A SANTA COMPAÑA Y LA LIGA DE LA “LAGAÑA”

Pinturas surrealistas y sobrenaturales 06

A SANTA COMPAÑA Y

LA LIGA DE LA “LAGAÑA”

En un artículo anterior llamado “Tres costumbres que se adquieren al hacerse uno mayor”Aquí  … daba algunos bien fundamentados argumentos y consideraciones que justificaban nuestra irremisible dirección hacia la senectud y lo provecto; es decir, hacia la cada vez más irremediable e inmediata chochez y decadencia física. Cosas del vivir la vida, no se me mosqueen – que algunos hubo- los talluditos correcaminos y deportistas proclive al patatús que eso es lo que hay.

Hoy haciendo un patético ejercicio de sinceridad y autocrítica, voy a nombrar otras dos de esas circunstancias que nos refrenda en el inevitable declive natural: La admiración, y la imposibilidad. No se me extrañen.

Admiración -desde las alturas de la edad- hacia una juventud que, gracias a su propia idiosincrasia y circunstancia vital, detenta un aguante (al igual que nosotros mismos in illo tempore) realmente admirable y digno de encomio. Imposibilidad; que no es otra cosa –esta coyuntura– que la absoluta incapacidad de seguir determinadas conductas y pautas que –muy a pesar nuestro– nos están siendo proscritas por la cruel ley natural;  “fueraparte” la artrosis incipiente y nuestro propio empobrecimiento físico. Ambas circunstancias son complementarias.

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Bueno, vamos allá que nos estamos amuermando:

Dos son también las épocas en las que puedo observar un reguero incesante de individuos e individuas – que a modo de A Santa Compaña y de Liga de la “Lagaña” – deambulan espectralmente por los amaneceres y madrugadas de la ciudad de Paraíso (díselo a ellos a esas horas!) que es Málaga: Por Año Nuevo y el día siguiente a la víspera de San Juan. Esta mañana mismamente.

Empecemos por este último que para eso hoy es eso: El día de San Juan:

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LA LIGA DE LA “LAGAÑA”

Uno, que es probo trabajador por cuenta ajena y que además, está condenado a cadena perpetua horaria en galeras, cada vez más cada año, digo, no deja de asombrarse observando esas cadenas humanas que a modo de zombies aturdidos, alelados y groguis, recorren el Paseo Marítimo de mi ciudad de vuelta de la fiesta de la llegada del Solsticio verano en la playa. Arrastrando pies, ánimos y destilando abatimiento y vapores, desfilan inánimes y cariacontecidos debido a los excesos de comida basura, a las resacas mas impenitentes y –los más afortunados, en su momento– a los más terribles escozores en la entrepierna.

Asusta (y se envidia, O témpora o mores) el contemplar ese ejercito vencido por el sueño y la narcosis; en un melodramático mal estado por sobredosis de juerga. Derrotado, cautivo y desarmado, por una libido desatada (y ya olvidada) pululando hacia una cama reparadora donde poder tumbar un cuerpo dolorido y arrinconar unos remordimientos mas doloridos aún.

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Ejércitos de lanceros de sombrilla playeras, portaestandartes de barbacoas mal enjuagadas. Más portadores de dolores insoportables de trono. Dolores de San Juan, ya se sabe. Pasos de desfile –ayer de la oca, hoy de pato mareado– que dirigiéndose hacia el centro de la ciudad, imploran el encontrar una farmacia en la Malagueta donde poder lavar las malas conciencias a base de Alka Seltzer y pilulas del día después para contrarrestar los efectos colaterales que pudieran producirse por las ardorosas e inoportunas aperturas de piernas en la maldita Noche de playa por San Juan.

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A SANTA COMPAÑA

Otro desfile doloroso; esta vez de negro, es el llamado A Santa Compaña; se observa el día de San Silvestre. Fin de año. Esta vez los chicos con traje de chaqueta oscuro de baratillo y las niñas con miriñaques imposibles, de un negro antes impoluto, caminan esta vez por el interior paralelo al Paseo Marítimo, Paseo de Reding, buscando en su más absoluta ingenuidad un autobús que las libere del cansancio y de las mismas resacas y de los mismos escozores de entrepierna. (¿Donde habré leído yo esto antes?) que sufrieron y padecieron –y que a punto estuvieron de provocarles un disgusto– la mentada Noche de San Juan.

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Caminan ellos desencorbatados – ya se sabe que una vez desecho el nudo de la corbata, ninguno de ellos es capaz de hacérselo de nuevo- desvencijados de camisas, y con una palidez de rostro –debido el farragoso botellón– que les da ese aspecto de alma en pena y de insoportable infelicidad; pues aún viven en la entelequia y la quimera de encontrar ya te digo, en el más milagroso de los casos, un taxi libre que les lleve con una cierta inmediatez a la reconfortante madriguera.

Ellas, marchan cabizmundas y meditabajas; con toda la dignidad del día anterior perdida; arrastrando medias rotas, y rímel corrido; con los zapatos nuevos de tacones martirizantes en la mano y precedidas de un ejercito de rozaduras y sabañones dignos de las salas más oscuras de los antros sadomasoquistas del Paralelo barcelonés.

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Imploran también la cama reconstituyente y la medicina reconfortante.

Son Señoras y Señores estos dos desfiles apocalípticos, unas apariciones que ni al más mortal y odiado enemigo deseo. Visiones que me impiden conciliar el sueño durante semanas preguntándome, a donde hemos llegado para merecernos este holocausto de las formas y las maneras. ¡¡¡Con lo educaítos que éramos en mi época por los cohoness!!!

(*) El barbarismo “Lagaña” es adrede.

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