LOS TALIBANES ANIMALISTAS Y LOS COCHES DE CABALLOS

LOS TALIBANES ANIMALISTAS
Y LOS COCHES DE CABALLOS

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“Mucha gente piensa, o por lo menos siente, que el que no tiene sus hábitos y sus entusiasmos es un enemigo.”
Pío Baroja

“La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oir.”
George Orwell

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¡Ojo al dato! Sé que me estoy jugando el cuero cabelludo y una parte muy principal de mis genitales por lo que ahora voy a exponer. Pero asumo la contingencia.

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Indicando primeramente, que siendo un absoluto amante de los animales y un más que firme defensor de su bienestar, sé positivamente que mis argumentos van a molestar a esa legión (muchos de ellos grandes amigos) de defensores de toda forma de vida (¿no están vivos los vegetales? me pregunto) y que también, a algunos, les van a salir golondrinos por una declaración tan descarnada y oprobiosa cómo la que ahora viene. Un parecer –el mío– contrario a la razón de tanto vegano, vegetariano y tránsfuga carnívoro. Así que, advierto otra vez, sepan que estoy resignado a la sarta de insultos y denuestos que me va a caer por mi posición anti talibanes animalistas:

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Confieso, sin ningún atisbo de vergüenza ni arrepentimiento, que me encanta una buena fuente de chuletitas de cordero muy “churruscaítas”. O chuparle la cabeza a –al menos– una catorcena de gambas a la plancha y a sus primas cercanas las cigalas. Pierdo la cabeza, esta vez la mía, por un buen chuletón de buey –si es gallego mejor– acompañado de unas indispensables patatas bien fritas. (Tengamos en cuenta que las papas, son también hijas de Dios.) Y que los pinchitos, debidamente especiados, en dos pares de dos es como mejor se comen.

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Un buen bocadillo de jamón ibérico orillado de tocinito quita las penas más grandes. Y uno de mortadela Mina con mantequilla Zas hace que se me salten las lágrimas más escondidas en los recovecos de la memoria. También conozco a alguna que duerme conmigo, que no se considera ninguna maltratadora de animales después de jalarse un indeterminado número de alitas de pollo adobadas y fritas, y ahogadas –para más inri y sufrimiento– en una proporcionada cantidad de cerveza. Y ahora, ahora que estamos en Feria, una buena berza de madrugada con su correspondiente “pringá” y ya me callo, (que bueno un plato de callos!) le devuelve la vida hasta al mismísimo Antonio Orozco.

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Renegar de nuestra evolución propiciada por el consumo de proteínas animales. Renunciar a los métodos de subsistencia basados en la cría y la ingesta de productos de origen animal. Reprobar el consumo de carne en aras de erradicar un innecesario “maltrato” es cuando menos una tontería y un peligro para una adecuada y racional alimentación.

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Quiero pedirles, no obstante, la gracia de la tolerancia y la comprensión para aquellos amantes de los animales que –teniendo bichos domésticos en sus pisos de ciudad– los tienen sometidos a esa cadena perpetua, privativa de libertad, que supone el arresto domiciliario–cuando no a la emasculación indeseada a los inocentes gatitos– con el solo consuelo de media hora de libertad de bozal y correa y una dieta a base de insustancial pienso, aunque sea de la marca “Luego Existo”.
Quede claro pues, que los omnívoros, no somos asesinos antropófagos por comernos a nuestros semejantes los irracionales. Ni tampoco, somos sádicos asesinos porque nos guste ver una corrida de toros.

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Los comentarios que se han oído acerca de la cogida del “asesino” Francisco Rivera Ordoñez, me parecen de una ignominia y bajeza difíciles de superar. Una asnada y una imbecilidad tan notoria cómo irreflexiva. Un desprecio, hacia nuestra historia y nuestra cultura mediterránea, por ciertos individuos que se echan las manos a la cabeza por un león en Zimbawe y dejan pasar el tren de su crítica por los miles de niños que mueren de hambre en ese mismo país.
A lo que vamos!

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El artículo de Juan Gaitán que ahora viene –y que era la primera y principal intención de este post– nada tiene que ver con lo antes dicho por este que suscribe; y, como es habitual en él, en Juan, es de una argumentación y razonamiento incontestable acerca de la polémica sobre la situación que sufren los jamelgos de los coches de caballos debidos a los calores que nos acontecen. Un, como siempre, espléndido e impecable artículo.

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Nota: Todas las imágenes que ilustran esta entrada son obras de Dimitri Tsykalov.

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Disfrutadlo. Este es:

COCHES DE CABALLOS

Hay pocas ciudades a las que no les siente bien el sonido de unos cascos de caballo al trote lento y el murmullo de las ruedas de una calesa o de un birlocho atravesando las calles. Quien ha podido ha tomado un simón en el Central Park de Nueva York, o se ha dejado conducir por las calles románticas de Praga por un cochero uniformado y muy serio que ejercía su oficio con la dignidad y la elegancia de un príncipe bohemio.

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Los coches de caballos son un anacronismo, una mota de pasado que se ha quedado estancada en la vida de algunas ciudades y forman parte de su aspecto, de esa fotografía que enseñan a los turistas para que los turistas hagan una fotografía.

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Y ahora aquí, en Málaga, por esta modernidad nuestra tan de urgencia y de limpio siempre, de pronto surgen los de «Ciudadanos», con toda su obligatoria carga de cambios a cuestas, y proponen trocar los coches de caballos por unos modelos «de época» y eléctricos, o sea, por réplicas más o menos conseguidas de coches de época, seamos exactos.

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Los coches de caballos, para mí, durante mucho tiempo, hasta que empecé a viajar y a perder el pelo de la dehesa, eran solo ese socorrido reportaje veraniego que casi todos los becarios que en el mundo han sido han escrito alguna vez, acaso pensando que era la primera, y también el objeto de una anécdota que se cuenta en las reuniones de periodistas sobre un colega que en sus buenos años, antes de que las adicciones le llevaran a deambular buscando el sablazo, acudía a las ruedas de prensa subido en uno y fumándose un puro.

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Pero ahora, a la vuelta del tiempo, después de haber editado un par de docenas o tres de reportajes y haberlos visto en tantas ciudades ensanchando el paisaje de su tipismo, de comprobar cómo conviven con su contemporaneidad desde su antigüedad, entiendo que sí, que es cierto, que son un anacronismo, pero las ciudades, todas, tienen sus anacronismos, sus casticismos más o menos admisibles, y también entiendo que los llamados «animalistas» crean que los animales sufren con ese trabajo, y puede que tal vez incluso sea verdad, pero no sé si han llegado a caer en la cuenta de que el día que los desenganchen del birlocho será para llevarlos directamente al matadero, porque a ver quién se hace cargo de la manutención y cuidados de un animal que no produce y no es una mascota ni puede meterse en un piso.

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A ninguna ciudad con un pasado que no quiera enterrar le estorban sus coches de caballos como no deberían estorbarles sus palomas o sus vilanos. Pero Málaga es a veces como un niño con un lego, siempre queriendo desmontarse a manotazos para construirse otra vez, y no siempre mejor.

Juan Gaitán 14.08.2015

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