LA ANTIPATÍA

LA ANTIPATÍA

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La antipática –me refiero a la persona en general, pues no distingo géneros– es que no lo puede evitar el alma mía!

Lleva la animadversión y el desagrado implementado en el cromosoma LA4E (Labio Alzado for Everybody) y eso le obliga – a veces contra su voluntad– a ser desagradable, estúpida e irritable para con todo quisqui.

El antipático es fácilmente distinguible entre el resto de sus congéneres, pues su rostro está marcado por dos hendiduras a los lados del boquino que le procuran –esos profundos cañones de piel– una especie de coraza a la risa, un blindaje contra la amabilidad o, en el mejor de los casos, un particular paréntesis, preceptivo y regulado por su propio carácter seco, adusto y grosero.

Me acusará el lector de este blog de una muy mucha recurrencia en cuanto a despotricar de esta subespecie humana; ya lo he hecho en varias ocasiones con mis desvaríos sobre las impertinentes, las malapipas, y los siesomaníos. Pero son algo, estas singularidades, que me enervan y me sacan de quicio.

El ser antipático, demuestra falta de ingenio, de gracia y ocurrencia. Manifiesta, casi siempre, ignorancia, ineptitud y torpeza. Oculta la maldad, la vileza y la fealdad del alma tras el improperio y el denuesto. ¿No es más fácil decir algo amable –o por lo menos, algo que no sea insultante– a soltar por la boca algo pernicioso, insolente y vejatorio?

No aguanto a los antipáticos. Ni a sus miradas displicentes y desabridas. Me pueden. No los soporto! Prefiero tener a mi lado un vegano antitaurino, dándome por el culo con sus teorías aciagas y catastróficas de un mundo carente de bondad vegetal –y lleno de apocalípticas barbacoas sangrantes y cancerígenas– prefiero sufrir a un político en pre campaña electoral, o a un Policia Local tirando de bolígrafo con cara de suficiencia, antes que soportar la invectiva oral de semejantes individuos.

Quelesdén!! Quelesdén muchísimo, aunque no sea por el culo!!

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LA BUHARDILLA

La Buhardilla

( Autor de la pintura: Andrés Merida)

LA BUHARDILLA

Era de una insolencia intolerable e insufrible. Decía de ella  misma que era “María Clarilla” porque -argumentaba- todo lo decía a la cara sin importarle nada ni nadie. Sin darse cuenta la majarona, de que lo que demostraba -al decir lo que se le pasaba por esa obtusa cabeza y soltarlo- no era un ejercicio de franqueza, sino una muestra manifiesta de inoportunidad y de mala educación.

Todos sabíamos que, por imposible, había que dejarla correr. Pues esa soltería inevitable, y ganada a pulso a base de impertinencias, le estaba reconcomiendo las entrañas y había acabado con el poco humor que detentara, si alguna vez, milagrosamente, hubiese dispuesto de algo. De ahí -imaginábamos con una cierta malaleche, y debido al rictus cariacontecido- podría venirle ese impenitente problema de incontinencia flatulenta que le hacia pegarse sonoros y larguísimos pedos sin fin; cualquiera que fuese el sitio donde estuviera o estuviese, que es tiempo verbal, como saben todos ustedes, pretérito e imperfecto.

Colon Irritable se disculpaba ella con el labio levantado; sabiendo todos que el tal Colon se había ido ya, hacia tiempo, a hacer las Américas porque no aguantaba las continuas pedorretas de la inefable y talluda mozuela. Había que reconocer sin embargo, que nosotros  -para su enorme indignación y enfado- no nos tomábamos esa circunstancia como una enfermedad, sino como una excusa para reírnos de ella abiertamente. Memorables eran los pedos que se pegaba sin querer cuando, para ayudar, por ejemplo, se levantaba de su sitio para recoger durante la sobremesa y nos atizaba un trino inacabable y estentóreo con un deje, porqué no reconocerlo, átono, triste y melancólico.

Se pasaba la bicha, todas las reuniones familiares, con la escopeta cargada. Ojo avizor. Mirando fijamente, como si fuese un búho, a cada una de las posibles victimas de su acerada y corta dialéctica; mientras roía sin parar, incansablemente, pipas de girasol -su único vicio confesable- como si fuese una ardilla.

Como un búho. Como una ardilla. Así que convinimos en ponerle un mote apropiado: La Buhardilla. Y eso, le jodía terriblemente. Porque además, no sabía por que la llamábamos así, la muy pamplinosa.

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