CUERPO A LA VISTA

IF         © Fotografía y posado: Isabel Fillola

CUERPO A LA VISTA

***
“Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano”.

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas,
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
plata sin fin de tu costado.

***
Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.

***
Siempre hay abejas en tu pelo.

***
Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.

***
Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises

***
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

***
Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.

***
Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección
y el día de la vida perdurable)

***
Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.

***
Octavio Paz (1914-1998)

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LA BATALLA PERDIDA.

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LA BATALLA PERDIDA

 La escogí sin que lo sospechara. Aunque pienso que en su fuero interno siempre supo que, entre todas, ella  y nadie más que ella, era la elegida; que siempre había sido, mi más secreta debilidad. Desde siempre; desde los años primeros de mi vida consciente y adulta.

 Desde que su pelo –de un  color amarillo azafranado por el Sol– se metiera por la puerta secreta del deseo y del apetito más carnal e irrefrenable. Por esa insoportable frescura que irradiaba, por esa lozanía  tan insultante cómo lujuriosa e imperecedera; por esa compañía que, sin saberlo, me dispensaba cada noche en la que estaba hambriento de ella y me saciaba breve y exiguamente.

Primero, la seduje con el tacto y con la caricia disimulada y la arranqué cuidadosamente del grupo para llevarla conmigo al sitio más cómodo y confortable de la estancia; y en la íntima soledad del apartado, la acerque a  mi cara para, aspirando ese olor fuerte  y sensual -cómo de azahar- que desprendía, sin quererlo, dejarme llevar al éxtasis rendido por sus encantos. La lleve a mis labios y dejé, con un beso, que su frescura me traspasara y me preparara para lo que había de venir.

 La despojé de las vestiduras justas y convenientes; poco a poco, con un cierto trabajo, pues al principio no se dejaba. Al final –no sé si porque soy un pesado impenitente o porque mi insistencia no tiene rival– se dejó ir y me permitió, no sin sentirse falsamente ofendida, que entrase en su universo fresco, suave y terso. Limpio e intacto por ahora.

 La abrí lentamente con la suave presión de mis dedos índice y anular (debía de dejar el corazón para el trabajo más arduo, cansado y placentero) y penetré en la húmeda cueva que me daba acceso al recinto del gusto, del sabor y del deleite.

 La separé en dos gajos y penetrando en su hendidura, noté como mi dedo se mojaba hasta arrugarse y volverse blanco; y me llegaba ese olor que te abre el apetito más irreprimible y anhelado. Intolerable. Irresistible. Mi dedo estaba aprisionado; capturado dentro de ella. Se resistía; se resistía hasta que por fin, en una fina lluvia de líquido dulce y dorado, se rindió. Se deshizo y se derramó sobre mi mano rompiendo a llorar en una mezcla de sensaciones de gozo, placer y de batalla perdida. Y eso,  la batalla perdida, me llevó a la convicción de que ya, por siempre, sería mía. Y que habitaría dentro de mí.

 Entonces, comencé a devorarla poquito a poco a base de cuidadosos, deliciosos y exquisitos mordisquitos.

 Así fue como gané la apuesta a toda mi familia, que estaba sentada en la mesa junto a mí, de que era capaz de pelar y comerme un mandarina con una solo mano en menos de dos minutos.Todos me aplaudieron a rabiar, y yo me sentí, ya te digo, orgulloso de mi habilidad, de mi capacidad y de mi inocencia.

 ¿A que si?

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