EL CABALLERO DE MALTA

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LA NIÑA CAROLINA

Cuando la niña Carolina me llamó para implicarme – y coordinase entre los Hombre del Negro Anaranjado- un trabajo audiovisual consistente en un homenaje a su padre, me lo pensé (el darle el sí) exactamente el tiempo que tarda en pasar por delante de mis ojos una fracción de segundo.

Primero y principal, porque el trabajo que me encomendaba era, sin dudarlo, una enorme satisfacción ( y un orgullo). Lo más parecido a una recompensa. Lo segundo es que ¿Cómo se le puede negar algo a alguien a quien has tenido en tus brazos manejando chupete, cagajón y sonajero?

Se trataba, quería la niña Carolina, de coordinar a un grupo de amigos para que fuésemos grabados dando opinión acerca de su padre – el ínclito Rafael Pérez Peña- que carga medio siglo (más una decadilla) en sus venerables espaldas. Nada difícil, por otro lado; porque las opiniones laudatorias y lisonjeras – que eso es lo que pretendía la retoña- en este caso, iban a surgir de una manera espontánea, natural y voluntaria dada la especial relación amistosa que todos los intervinientes mantenemos con el homenajeado. Lo que se dice una intima, fraternal y entrañable hermandad basada en la lealtad, en el aprecio y en la camaradería.

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A Rafael Pérez Peña; Amigo, Tuno, Compañero de Viaje, Caballero de la Orden de Malta, Cónsul de Portugal, Escritor, Ilustrado Historiador, Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales y Doctor en Derecho (Creo que he nombrado en el orden correcto de sus preferencias curriculares) sus amigos lo queremos amplia y francamente. Y es por eso que escribo esta entrada en mi blog. Para dar fe. Por puro y duro cariño. Entrada donde incluyo lo que, para esa grabación, escribí sobre él. Terminándola de la misma manera que lo hice en aquella… Te quiero, amigo mío!

Este, es el texto que escribí:

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EL CABALLERO DE MALTA

A finales de los ochenta –algunos años antes de cumplir yo el primer cuarto de siglo¬ de vida– recibí dos de las lecciones más importantes y útiles que se puedan obtener.
La primera fue que, con buenas palabras y alardes de ilusión –aunque con pocos medios materiales– se pueden lograr grandes cosas. La segunda fue, que a poco que te apliques, puedes hacer vuelo sin motor en unos baños públicos en la ciudad de Londres. Mejorando el aterrizaje preferiblemente.

La primera enseñanza viene porque, cuando entré en la Tuna de Económicas, mi primer viaje de Parche fue organizado por una persona que no viene –por ahora– al caso; y que gracias a su ingenio (y a nuestra paciencia, y a la imposibilidad de volvernos, todo hay que decirlo) llegamos impensadamente vivos (aunque poco coleando) hasta Oslo. Allá en la fría y distante Noruega.

La segunda lección –una lección tan práctica cómo inolvidable– es que nunca, y cuando digo nunca digo nunca, nunca ataques a nadie, con la villana intención de acuchillarlo mortalmente blandiendo una navaja, fabricada apresuradamente con papel higiénico. No mola.

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El enseñante de estas dos experiencias vitales –y ahora sí que viene al caso, y además ya lo sabéis– fue nuestro querido amigo Rafael. En el primer caso, porque sin apenas medios, ya te digo, y disponiendo (él), de unas enormes dosis de preparación e ilusión; de organización y de trabajo (que a la postre no sirvieron para nada) me pegué el más inolvidable, pedagógico y provechoso viaje que yo haya hecho nunca en mi vida.

La segunda lección, tuvo lugar en un enorme cuarto de baño del aeropuerto de Heathrow en Londres. Rafalito, era cinturón negro de Taekwondo por aquellos tiempos (ahora es cinturón jubilado; nada más que hay que ver cómo se le caen los pantalones cuando baila el pandero) Rafalito, continúo, me conminó muy insistentemente a atacarle con un puñal de papel para hacerme una demostración efectiva de sus habilidades taekwondistas.
Todavía hoy, trato de comprender razonadamente como un Hobbit de la Comarca, pudo hacer pasar por encima de su cabeza – y a una considerable altura–, a un orco de mi tamaño y peso. Que Sauron el Señor Oscuro, se lo tenga en cuenta y se lo demande, por el tremendo costalazo que me propinó.

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Quiero decir con estas palabras que Rafael Pérez Peña, es un buen compañero de viaje. Un magnífico compañero de viaje; útil y provechoso; servicial, eficaz e interesante.
Con y gracias a él, vistiendo el negro, he viajado más allá del Muro. Hemos pasado frío en Invernalia y escupido fuego en Roca Dragón. Hemos subido a los más alto de Nido de Águilas y bebido los néctares de Aguasdulces. Hemos rondado por los alrededores de Desembarco del Rey y visto desfilar a los Inmaculados en la ciudad roja de Astapor.
Con Rafa me he pegado paseos por el Imperio acompañando a Trajano que además de moña, era muy sevillano. Antes, con Escipión. Y en la misma ruta, con Domiciano, que cómo todo el mundo sabe fue un hijo de la grandísima Roma. Por hacerle caso, hasta me he atrevido a pasar toda una noche con Frankenstein mientras este, leía El Quijote, junto a Mary Shelley y Lord Byron. Con Alonso el de Ojeda Y Juan, el de la Cosa, con Pizarro, con Cortés y a otra cosa, mariposa!

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Un amigo por fin, Rafalito, que a consecuencia de haber compartido tantas experiencias juntos, se ha tornado imprescindible en mi vida. Yo, espero, que también en la suya.
Rafael – y amplío este reconocimiento verbal a muchos de los canallas que ahora me estáis escuchando– forma parte de un importantísimo grupo de antiguos amigos, que han enriquecido notablemente mi vida; de una manera incuestionable y manifiesta. Entrañablemente divertida.

Rafael no es sólo mi asesor literario de novela histórica, ni mi proveedor de apreciadas fiestas estivales; ni tan siquiera ese buen consejero que –de manera irreflexiva– cierra la boca, apretadamente (como el culo de un pollo) antes de emitir dictamen. Rafael Pérez Peña, es mi amigo, y de ello, alardeo y presumo. De ello me congratulo y enorgullezco. Y espero poderle pagar algún día todo lo que me ha dado. Todo lo que le debo. Ya se sabe que los Souvirón –al igual que los Lannister– siempre pagan sus deudas.
Te quiero, amigo mío!

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