GURUGLÚB! (Crónica de una ecografía anunciada)

BASADO EN HECHOS REALES.

A causa de la circunstancia del haber cumplido 65 años y, por consiguiente, el llegar a la provecta situación de pensionista, mi doctora (previsora siempre que es) me prescribió una ecografía de abdomen para controlar el tema de cálculos renales que – de vez en cuando y de manera porculante– me aquejan y me dan mala noche.

Así qué tras haber solicitado dicha ecografía, y más tarde que pronto, debido a las circunstancias de esta horrible pandemia, me llegó por correo ordinario –que es el sistema de comunicación más soez e impertinente– una carta indicándome el lugar, día y hora en el que debía de personarme en el Hospital Civil para realizarme dicha prueba.

Acompañado de mi amada Santa, me presento en el Hospital para someterme a la puta ecografía. Mi Santa, a la que no le viene el apelativo gratuitamente, me dice una vez que hemos aparcado…

  • Gordooo… Mira! Ve bajando tú que yo voy a aprovechar para donar sangre.
  • ¡Vale! De todos modos, creo que voy a tardar muy poco (pensaba erróneamente en una radiografía y no en una ecografía) El que termine antes que llame.
  • ¡Enga!

Y allá que me fui, displicente y altanero, silbando como un chisgarabís resignado, para la planta sótano que tan familiar me resultaba de ocasiones precedentes.

Una amable enfermera me envío al fondo de un pasillo donde me informó que una compañera saldría a recoger mi cita y que ya me informaría. A mí me extrañó, pues no era el sitio habitual donde antes me habían realizado las radiografías anteriores. Pero claro no se trataba de una radiografía; se trataba de una ecografía.

Sale la compañera, recoge el papel de la cita y, sin dejarme hablar, me dice…

  • Se va a esperar usted un buen rato bebiendo agua hasta que no se pueda aguantar las ganas de orinar. Cuando ya no pueda más, llama usted a la puerta y le hacemos la ecografía.

Así que me voy para la cafetería un poco mosqueado por que no era lo que me esperaba.

Me pongo en cola guardando las distancias y compro una botella de 1´5 litros de agua, me siento en una mesa y me pongo a matar la nula sed que tengo.

Glub, glub, glub. Bebo sin ganas. Glub, glub, glub, sigo bebiendo con menos ganas todavía. Al litro ingerido me llama Santa…

  • Gooordoooo…. ¡Yo ya he terminaaadooo! ¿Dónde estás? Le cuento y se viene hacia la cafetería.

Glub, glub, glub. Pego tres buches y llega. La verdad es que tanta agua –tan rápido y sin sed– me está costando tragarla. Me siento pelín pesado.

  • ¡Gordo! Vámonos al patio a la sombrita que aquí me da paranoia con tanta gente y el aire acondicionado.
  • ¡Enga!

Así que para allá nos vamos con las mascarillas puestas, el culín de agua que me queda y nos sentamos tan ricamente en un incómodo banco de durísima madera a la sombra de un nuevo y horrible edificio de cristal y aluminio.

Glub, glub, glub. Pego los últimos buches, acabo el litro y medio y me “acomodo” a esperar que el agua baje hasta la vejiga y me den ganas de mear.

  • ¿Qué haces?
  • Pues ya ves, esperando a que me den ganas de mear.
  • ¡Eso no es así!
  • ¿Cómorrr? Pregunto yo.
  • Tú tienes que seguir bebiendo hasta llenarte la barriga. Que yo me he hecho muchas ecografías y eso va así. ¡Voy a comprarte una botella de agua!
  • ¡Puaj! Exclamo yo por lo bajini.

Vuelve con una botella de medio litro de la máquina expendedora. ¡Toma, quítate la mascarilla y te la vas bebiendo buchito a buchito sin parar! Así lo hago. Buchito a buchito.

Las ranas ya empiezan a sentirse a gusto en su líquido elemento dentro de mi barriga. Acabo la botella. Dos litros llevo ya ingeridos.

  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • ¡No!

Al ratito…

  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • ¿No!

Al ratito…

  • ¿Ya?
  • ¡No!
  • Es que así no es, me dice. ¡Tú tienes que beber más que yo sé lo que me digo, voy a comprar más agua! Vuelve con una botella de litro y medio. Yo, alucino.

Glub, glub, glub… Empieza el quinario. Glub, glub, glub… Ya no puedo beber más. Glub, glub, glub… empiezo a marearme. Glub, glub, glub… esto es un tormento propio de Fumanchú. Acabo la botella y doy un largo paseo para ver si me dan las putas ganas de mear. Nada. Me siento con una tremenda sensación de infelicidad.

Al ratito…

  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • !!!¡NO!!!!

Santa se levanta, se va otra vez a la máquina expendedora y trae de vuelta ooootra botella de medio litro. Me la da y me dice…

  • ¡Buchito a buchito!
  • ¡Voy!

Cuando acabo la botella, me siento con los tobillos hinchados. Mareao. Con náuseas. La barriga inflada como un globo. Me levanto de un salto. GURUGLÚB! Y le digo a Santa, completamente congestionado…

  • ¡A tomar por culo! ¡Me voy para abajo a que me hagan la puta ecografía! ¡Y si no, me voy para la casa!
  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • ¡¡¡NO!!!!

Y me voy andando hacia el sótano –con cuatro litros de agua en la barriga– con los andares de un león marino y el estómago sonando… ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB!

La enfermera desde el fondo del pasillo me ve y me dice…. Álvarooooooo… vengaaaaaa…. Qué te estamos esperaandoooo….

Le cuento lo acontecido. Se hecha las manos a la cabeza, yo a la barriga, me pregunta si no he matado a mi mujer, me tiendo, en la camilla, me hace la ecografía y me manda para mi casa. Subo, recojo a mi Santa en el patio y nos vamos andando hacia el aparcamiento.

¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! Voy andando a trompicones y haciendo eses. Mareado y descompuesto.

Llegando al coche, le digo a mi mujer…

  • Omaíta… voy a largar.
  • Espera un poco a que…

Aaaaarrrgffffff… Primera bocanada. Primer litro. Aaaaarrrgffffff… Segunda bocanada. Segundo Litro. Aaaaarrrgffffff… Tercera bocanada. Tercer litro. Aaaaarrrgffffff… Cuarta bocanada y último litro. Tengo que aclarar que lo expulsado era agua límpida y absolutamente transparente; como recién salida del manantial.

Exhausto, temblicón, sin fuerzas y consumido por el acto aspersor, rodeo el coche, me derrumbo en el asiento del conductor y me doy cuenta de que las gafas que llevaba en el bolsillo de la camisa, al remangármela en la camilla de la ecografía, se me debían de haber caído en la consulta.

Santa – no podía ser de otra manera ante mi palidez y demacración– se ofrece a ir a la consulta a preguntar.

Cuando llega al pasillo, ve a la enfermera cerrando la puerta para ya irse. Desde lejos empieza a correr y a gritar:

  • Perdoooonaaaaa, Perdooonaaaa… ¡¡¡Soy la mujer del de los cuatro litros de agua!!!
  • ¿Pero todavía no te ha matado? le preguntó. Y le dio las gafas.

Llegué a casa y me acosté. Hasta bien entrada la tarde no pude mear.

P.D. Todo lo narrado en este relato es absolutamente cierto y se ha contado tal y como sucedió.

EL FUTURO

EL FUTURO

El tiempo presente, que será pasado en cuanto haya usted leído esto, ha sido futuro durante el momento efímero en que ha sido pergeñado. Hasta que, cuando llega al futuro supuesto en lo que fue pretérito, vuelve a ser presente en ese momento adecuado. En fin, un lio tremendo que no me atrevo a seguir desarrollando porque estoy empezando a sentirme mareado y que agradezco que ya pertenezca al pasado en el que se me ocurrió la mala idea de escribir este artículo sobre el futuro que nos ha llegado sin percatarnos y que conforma nuestro presente. Así que me callo por la salud que me trae este silencio y por la Gloria de mi madre.

Aunque…. ¿A qué venía esto? ¡Ah! sí!  Pues venía esto a que yo, desde el observatorio de mis sesenta y cuatro –qué edad más Beatle, rediez– me he dado cuenta de que ya vivo en el futuro soñado de mi niñez. Un futuro aquel, el soñado, ahora presente, que supera mis expectativas más calenturientas y visionarias. ¡Vale…Ya lo dejo!

Era yo un mico (aunque siempre tiré a gorila) cuando imaginaba un mundo fantástico y probablemente utópico en el que los robots estuvieran a mi servicio facilitándome la vida. ¡Pero que tontería! pensaba ya en mi adolescencia… ¿Cómo va a ser posible que se haga realidad todo eso que se viene a la cabeza?  ¿Y lo que ni siquiera imaginé? ¿Poder localizar a mis amigos, en plena vorágine de Semana Santa en el centro de mi ciudad, con un cacharrito pegado a mi oreja sin tener que usar ese obsoleto sentido arácnido de bares habituales para unirme al grupo? ¿Oír cualquier música deseada que previamente he escogido a golpe de voz? ¿Leer libros en unos artilugios llamados tabletas que siempre estuvieron implementados en mi cerebro como un trozo de chocolate envuelto en un papel rojo y otro de aluminio elaborado por una conocidísima marca llamada Nestlé? Imposible del todo, creía.

Muchos más casos son los que podría indicar, pero ya lo he hecho antes en estas páginas.

En fin, lo que quiero decir es que, lo de ahora, me pilla un poco asustado aunque ya viva en el futuro de antaño. Entro en mi casa y grito a las paredes –tal si fuese Moisés montándole el pollo a los judíos– para que se enciendan las luces. Pido a Alexa –que es un aparato de forma similar a una pastilla de jabón “Flota” repipi y petulante– que me diga la temperatura actual de mi barrio, del Baix Empordà o de Tombuctú. Que le ordene (a través de Alexa, recuerden) a un impenitente reptil fiscalizador que se llama “Conga” (y no es de Jalisco) a que se dé un tour guiado completo por mi hogar y que mientras se da el rule, ya de camino, lo husmee todo, transmita esos datos a no sé dónde ni con qué fines y ya, si acaso, y le viene bien, limpie, pula y dé esplendor a los suelos de nuestro domicilio patrio. Tengo, y ya termino, a mi disposición, más canales de televisión y cine de los que jamás hubiese soñado y me hacen falta; y me beneficio, finalmente, de acceso a la más inabarcable información universal a través de un milagro llamado Internet que me procura todo lo anteriormente citado. ¿Es fuerte o no es fuerte? Ya os digo: Todo esto me pilla un poco asustado.

Así que, ahora, por pedir, que este caso sí que cuesta dinero, le he pedido a la impertinente Alexa, que me diga la hora de Wuhan y que me haga un cronómetro regresivo para controlar el tiempo que queda para que los chinos construyan un par de hospitales –para atender a miles de personas afectadas por un constipado mortal llamado Coronavirus– en sólo quince días.

Yo no sé lo que pensarán ustedes, pero si esto no es el futuro nunca imaginado de nuestra niñez, que baje Dios de la Nube en su coche volador y lo vea.

 

POLLO, POLLO. EL CHICKEN ART DE SARAH HUDOCK.

Antes de nada, indicar que me da auténtica grima comer pollo. Muchísimo asco. No soporto a ese rastrero volátil que se come, con sumo deleite escatológico, las mierdas de sus propios congéneres y que esta costumbre, configuró el inicio de mi más atávica aversión hacia aquellas comidas realizadas con ese alimento. El pollo pollo.

Odio a este animal en todas sus vertientes alimenticias; desde la apetecible (a la vista) alita churruscada o el pollo asado trinchado hasta el súmmun de lo desagradable que es cuando flota inerte y cocido en cualquier puchero o sopa con un indecente y repugnante color cadáver.

Y odio al pollo, y ya termino mi tremendo discurso negativo, porque manías aparte, todo el que me rodea y sabe de mi profundo desagrado hacia las aves de corral, procura meterme doblada disimuladamente entre pecho y espalda (no sé qué gracia le verán al desatino) cualquier receta que contenga al repulsivo y abominable omnívoro.

Admitámoslo: Sólo admito a esta subespecie de corral en forma de foie o paté (de oca y/o pato) porque de pequeño, mi tía Lourdes confeccionaba uno delicioso (tengo que reconocerlo) el cual, al cabo de los años, me enteré que era elaborado con higaditos de pollo. Pero para entonces, ya era tarde para reconocer el asco que (no) me producía.

Viene esto porque, eso sí, me encanta verlos dibujados o pintados. Su estética es notable y cuando el pollo es gallo o gallina clueca, inspira orgullo o ternura. Galantería o delicadeza. Afecto y terneza. Así que ahora, os voy a poner una preciosa galería de imágenes de trabajos con pollos de protagonistas y realizados por una exquisita pintora llamada Sarah Hudock… Chicken Art.

Sarah, vive en Vermont, su lugar favorito en todo el mundo. Es un lugar lleno de pastos y montañas verdes, antiguas granjas y bosques. Está lleno de caminos de tierra, ciervos, coyotes, zorros, mapaches, gatos pescadores, marmotas, ardillas y halcones. (sic)

Y añade: “¿Por qué pinté pollos durante cinco años seguidos? Porque el pollo del patio trasero es una de las criaturas menos apreciadas en este hermoso mundo nuestro. Son dulces, curiosos, inteligentes y divertidos. Sus colores, patrones y plumas son realmente hermosos, y también ofrecen una maravillosa combinación de dignidad y diversión hilarante. Son completamente vulnerables y, sin embargo, una gallina protegerá ferozmente a sus polluelos y un gallo dará su vida por el rebaño. Hice mi mejor esfuerzo para representarlos y honrarlos con amor.”

Por cierto… El escudo heráldico de mi familia es un pollo.

Esta es la galería:

 

 

 

 

 

 

 

CADA MES DE DICIEMBRE / DESPIERTOS, TRAS EL CRISTAL MIRANDO

CADA MES DE DICIEMBRE

Después de cada  mes de Noviembre y de su pertinente ramito de violetas, llega Diciembre. Con su anhelado puente vacacional y sus excesivos alumbrados callejeros. Con la hermosa Navidad que (al menos de boquilla) hermana a todos los ciudadanos cristianos que celebran el dosmilésimo decimonoveno aniversario del nacimiento del Niño Jesús.  Un niño que, en menos de tres meses, oh paradoja! será paseado ya hombre, crucificado, muerto y resucitado por las mismas calles del jolgorio luminoso. Cosa milagrosa sin duda y ejemplo de rapidez en eso del pasar los años.

Llegan, ya lo saben ustedes, las bacanales gastronómicas y sus kilos de más. Los excesos etílicos acarreando las pérdidas del pundonor y la dignidad. Llegan los cuñados sabelotodo y las concuñadas marisabidillas. Llega, en fin, el mes de Diciembre con sus típico tópicos mezclando  la repulsa y la ilusión. La fe y lo pagano en una balanza con el fiel perdido que ha olvidado sus principios en aras de un consumismo desaforado y enloquecido.

Yo, lo reconozco, soy más de estar ilusionado que agobiado por estas fiestas.  Feliz que contrito. Aunque, por eso de las edades, he de reconocer también que mis sentimientos navideños sufren el desgaste propiciado por lo repetitivo y por tener –al margen de las ausencias– la sensación de haberlo visto y vivido ya todo.

Sin embargo, no me pasa eso cada mes de Diciembre con el mensaje de amor y esperanza que mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González me felicita las Pascuas y que yo –ufano, feliz y orgulloso– comparto en este blog para que, con la impenitente belleza poética acostumbrada  por el vate, disfrutéis estas Navidades en unión de vuestros familiares y seres queridos.

Esta es la felicitación para estas Navidades del 2019:

DESPIERTOS, TRAS EL CRISTAL MIRANDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CASA ILUMINADA

LA CASA ILUMINADA

Una historia real de Navidad.

Disfruto de una vista privilegiada al Monte de San Antón desde mi casa. Una vista viva y cambiante que sigue el ritmo obligatorio de las estaciones del año. Este panorama  singular -que es precioso ya os digo- viste sus mejores galas en la época navideña.

Asomarme por la noche en estas fechas y poder contemplar un paisaje lleno de luces  tintineantes que parecen bailar al ritmo de villancicos y jolgorio. De balconadas iluminadas profusamente que se disputan las unas a las otras el honor de ser la mas bonita. Columnas de humo blanco  de chimeneas que impregnan el ambiente a un olor que a mi, me traen a la memoria   vaharadas de alhucema y espliego que ya sólo flotan en la parte más entrañable de los recuerdos lejanos.

Un gran Belén vivo y cambiante,  ya os digo, que cada Navidad , y por la noche, hace que me ponga una buena selección de villancicos americanos clásicos (son los que mas me gustan )y goce plenamente del ambiente familiar que , afortunadamente, aún disfruto en compañía de amigos y familiares.

Pues bien, cada año, cada vez que me asomaba a la ventana de mi salón, lo más significativo del paisaje era una casa profusamente iluminada. Ya sabéis, esa iluminación que consiste en rodear con guirnaldas luminosas toda la silueta de la vivienda  y los arboles del  jardín que le daba un aspecto mágico y de película de elfos , duendes, gnomos y hadas. Gingle Bells que le dicen.

Todos los años, invariablemente , esa era la primera casa en iluminarse. Siempre la primera. Todo el barrio se deshacía en elucubraciones acerca de ese hogar que se adivinaba feliz y lleno de niños contentos; de regalos y perpetuas celebraciones por esas fechas. Se comentaba que era de una familia bien avenida llegada de América -después de años de trabajo-  a su Málaga natal. Era ese encendido en todo el monte, la señal del comienzo de las fiestas navideñas.

Pero un día, la casa, dejó de estar iluminada. Y al año siguiente también. Y el otro…

Se volvía a comentar ( y ya se sabe eso de cuando el río suena…) que uno de los hijos (ya adolescente) murió trágicamente en un accidente de tráfico. La casa oscureció. Se vistió de luto indeseado y nos comunicó indirectamente a todos los vecinos que ya no estaban para celebraciones sino para la angustia y la aflicción.  La casa, fue obligada por las circunstancias, a renegar de su misión de ser la anunciadora de la época de Pascuas.

Y pasó así, sumida esta  vivienda en la mas triste oscuridad,  más de veinte años.

Hace un par de noches, estaba sólo en casa.  Mi Santa, tenía reunión de su Club de Las Anacondas (no chirríen las feministas que yo tengo mi propio Club de Los Culebrillas) y  gozaba de esa situación de soledad escogida (que es la buena) con una copa de ron bien servida, un par de cigarrillo ocasionales y en mi televisión, con un volumen más bien alto, un poético,  triste  y afligido pero precioso homenaje a Leonard Cohen en Montreaux por el primer aniversario de su muerte.

Así, de esa manera de  íntima comunión con la indeseada ausencia, me encontraba yo sumido en un mar de recuerdos por  los que ya no estaban conmigo. Por los que, irreflexivamente, se habían marchado dominados por extrañas e interesadas particularidades.

Me levanté a servirme otra copa. Me asomé a la ventana y de pronto, la vi de nuevo! Iluminada como nunca. Irradiando luz y gritando a todo el vecindario que la alegría había vuelto. Envuelta en añoranza , nostalgia y evocación, pero que la esperanza y la felicidad, después de un largo periodo de  hibernación, se había vuelto a instalar en esa casa.

Yo, al verla de nuevo, entendí su mensaje. Quité a Leonard Cohen y puse a Rod Stewart  y bebiéndome de un trago mi copa, me serví otra, encendí otro cigarrillo  y bailé, frenéticamente, Babe Jane con los ojos empañados de lágrimas brindando por la felicidad y la salud mental recuperada de esa familia.

TRÁNSITOS. POESÍA ERÓTICA

TRÁNSITOS. POESÍA ERÓTICA

Todavía no llego a entender  –cosas de la fortuna supongo–  la causa, motivo o razón por la que mi adorada EmeTé me hizo depositario de sus pedestales corpóreos. Ella, creo, también se lo debe de estar preguntando.

Porque, a pesar de mis dudas (y las suyas) periódicamente (que ya es decir mucho) y en exclusiva (que sé que es palabra que ella reconoce con mal paladar) generosamente, me regala su intimidad para que yo adorne estas esporádicas entradas de poesía erótica y sensual que suelo colgar en este blog.

Que EmeTé sea tan pródiga y desprendida conmigo tiene que ver –además de la amistad y de la confianza que me dispensa– con ese íntimo placer que la acompaña –estoy seguro de ello– por mostrar pública y orgullosamente, la bella y perfecta desnudez de su piel. De eso, ya les digo, no me cabe la menor duda.

Cada entrada de EmeTé en este sitio va acompañada de la esperanza de que no sea la última. De que sea sólo un eslabón más en la cadena de regalos inestimables que, muy de vez en cuando, recibo de ella. Tal vez sea porque ella sabe que, de no hacerlo así, me desesperaría y –muerto en vida– saltaría desde alguna de las más altas Torres que hubieran en la comarca y, que si no hubiese ninguna a mano, daría el brinco desde el más prominente y elevado Campanario.

No sé si ustedes entienden el juego de edificios.

En esta ocasión, aprovechando que estoy leyendo el segundo volumen de los Diarios de mi tío, el poeta José María Souvirón, el texto que viene ahora es de un buen amigo suyo: Emilio Prados.

Este es el poema. Disfrútenlo: Háganlo con buen pie.

 TRÁNSITOS

¡Qué bien te siento bajar!
¡qué despacio vas entrando
caliente, viva, en mi cuerpo,
desde ti misma manando
igual que una fuente, ardiendo!

Contigo por ti has llegado
escondida bajo el viento,
– desnuda en él -, y en mis párpados
terminas, doble, tu vuelo.
¡Qué caliente estás! Tu brazo
temblando arde ya en mi pecho.

Entera te has derramado
por mis ojos. ya estás dentro
de mi carne, bajo el árbol
de mis pulsos, en su sombra
bajo el sueño:
¡Entera dentro del sueño!
¡Qué certera en mi descanso
dominas al fin tu reino!

… Pero yo me salvo, salto,
libre fuera de mí, escapo
por mi sangre, me liberto,
y a ti filtrándome mágico,
vuelvo a dejarte en el viento
otra vez sola, buscando
nueva prisión a tu cuerpo.

Autor del poema: Emilio Prados

***

LA AUSENCIA BAILA

 

Un muy querido amigo, con motivo de la boda de su hijo, me pide ayuda para elaborar un texto que él deberá de leer en la ceremonia delante todos. Dicho texto debería hacer referencia a su mujer ya fallecida. Difícil tarea para el afectado que tiene que delegar este cometido en otra mente más fría para hacerle frente a lo mas penoso: Transmitirlo con la templanza y serenidad adecuadas.

Este es el texto que le remití y que, con su consentimiento, publico en este sitio.

LA AUSENCIA BAILA.

En los momentos más dichosos de la vida como es este, la ausencia  (que es hermana del alejamiento y de la partida)  y una de las sensaciones más enojosamente tristes que puedan existir, va y se rebela contra todo y contra todos y baila, animadamente, abrazada al recuerdo imperecedero brindando por la nueva vida compartida.

Y durante esa danza, la sensación de abandono involuntario de la que se fue, desaparece. Y entonces, esa huella de privación y carencia se vuelve presencia y permanencia. Se transforma el recuerdo en añoranza;  y el amor (que entre una madre y un hijo jamás desaparece)  se hace más fuerte que nunca.

Ella está aquí. En la memoria de todos los que la conocimos. De todos los que la quisimos. La ausencia baila y nos anima a todos a hacerlo con ella.

***

LISTADO DE MERCADILLOS CALLEJEROS EN NUEVA YORK. NOVIEMBRE – DICIEMBRE 2019

Con la llegada de los fríos, cada vez van quedando menos mercadillos callejeros en las calles de Nueva York.

Aquí tenéis los correspondientes a Noviembre y Diciembre.

A mi particularmente me fascina la Fête du Noel que tiene lugar en Bryant Park.

Un precioso lugar junto la Public Library y que tiene como principal aliciente, no solo su entorno y situación, sino además  su pista de patinaje sobre hielo y sus precioso puestos de ventas de objetos navideños.

No se debe de olvidar pasar tambien por el Holiday Market de Union Square

Por cierto, aquí tenéis una ruta de los escaparates por la ciudad.

Si hay algo que yo adore es la ciudad de Nueva York en la época navideña. No solo por la música y el ambiente en las calles. Los Santa Claus en los comercios o los asombrosos escaparates que montan todas las tiendas.

Bueno… Estos son:

Principios de noviembre – Principios de enero –

– Las tiendas de Navidad en Bryant Park

42nd St en Avenue of the Americas

Horario: lunes a viernes de 11 a.m. a 8 p.m., sábados de 10 a.m. a 8 p.m., domingos de 10 a.m. a 6 p.m.

Un mercado de Navidadde estilo europeo con regalos y artesanías hechas a mano.

Bryant Park, entre 40th y 42nd Sts y 5th y 6h Aves, Manhattan

Mediados de noviembre a fines de diciembre

 Mercado de Navidad en Union Square

14th St y Union Square, Nueva York

Horario: 11 a.m.-8 p.m. (Acción de Gracias cerrada)

– Una gran fuente de regalos de Navidad y Hannukah con más de 100 vendedores.

Union Square Park, ingrese en 17th Street y Broadway, Manhattan

Mediados de noviembre a fines de diciembre:

Feria de regalos de Grand Central Holiday

Vanderbilt Hall, Grand Central Terminal, NYC (Acción de gracias cerrada)

Horario: lunes a sábado de 11 a.m. a 8 p.m., dom 11 a.m. a 7 p.m.

– Ubicado dentro de Vanderbilt Hall, la feria presenta regalos distintivos de más de 70 vendedores. Grand Central, 42nd Street y Park Avenue, Manhattan

Mediados de noviembre a fines de diciembre Nov

 The Seaport Holiday Shops

Calles Fulton y South, Nueva York

Horario: 10 a.m. a 9 p.m.

– Con 25 vendedores de artesanías y adornos. También habrá espectáculos de luces y Santa está disponible para fotos dentro del South Street Seaport Mall.

Finales de noviembre a fines de diciembre Nov

Mercado de Navidaden Columbus Circle

W 59th St y Broadway

Horario: lunes a sábado de 10 a.m. a 8 p.m., dom 10 a.m. a 7 p.m.

– Ubicado a las afueras de Central Park, este mercado de Navidad seguramente complacerá a buscadores de regalos con todo, desde joyería fina hasta artículos de cuero y obras de arte.

KOOZA

Tengo una cierta experiencia con el Circo del Sol. Desde el primer espectáculo que vi en el año 2004. Desde entonces, han sido repetidas las veces que he visto diversas representaciones suyas en lugares tan dispares cómo  Sevilla, Málaga, Barcelona y Nueva York. Saltimbanco, Corteo, Dralion, Quidam, Alegría!  A Fairy Tale in New York y ahora, Kooza. Siete han sido hasta hoy. Todos me han gustado; unos, como es natural,  más que otros. Pero todos admirables y con montajes escénicos espléndidos.

Esta veteranía, me ha llevado a poder comparar y confrontar dichos espectáculos y establecer mis claros favoritos: Saltimbanco en Sevilla por ser el primero y germen de mi entusiasmo por lo que sucede bajo el Grand Chapiteu. Alegría! en Barcelona por la belleza intrínseca y su música inolvidable y A Fairy Tale in New York porque quién se puede resistir al Cirque du Soleil en el Madison Square Garden en la navidad Neoyorquina?

Con Kooza (un afortunado regalo de mis hijos) tenia yo una cierta reticencia. Había un poquito de reserva porque había notado un cierto (y lógico) agotamiento de los de Guy Laliberté o, seguramente, porque mi capacidad de asombro había llegado ya a un límite muy alto tras Alegría! y Saltimbanco. Hasta que – seamos precavido en las apreciaciones de favoritismo- llegó a Málaga Kooza. Una sorpresa inesperada.

Conforme iba avanzando Kooza, la sospecha del “más de lo mismo” iba desapareciendo para sorpresa mía. Contemplé números que me provocaron el sobresalto y la angustia. Esos acróbatas desafiando inverosímilmente las leyes de la gravedad; la contorsionista imposible; los volatineros con saltos increíbles, los trapecistas o el gimnasta que decide sentar la cabeza en la cumbre de nueve sillas puestas una encima de otra sobre una alta peana de madera.

Los payasos (qué risas) te alegran toda la velada con sus gags  y proporcionan descansos visuales, para  una retirada de bártulos del escenario entre actuaciones, sin que apenas se note el disimulado barullo. Todo está medido al milímetro y eso se nota en el resultado de cada número. Los trajes y toda la tramoya, fascinantes. La música en directo fantástica y la primera visión y el golpe de sonido al levantarse el telón alto que cubría a la banda fue fastuosa. Menudo batería!

En fin, un espectáculo digno de ver que no me defraudó y que recomiendo encarecidamente. No se lo pierdan.

PARA DIEGO CUMPIÁN EN SU 60 CUMPLEAÑOS

 

 PARA DIEGO CUMPIÁN EN SU 60 CUMPLEAÑOS

“Nada mejor que tener:  Vieja madera para arder, whisky viejo para beber,

viejos amigos en quien confiar y viejos libros que leer.”

 

Tengo la enorme fortuna de disponer a mi alrededor de numerosos amigos en diferentes grupos, que me hacen la vida más fácil y más dichosa. Amigos, que por eso del transcurrir del tiempo, se acercan más al grado de familia que al de compañeros. Amigos irrenunciables a los que yo, personalmente, aprecio muchísimo.  Con sus más y con sus menos, sus dimes y sus diretes, con réplicas y contrarréplicas. A todos los quiero sinceramente. A todos los distingo con mi más entregada amistad al margen de discusiones, comentarios y  diatribas que son condiciones innatas al roce, a la relación continuada y a la propia convivencia.

Pero siempre hay (en todos los grupos) almas nobles –excepciones se llaman–  que huyen y reniegan –con una innata bonhomía–de la confrontación y la rivalidad. Espíritus libres e íntegros que van a su aire, y vuelan por encima de cada uno de estos grupos haciendo que la convivencia sea más sana y más higiénica. Más merecedora de vivirla en paz y en armonía.

Diego, y a él me refiero, es una persona cabal, generosa y bienintencionada. Honesta y honrada con sus amigos.Alguien que vive su vida sin tamizarla por la de los demás. Aunque también, todo hay que decirlo, cuando va de gira por las Tierras Altas de Escocia, se mueve expertamente en el uso y manejo de la lengua eslava de la parte más oriental de la Chequia y se trastabilla con una cierta facilidad durante la disertación tranquila y serena en las horas postreras de los saraos culturales. Estas dos últimas apreciaciones –también esto hay que decirlo– lo hacen único, irrepetible y proclive a la anécdota brumosa y amnésica.

 

Ya estamos más viejos querido hermano. Bueno, a lo mejor no más viejos  pero sí más experimentados; más curtidos y fogueados en este periplo vital que los versados suelen llamar existencia.

Baqueteados estamos en mil situaciones que, en otras vidas más pacatas, con una sola de ellas, se justificarían su paso por la suya propia y les resultaría suficiente y aceptable. Tú, nosotros, mis otros amigos, ya te digo, las contamos por miles.

No te puedes quejar querido Diego, amigo mío, de la intensidad vivida.  Tampoco, de lo mucho que te queremos. Siempre juntos. Siempre amigos.

 

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