LA RISA DE LA RUBIA

LA RISA DE  LA RUBIA.

La risa de La Rubia es terriblemente contagiosa. Y su mirada azul, demoledora.

La risa de La Rubia es, además, muy peculiar; inherente a ella. Es su toque de distinción. Marca de la casa.

Porque sabed y conoced que cuando ella sonríe, ésta, la risa, no abarca solamente sus labios, su boca; sino que conquista y se hace dueña de todo su rostro: La nariz se le respingonea, los ojos se le vuelven de gato; los mofletes, le suben dos peldaños,  y por si fuera poco, tornea su cara en un rictus de bondad y de buen rollo que conquista; que encandila y somete al que la recibe. Que enamora.

La risa de la Rubia es terriblemente contagiosa. Y su mirada azul, demoledora.

Conozco a La Rubia por mor de mi hermanilla la shica; esa que ahora se encuentra doblegando pulgares. Y siempre, representaba -y representa- una soberana alegría cada vez que nos encontramos. Noches de Whisky- Trivial que mataban madrugadas a golpe de veladas interminables e inolvidables. A chupito libado obligatoriamente como impuesto a pagar por el fracaso ante el quesito. ¡Y había quien perdía aposta!

Las respuestas de La Rubia en el Whisky-Trivial, eran de una inocencia desquiciante; de una ingenuidad pasmosa y preciosa. Cuando no se sabía la respuesta, siempre contestaba Mary Pickford o John Houston. Y a veces, acertaba. Muchas veces acertaba. Sarah Bernhardt o Sara Montiel, que tanto monta a esas alturas de la noche.

Noches de bohemia y de ilusión intoxicadas por humo procedente de las montañas del Rif.

Se conjuraba La Rubia con su pareja por aquellos tiempos -ese que sienta cátedra cada vez que se acomoda- de una manera natural y fresca. Él, con ese pragmatismo que todo intelectual sencillo y abarcable detenta. Ella con esa espontaneidad, esa pícara belleza, y esa simpatía arrolladora e inagotable. Nunca, puedo asegurarlo, me sorprendió (y me dolió) tanto una ruptura como aquella de estos dos grandes y queridos amigos. Nunca les perdonaré la putada que nos hicieron.

Pasábamos, muchos fines de semana en Chilches las dos hermanas y los dos cuñados más que amigos. Cuando, sorpresivamente se presentaban ARE -así se llamaba el tránsfuga- y mi Rubia; brincábamos (los cuatro) de gozo y de deleite, no sólo por la presencia y la compañía que se presentaba, sino porque esa noche la risa, la alegría, y la amistad estaban de enhorabuena. Dos grandes personas. Dos grandes amigos que aún están en nómina.

La risa de La Rubia es terriblemente contagiosa. Y su mirada azul, demoledora.

Si una risa dulce, cordial y sencilla como es la de La Rubia, tiene como guarnición  unos ojos tan perversamente azules, el conjunto queda perfecto. La batalla, perdida.

Miel sobre hojuelas.

La Rubia, posee un efecto distinto sobre hombres y mujeres. Aunque estos dos efectos tienen un punto de conexión final. Cuando ella llega, las mujeres dan un respingo de alegría: ¡Ahí está la Rubia! ¡Me encanta la Rubia! suelen decir (Santa, Pepis y muchas amigas más) y ella, mientras, se va aproximando.

Los hombres, no damos respingo (bueno, si!) pero pensamos lo guapísima que es y nos preguntamos a que Ángel caído le habrá comprado ese físico espectacular que ofrece a los buenos cristianos. Y cual habrá sido el tributo pagado a cambio. Después, nos recuperamos, nos recomponemos, y decímos… ¡Ahí está la Rubia! ¡Me encanta la Rubia!  Y nos disponemos todos a disfrutarla. Ese es el punto de conexión final al que antes me refería.

La Rubia, se llama Rocío, y con eso vale. Pero si una particularidad tiene, es que todos sus amigos la queremos de verdad. De verdad de la buena. Por que es adorable.

La risa de la Rubia es terriblemente contagiosa. Y su mirada azul, demoledora.

Por eso yo, la quiero tanto. Por eso mismo.

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Una respuesta

  1. Mi chica se llama Rocío y no tiene la mirada azul, más bien marrón diría yo. Su risa no es demoledora, pero sí su palabra. Y así me quedo embelesado escuchando su verbo perfecto, modulado, razonado. Tanto que, una vez descubierta esa virtud, le digo de vez en cuando: ” Por favor, échame un discursito, de lo que sea ”
    Y cuando alguna vez he estado dispuesto a comérmela con patatas, por cualquier tontería, su sonrisa sí es demoledora. Ni un misil hará más efecto. Ahí me quedo derretido, embobado, desarmado, casi pidiendo perdón.
    Sí, su palabra y su sonrisa. No las cambio por nada del mundo.

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