LAS SANTAS ÁNIMAS BENDITAS Y EL APÓSTATA.

Oración a las Ánimas Benditas para pedir un favor ⋆ 【Actualizado 2021】

El provecto y descreído Aitor Tilla du Pómdeteg cargaba sobre sus anchos hombros, la muy notable cantidad de setenta y dos calendarios. Aficionado a la afanosa dialéctica política y religiosa con sus amigos de la tertulia de los miércoles, llevaba una vida ordenada, metódica y plácida basada en el cumplimiento inapelable de sus costumbres y rutinas. Lo que se dice un maniático pertinaz y obstinado. Un auténtico caballero español.

Aquella tarde, Aitor Tilla du Pómdeteg, habíase pasado de tiempo, rediez, en cuanto a la duración habitual del coloquio discutiendo con sus compañeros de tertulia toda la tarde y un poco más allá; pontificando acerca de las contradicciones de los dogmas de la iglesia, de sus incoherencias y sus disparates; prevaleciendo en sus argumentos el escepticismo y el convencimiento de la inutilidad de tal institución y tachando de ignorantes y botarates a los que defendían tales creencias y afirmaciones. Se definía como un apóstata que había renegado de la fe de Cristo. ¡Soy un apóstata convencido! Decía con frecuencia.

Tomóse tres cafés descafeinados el pedante durante todo el transcurrir de la velada aquel día y, finalizada esta, despidiéndose de sus amigos -todavía airado- retornó a casa pues ya llegaba tarde para tomar el leve refrigerio que le servía habitualmente de cena para después leer un ratín y descansar plácidamente del varapalo dialéctico que les había infligido a sus pacientes y resignados amigos. Se sentía satisfecho el pomposo y cargante du Pómdeteg.

Terminó el refrigerio, se acostó; y después de leer un buen rato, apagó la luz, se recostó sobre el lado derecho, y se dispuso a dormir apaciblemente hasta las nueve de la mañana, hora fija en la que se solía levantar para desayunar e iniciar metódicamente la jornada siguiente.

No obstante, el sueño (debido a la poca calidad del descafeinado café) se negaba a llegar para procurarle el descanso merecido tras la vehemente exposición anticlerical que había tenido con sus amigos. Unos meapilas y unos chupacirios -todo hay que decirlo- sin remisión y bobos de nacimiento, pensaba él de ellos.

Comenzó a dar vueltas en la cama.  Y otra vuelta, y otra vuelta y otra vuelta más. Y le dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres, y desvelado como un búho orejado, lo encontró la luna.

Em cago en déu, se dijo en un perfecto catalán. L’hòstia puta, siguió blasfemando en el idioma de Carles Puigdemont i Casamajó -presidente que fue de una región autonómica española- pero siguió dando vueltas en la cama.

Ante la imposibilidad de conciliar el sueño -y careciendo de los preceptivos somníferos que le hubiesen ayudado en su deseo de dormir- se acordó de un tema que se había suscitado en la conversación de la tertulia de esa tarde: Las Santas Ánimas Benditas y su peculiar don de servir de despertador a sus fieles creyentes tras haberles realizado el preceptivo y obligado Padrenuestro que era el pago exigido por los intangibles espíritus para cumplir con su cometido.

 Ante la desesperación, hizo abstracción de sus creencias y rezó la oración a la antigua usanza pues la nueva versión no la conocía. Y pidió a las Santas Ánimas Benditas, que le ayudaran a dormir plácidamente y de continuo hasta las preceptivas y acostumbradas nueve de la mañana. Agotado, nada más deseaba en el mundo. Se quedó dormido de inmediato.

A las nueve de la mañana en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos, abrió los ojos. Sorprendido, miró la hora y no podía dar crédito. ¡¡Las nueve de la mañana!! se dijo. Y se quedó un buen rato tendido en la cama mirando hacia el techo y cavilando acerca de esa extraña circunstancia.

 En un momento dado, notó un calor extraño en la entrepierna. Un calor húmedo y empapante que chapoteaba al menor movimiento de su cuerpo. Horrorizado, levantó las sábanas y cobertores de un enérgico tirón y se vio meado hasta las trancas.

No había tenido en cuenta que todas las noches, al menos tres veces, se tenía que levantar para acudir al inodoro y evacuar. Problemas propios de su edad.

Desde aquel día, sus amigos le llamarían “El Apróstata”. Y cada noche, antes de echarse a dormir, le parecía oír un sinfín de carcajadas y un fragor de cachondeo provenientes desde las profundidades del purgatorio donde habitan las Santas Ánimas Benditas.

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