MUJER DE LOS OJOS TRISTES

MUJER DE LOS OJOS TRISTES

“Señora de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, señora de ojos tristes, debiera esperar?”

 (Sad Eyes Lady of the Lowlands / Bob Dylan)

 La veo pasar triste y despacio muy a menudo por las calles de mi barrio. Y siempre, siempre, me rompe el corazón. Me lo quiebra con su sola presencia y con esa parsimonia que le provoca la lentitud al andar. Y no es sólo ese el sentimiento de conmiseración y ternura que me produce. También me embiste otra sensación  de vergüenza hacia mi mismo. Por el comportamiento de otros que, habiéndoles caído en mala suerte como acompañantes en su vida, se la han procurado atroz y desdichada.

Va siempre escoltada por su perenne tristeza. Por una resignación obligada y, seguramente, inmerecida.  Además, a esa indeseada tristeza, le acompañan,  para más escarnio aún, sus  más viles compinches: La pena, el desconsuelo, la aflicción y el quebranto. La desesperanza y el abatimiento.

Su forma de vestir, con prendas dos grados por encima del harapo, y su pelo despeinado y descuidado, se complementan –va de serie con su agonía–  con un carrito de la compra tan desfallecido y vacío como ella misma. Demacrado tanto a la ida como a la vuelta de ese colmado de los antiguos que ella habitúa –y tan alejado de su domicilio– porque todavía hay personas que se apiadan de gente como ella y le anticipan –porque aún hay valientes– el condumio diario. “Hoy, si se fía, querida. Mañana, no te preocupes, también.”

Triste y desesperante tiene que ser la obligación del desplazarse tan lejos porque su economía y su peculio no le permiten las luces y el brillo de estos comercios modernos y plasticosos con tanta megafonía como oídos sordos. Con tanto frío en sus pasillos de alimentos refrigerados, como en su corazón cruel y monetario. Con tanta inhumanidad oscura cómo claridad artificial  y luminiscente.

Pero hoy, día de gota fría y lluvia intensa y poderosa, la he visto –desde el calor de mi ventana–  pasar de vuelta completamente empapada.  Calada y chorreante. Con el carrito mas enteco que nunca por eso de que la humedad no miente y canta las verdades de la apariencia. Con un aire resignado porque tiene que encarar el día – como todos los días de casi toda su vida– dándole gracias a un Dios sordo e inclemente por haberla librado de alguien  que la maltrataba y que le dejó, de regalo, una mala existencia sin visos de arreglo. Sin luz al final de su indeseado túnel.

Hoy, me he sentido  muy mal. Muy mal. Por no tener los suficientes arrestos de quitarme ese complejo del molestar o del herir su orgullo y bajar, taparla con un paraguas,  y ofrecerme a llevarla a un supermercado para llenarle la nevera. Y de ello, por omisión y negligencia, me arrepiento cada minuto de este día  tan triste y desabrido.

Que te vaya mejor la vida, Oh! Señora de ojos tristes de las Tierra Bajas. Mujer de día lluvioso.

 

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UNA NOCHE EN GIBRALFARO  

“Hablad de castellanos y de portugueses, porque españoles somos todos”

Luís de Camões

El Castillo de Gibralfaro de la ciudad de Málaga está encallado, por imposición humana, en un océano de pinos y eucaliptos en la cima del monte del mismo nombre. Su bosque, salpicado de algún almez furtivo y algún que otro algarrobo solapado entre el verde, proporciona un perfume especial a toda la ciudad, que se le ofrece a sus pies y se deja dominar, complacida, por ese servicio de vigilancia y guardia permanente que –desde hace setecientos años– le viene prestando.

El Castillo de Gibralfaro, unido legalmente a su parienta La Alcazaba –un par de siglos mayor que él y a un mucho más mayor Teatro Romano– conforman uno de los conjuntos monumentales artísticos más interesantes y bellos de nuestro país. Un  ménage à trois  propiciado y consentido por edificaciones centenarias en el que cada una de ellas, saca partido y complementa  a las otras, en una explosión de belleza y armonía no exenta de la voluptuosidad y concupiscencia que a los tríos bien avenidos se les supone.

Una composición  pétrea que se entrega, con esplendor y generosidad, al nuevo visitante, al reincidente y al autóctono. Sus vistas desde lo alto, brindan el más bello y personal paisaje; y desde abajo, sirve como la más eficaz y perdurable carta de presentación de Málaga en la vista y en la memoria del que la contempla.

En ese idílico enclave, y a eso venía esta presentación que acabáis de leer, en el Patio de Armas de dicho recinto, tuvo lugar días pasados la ya tradicional conmemoración del Día de Portugal, de Camões y de las Comunidades Portuguesas. Con la organización de varios actos propiciados por el Consulado, con ocasión de la VI Semana de Portugal en el Sur de España, tuve ocasión –gracias a la enorme generosidad y amistad que me brinda y une al Cónsul Honorario en Málaga Rafael Pérez Peña– de asistir como invitado a un acto en el que –tal y como es habitual– la elegancia y el buen gusto imperaron en un ambiente tan sereno y distendido como pedagógico e instructivo.

Las amenas alocuciones del Secretario de Estado de Portugal  Eurico Brilhante Días, el Cónsul General en Andalucía Joao Queirós y del mismo Rafael Pérez-Peña, dieron paso a unas delicadas actuaciones musicales con un emocionante espectáculo de Fado y Flamenco interpretado  por el renombrado guitarrista portugués Pedro Jóia acompañado por Diana Vilarinho y José Manuel Neto y con la intervención de dos artistas invitados españoles  (Alejandro Hurtado y Bernardo Miranda) que nos prepararon el cuerpo para el ágape.

Todos los invitados nos desplazamos hasta un lugar privilegiado del Castillo donde se sirvió el festín. Desde esos adarves, la visión nocturna de una Málaga iluminada, puso el broche final a una velada donde, insisto, el buen gusto, la cortesía y la distinción fueron los principales invitados a este acto. Tal y como manda la tradición. Tal y como fija la pertinaz costumbre hospitalaria del país vecino.


NO ME TOQUES EL CUENTO

NO ME TOQUES EL CUENTO

Tengo la inmensa suerte que, desde mi más temprana juventud, me he rodeado de buenos amigos artistas que me han hecho, con sus diversas disciplinas, la vida mucho más enriquecedora y divertida. Además, en un acto de suprema generosidad, ellos, me han dado la oportunidad de subirme alguna que otra vez a los escenarios, compartir interesantísimas conversaciones o participar en eventos que de ninguna de las maneras podría haber llegado yo a protagonizar por méritos propios. Si algún mérito se me puede atribuir, es la capacidad que he desarrollado –no es difícil estando rodeado de tanta creatividad y tanto cacumen– si algún mérito se me puede atribuir, pienso, es el de haber sabido conservar estas amistades durante la mayor parte de mi vida. Y disfrutarlas.

Por esa entrañable circunstancia – y de teatro voy a hablar– asisto regularmente a representaciones escénicas, más que nada, aclaro, porque los que se suben a las tablas son ya os digo, buenos amigos míos. Y esa entrañable circunstancia se rodea también, de suerte. Pues casi siempre (y aquí el adverbio de cantidad sobraría) siempre salgo contento y feliz por haber participado cómo espectador de dicha obra de teatro

Lo de ayer fue distinto. Porque no sólo salí feliz y contento, sino que también, con un buen chute de entusiasmo e hilaridad desatada; porque les aseguro, que en pocas obras de teatro me he reído tanto.

La frescura del tema tratado, el cómo se resuelve la vida de cuatro princesas de cuento, que se percatan de que desde el “Érase una vez”, hasta el “Y comieron perdices”, su existencia posterior  se llena de realidades y de frustraciones. Que los príncipes no son ni encantadores ni azules y que los ogros y las madrastras, en la mayoría de los casos, son los verdaderos protagonistas de la vida después de la almibarada historia.

Ayer, asistí en el Teatro Echegaray a una producción de mi querido y antiguo amigo Juanma Lara a una desternillante obra escrita y dirigida por su hija Olivia –que ayer también se subió al escenario–  y no paré de reír durante la cortísima hora que duró el espectáculo. Una obra  también llena de agudas reflexiones. Una obra que me hizo inmensamente feliz porque se corrobora mi idea de que, desde el humor, se pueden hacer serias reivindicaciones de género y de lógica justicia.

En fin, que hoy se puede ver otra vez en el Teatro Echegaray. NO SE LA PIERDAN. Merece la pena ver a estas cuatro mujeres cantando, bailando, y sobre todo, actuando. Nunca una obra de teatro se me había hecho tan corta, de verdad os lo digo. Se van a reír. Te lo juro, Arturo.

Aquí tenéis información suficiente para que veáis los que se avecina. Lo repito: NO SE LA PIERDAN.

LAS MUJERES DE VERDAD

 

LAS MUJERES DE VERDAD.

(Texto de mi querido amigo Agustín Zurita Ortíz-Tallo)

Las mujeres de verdad tienen curvas, o no. Usan una 34 o una 42. O la talla que les da la gana. No permiten que un número las condicione. Las mujeres de verdad tienen hijos, y envejecen felices viéndoles crecer, o eligen no tenerlos, y envejecen exactamente igual. Se casan o son solteras. Y no consienten que ni su vida ni su felicidad dependan en exclusiva de ello. Las mujeres de verdad hacen el amor. O follan. Disfrutan y no se avergüenzan. No van pidiendo perdón por ser como son: altas, bajas, delgadas, gordas, guapas o feas. Las mujeres de verdad tienen el culo grande. O pequeño. Muchas tetas. O pocas. O ya no tienen. Usan tanga o bragas o nada. Se depilan si les da la gana. Tienen la piel blanca, o la piel oscura. La piel tersa, o con arrugas. Las mujeres de verdad sonríen mucho, o sonríen poco. Y no pasa nada.


Las mujeres de verdad no tienen miedo de estar solas, porque han comprendido que ese miedo únicamente les conduce a conformarse con las excusas, con las mitades, con las dudas, con las sobras, con la condescendencia, con las caricias en el lomo; con los ‘ya veremos’, los ‘quizá’, los ‘puede’, los ‘tal vez’, los ‘el tiempo dirá’; con la incertidumbre, con las puertas entreabiertas, con los ‘perdón’ a destiempo. Que ese miedo les lleva a esperar, a justificar, a demandar, a sentirse culpables, a querer de más, a quererse de menos. Las mujeres de verdad han decidido que su felicidad depende únicamente de esa mujer que ven cada mañana frente al espejo, esa mujer a la que, por fin, han aprendido a amar.


Las mujeres de verdad son cada día más fuertes, más sabias, más valientes, más auténticas. Han entendido que las migajas no son una opción, que se merecen la tinta entera, que con la ilusión no se juega, que quien las pierde es el que pierde, que la cobardía no tiene excusa y las excusas no tienen perdón, que querer es sencillo, que el amor no duele. Las mujeres de verdad le han ganado la batalla al rencor, al odio, al miedo. Han vuelto a confiar en sí mismas, a valorarse, a respetarse, a atreverse. Han aprendido a marcharse a tiempo, a dejar de querer cuando era el momento. Las mujeres de verdad han comprendido que el miedo no es estar solas, sino estar con alguien que les haga sentir solas, normalmente un GILIPOLLAS.


Las mujeres de verdad han dejado de pedir perdón por decir lo que piensan, y mucho menos por hacer lo que dicen. Las mujeres de verdad han empezado a disfrutar de la vida sin remordimientos, y han descubierto que no hay nada de malo en hacer lo que quieren si les hace feliz. Las mujeres de verdad han dejado de permitir que nadie les haga sentir culpables ni avergonzarse de ser quienes son.


Las mujeres de verdad no necesitan que nadie les diga que lo son, porque ya lo saben…

Texto: Agustín Zurita Ortíz-Tallo / Ilustraciones: Catalina


LA MONCRIEF

(© de la fotografía Charlie Marciano)

Sube la Moncrief al escenario y las tablas, sin esperarselo, se iluminan bastante más de lo habitual. Felices y contentas se ponen por esta inusual y luminosa circunstancia. No se vayan a creer ustedes que esta súbita claridad es debida al reflejo de las lentejuelas que cubren su esplendida figura. Tampoco al brillo rutilante y resplandeciente de su piel que le procuran esos focos que la buscan, ávidos, para acariciar su cuerpo vigoroso con tremendos cañonazos de luz.

Esta, la luz –que es frívola y veleidosa– tiene predisposición  y preferencia hacia la belleza, y trata mejor a unas personas que a otras. Dotándolas, cómo las estrellas de arriba, de fulgor propio. Por eso, despliega y aplica todas sus cualidades lumínicas con Suzette Moncrief. Porque ella, siempre agradecida, la corresponde y la recompensa.

¿Fotogenia o singularidad divina? Ya os digo, cosas de las estrellas!

La Moncrief cantante es adorada por su público. Yo anoche lo comprobé incontestablemente. Durante el largo tiempo que ella generosamente me regaló, no paré de hacerle fotos con una legión de seguidores que querían tener su ración efímera de vanidad (y la prueba gráfica) del tener la oportunidad de posar junto a ella.

En un momento de tranquilidad, le dije a Suzette que tenía nombre de Crêpe. Y no me apeo de esa consideración. La Moncrief (me imagino) debe de tener el sabor levemente salado en su cuerpo hermoso y deseable, mezclado con la dulzura de su trato cercano, amable y cariñoso. Ya sabéis: la tortita de maíz y su relleno de mermelada de frambuesas, de Grand Marnier o de Licor de Curaçao. Beurre Suzette

Anoche, en la Sierra de Mijas, la Moncrief,  después de imponer la paz desde lo alto del escenario junto al Maestro Lito y su Blues Band, me rozó con la suavidad eterna de sus labios algodonosos y yo, ilusamente, soñé en ese momento, que era la reencarnación de Etta James la que me estaba besando y que me estaba dejando ese indeleble sabor a Jazz, Soul y a Rhythm & Blues en los míos.

(© de la fotografía Ángel Céspedes)


APOLO Y LA BALADA DE GREGORIO Y PEPITA.

 

Era el ínclito Apolo, hijo de Júpiter y Latona, el encargado en el Párnaso de repartir los dones entre los probos hombres mortales. Hermano de Diana, habitaba con las musas y trabajaba –a tiempo completo–  como Dios de las Bellas Artes y de los oráculos.

Podríamos decir que si el Olimpo fuese comparable a un ayuntamiento, Apolo era “Er niño del Alcarde”.

 

Eso del habitar con las musas, mire usted por dónde, le procuraba no pocos ratos buenos, amenos y agradables. Había que sacarle partido a su posición en la eternidad, pensaba él; así que lo mismo se marcaba unos cantes con Calíope y con Polimnia que se escribía unos chascarrillos con Clío y con Erato. Igual se marcaba un bailecito pegao con Terpsícore (que tenía nombre de refresco) que se iba a libar con el siempre atolondrado Dionisos y su colega mellizo Baco que era un colega romano nada recomendable.

 

Pues bien: Debiera de ser Apolo –como todo dios perita  que se precie– suficientemente  ecuánime y justo en el desempeño de su trabajo; es decir: en el reparto eficaz y ordenado de capacidades y competencias. Pero que quieren ustedes que les diga, aquel año de 1962, después de haber pasado la velada anterior de sarao con Dionisos (y el inefable Baco, no lo olviden) estaba como muy echaíllo a perder y, por consiguiente, decaído  y desanimado para eso del cumplimiento competente en el currele.

 

Así que, de esa manera, tras tomar un chupito de éxtasis para los dolores de San Juan,  decidió realizar su trabajo en modo “rapideo” y largarse a su casa a descansar porque no tenía, lo que se dice, el alma etérea para farolillos. Cogió los dones que debía de repartir ese día entre varios humanos, y lanzándolos a puñados –sin mirar a quién– los endiñó desordenadamente y se fue a su casa para tratar de apaciguar la indigna mona que le estaba dando más lata de la deseada y que no paraba de atormentarle la “chorla”.

 

Los dones bajaron todos unidos (y confundidos) y aterrizaron en tropel sobre un proyecto de humano llamado Ángel Idígoras. Lo que yo os diga. Así fue cómo se gestó el sujeto.

Viene toda esta perífrasis, todo este rodeo jocoso y festivo, para decir que el querido amigo Idígoras, dispone – por mor del fiestero dios y su colega la Fortuna– de una inmensa variedad de capacidades intelectuales y artísticas que raras veces se da, tan profusamente , en una sola persona.

 

Ángel, lleva de serie en su existencia, la música, la pintura y el don del cante; domina  la composición escrita y plástica. Maneja con acierto el humor y el don de gentes.

La amabilidad y la benevolencia siempre le acompañan junto a la  generosidad, la sensibilidad y la tolerancia. Todos esos atributos juntos y apropiadamente mezclados en la debida proporción, conforman la persona que es Ángel Idígoras. Artista en todos los aspectos. Único como persona comprometida e involucrada en causas nobles.

No se vayan ustedes a creer que hablo de memoria. No. No se lo vayan ustedes a creer; porque todas esas características, las ha observado (y disfrutado) este que ahora escribe, personalmente.

Le he visto pintar y tocar la guitarra en directo. Dar amenas clases magistrales a un público entregado. Realizar la viñeta que el día siguiente ofrecería en la prensa escrita. Fíjense, para ya rizar el rizo, que hasta el ukelele le he visto tocar junto a otro maestro dotado de otras tantas habilidades: Jesús Durán.

Ahora, para darme la razón, Ángel reúne y presenta un compendio de esos dones en un solo trabajo: la composición, el dibujo, la música, la interpretación, la escritura… todo en un vídeo en el que homenajea a uno de los matrimonios más queridos de nuestra ciudad: Chiquito de la Calzada (aquí en Málaga “de la Calzá”) y a su inseparable mujer Pepita. El gran amor de su vida.

Este trabajo que ahora podéis ver junto a mi admirado Jesús Durán, fue publicado ayer públicamente. Yo, que gracias a su generosidad, lo conocía de antemano, no pude acudir por los imponderables y las inesperadas contingencias de la vida. Nada me hubiese gustado más que abrazar a mis dos queridos amigos: el polifacético Idígoras y a mi respetado Ned Land de los teclados. Pero ahora –sacándome la espina– ya os digo, lo inserto para vuestra diversión y esparcimiento. Para gozo y regocijo. Para que veáis que no miento.

Aquí lo tenéis . Antes la letra; después el video.

 

Disfrutadlo. Es un gran trabajo.

 

LA LETRA:

 

Era un pecador de la pradera, un muchacho que cantaba,

natural de La Calzada, en el barrio La Trinidad.

 

Ella era una aspirante a estrella, bailarina itinerante,

 por la gloria de mi madre, que iba de ciudad en ciudad.

 

Un día el azar los unió, Cupido estaba de buen humor.

En un caballo llegó Desde Bonanza cargado de amor.

 

El cantante y la bailarina se inventaron la nueva vida

de la Condesa y el Conde Mor.

 

Gregorio fue creando un mundo propio, plagado de disparates

donde habitaba Grijander que era un fistro diodenal.

 

A Pepita le salía la sonrisita con sus pasos tan bailones,

 una mano en los riñones y la pierna levantá.

 

Tras muchas risas, el tiempo pasó y Cupido se unió a la emoción.

En un caballo llegó Desde Bonanza cargado de amor.

 

Tiempos complicados, años duros. Esposos siameses, siempre juntos.

Venciendo a la tristeza, dando jaque con su grito de guerra: Al ataquer!

 

No puedor el pueblo exclamó, Cupido se unió a la emoción.

 En un caballo llegó desde Bonanza cargado de amor.

 

El cantante y la bailarina se inventaron la nueva vida

de la Condesa y el Conde Mor.

 Se fue ella y él la siguió y cuando dijeron adiós

(hasta luego, Lucas) más chiquito el mundo quedó.

 

Y EL VÍDEO:

 

***

 

 

 

 

INCOMPRENSIÓN LECTORA.

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza

habla mientras el género humano no escucha.”

Víctor Hugo.

 

A finales del siglo pasado (que lejano suena eso ya) durante mis estudios de Lengua Inglesa en la Escuela Oficial de Idiomas de Málaga, teníamos que realizar una serie de ejercicios que consistían en un número determinado de textos –en inglés, por supuesto–  y que debíamos definir con una sola palabra previamente estudiada en clase. Para demostrar primero, que nos habíamos quedado con la copla del significado del palabro y ya, de camino, obligarnos a traducir la descripción mentalmente. Tenía pues, dos fines pedagógicos concretos el ejercicio: La traducción (translation) y la comprensión lectora (comprehension check).

Vamos a lo segundo: La comprensión lectora. O la falta de ella.

Hoy en día, infortunadamente, la comprensión lectora  –y ahora me refiero al castellano– pasa por malos momentos.  Coyuntura fastidiosa e incómoda ésta por mor de esas sociedades ficticias llenas de falsas realidades e identidades anónimas como son las redes sociales.

Ya he comentado mucho por aquí, que la no presencia física y, por ende, la ausencia de gestos, de miradas, de entonación, roces etc.… produce en la conversación escrita malos entendidos. Lo que a finales del siglo pasado, ya te digo, mis compañeros de Escuela y yo teníamos que llamar “misunderstoods”.

Por esa causa y por una inexplicable carencia de entendimiento (y buena fe) hoy en día cualquier broma, por inocente que sea; cualquier comentario ingenuo e inofensivo; cualquier parrafada carente de malicia, es mal o bien entendida por el lector de una manera según le pille el día de humor o por su predisposición a la benevolencia y a la cordialidad. Y muchas veces, su reacción inesperada y su respuesta desangelada le produce al autor sorpresa, pasmo y tristeza. Más que nada, porque lo considero terriblemente injusto.

Pero no es lo más malo de esto la mala interpretación;  tampoco el inexistente análisis del texto en su contexto. Ni siquiera la falta de la más mínima (se me perdone el oximoron) generosidad ; lo más malo de todo es cuando, el que malentiende un comentario, saca a relucir su peor concepto del que escribe y se deja llevar, irreflexivamente, por su propia monomanía.

Así me ha pasado recientemente. Que por dos malentendidos (ya sabéis: dos misunderstoods) he comprobado, dolorosamente, el verdadero concepto que tienen de mí dos buenos amigos; que no todo “el oro es montégano” que decía aquel, y que todos – y me incluyo yo, naturalmente– nos revestimos de una capa de falsedad y de fraude para dar la apariencia de que somos lo que no somos.

Voy a tener que borrar de mi perfil el Máster en Claridad Descriptiva y Espontaneidad  Epistolar que en su día me saqué en la Universidad Rey Juan Carlos I. Cum laude por otro lado.

Vale dictum.

 

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