punzada en la pierna. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Otras veces le había venido un dolor a la altura de las ingles, un dolor muy intenso, como un pellizco, pero no hacía caso. El sabía que era su propio cuerpo que trataba de desanimarle. Al cabo de cierta distancia volvió a notar el pinchazo, esta vez un poco más doloroso, aunque ahora en la otra pierna. Uno dos uno dos, inspirar espirar. Hizo ademán de pararse, pero no lo hizo. Por nada del mundo iba a dejar de correr.

De pronto, uno dos uno…, su cuerpo se detuvo en seco.

Fue un frenazo repentino y tan brusco que ni siquiera produjo inercia, como si se hubiesen fundido los plomos de un tiovivo. Si no fuera por la puntera de su pie izquierdo anclada en la tierra, Carlos se hubiese quedado en el aire. El brazo derecho estirado hacia adelante, paralelo a la pierna izquierda que a juzgar por la tensión del gemelo, parecía tirar de todo el cuerpo. La cara de Carlos también había quedado detenida en ese instante en un gesto de esfuerzo, los ojos ligeramente desencajados y la boca componiendo una violenta forma de u.

Al principio no fue del todo consciente, durante unas décimas de segundo pensó que continuaba corriendo, que tan solo se trataba de su imaginación, pero fueron sus brazos y sus piernas detenidos en ese escaso metro cuadrado los que le revelaron que aquello no era normal. Cuando asumió su absurda postura, quiso cerrar los ojos para concentrarse en lo que le había ocurrido, pero no pudo hacerlo porque también habían quedado estáticos. «Está bien Carlos, no desesperes, es solo un tirón» trató de convencerse, sin embargo por más que lo intentó, los músculos de brazos y pies no respondieron.

Carlos no lograba liberarse. Hizo incontables esfuerzos por moverse tirando de su brazo izquierdo que debía de actuar de palanca para el resto del cuerpo, o de sus abductores para lograr la flexión de los muslos. Quiso gritar, quiso golpear el aire con los brazos, doblar la cabeza en cualquier dirección, pero todo fue en vano. «La perfecta estatua humana», ironizó, «solo falta que alguien pase y eche una moneda.» ¿Qué había pasado?, todo iba normal, no era la primera vez que corría, «¡Por Dios!», se lamentó en silencio, y comenzó de nuevo a tirar con violencia de las neuronas, que en ese momento eran las únicas que respondían.

Un grupo de corredores pasó junto a él sin reparar en su extravagante postura. Carlos trató de llamar su atención, pero su cuerpo le negó cualquier gesto de auxilio, el más mínimo sonido. Al sobrepasarlo, el joven que cerraba el grupo le miró con un aire extrañado, como aquellos que ven practicar taichí por primera vez. Luego volvió la vista e hizo un balanceo con la cabeza que a Carlos le pareció una burla. Cuando les vio alejarse, cayó en un profundo desaliento. Comenzó a plantearse la remota posibilidad de no recuperar su estado normal, pero no quiso rendirse, no era su estilo. Se propuso continuar tirando de aquel cuerpo que no parecía ser el suyo. Fueron muchos minutos de violenta desesperación los que le acompañaron, hasta que el cansancio le obligó a dejarlo. Se dejó llevar por una especie de sueño, aunque con los ojos abiertos. Tanta adrenalina le sumió en una flaccidez mental que relajó su musculatura.

El frío le rescató del abotargamiento. La posición estática no propiciaba una buena circulación y comenzaba a sentir un leve hormigueo. El sol caía vertical sobre su figura. Habrían transcurrido tres horas desde que salió del hotel. Recuperó cierto ánimo y decidió buscar alternativas. Tuvo que ser algo que comió, o quizás algo que hizo, un mal gesto, una incorrecta posición al andar. Se esforzó por recordar todo lo que había hecho el día anterior. Había estado trabajando en el centro de negocios del hotel, concertando las citas para la próxima promoción de Febrero. Había tenido tiempo incluso de acercarse en metro hasta el W hotel de Union Square donde se celebraría el workshop para los participantes. Todo había ido bien, sin complicaciones. Recordó incluso la impresión que le causó al gerente del hotel, cuando éste le invitó a visitar el salón y tuvieron que subir por la escalera hasta la segunda planta porque un grupo de japoneses recién llegados estaban acaparando los ascensores. Subieron los escalones de dos en dos. El gerente era un chaval que no tendría más de cuarenta años y aún así llegó jadeando. Bromeó con Carlos porque no podía creer que con sesenta y cinco años tuviese esa agilidad. Carlos sintió una íntima satisfacción, pero no hizo nada por demostrarlo, únicamente, cuando estaba a punto de marcharse y tras cerrar el acuerdo con un apretón de manos, no pudo resistir la tentación de decirle que dentro de dos días participaría en la maratón. El joven directivo le miró sorprendido, con una sonrisa que escondía una leve sensación de culpa.

Un cosquilleo en el pie derecho interrumpió su repaso. No podía verlo, pero por el jadeo y el impaciente movimiento alrededor de su pie, intuyó que se trataba de un perro. Pensó que al menos un animal había percibido su petición silenciosa de auxilio. El perro comenzó a ladrar. Carlos dedujo que se trataba de un chihuahua, o un caniche, algo por el estilo. Notó entonces un hilillo que le humedecía el calcetín, caliente al principio pero a medida que se adentraba en su zapatilla se hacía más y más frío. Luego escuchó corretear al animal hacia el prado que se abría a su espalda con sus ridículos ladridos apagándose en la lejanía. Tras él no escuchó a nadie. Intentó descalzarse, pero una vez más, fue consciente enrabietado de su nuevo estatus de impotencia. Trató de gritar de nuevo, de lanzar improperios al perro y al dueño del perro, insultar a cualquiera que pasase por su lado. Pero era imposible, Carlos sintió el deseo de golpearse, acabar de una vez con la pesadilla, reventar su estatua de sal sobre el pavimento. «¿Por qué yo?» , se preguntó varias veces seguidas, «hay miles de corredores». Y no pudo evitar lamentarse por el truncado futuro. El sol ya no calentaba, tenía los músculos entumecidos y los ojos irritados.

De repente sintió un aliento en su cuello, sigiloso como un susurro. Iba y venía intermitentemente. No sabía de quien procedía, pero no dudaba de que alguien le soplaba en la nuca, podía percibir el calor de su cuerpo en la espalda. Trató inconscientemente de volverse, pedir socorro, pero de nuevo su paralizado cuerpo no se inmutó. Se concentró entonces en su cuello, al menos podía sentir el aire. No todo estaba perdido. Minutos más tarde volvió a percibir la soledad del parque. Quizás no había sido una persona, pensó, sino una pista para resolver la situación sin obsesionarse por el movimiento. De esa forma se dejó caer sobre su inmovilidad, liberando toda la tensión de sus músculos. Su mente comenzó a percibir variaciones del paisaje a su alrededor, como el canto de los vencejos cuyas sombras planeaban por la hierba, o el débil griterío de un partido de béisbol. Respiró profundamente para captar el aroma de los tulipanes repartidos junto al sendero, o la humedad del río que calaba los troncos de los olmos. Se concentró con los ojos en un punto lejano, una ventana del Huley Center de la 5ª que, desde allí, se divisaba a partir de la planta 17. «¡Si pudiera sentir el tacto, un leve contacto para comprobar que todo marcha bien por ahí!», pero sus dedos, los que veía desde su posición, estaban atascados. Uno de ellos sobresalía levemente hacia el interior de la mano: el dedo corazón, que en el instante de la parada se había quedado rezagado, y Carlos podía distinguir la falange como un enorme almohadón. Se concentró en él como si fuera una ventana en la lejanía.

Desde hacía rato nadie había pasado por allí, cada vez hacía más frío, aún quedaba luz, pero los rayos habían dejado de calentar. Tenía algunos compromisos antes del almuerzo que no había podido cumplir, le hubiese gustado llamar, excusarse. Le hubiese gustado no pararse estúpidamente en mitad de Central Park. Recordó que Cathy llegaba esa misma tarde a Nueva York. Además de otras muchas cosas, con su mujer compartía el amor por esta ciudad de líneas discontinuas, de blues subterráneos y encuentros fugaces.

La tarde doraba las hojas de los olmos. Podía sentir escalofríos a lo largo de su cuerpo. Pronto anochecería y Central Park quedaría a oscuras. Jamás se hubiese atrevido a adentrarse en la nocturnidad del parque, pero ahora lo valoraba como una opción: exponerse al ataque de algún delincuente y terminar de una vez por todas con aquella situación absurda. Estaba cansado de pensar, cansado de buscar una salida ante lo ocurrido, pero no había sido capaz de hacerlo en las horas que llevaba allí, detenido como una estatua. «¿Cuántas han sido?», se preguntó. Ocho, nueve… no podía saberlo, porque desde su posición era imposible consultar su reloj. Pero podía calcularlo por la luz, aún quedaban 30 minutos para que se ocultara el sol por completo, de modo que serían las 4 y quince. Probablemente Cathy, al no encontrarle, preguntase en el hotel. Se sorprendió de pronto como si hubiese movido las cejas. En el hotel le habían visto salir muy temprano con ropa deportiva, algún recepcionista se preguntaría por qué el huésped de la 905 no había regresado. Aún quedaba una vaga esperanza a la que agarrarse. No todo estaba perdido. Por un momento, en aquella posición de discóbolo, Carlos sintió correr por sus venas un hilo de victoria. Muy débil, pero cualquier movimiento de su cuerpo, por mínimo que fuera, se convertía en júbilo. En esto pensaba cuando volvió a sentir en el cuello el aliento que le había conmovido una hora antes.

Esta vez más suave, más discreto. Se quedó aún más petrificado. En esta ocasión no tuvo la intención inútil de volverse, de pedir ayuda: permaneció atento al dibujo imaginario que el aliento trazaba sobre su nuca, y que aventurándose aún más, comenzó a recorrer su cuello por un lateral. Carlos la tuvo entonces a la vista. Podía percibirla de reojo por su lado derecho, y poco a poco la imagen se fue haciendo más nítida hasta tenerla de frente. Era la bailarina del semáforo. Ahora tenía el pelo suelto, pero pudo reconocerla. Había desaparecido el maquillaje de su cara, y mantenía la mirada inexpresiva, como de muñeca. Ella lo observaba de cerca, los ojos se detuvieron en los suyos, ladeó la cabeza. Con su mano le acarició la mejilla y Carlos percibió aquel tacto como un cálido abrazo. Ella recorrió el contorno de su cuerpo con sus brazos de bailarina, recortando en el aire la figura del hombre en movimiento. Se detuvo un instante en la mano adelantada, donde se concentraba la voluntad imperiosa de Carlos de seguir avanzando, de no detenerse aún. La chica repasó sus dedos con los labios resecos.

Carlos fue testigo de este ritual, preso como estaba en su inmovilidad, sin intención de llamar su atención, de gritarle, de pedir auxilio. Estaba hipnotizado por el movimiento de aquella mujer, le deleitaba contemplar su danza, como le ocurrió por la mañana junto al semáforo. Su boca, inexorablemente abierta, dejó escapar un hilo de baba que recorrió su altura hasta el suelo. Estaba tan cansado que era incapaz de desbaratar el cuadro. Quiso dormirse en los brazos de aquella chica y dejar que la noche le convirtiera al fin en una estatua de piedra, en un símbolo de la anónima lucha diaria, una imagen que honrara Central Park y que convirtiera aquel rincón en lugar de peregrinación para tantos y tantos corredores. Quiso, en ese momento, convertirse en todo eso y acabar.

La chica estaba ahora frente a él. La luz era escasa, pero podía definir su silueta enmarcada sobre el camino. Ella bailaba de puntillas, girando sobre sí misma a la vez que sus brazos iban arriba y abajo dibujando suaves trayectorias. Su cabeza se inclinaba hacia las primeras estrellas, e imperceptiblemente se fue encogiendo hasta formar un círculo. Permaneció así unos segundos, tras ellos se estiró, consultó su reloj y se apresuró a recoger la mochilita del suelo. Antes de irse volvió a mirar a Carlos, se acercó y besó sus labios.

Él sintió el roce desde lejos, cubierto ya por la noche. Los ojos estaban tan irritados que no pudo darse cuenta. Sin embargo, ese beso fugaz le rescató del sueño que comenzaba a envolverle, los escalofríos volvieron a recorrer su inmovilidad y pareció como si una nueva savia circulase por sus arterias emplastadas. Volvió a concentrarse en el dedo corazón de su mano derecha, le pareció por un instante que se movía. Al principio una sola falange, uno dos uno dos, pero era un leve impulso para comenzar a tirar de todo su cuerpo. Quiso hacerlo ordenadamente, sin parar, para no dejar espacio a la angustia. Uno dos uno dos. Había olvidado todo, la carrera, los amigos, Cathy, la bailarina, su mente únicamente concentrada en un solo punto, el más avanzado, el dedo corazón se movía al completo hacia un lado y hacia otro. Todos sus músculos comenzaron a desentumecerse como una corriente viscosa y Carlos, en la oscuridad absoluta, volvió a moverse.

Le dolía el cuerpo como sin acabase de cruzar la meta de la maratón. Comenzó a caminar sin rumbo, y pronto se sintió más ligero. Probó a correr por el camino de tierra ahora que sus pasos le parecían distintos, y disfrutó de manera infantil con el avance del pie derecho y el izquierdo. Uno dos uno dos. Extrañamente el parque parecía no tener fin, pero a Carlos no le importó, quiso seguir corriendo con su recuperada vitalidad. En el horizonte, las luces de los rascacielos parpadearon como inciertas balizas sobre el firmamento. Carlos echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Se imaginó sobre los poderosos brazos del puente de Verrazano al comienzo de una nueva carrera. Cuarenta mil corredores calientan a la espera del pistoletazo de salida; uno dos uno dos inspirar espirar. Carlos pudo visualizar el recorrido resumido en aquella imagen que tanto le fascinaba: la silueta de Manhattan insinuada con trazos de ceniza.


Pedro Rojano. Octubre 2012

Anuncios

ESTE PAÍS DE NUNCA JAMÁS DE LOS JAMASES

ESTE PAIS DE NUNCA

 JAMÁS DE LOS JAMASES

***

Son tiempos terribles estos los que se están  viviendo; tiempos forzosos de lágrimas secas.

Tiempos de ir por la vida cotidiana al borde del llanto sin poderlo expresar. Del sentimiento escondido y el ánimo roto. Ya no se llora con lágrimas líquidas porque se ven. Y porque -tócate los cojones- ahora se considera una vergüenza en este país, el no poder disponer de un trabajo para poder atender las responsabilidades económicas adquiridas; el no poder llevar una casa para adelante. Y además, si protestas, ten cuidadín que te atizan con la porra.

Algunos dirán ante la queja…¡¡¡ Que no hubieran vivido por encima de sus posibilidades los que ahora protestan ¡¡¡ Que no se hubieran comprado, sin poder, un piso de 240.000 Euros!!! ¡¡¡Ni el coche!!!

Pues que no le hubiesen puesto ese precio tan desorbitado y sobrevalorado a las viviendas los especuladores. Me cago en sus mulas tóas!!!! Porque de 90.000 euros, hace unos años, como que no habían demasiadas donde elegir. Y la gente quería vivir adecuadamente en ese paraíso artificial, quimérico e irreal que le estaban vendiendo y que según ellos se podía pagar a cómodos plazos en cuarenta años.

Y además…en aquellos tiempos, sí que  podían. Porque tenían trabajo todavía.

Nos ha tocado, en mala suerte, un tiempo para llorar sin lágrimas que te delaten ante los demás; cuando debieran de ser “los otros, los responsables” los que tendrían que estar escondidos y avergonzados en sus casas, abochornados por haber sido unos embaucadores o por no haber cumplido las promesas que en su día le hicieron a un pueblo que confió en ellos. Políticos de medio pelo que sólo velan por ellos mismos. Ministros con cartera y billetera abultada. Especuladores sin alma.

Ese llanto seco, que produce el sentirte abrumado por el desconsuelo de saber que se te está escurriendo de entre los dedos un estado de bienestar que creías tener merecido y asegurado. Que creías, Oh infeliz tontolculo, que podrían haber heredado – muy mejorado como es natural-  tus hijos. Esos mismos que tienen ahora  en el horizonte, un futuro roto y fuera de cobertura.

Nos han robado los mal nacidos estos, no solo una forma de vida que teníamos ganada   -y pagada- a pulso; nos han robado la esperanza. Estoy rodeado de conocidos que la única salida que tienen muchos de sus familiares, es esa: La salida. La salida de este país rebosante de sinvergüenzas sin escrúpulos, que por un lado predican la austeridad y por el otro no dejan -bajo ningún concepto- que su nómina mensual mengue de ninguna de las maneras. Formas de gobernar los unos, supongo. Formas de ganar dinero los otros, también supongo.

A mí, se me hiela la sangre con la retahíla de casos terriblemente desgraciados que están sucediendo cada día a nuestro alrededor. Lo último, mire usted que ordinariez, que se cuelguen dos vecinos por el cuello ante un desahucio; mientras los Príncipes de Asturias, se gastan en “sus” Premios, millones de Euros en festejos con lavado de imagen incluido. Y esto sólo por poner un ejemplo “real”

Los estados fascistas y totalitarios de antes de las dos grandes guerras, vinieron dados por una situación económica insostenible producida por el interés de unos pocos en detrimento del de otros muchos. ¿No les asusta?

He dicho antes que nos han robado la esperanza. Y eso es  -lo he repetido hasta la saciedad- peligrosísimo. Porque, cuando no hay nada que perder, se lucha contra todo y contra todos. Se juega al sálvese quien pueda y el que venga atrás que arree. Demoledor.

Estamos hartos de estos cuentistas de medio pelo que llevan décadas engañándonos con sartas de promesas que -de antemano- saben que no van a cumplir. Rodeados ellos de chóferes de confianza que ganan más que un doctor en cualquier disciplina universitaria. Mamones de altas jerarquías políticas que solo viven de las prebendas partidistas y que alimentan sus egos y sus faltriqueras, con colecciones de Visas (creo que últimamente van de veinte en veinte) exclusivas para caraduras y caraduros.

Y ya puestos en el tema de la igualdad de género, y por poner un ejemplo soez, una ex miembra de un gobierno que nos arruinó con su buen rollito y mirusté que bien, y ahora vive plácidamente repanchingada en el Greenwich Village o el Soho (da igual) de Nueva York, con casa propia. Casa propia adquirida con los emolumentos que le proporcionan su trabajo y otros retiros, en la oficina de ONU Mujeres. Después de haber concedido -parece ser, presuntamente, supuestamente, hipotéticamente- el gobierno español a dicho departamento una ayuda de 200 millones de euros. O de dólares, que también da igual. Como dirá una amiga de Cádiz: Que casolidá!!!

Hala!!! Pal buen rollito y la Alianza de Sinvergonzones.

Así que, los que aún aguantamos el tipo en este momento de cobros a destiempo; los que aún  -no por mucho tiempo- nos libramos de las filas del paro. Los que estamos asistiendo al derrumbe y al recorte de nuestros derechos adquiridos (ya cotizados y por lo tanto, pagados) con una sensación de impotencia y vulnerabilidad insoportable, pensamos que lo único que nos gustaría, sería el salir de este país de nunca jamás de los jamases y vivir en un mundo de fantasía. Vivir en un cuento de verdad. No del cuento

Un mundo de cuentos donde los problemas consistieran en temas tan arbitrarios como que la bruja te envenene con una manzana, que un ogro te devore a bocados, o  poder -si se acercan los agentes judiciales de la malvada Reina de turno y quitarte tu devaluada casita de dulces y caramelos- permanecer  escondidos en la barriguita del buey. Como Garbancito. O como su puta madre.

He elaborado esta presentación en Power Point con pinturas preciosas de Valentine Rekunenko y de Lynn Lupetty, con la esperanza de poder vivir -aunque solo sea un ratito, apenas siete minutos y medio- de una manera surrealista, en un país imaginario donde no se pueda vivir del cuento sino en el cuento. Y que si a Cenicienta, la recoge antes de media noche una carroza- calabaza… por favor te lo pido!… que no tenga chofer de confianza. Joder ya!!! Que no tenga chofer de confianza.

Si queréis ver esta presentación, podéis hacerlo desde aquí:

https://skydrive.live.com/redir?resid=9B5AD4B7DBD9E872!2389

Dadle a Acciones de Carpeta> Descargar Carpeta.

Que la disfrutéis!!

///…///

CASTLE, EL BRICOLAGE ECOLÓGICO Y EL ONANISMO

CASTLE,

EL BRICOLAGE ECOLÓGICO

Y EL ONANISMO

***

Mi muy querido amigo Castle, ha caído en las crueles manos del Do-it-yourself (DIY) es decir, en el inagotable e infinito, en el provechoso y fructífero, mundo del “Hágaselo Ud. Mismo”: El llamado bricolage casero. Ese que él ejecuta sin parangón, en las tardes frías de invierno en su retiro de Navacerrada, acompañado del aroma humeante de un buen Ristretto o un Fortissio Lungo.

Pero, aclaremos; no cualquier bricolage al uso, No!  No ese trabajo chapucero y de mal andar por casa que estropea la vista con el resultado final. No ese que desoye la pretendida utilidad y el buen gusto que se le supone a la fina pieza ornamental. No a esa pieza de bricolage que está destinada -tras la mueca indisimulada de los más allegados- al futuro húmedo, incierto y oscuro del trastero de la vivienda habitual. Esa reclusión a perpetuidad con la única compañía de la cucaracha de turno, que haberlas haylas, oigan!

Ahora mi querido amigo virtual Castle aporta su enorme granito de arena hacia la consecución de un mundo mas limpio, mas reciclable, y -si se me permite la exageración- más feliz, con una idea innovadora que consiste en la elaboración a partir de preciosas y útiles (a pesar del boquetito de la cápsula) bandejas de madera -adquiridas en los mejores negocios orientales de la capital del Estado- para reutilizando las cápsulas usadas del componente último de su familia: La cafetera Nespresso, darles un toque original y- si cabe- más elegante a estas. “A Touch of Distinction”. ¿What else?

Que no tendrán las susodichas que hasta el can( en la imagen)  parece quedado de piedra?

Obras que una vez analizadas y contempladas con la mirada artística y crítica debida -intuye el avispado observador- debieran de estar expuestas en el MOMA o en la Tate Gallery al lado de un Kandinsky o un Klee. Un Matisse o un Coubert si se me apura.

Como todo tiene su génesis, voy a insertar en este breve soliloquio, un articulo que en su día me proporcionó mi querido amigo Castle acerca de su experiencia con la Cafetera Nespresso y las posteriores compras de capsulas -que fíjate por donde- tan buen, filantrópico y nada desdeñable final tienen.

Ya lo decía un amigo ciertamente comprometido con el arte del onanismo : Do-It-Yourself, que él traducía: Como se da gustito uno mismooo… ¿What else?

Uno escribe -quede claro- esta palabras desde el sentimiento de la más absoluta admiración hacia el artefacto y a su propietario artista, aunque ciertamente acomplejado porque, uno que lo es, es más de la humilde Dolce Gusto. Y quieras que no, niño… no es igual. No es para nada igual. Aunque el nombre, -y si no, que se lo pregunten a mi onanista amigo- pueda incitar al placer solitario.

Si queréis leer el hilarante relato Nespressiano (lo recomiendo encarecidamente) de mi amigo Castle, podéis hacerlo desde aquí:

https://fathergorgonzola.com/2010/12/10/nespresso/

Espero que no le moleste. Y, si es así, que le den por la Stratocastle.

Que lo disfrutéis!! ¿What else?

…///…

FER OLEA. MALAGA EN COLORES

FER OLEA.

MÁLAGA EN COLORES

***

Desde hace algún tiempo, vengo observando -a través de páginas de algunos amigos- unas preciosas fotos de la ciudad de Málaga. Preciosas no sólo por el enfoque. No sólo, por la oportunidad del disparo o por la elección precisa del lugar a inmortalizar. También por su tratamiento posterior.

Estoy hablando de la Málaga intima y particular del magnífico fotógrafo Fer Olea. Una Málaga plena de colores.

Se da el caso de que yo también tenía muchas ganas de elaborar una presentación donde figurara, como protagonista principal, la ciudad. Mi ciudad. Así que, cuando le pedí permiso a Fer Olea para secuestrar sus fotos sin derecho a rescate, y me dio su benevolente visto bueno, supe que había llegado el momento de la elaboración pretendida.

Fer, todo amabilidad, me dio permiso de la elección pormenorizada y subjetiva. Se creyó que con eso me hacia un favor; y en realidad lo que me causaba era un verdadero problema (que suelen causármelo todos mis amigos fotógrafos) al permitirme mi propia selección de entre todo el fantástico trabajo suyo que tenía a mi alcance que no era poco.

Una agradabilísima putada, dicho mal y pronto.

Pero bueno… no hay mal que por bien no venga.  Pues esa libertad de elección me obligó a ver cada una de las imágenes que configuran su colección de fotos, la producción que tiene colgada en Internet. En su Facebook. Así que con esa agradecida tarea a cuestas, recorrí mi ciudad con los ojos, intentando -al final- no morir por una sobredosis de belleza. De una ingesta masiva de color y tonalidades. De agua de mar y de cielo.

Esto, que ahora vais a ver, es solo una muestra de toda una selección de imágenes donde Fer Olea se regodea especialmente en el mar -debe de ser una de sus pasiones- en los atardeceres con sus cielos maquillados de fiesta. Con los verdes de las olas que rompen en sus playas de El Palo; playas que por cierto, también son las mías. Casas y veleros multicolores desde El Candado. Palmerales del Muelle Uno. La Farola y la Catedral. Mucha Catedral.

La Catedral de la Encarnación es otra de las recurrencias del fotógrafo. Debe de saberlo ella, pues posa para la cámara de Fer Olea con su mejor rostro. Con su mejor porte. Sabiéndose guapa a pesar de la discapacidad que sufre.

Ha sido dura la decisión de dejar atrás, en mi selección, los atardeceres desde las montañas en Torrox; las playas de un Torremolinos rutilante. El mismo mar siempre; desde  Nerja; desde Torre del Mar… de donde él quiera.

Pero era esta –ya lo he dicho al principio- una entrada dedicada a Málaga capital. Esa misma Málaga que se contempla desde Gibralfaro ahogada en un paisaje policromo que le procura el crepúsculo de la tarde. La Málaga que desde un Palmeral aún sin sorpresas, rinde culto a la Farola.

Si queréis descargaros y ver esta selección de colores de Fernando Olea, podéis hacerlo desde aquí:

https://skydrive.live.com/redir?resid=9B5AD4B7DBD9E872!2457

Una vez dentro de este enlace=  

  Acciones  de Carpeta > Descargar Carpeta

Disfrutadla!!

…///…

Los Tres Ramírez… Y la Madre que los Parió!

LOS TRES RAMÍREZ Y…

LA MADRE QUE LOS PARIÓ.

***

Tengo el manifiesto placer de compartir, desde los primeros tiempos,  amistad y momentos cercanos con mis buenos amigos los hermanos Ramírez Maestre: Perico y Pepillo. Dos músicos excelentes. Dos virtuosos cada uno en su disciplina.

Detentan cada uno de ellos, un bagaje erudito y profesional en esto de la música y los escenarios, muy digno de mención. Muy difícil de emular.

Músicos que son con un curriculum académico, impecable y envidiable; plagado de notas sobresalientes, y menciones honoríficas. Premios de Honor en música de cámara y máximas calificaciones en sus respectivas carreras profesionales.

Lo mejor de todo es que pudiendo haberse dedicado en exclusiva -por aptitud y talento- al estirado mundo de lo clásico y lo lírico, siguen deleitándonos desde esa atalaya de humanidad, creatividad y calidad musical que es la banda que ellos mismos crearon: El mítico grupo Tabletom que Jimi Hendrix y Frank Zappa guarden para siempre en la actividad mas fecunda. Y que nosotros los veamos y disfrutemos.

Pero, que quieres que te diga: No acaba ahí la cosa. Pesaítos que son.

No sólo son unos excelsos intérpretes clásicos que les procura eso de ser ambos profesores en  Conservatorios de Música. No sólo son magistrales y avanzados músicos de rock y blues que también les procuran el ser los líderes y compositores de la banda más representativa y más querida de Málaga. No sólo son  – y me pongo muy pesado, ya lo sé- los Alma Mater de los  Ramírez Brothers donde dan rienda suelta a su capacidad compositora y ejecutora de fantásticas piezas jazzísticas. No! No sólo eso.

También dedican parte de su tiempo a la interpretación clásica junto a su hermana Carmen. Carmen Ramírez Maestre: Mezzosoprano que es, e imponente interprete de música lírica y barroca. Trío Ramírez se llaman.

Los tres hermanos, pueden estar contentos; deben sin duda haber heredado de su madre pianista ese oído prodigioso que tienen. Doña Concha; la madre que los parió.

Así que os comunico que tenemos todos una cita en el Teatro Echegaray de Málaga Capital el día 1 de Noviembre que viene. A las 19:00. Para poder asistir a un recital de este Trío Ramírez.

PRECIO: 12 euros. Compra de entradas: En el teatro Echegaray, en el Cervantes y en www.unientradas.es

 

El Trío Ramírez presentará también temas de su repertorio particular, con composiciones como ‘Marina’ y ‘Mi niña vuela’, así como la interpretación original y creativa de los clásicos.

 

Os pongo un video proporcionado por mi querido amigo el ilustrado Carlos López Linares donde interpretan Mi Niña vuela. Con letra de Juan Miguel González y música de Perico y Pepillo Ramírez. Para que os hagáis una idea de los que os espera. Una maravilla.

 

 

 

 

Disfrutadlos. Allí nos vemos!

…///…

La Caída de los Gigantes y El Invierno del Mundo: Personajes

 

La Caída de los Gigantes y

El Invierno del mundo:

Personajes.

***

 “Dedicado a mis amigas Luz y Laura”

Tengo, como lector, mi propia historia con Ken Follet. Una historia que viene desde tiempos muy lejanos.

Mi primer encuentro fue con un libro titulado La Isla de las Tormentas. Una magnifica obra de suspense, un thriller de espionaje, que despues fue llevada al cine –magistralmente interpretada por Donald Sutherland- con el titulo cinematografico de El Ojo de la Aguja. Una fantástica pelicula. Una fantástica historia.

Poco después, volví a encontrarme con el autor en La Clave está en Rebeca, otro gran thriller de espias y códigos secretos. Tambien apasionante.

Pero mi primer shock literario fue sin duda con Los Pilares de la Tierra. Más tarde, con su continuacion: Un Mundo sin Fin. Unas historias de constructores de catedrales absolutamente cautivadoras.

Ahí me tome una vacaciones literarias de Ken Follet.

Años despues, volvi a caer en sus garras y quedé  fascinado con la primera entrega de su trilogía “The Century” la llamada La Caida de los Gigantes. Cuando termine de leer esta primera, me quedé con el anhelo (tenía que esperar dos años!!!) de seguir la saga con la que ahora, por fin, está en mis manos: El Invierno del mundo. Temblando estoy, pues llevo más de la mitad y ya me duele saber que tendré que esperar otros dos años más para volver a encontrarme con las familias protagonistas de esta fantastica trilogia. Esta vez situada la acción en los años de la guerra fría.

Pero pasa una cosa  -ya me pasó en el tamdem Pilares de la Tierra /Mundo sin Fin- que al tener como protagonistas a los mismos grupos familiares pero distintas épocas, te puede intervenir cierta duda o lío con tanto nombre similar.

Si en Pilares /Mundo creo recordar –no me hagáis mucho caso-   hay un intervalo de doscientos años, en el binomio Gigantes/ Invierno, trancurren los años que van entre las dos grandes guerras; asi que los protagonistas de la ultima entregas son hijos directamente de las cinco familias protagonistas primeras.

Un pequeño lio teniendo en cuenta que entre la lectura de las  dos publicaciones han pasado dos años y -en momentos- no es fácil recordar.

Asi que para paliar un poco este problema , he creado un documento pdf, donde (por volumen) vienen especificados todos los personajes.

Los que dispongan de libros electronicos, pueden descargarse este archivo tal y como yo he hecho, en su eReader; para así poder consultar cualquier duda en el documento citado. Muy cómodo.

Los que no dispongan del citado artilugio, les queda el consuelo de imprimirlo.

Este es:

Listado de Personajes de La Caida de los Gigantes y El Invierno del Mundo

Que los disfrutéis tanto como yo lo estoy haciendo.

…///…

JUANJO CASTILLO. PINTURAS

JUANJO CASTILLO

PINTURAS

***

De cuando en cuando, los amigos -a través de las redes sociales- me hacen conocer a artistas que, si no fuese por ellos, nunca habría podido acercarme a su obra. Ni por asomo.

Gracias a mi querida amiga la actriz y bailarina Anita Iglesias Cumpián, he tenido la oportunidad de deleitarme con las obras de un pintor malagueño (de Antequera) exiliado en Mallorca llamado Juanjo Castillo.

Si algún artista me conmociona con un solo dibujo, no paro hasta hacerme con un buen numero de sus obras y guardarlas en mi ordenador con la idea de usar alguna imagen suya como complemento visual de mis artículos o entradas en este blog.

Si un dibujo o una pintura me gusta, vale; pero si casi la totalidad de la obra de un artista llega a fascinarme, me entra un repelús irremediable y tengo que ponerme a investigar hasta elaborar una entrada para apaciguar la angustia que me produce el no haber estado lo suficientemente atento a la trayectoria del artista en cuestión. A loro que le llaman.

Cuando me puse a recopilar la obra de Juanjo Castillo, con la idea ya definida de elaborar un power point con sus trabajos, me quedé absorto con la temática tan absolutamente carnal de algunos de ellos. Tan realistas y precisos otros.

Lenguas emborrizadas de lujuria; Pies besados por bocas entreabiertas. Labios  anhelantes y lisérgicos  abandonados al pop mas brillante y multicolor. Desnudos acuáticos. Un mundo de sensualidad y lascivia manifiestamente explícito y nada pragmático.

Colas de personas esperando no se sabe bien qué.…Colas de gente conformando un plano general en el que cada una de esas personas, tienen atribuido un  papel protagonista en el todo. Con un realismo y una precisión en el trazo, que deriva en un conjunto resultante de una perfección atroz.

Gente y más gente esperando no se sabe bien qué otra vez… Con esa presencia que su estaticidad les procura. Declarando públicamente pensamientos propios. Indicando actitudes.

Maestría propia la de Juanjo Castillo. Un fantástico descubrimiento. Un enorme hallazgo.

Si queréis contemplar una selección de su obra, podéis descargaros esta presentación desde aquí: (Opciones de Carpeta y Descargar)

https://skydrive.live.com/redir?resid=9B5AD4B7DBD9E872!2455

Que la disfrutéis.

…///…

A %d blogueros les gusta esto: