LIAISON

  1. liaison (en grammaire):La liaison es la acción de unir dos palabras al pronunciarlas. Se lleva a cabo uniendo la consonante final de una palabra a la vocal inicial de la palabra siguiente, como por ejemplo enLes amis / Mon ami/ Deux enfants/ Ces amis…

Esto nos enseñaba nuestro profesor de francés –el magnífico D. Pedro Cascales– acerca de la figura gramatical francesa llamada “liaison“. Con profusión de ejemplos magníficamente pronunciados. D. Pedro, que también era profesor de literatura, nos animó a los alumnos a decir también ejemplos que se nos viniesen a la cabeza pero en castellano.

Yo, que era asaz zascandil e imaginativo, levanté el brazo. Irreflexivamente. El primero. Era yo lo que se dice, súper rápido en cuanto a las ocurrencias y sin pensar las consecuencias que podrían acarrearme en un “colegio de curas” en circa 1968, levanté el dedo y Don Pedro me indicó que me pusiese en pie y expusiera mi ejemplo.

Cuando iba a soltar la chuscada –insisto en la rapidez de mis reflejos mentales– me senté y dije: Se me ha olvidado!!

Mis compañeros, empezaron a reírse de la situación tan boba que yo acababa de protagonizar. Don Pedro Cascales –más largo e inteligente que la media del profesorado– me miró solícito y con un cierto punto de choteo en la mirada y ordenó silencio a la clase.

Él sabía perfectamente que a mí no se me había olvidado. Para nada. Él sabía que yo había optado por la prudencia y la sensatez.

Cuál era el ejemplo de liaison en castellano que no dije en público pero sí a mis amigos más íntimos al terminar la clase?

“La actuación de esa vedette levantampollas entre el público masculino.”

Hice bien en callarme. Pero D. Pedro se hubiese desternillado, eso sí que lo puedo asegurar.

MUJER DE LOS OJOS TRISTES

MUJER DE LOS OJOS TRISTES

“Señora de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, señora de ojos tristes, debiera esperar?”

 (Sad Eyes Lady of the Lowlands / Bob Dylan)

 La veo pasar triste y despacio muy a menudo por las calles de mi barrio. Y siempre, siempre, me rompe el corazón. Me lo quiebra con su sola presencia y con esa parsimonia que le provoca la lentitud al andar. Y no es sólo ese el sentimiento de conmiseración y ternura que me produce. También me embiste otra sensación  de vergüenza hacia mi mismo. Por el comportamiento de otros que, habiéndoles caído en mala suerte como acompañantes en su vida, se la han procurado atroz y desdichada.

Va siempre escoltada por su perenne tristeza. Por una resignación obligada y, seguramente, inmerecida.  Además, a esa indeseada tristeza, le acompañan,  para más escarnio aún, sus  más viles compinches: La pena, el desconsuelo, la aflicción y el quebranto. La desesperanza y el abatimiento.

Su forma de vestir, con prendas dos grados por encima del harapo, y su pelo despeinado y descuidado, se complementan –va de serie con su agonía–  con un carrito de la compra tan desfallecido y vacío como ella misma. Demacrado tanto a la ida como a la vuelta de ese colmado de los antiguos que ella habitúa –y tan alejado de su domicilio– porque todavía hay personas que se apiadan de gente como ella y le anticipan –porque aún hay valientes– el condumio diario. “Hoy, si se fía, querida. Mañana, no te preocupes, también.”

Triste y desesperante tiene que ser la obligación del desplazarse tan lejos porque su economía y su peculio no le permiten las luces y el brillo de estos comercios modernos y plasticosos con tanta megafonía como oídos sordos. Con tanto frío en sus pasillos de alimentos refrigerados, como en su corazón cruel y monetario. Con tanta inhumanidad oscura cómo claridad artificial  y luminiscente.

Pero hoy, día de gota fría y lluvia intensa y poderosa, la he visto –desde el calor de mi ventana–  pasar de vuelta completamente empapada.  Calada y chorreante. Con el carrito mas enteco que nunca por eso de que la humedad no miente y canta las verdades de la apariencia. Con un aire resignado porque tiene que encarar el día – como todos los días de casi toda su vida– dándole gracias a un Dios sordo e inclemente por haberla librado de alguien  que la maltrataba y que le dejó, de regalo, una mala existencia sin visos de arreglo. Sin luz al final de su indeseado túnel.

Hoy, me he sentido  muy mal. Muy mal. Por no tener los suficientes arrestos de quitarme ese complejo del molestar o del herir su orgullo y bajar, taparla con un paraguas,  y ofrecerme a llevarla a un supermercado para llenarle la nevera. Y de ello, por omisión y negligencia, me arrepiento cada minuto de este día  tan triste y desabrido.

Que te vaya mejor la vida, Oh! Señora de ojos tristes de las Tierra Bajas. Mujer de día lluvioso.

 

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