TEJERINGOS

 

TEJERINGOS

Hablaba yo ayer con mi barbero-peluquero, sobre la oportunidad de su negocio y acerca de esa circunstancia que se repite cada cierto tiempo: la vuelta de las modas y de los comercios de antaño.

Maneras y costumbres que  se consideraban perdidas en el uso, pero no en la memoria, y que se recuperan por el atisbo de aceptación (o los estudios de mercado) de una nueva generación que no conoce lo que se pretende poner de nuevo en boga. En la ropa y complementos hay evidente ejemplos: los pantalones de pitillo y/o acampanados, los zapatos de plataformas, los bolsos para hombres (vulgo mariconeras) los vinilos, el pelo largo, las barbas, el abundante pelo sobaquero… Y en las comidas, los dos ejemplos más claros, le decía yo que era: El Salchichón García-Agua y los tejeringos.

Y a los tejeringos me voy a referir, porque el García-Agua, como que ya no sabe como antes.

Los tejeringos: Esa deliciosa masa de harina y agua frita con la peculiaridad de presentarse en enormes lazos que, antes, se ensartaban con un junco para facilitar su transporte. Me gustan mucho las churrerías típicas; mi favorita siempre fue “La Cacería” en la calle de noble nombre de Blas de Lezo. No me gustan la nueva hornada de churrerías franquiciadas (están ricos, no lo negaremos) donde la denominación de “Bar de Churros” de toda la vida se ha sustituido, con una pretendida sofisticación,  por un nombre leído al revés y con un inapropiado apostrofe o genitivo sajón que le da un toque de modernidad que no le pega nada.

–– “Tráigame Ud. si es tan amable –le digo a la enlutada señorita– cuatro Tejeringo’s que estén cruditos. Un Coffee mitad descafeinado de máquina. Con sacarina, por favor. Un sobrecito de azúcar para mojar los Tejeringo’s. Un vasito de agua fría y la cuenta que tengo que salir pitando.”

–– ¿Árgo már?

––  Un vasito de gazpacho, le digo para hacerme el simpático.

Pone cara de tener un garbanzo debajo del labio superior la chochotriste y se va como diciendo… “Ya ha llegado el gordo que se cree gracioso”.

El Coffee llega a los 20 minutos. El agua te la tienes que servir tú dentro del local en una máquina que hay y, además, en  vaso de plástico. La sacarina se le olvida, los Tejeringo’s está esperando, dentro de la lava hirviente, a que se te enfríe el Coffee para traértelos;  y la cuenta, la pagas dentro esperando cola, con un tiquet lleno de logaritmos neperianos que solo entiende un lector de código de barras y Stephen Hawking cuando está despabilado.

Yo , prefiero al camarero de camisa blanca con la sacarina en el bolsillo de la camisa para paliar el improbable olvido. Que te diga:

Entonces….cuatroshurritosblanquitosmitaddobledescafeinadodemáquinayvasitodeaguadelAaiúnfresquita. Oramismo!!!

Y en un segundo, tienes un vaso de agua helada a tu disposición para ir templando el paladar para lo que se avecina.

En fin, a lo que vamos: Esto que vais a leer, es un texto escrito por José María Ocaña, Antonio Arrebola Padilla y Gonzalo León.  Y publicado por “Málaga en el corazón”. Un estupendo y detallado estudio de lo que es el característico mundo tejeringuero en la ciudad de Málaga.

Disfrutadlo

Málaga y sus tradiciones: EL ORIGEN DEL TEJERINGO MALAGUEÑO
“Que recuerdos, de niños, cuando comprábamos los domingos por la mañana las ruedas de tejeringos, al churrero del barrio, y lo llevábamos a la casa enganchado en el junco”.
Si repasamos varios diccionarios, podremos observar que la mayoría de ellos definen los siguientes vocablos: ‘tejeringo’, ‘jeringo’, ‘calentito’, ‘cohombro’, ‘churro’, ‘fruta de sartén’, ‘mandungo’, ‘porra’ y ‘tallo’ como «masa de harina parecida a la de los buñuelos, a la que se da una forma alargada con un aparato especial y se fríe en aceite. Es típico de algunas regiones españolas, donde se toma acompañando al café o chocolate del desayuno o de la merienda». El vocablo ‘tejeringo‘ presenta una etimología sumamente curiosa y hace referencia al instrumento con que se fabrica. Así pues, su constitución se debe a la suma de ‘te‘ y ‘jeringo‘, especie de jeringa, por donde se echa la masa a la sartén. Antonio Alcalá Venceslada, en su ya clásico ‘Vocabulario andaluz’, identifica la palabra ‘jeringa’ como sinónima de ‘tejeringo’, ‘churro’, ‘tallo’ o ‘cohombro’.


Según algunos destacados críticos, el origen del vocablo ‘tejeringo’ se encuentra en Málaga y Cádiz. Nació, al parecer, del pregón de algún expendedor que, mientras sudaba ante la sartén de aceite hirviendo, se dirigía a su clientela femenina, nerviosa y apremiada de tiempo, con la siguiente expresión, no exenta, quizás, de segunda intención:
-Niña, ¿no te jeringo?
El vocablo ‘tejeringo‘ es netamente patrimonial de la provincia malagueña y ello ha motivado los siguientes versos del poeta malacitano Barrionuevo Moncayo: «El tejeringo era una / cosa en forma de aro; / masa frita con aceite / de oliva, sin mezcla alguna / que no costaba muy cara / y comerlo era un deleite. / Era parte del tipismo / en lo que se distinguió / el autóctono malagueño; / hoy, por puro esnobismo, / su antiguo nombre cambió / por churro, que es madrileño».
Para el eminente arabista García Gómez, la típica masa de harina frita en aceite, antecedente del ‘tejeringo’ o del ‘buñuelo’, hunde sus raíces en la civilización griega y romana, con la consiguiente confirmación árabe, que desarrolló su consumo en la mayor parte de Andalucía, con preferencia en las provincias malagueña y gaditana.
Los tejeringos es la forma más tradicional y artesanal de hacer churros, es una variedad de churro de elaboración más compleja. Es más común cocinar churros o porra o churros madrileños, porque el sistema está mecanizado, lo que facilita mucho el proceso. El tejeringo es diferente hay que dibujarlo a mano, uno por uno y se tarda tiempo en aprender a hacerlos. La masa de los churros se puede congelar, a diferencia de la masa del tejeringo que no se puede ni reservar ni refrigerar, el tejeringo es un producto 100% fresco. Se elabora la masa en pocas cantidades para que se use al instante y no sobre nada, al menos así es como debe hacerse.


Realmente la receta es muy simple: harina, agua, sal y bicarbonato pero tiene otros factores como temperatura y tiempo.
En Málaga donde hay muchas churrerías, hemos conseguido acunar un ejemplar único: el tejeringo. Pero a día de hoy la ciudad está contemplando cómo cada vez son más los negocios que compiten por poner los churros modernos en sus cafeterías.
En Málaga se venden tres tipos de churros. A saber: Churro, tejeringo y churro madrileño. Por churro a secas se entiende el tradicional. El del palo largo. En el churro clásico hay lugares clave. Casa Aranda: Lugar típico y tópico del centro. Ahí se va sí o sí. Sillas pequeñas. Apreturas y calor. Pero merece la pena. Hay días que están más huecos que otros pero son perfectos. El Sauce: En Echevarría del Palo. Un clásico de la zona este. Coche mal aparcado en doble fila y un ojo puesto en el coche y el otro en la taza. Le acompaña en El Palo la cafetería Migui con churros perfectos y sin aceite en demasía. Y en otra dirección está Oña: El del Civil. Un sitio clave. Un lugar único. A Oña hay que ir alguna vez. Ya sea porque esperas el traslado del Cautivo o porque vienes de ver a alguien del hospital. Pero su churro es perfecto. En bandeja clásica de metal y crujiente.


Pero tenemos los churros madrileños. –Mis preferidos (Gonzalo León)- y ahí hay un mano a mano. Nunca se sabe quién gana pero lo único claro es que si son congelados se nota. Doy dos lugares del centro típicos, tópicos y claves: Café Central y Café Madrid. Ambos pueden hacer lo que quieran. Obras, carteles modernos en las paredes u ofrecer paellas congeladas pero a las once allí debe oler a churros. Perfectamente fritos. Amarillo dorado. Secos de aceite. Y crujientes a la par de cremosos. La ración debe traer cinco. -Si trae menos se lo ha comido su hijo el gordo en un despiste de usted-.
Y por último tenemos el tejeringo. La piedra angular de todo. El ying y el yang de la masa frita malacitana. Un espécimen de origen local que ahora parece haber resurgido pero que nunca dejó de existir. El tejeringo es redondo. En unidades autónomas con textura lista y con mayor dureza y resistencia al mordisco. Pero más bueno que el churro. Más tierno y jugoso. Te puedes comer cinco churros o cinco madrileños pero con cinco tejeringos se te ponen los tobillos como dos colectores de EMASA. -Emasa de churros-.


Para disfrutar de Tejeringos hay que salir del centro. Y tienes una de sus catedrales en el barrio de la Victoria. A la altura de calle Cristo. En El Caracol. Desde su pequeña ventana ya ves el trasteo del aceite y el humo salir. Y entras y se te empañan hasta las gafas. Pero es de vapor del bueno. Es lugar de culto para el victoriano y se hace imposible no parar encima de la acera –viendo cómo aparco hagan cuentas de la cantidad de multas que me ponen (Gonzalo León)- y llevarse en un papel media docena para degustar en el hogar.
Ahí solamente van unos sitios básicos. El ABC de los churros en Málaga. Es evidente que hay más. Pero con esos vas sobrado. Y no lo olviden. No caigan en la tentación de las porquerías. Que los churros no llevan chocolate por fuera. Ni se rellenan de nada. Que no llevan salsas. Ni dulce de leche ni guarrerías de ningún tipo. A lo sumo se abre un sobrecito de azúcar y se echa en un platito para que mojen los infantes o la abuela. No vayan a las franquicias. Pidan que le retiren el plato si nota que son congelados. Comer churros que han estado a menos treinta grados en la ciudad de Málaga es una falta de respeto.


Coman churros. No cuestionen su precio. Y disfruten del momento sublime de envolver un lado con una servilletita para comenzar el homenaje. Compren para lleva a sus casas –y dejen la bolsa abierta que si no se empapan del vapor- y aparezcan en su hogar con el papelón un domingo por la mañana. Sus hijos lo querrán más. Su pareja también. Y si vive en soledad mírese al espejo con el tejeringo y verá qué bien le sienta.
Málaga es lugar de masa frita. De hambrientas y buñuelos. Y no de churros falsos ni panes con mijillas que parece que estás comiendo alpiste.
Disfruten de esta tierra y cómansela. Que le tiren la bandeja de aluminio rayada una y mil veces y aún escuche el gorgoteo de la fritura en sus últimos compases. Pida chocolate Santa María. Y salga del banquete con ganas de ser trasladado en carretilla. Pero cuidado. Hay que acabar siempre con el vasito de agua. En vaso de duralex. Con el agua rozando el límite de la temperatura de los purgantes. Y bébasela del tirón. Ahí acaba el proceso. Ahí acaba el disfrute y comienza la aventura. Pero habrás desayunado o merendado en condiciones. Y con cosas de tu tierra.

Autores: José María Ocaña, Antonio Arrebola Padilla y Gonzalo León.

 Publicado: por “Málaga en el corazón”

 

 

 

DIARIO DETALLADO DE UNA MAÑANA ACCIDENTADA.

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“Con lo que Dios da y el Rey ofrece,

no hay más remedio que joderse”

(Popular)

(Para Martica)

Diciembre día 23 del año, 2016

Se presentía una mañana ideal; Todo estaba previsto. Caminábamos Santa y yo por calle Luis Taboada hacia abajo. La idea era coger yo el autobús que me llevaría al centro de la ciudad (tenía el coche en el taller reparándole un golpe que me dieron) donde había quedado (en la Bodega Casa Guardia) con mi querido amigo Fernando Damas: La pretensión era el recoger unos libros en la librería Mapas y Compañía –La Guerra Civil Española de José Pablo García y Corégraphie Portuarie de Luis Ruiz Padrón debidamente firmados y dedicados con dibujos por sus respectivos autores– para después continuar con mi amigo paseando y tomándonos un refrigerio; que mi amigo Damas es mucho de invitarse a unas delicatesen y para nada permanece impasible al “ademán”. Santa, por su parte, iba a la peluquería que ya se sabe cómo son estos días de trajín, ajetreo y atiborre desmedido.

Así que el plan se me antojaba casi perfecto, tan casi perfecto que casi mosqueaba por la falta de incidencias. El destino, que es avieso y muy de joder la marrana, me regaló un apercibimiento en forma de retortijón que me hizo pensar en la vuelta a casa para soslayar la posible contingencia.

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Comienza la odisea.

11:20 A.M. Calle Luis Taboada, inmediatamente después del inesperado retortijón, recibo una llamada de la chica de la oficina del taller indicándome la perentoria necesidad de retirar el coche antes de las 13:30 si no quiero quedarme sin él hasta el día 27. Desisto del plan de evacuación vertical y me dirijo a la parada del bus encomendándome a lo más alto del escalafón del santoral: El amado apóstol San Pedo.

 

11:55 A.M. La resaca que arrastraba de la noche anterior empieza a pasarme factura esperando frente a Casa Guardia. El olor a vino dulce Moscatel me trastoca el estómago y el retortijón se va transformando en conato de apretón. Considero libar una gaseosa, pero desisto por el efecto indeseado que el gas carbónico puede liarme en la tripa. Comienzo a preocuparme.

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12:07 A.M. llega Fernando, le explico el tema de lo del coche, no lo de la posibilidad de irme de vareta (que aunque lo parezca, no es la capital de Malta) y nos vamos hacia la librería para poco después darnos un fraternal abrazo de despedida, no sin antes yo reconvenirle esa falta de seriedad al cambiar su regalo de Navidad –tradicionalmente Ron de edad provecta– por unas latas muy monas de un aceite de Oliva EXCEPCIONAL (sic) para Santa. Cría córvidos y te sacará los ójidos.

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12:55 A.M. Llego a la parada de autobús al que le quedan, todavía, 12 minutos por llegar. El atributo de conato, le desaparece al apretón y este queda en apretón puro y duro ( me temo que lo de duro es más esperanza por mi parte que realidad)

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13:07 P.M. Subo al vehículo con la nalgada prieta. Las gotas de sudor me caen por el rostro y siento cómo el avisador del esfínter –inclemente y sin alma que es– no para de convulsionar anunciando la mala nueva; se me permita el símil escatológico-navideño. Me quito el foulard y me desabrocho la camisa. No sé si el calor lo produce el bus o los dolores de dilatación que me intervienen. Mil paradas quedan, mil. Los letreros de las tiendas, hacen referencia a lo que me atormenta: Telas al “peso”. “Sanitarios” Los Tilos. “Cisternas” Pepe Núñez Atascos y “Desatoros”. Un horror.

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13: 20 P.M. Veo al final de la calle del Polígono Industrial que el taller está aún abierto pero con los trabajadores esperando para que yo me lleve el puto coche y poder irse de vacaciones  y me pregunto descorazonadamente. ¿Cómo pedirles usar el cuarto de Baño, dejarles el “regalo” y contaminada la nave? ¿Cómo pedir a unas personas el que me esperen a que yo deposite un mojón kilométrico (es un disfemismo) digno de una carretera comarcal de los sesenta?

13:27 P.M. Llego al taller con el culo más apretado que Rudolf Nuyerev en Cascanueces. Me explican amablemente y con cierta parsimonia –los técnicos y la chica de recepción– la reparación efectuada mientras yo muevo mi cuerpo como si fuese un muñequito Elvis entrado en kilos.

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13:35 P.M. Me meto en el coche muy apurado. Sudo! Blasfemo! Arranco! Me siento en mi coche cómo en mi casa; pero no me confío, ¿Cuántas batallas han sido derrotadas en los momentos finales? Así que procuro salir del puto Polígono Industrial para coger la autovía que me llevará lo más rápidamente a sentarme en el trono anhelado. Wáter is Coming.

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13:39 P.M. Me equivoco!  Oh, Señor, Me equivoco de desvío! Voy en dirección centro otra vez. Me cago en tó lo que se menea. Inmediatamente, me arrepiento de lo dicho, por lo inconveniente de la expresión y cambio la temática del insulto.  Supútamadre! Como puedo, tomo la dirección correcta y enfilo la autovía.

13:49 P.M. la velocidad máxima a la que llego es a 120 Km/h. Una multa de 100 Euros que me había llegado hacía un par de días me tiene asustado. Nótese que la palabra cagao, no sale de mi boca. Todos los coches me sobrepasan y eso que van relajaditos.

14:02 P.M. Llego a casa chorreando sudor y convencido, de que los dos últimos minutos son los peores y cuando debo de conservar la calma. Dejo el coche mal aparcado. Doble fila. Saludo a un vecino con un Holaaasstardessssadiossss…. y subo a casa andando atropelladamente. Santa me pregunta….¿Como ha ido la cosaaa? y yo le contesto, mientras tiro el chaquetón en el sofá, me voy bajando los pantalones por el salón y le contesto desde el pasillo….¡¡¡ Que meee caaaagooooo!!!

14:02:35 P.M. (Censurado)

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14: 28 P.M. Ya, mucho más tranquilo –los dos Lorazepam, parece que me han sentado fenomenal– respiro aliviado y recuperada la razón, pienso que, al fin y al cabo… Con lo que Dios da y el Rey ofrece, no hay más remedio que joderse!

FELIZ NAVIDAD… Y… ¡¡¡¡ COMPRAD LOTERÍA QUE HABLAR DE MIERDA, DA SUERTE!!!!

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Todas las imágenes que ilustran esta entrada, son obras de Mark Oliver.

***

LA MEVA PRIMERA COMUNIÓ

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En el día de hoy –12 de Octubre de 2016 Fiesta de la Hispanidad–  y aprovechando que en el resto del país se celebra el ignominioso genocidio indígena,  se han reunido en el precioso Salón de Actos del Excelentísimo Ayuntamiento de Badalona, familiares y amigos de la encantadora niña Asumpta Aixó Comotepons hija de nuestros queridos amigos y correligionarios de la Esquerra Republicana Jaume Aixó Quetelocóms y su distinguida esposa Muntse Comotepons Porná para que esta (la niña) reciba el Pa amb Tomaquet de los Ángeles por la seva Primera Comunió Civil.

Prosternábase la adorable chiquilla ante un hermoso altar civil adornado con flores rojas y gualdas –tal si fuese perteneciente al Reino del Alto Aragón, la oíaporculo–  bajo la tutela de un enorme retrato del ínclito Oriol Junqueras que pareciera mirar a todos los asistentes a la vez sin doblar el cuello. Los hermanos de la educanda –el Gervasi y el Andreu– también vivieron intensos momentos de emoción y sentimiento sólo comparables a su reciente y exitosa Cerimònia del Descapull de la Polleta que les procuró un nuevo aspecto del miembro viril.

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La joven pollita, valga la repugnancia, vestía precioso vestido blanco de un tul ilusionante, tocado con barretina de encaje a juego y, en sustitución del rosario y el librito de nácar, portaba un Caganer de Artur Más y un espetec  muy  curado de la afamada Casa del Honorable Josep Tarradellas.  Las sublimes melodías del coro de las Germanetes Hospitalàries del Sagrat Cor de Jesús transportaban a los asistentes a las regiones más altas del paraíso independentista y hacían del acto, un gozo verdadero de consolidación y afianzamiento catalino.

La ceremonia laica (llamada así por la perra astronauta soviética) fue oficiada por la alcaldesa de la localidad Dolors Sabater Nascuda y oficiando de monago el diputado de Junts pel Sí Chakir el Homrani de profundas raíces catalanas.  Al final del acto, y al compás del Virolai, todos los asistentes abandonaron la sede municipal y se dirigieron a la Peña Culé de Sant Antoni Piruler para reunirse alrededor de un delicado ágape a base de productos típicos de la tierra. La niña Asumpta, se puso hasta el culo de comer  Faves ofegades, calçots  y Esqueixada y quedó levemente empachada.

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Firmaron  como testigos de la ceremonia civil: Gabriel Rufián Romero (Independent), Joan Tardà i Coma (Cap de llista ERC), Ester Capella Farré (Barcelona), Ana Surra Spadea (Independent), Joan Capdevila Esteve (Independent), Mirella Cortès Gès (Bages), Xavier Roger Anglada (JERC), Josep Manuel Bueno Martínez (Vallès Oriental), Andreu Francisco Roger (Maresme) i Paloma Tevar Poyato (Independent); i la del Senat, Santi Vidal Marsal (Penedès), Mireia Ingla Mas (Vallès Occidental), i Jordi Del Rio Herrera (Avancem).

( Que la independència els acompanyi)

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EL SEÑOR EUTANASIO Y DOÑA MENCHU.

EL SEÑOR EUTANASIO Y DOÑA MENCHU.

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El señor Eutanasio Pérez del Meñique y Ruiz Fernández era un hombre bastante alto y muy estilizado. Portaba éste además, de esa buena facha y elegancia que se les suponían a los hombres de bien por aquella segunda mitad del pasado siglo XX que Dios guarde en su gloria, y que no la suelte.

Tenía Eutanasio Pérez del Meñique y Ruiz Fernández aspecto de ser hombre de derechas de toda la vida. Esto es: vestía siempre impecablemente con traje de chaqueta gris marengo; pantalón de raya inmutable que cortaba como filo de navaja, y chaleco de la misma tela con bolsillito relojero y cadena. Siempre el mismo atuendo. Siempre. A modo de uniforme distintivo.

En el pantalón, debiera de cargar el paquete –como era aconsejable por la ley de la gravedad– hacia la izquierda; pues todo el mundo sabe que el cojón izquierdo se desmaya un poco más que el derecho y provoca –con ese desplome– la dirección única y obligatoria al que cuelga en medio; no obstante –y debido a los tiempos infaustos que le tocó vivir a nuestro amigo– cargaba hacia la derecha por prudencia y cautela política;  aunque también, todo hay que reconocerlo, porque era zocato.

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Calzaba el amigo Eutanasio, finos zapatos italianos de imitación, de un brillo refulgente y coscurante. Y peinaba sus teñidas canas laterales –su testa estaba ya tapizada de desnudo cuero cabelludo– con una plasta abundantísima de pedazos de plásticos copolímerizados, hojas de aluminio y  dióxido de titanio, que era lo que comúnmente se conocía como “Brillantina”. Palmolive (si se me permite la matización pedante) que era marca muy apreciada por los señores de elegancia avalada y demostrable.

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Para completar el equipamiento, portaba larguísima y cuidada uña en el dedo chico de la mano –a modo de blasón de su propio apellido–  que le daba un cierto deje ordinario y chocarrero. Por donde quiera que pasase, desprendía Eutanasio Pérez del Meñique y Ruiz Fernández –como no podía ser de otra manera– un suave olor a colonia “Maja de Myrurgia” que provocaba el vahído en las señoras y  la desconfianza en los señores, por su exagerado acicalamiento, que le adjudicaban una injusta fama de barbilindo y maricón. Nada más lejos de la realidad; a Eutanasio, les gustaba más un chocho que una Súper Whopper Doble Cheeseburguer Bacon BBQ (con aros de cebolla y su patata frita) a Francisco Rivera Pantoja vulgo “Paquirrín”.

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Llevaba casado durante más de cincuenta años con la adorable Menchu –ésta, mucho más rechoncha y ancha de caderas (tirando irremediablemente para pícnica) que su Eutanasio– y ambos disfrutaban de un bien merecido retiro que les procuraba la paga de jubilación de él como cobrador de autobús, que fue en tiempos, de la línea Conde Ureña–Estación.

A pesar de los años cumplidos, conservaba el macho alfa  –todo hay que decirlo– el magnífico porte que dispuso toda su vida; pues era, como decía Menchu, “guarro de mala casta” y nunca engordó un gramo más de lo apropiado por su fina estampa y gentil figura. Todo lo contrario que la nefanda esposa que cuando tenía que pesarse – siempre por prescripción médica– debía de hacerlo en las básculas dispuestas en el Mercado de Abastos de su barrio de nacimiento en Carranque.

Podemos entonces colegir –debido a esa flacura y a esa moderación en el comer de Eutanasio– que su salud era por lo general, buena y conveniente; tan sólo y por ponerle algún “pero” empañada ésta por una cierta disfunción eréctil debida a su provecta edad y por un lacerante dolor en las nucas (sic) producido por tantos años de levantarse en el autobús para gritar “Amoavé! una mihilla palante que hay sitio de zobra, Señores!!!”

Nada graves estas dolencias, por otro lado,  si tenemos en cuenta que Eutanasio tenía prescrita por su médica de familia –con receta sin fecha– una caja “ad aeternum” de Viagra® y también –y gracias a la iguala sanitaria que mantenía con la Aseguradora MariAdeslas– tres días a la semana de masajes rehabilitadores (y sus pertinentes sesiones de calor) en un muy conocido Centro de Fisioterapia de la ciudad de Málaga que es donde residian.

 

EL CASO

Aconteció que un día entre semana, y bien de mañana, se le puso en el mondoño a la inefable Menchu el que su hombre le diese vidilla a salva sea la parte pues esta le picaba cosa mala. Empezó la Menchu a insinuarse con los arrumacos acostumbrados; es decir, a gruñir como una lechoncita; a acariciar con sus pies las escuchimizadas y peludas pantorrillas de Eutanasio y a emitir quedos gemiditos para provocar la llamada de la selva en su escuálido galán.

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Éste, sin pensárselo dos veces, abrió raudo el cajón de la mesita de noche –el que daba a la pared– y sacando de debajo de los pañuelos y corbandas la poción mágica azul, se tragó una pastilla sin agua trincando al poco rato, un  pétreo empalme de cuarta y media que ya para sí lo quisiera el electricista jefe de la Ciudad del Vaticano. Se me perdone el “mísil”.

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Cuando el matrimonio quedó ahíto (García Reneses) –Eutanasio, hay que reconocerlo, se portó como un verdadero toro– se quedaron apaciblemente dormidos al menos durante treinta y cinco minutos. Treinta y cinco minutos plácidos (y flácidos) que fueron exactamente  los que Eutanasio tardó en recordar que esa mañana tenía ineludible cita de control médico en el centro de rehabilitación y su posterior masaje, ya se sabe, en las nucas (sic).

Se vistieron rápido; él cogió el sombrero de estilo “Tirulé” tan en boga este verano y, para allá que se fueron ambos deprisa y corriendo pues la cita, yo lo he dicho, era forzosa e inapelable.

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Inusualmente, ese día, había poca gente en la Clínica. Llegaron y los recibió el médico de inmediato.  Éste, lo reconoció “Hola Eutanasio!” y a renglón seguido, lo sentaron con las lámparas de calor en el cuello para pasar –también inusualmente rápido– a la sesión de masaje rehabilitador.

DOÑATELA

Doñatela era una muy bien dotada jovencita fisioterapeuta becaria que, llegada desde Italia, hacía prácticas en el Centro debido a un concierto entre clínicas de ambos países. Era morena. Una preciosa morena mezcla de esas mozas pintadas por el insigne pintor malagueño Félix Revello de Toro y del inmortal cordobés Julio Romero de Torres– primo hermano, que era, de un afamado dentista malagueño– y del que se decía (del cordobés, no del dentista) que pintó a la mujer morena con los ojos de misterio. Precisamente, como la preciosa Doñatela.

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Doñatela, era guapísima. Tez suave y de piel tersa. Voz melodiosa y unos labios gruesos y carnosos. Pelo moreno y rizado, una sonrisa blanca y comedida; con una mirada inocente y franca que escondía –precisamente por su falta de maldad– algunos atisbos de lujuria y lascivia que aún estaban por aflorar. Podría salir perfectamente desfilando y acompañando, a alguna Virgen, vestida de mantilla si ella así lo desease.

Pues bien… Entre Toriles y Mantilla, la erección es bien sencilla.

Se tendió Eutanasio en la camilla. Doñatela se lavó las manos mientras mascaba un aromático chicle de menta y, poniéndose detrás de nuestro hombre, sin ningún ánimo erótico, empezó con las manos fresquitas y suaves a acariciarle la nuca para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo. La sustancia azul ingerida, que todavía corría por las venas de Eutanasio, empezó a despertarse y su bragueta comenzó a moverse involuntariamente hacia la izquierda (ya se sabe la teoría del cojón desigual) y a la derecha.  A la izquierda y a la derecha. A la izquierda y a la derecha. Sin control. Tal si bailase la Yenka, que polla!!

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Tomó en sus manos la fisioterapeuta –ajena a la envarada cuarta y media de verga– un buen pegote de gel frío y empezó a masajear firmemente el cuello, las clavículas, el escaleno y los hombros del sufrido penitente mientras le soltaba en su cara, frescas y espontáneas vaharadas de menta, que no hacían sino empeorar muchísimo la situación. Para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo. Para arriba y para abajo.

Eutanasio, no sabía dónde meterse (ni dónde meterla). Su enorme y descontrolado miembro, que se exhibía inhiesto orgulloso, endiosado, y arrogante… Bailaba ahora, el Bimbó y, por consiguiente, en todo el gimnasio, estaba causando sensación. Menchu, al observar la vergonzante escena, se levantó horrorizada de un brinco; trincó el sombrero “Tirulé” del perchero y poniéndoselo encima de su miembro, le conminó a levantarse de inmediato y salir huyendo  –para no volver jamás de los jamases– al Centro de Rehabilitación y Fisioterapia.

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Mientras atravesaban abochornados la sala principal del local, Menchu no paraba de propinarle sonoros y dolorosísimos cogotazos a su marido mientras este se protegía la cabeza con ambos brazos.

El sombrero “Tirulé” asombrosa y milagrosamente, permanecía sujeto –como por arte de magia– en la entrepierna del avergonzado Eutanasio. Eso sí, a cuarta y media de distancia del ombligo, que es distancia muy apropiada para que le asomase el cojón izquierdo colgando sobre el vacío.

En Málaga. Circa 2016

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Un buen día para morir

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UN BUEN DÍA PARA MORIR

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El pasado día 1 de Octubre de este que acaba, tuve el privilegio de ser invitado, personalmente por mi querido amigo el escritor Pedro Rojano, a la presentación de su tercer libro –escrito en colaboración con otros escritores que junto a él, conforman el grupo literario “Punto y Seguido”– en el Ateneo de Málaga.

(http://puntoyseguidoescritores.blogspot.com.es/)

El acto, al que asistimos –cómo no podía ser de otra manera– la élite de la guardia pretoriana del Negro Anaranjado, fue un rotundo éxito de asistencia y de apreciación posterior. No sólo por las acertadas palabras de todos los autores, sino por el buen gusto mostrado en las diferentes partes que constituyeron el conjunto de esta presentación literaria: Música, locución e imágenes.

El libro –que contiene un total de quince relatos– se llama “Maneras de Desandar el Tiempo” y junto al citado amigo Pedro Rojano, escriben Andrea Vinci, Inmaculada Reina, Loli Pérez, Miguel Núñez, Isabel Merino y Mauricio Ciruelos.

Un libro absolutamente recomendable y del que ahora, a continuación, inserto uno de los relatos de mi amigo Pedro llamado “Un buen día para morir”.

Este es… Disfrutadlo. Un relato que no deja indiferente. Una historia de amor y desolación inacabable.

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Un buen día para morir

Pedro Rojano

“El tiempo lo único que hace es

pintar de cal las paredes de la memoria”

Si hubiese podido elegir, habría muerto el día de mi setenta cumpleaños. Estábamos todos en el restaurante: mis sobrinas, mis amigos…, faltaba Amalia, eso sí, pero seguro que ella hubiese estado de acuerdo.
Desde que me quedé viudo consumo las mañanas jugando al dominó. No me tengan lástima, al menos no todavía, eso del dominó despeja bastante la cabeza y no te deja pensar en otras cosas. Cuando se cumplen setenta años no es bueno pensar demasiado. Todo se vuelve un poco absurdo, lo que creíamos importante deja de serlo, y lo que pensábamos que no lo era, pues eso, que tampoco. Pocas cosas importan cuando a uno ya no le quedan ni tiempo ni ganas para afrontarlas y todo lo que ocurre a nuestro alrededor es como si hubiese ocurrido ya. Son acontecimientos viciados, repletos de lugares comunes. Esas dos palabrejas son de Sebastián, mi pareja de dominó. Sebastián es un tío culto, de esos que leen todos los días. Y escriben. Mi amigo Sebastián escribe. Un día me dijo, todo lo que sucede a nuestro alrededor, los fraudes de los políticos, las catástrofes, las crisis económicas, el argumento de las películas, el famoseo, los matrimonios, los divorcios… todo eso es como si ya lo hubiésemos vivido decenas de veces, por eso sabemos que no tienen importancia, porque el tiempo lo oculta para destaparlo después. Son lugares comunes, me dijo, y a mí aquello se me quedó bien grabado porque no lo había escuchado en mi vida, y eso sí que era importante. Sebastián es un tipo culto. Se plantea cosas, a pesar de que cuando jugamos al dominó no hacemos nada más que contar las fichas sobre la mesa y las que faltan por salir… seis pito, pito tres, cierro.

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El dominó, una de las cosas más importantes que tuve a los setenta. Recuerdo bien aquella partida del día de mi cumpleaños. Sebastián había pasado y yo intuía que tenía el seis doble en la cartera. Estábamos perdidos, pero hice una jugada maestra. Yo sabía que con el cinco cerraba, pero me arriesgaba a perder a los puntos, así que opté por el cinco pito, a pesar de que le ofrecía a mi contrincante la posibilidad de colocar la última ficha. Pero pasó y ganamos. ¡Qué satisfacción me produjo! Sebastián y yo nos abrazamos y apuntamos la cerveza a los otros. Ahí podía haber sido. Morirme, digo. Allí mismo, con la victoria en la mano, agarrando el triunfo justo en el último momento. Pero no.

Regresé a casa por el camino de siempre, no es el más corto, pero es al que estoy acostumbrado. ¿Para qué regresar por otro sitio? Pepa y Olivia dieron muestras de conocerme y me esperaban apostadas en mitad del camino. Me alegró verlas. No suelen visitarme, pero aquel día habían venido a verme. ¿Mi cumpleaños? Yo ni me acordaba. A esa edad ya se ha soplado toda la cera que arde. Estaban tan ilusionadas que sospeché que me pedirían algo, pero se agarraron de mi brazo, una a cada lado, y seguimos caminando hacia mi casa. Qué orgullo llevar a esas dos prendas colgadas de mi brazo, como en mis tiempos mozos en que paseaba con dos morenas camino de la Feria de Abril. ¿Y allí en la feria? También podría haber sido en la feria, ¿por qué no? Algunos vecinos bromeaban al verme con aquellas bellezas. ¡No vas a poder con las dos!, me gritó Carmelo desde el kiosko y me recordó con un gesto que ya no estoy para esas historias. Quise gritarle que eran mis sobrinas, pero ¿para qué? A veces damos más explicaciones de las necesarias. Eso es otra cosa que se aprende cuando se llega a viejo. Explicaciones y excusas las mínimas, que ya no hay tiempo para tanto engaño.

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Al llegar a casa me cambié de zapatos y salimos hacia un restaurante cercano. Allí me esperaban los compañeros del dominó, quienes tuvieron que darse prisa para llegar antes que yo. También estaban Héctor y Enrique, los dos únicos amigos que conservo del colegio. Ambos me conocen tan bien como yo a ellos, por eso me gustan. Después de tantos años, no necesitamos hablar para pasar el rato. Ellos crecieron conmigo, comparten todos los acontecimientos buenos y malos que nos tocó lidiar en todos estos años. Estaban allí para ser testigos de un nuevo cumpleaños, una nueva década que se me antojaba más corta que las demás, y a pesar de ello comenzaba a considerarla más jugosa, porque cuando se es viejo cualquier tiempo presente tiene más cuerpo que los recuerdos del pasado, y por supuesto mucho más color que el futuro. El presente es como un buen vino descorchado, listo para servirlo y bebérselo a sorbos. Ya no queda tiempo para bodegas. Eso también es de Sebastián, el bribón se las sabe todas.

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También había venido Teresa, menuda belleza era cuando la nombraron Miss del barrio en 1962. Algo tuve con ella, poca cosa, por aquella época no se pasaba de un beso y tres o cuatro manos despistadas, pero después se quedó en nada y los dos seguimos por nuestro camino. Ella encontró empleo en una tienda de novedades que acababan de abrir en la Plaza Nueva y se echó un novio que la llevaba y la recogía en una novedosa Vespa. Yo me marché a la mili, y me olvidé de Teresa y de su Vespa. Pero la casualidad quiso que muchos años después nos encontrásemos. Ella, con sesenta y cinco años tan guapa como siempre, y yo recién viudo. Después de aquello nos vimos muchas veces; muchos cafés, y mucho hablar. Ella más que yo, porque a mí me gustaba oírla. Por algún motivo recuperaba vida estando a su lado. A ella le hacía bien hablarme y a mí escuchar sus anécdotas, tan ingeniosas y divertidas que nos hacían reír, y eso es una virtud. Una virtud que podría sustituir a cualquier concurso de belleza que se precie, por muy joven que uno sea. Teresa y yo nos encontramos al principio y final del camino, y eso da para mucha conversación, que se lo digan a ella; aún quedan retales de su vida que desconozco.

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Y qué voy a decir de mis queridas sobrinas. Olivia es la más pequeña: extrovertida, independiente y descarada. La cara siempre encendida de ánimo, y su sonrisa deslumbrando la calle. Nerviosa como una libélula en plena noche de perseidas. Caprichosa, protestona, presumida como un cimbreante tallo, pero sobre todo muy cariñosa. Ha tenido más de mil novios, pero ninguno le convence, y yo le decía, aprovecha mujer que los años no esperan, pero ella erre que erre, que no. Para Olivia la primavera siempre va después del invierno. Yo siempre he pensado que salió a mí, aunque ella es mucho más valiente.
Pepa es la mayor, servicial y trabajadora. Con los ojos más oscuros que el reverso de una ficha de dominó, y con una injustificada responsabilidad de la que no se ha descargado. Discreta y humilde, puede que un poco reprimida por culpa de los asuntos religiosos. Quiso ser monja, pero entre todos le quitamos las ganas y ahora no es más que una monja sin hábito. Venía acompañada de Arcadio, su marido. Hombretón bueno y un poco tontorrón, aunque eso no se lo digo. Siempre sonriendo con la expresión de que todo está bien. Yo creo que si se derrumbara el suelo a sus pies seguiría sonriendo con esa mirada boba de quien jamás ha sufrido. Pero es bueno con Pepa y ella le quiere, y yo también ¡diantre! Sobre todo porque es a la única visita que soporto. Solo Arcadio continúa mirándome con la misma sonrisa de antaño, con idéntica expresión de infinita credulidad y aceptación. Nadie, excepto él, ha vuelto a ser el mismo.

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En el restaurante solo faltaba ella, mi Amalia. La muchachita que me robó las ganas de explorar el mundo, porque desde el instante en que la conocí, ya no hubo mundo que explorar más allá que el suyo. Ella fue mi continente, mi mar, todas las ciudades. Me abandoné a su cariño desde el primer momento y ella no lo soltó hasta el último suspiro, aquel día en que la mala suerte decidió que a partir de entonces me quedaba solo jugando la partida. Podría haber sido allí mismo, junto a ella, acostado sobre la colcha para no estropear el embozo. Algo me advirtió de que se iba. Me miró con la compasión de la madre que nunca fue y me besó en los labios con un beso seco y débil. Su rostro parecía marchito y sin color. Yo la besé en la mejilla, dos veces. Y entonces se marchó. Así de fácil. Estábamos en la cama de nuestra casa. Solos, como siempre nos había gustado estar, disfrutando de nuestra compañía, que a esas alturas de la vida era como estar uno con uno mismo sin estar solo, porque los viejos que han estado mucho tiempo juntos forman tanta parte el uno del otro que es como si no hubiera dos. Cuando uno se resfría, lo hace el otro, cuando le duele el lumbago, al otro le duele la ciática, cuando uno tiene ganas de reír, el otro no puede parar de hacerlo y cuando se trata de llorar no hay otra forma de hacerlo que juntos. Pero cuando uno se muere no ocurre lo mismo, al menos no fue así conmigo, y así tenía que haber sido. Ya lo creo. De todas las cosas que tuve en mi lista como imperdonables, la única que sobrevive es esa. Haberla dejado sola en la muerte. Aunque, en el fondo, no es algo de lo que me arrepienta del todo, pues me quedé como fiel guardián de su recuerdo que es la mejor manera de homenajear a los muertos.

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Las misas, penas y llantos solo sirven para enterrar aún más al que se ha ido. En su sepelio no dejé que se hablara de otra cosa que no fuera de ella, de sus recuerdos, de sus manías, de su manera exquisita de preparar las lentejas, o de su enconada lucha para que los sobrinos se lavaran las manos antes de sentarse a la mesa. Que se hablara de su afición por las novelas baratas de amor. Del cariño que siempre tuvo a sus buganvillas y al jazmín que brotó, sin que nadie supiese por qué, de uno de los macetones de la terraza y que regaba siempre con lo que me sobraba de la cerveza porque decía que era buena para que oliesen bien. Quise que se recordase también su terrible sentido de la orientación que nos hacía pelearnos en medio de una algarabía de tráfico y ruido. De su ilusión por los niños que nunca pude darle, y de su miedo a morirse antes que yo. Pues así fue. La gente dice que el tiempo lo cura todo, pero no es exactamente así.

El tiempo lo único que hace es pintar de cal las paredes de la memoria, pero la lluvia de noviembre agrieta la cal y desconcha las paredes, y algunos recuerdos salen a la luz. Luego regresa la primavera y se vuelve a blanquear, y parece que todo es nuevo, y los jazmines vuelven a florecer y los jilgueros se dejan oír, escondidos entre las ramas de los olmos de la Plaza Nueva, pero las grietas siguen ahí, como un mal recuerdo. El tiempo lo cura todo, eso dicen, pero no es verdad. Yo aún llevo a Amalia grabada en mi piel con la fijeza de cientos de tatuajes, uno por cada día que pasé con ella, y tres por cada día desde que se fue. Pero eso no lo sabe nadie, porque ya procuro yo que no lo noten, es fácil cuando se tiene un buen compañero de dominó que además es poeta. Amalia y yo nos debimos haber marchado de la mano un 5 de noviembre de hace cinco años, cuando aún teníamos fuerza en el corazón para mandarlo todo a freír espárragos. ¿Antes dije que habría elegido morirme el día en que cumplí setenta años? Pues me equivoqué.

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Pensándolo bien, tampoco importa mucho. Cualquier día puede ser bueno, siempre y cuando uno pueda despedirse. Porque es necesario despedirse. Nadie se marcha a un viaje sin besar a aquellos a quien quiere, sin abrazarse justo antes de embarcar. Las despedidas tienen que ser cortas, pero han de celebrarse con emoción y con alegría, ¡diantre! Porque a los viajes se lleva la ilusión en el rostro y no esta ictericia de mierda con la que amanezco todos los días. Yo no tendré despedida. Me marcharé cualquier día sin número y sin mes, y será un alivio para todos. Más aún para mí.
A las seis de la mañana entra la luz por la ventana de la habitación. Una enfermera se acerca al cabecero de mi cama y posa su manota sobre mi frente. Me toma la tensión sin preocuparse si aún estoy dormido, y después saca un termómetro y me lo introduce debajo del sobaco elevando con brusquedad mi brazo. Se va.
Pepa llega a las ocho de la mañana, suele ser muy puntual, descorre los visillos de la ventana y suspira. Suspira tres o cuatro veces antes de comenzar a limpiar la mierda que se ha acumulado durante la noche. Lo primero que hace es destaparme y dejar que mi cuerpo viejo, fofo y repleto de pústulas, se muestre a los ojos de quien vi nacer. Pepa se arremanga, separa mis piernas con dificultad, porque aunque ella no puede darse cuenta, aún conservo migajas de energía para mantener cierta dignidad.
Los médicos dijeron que un ictus había paralizado una parte de mi cerebro. Dijeron que me había salvado gracias a un milagro. ¡Un milagro! Dijeron que a partir de ese momento no podría hablar, ni moverme, y que probablemente no me enteraba de nada. Un milagro, dijeron. Tampoco puedo gritar, ni llorar, ni decirle a todo el que entra sin permiso en mi habitación que no quiero verle, porque hace tiempo que no debería estar aquí, hace tiempo que debería haberme ido. Un milagro es lo que necesito ahora.
Los trapos manchados de excremento van brotando como flores muertas de las manos de Pepa, quien con un rostro resignado pero aún afable, realiza su trabajo entre suspiros. Pepa ha encontrado al fin su vocación, y yo diría que se ha valido de mí para reafirmase en ella. Pepa, al igual que mi Amalia, no tiene hijos, y por muy absurdo que parezca ha entendido como responsabilidad suya todo lo que está haciendo por mí. ¿Por mí? Por mi viejo y podrido cuerpo. Todo eso lo pienso mientras la veo repasar con un paño húmedo de agua tibia cada palmo de mi piel, como si mantenerme limpio pudiese refugiarme de la humillación. A veces le acompaña Arcadio, comprensivo, servicial, estúpidamente risueño, quien me observa desde la distancia como antes lo hacía, con aquella sonrisa bobalicona que parecía soportar cualquier esperpento que ocurriera delante de sus ojos, la humillación más grotesca. Se sienta en una silla en la esquina de la habitación y observa a Pepa lavarme los brazos, el pecho, las piernas, el culo, y mis partes. Arcadio sonríe puerilmente, y las horas se le van derramando bajo el sombrero. Quizás por eso le aprecio: compartimos el mismo estado vegetal. Supongo que ahora debería entenderlo. Puede que si alguien me mostrase un espejo vería la misma sonrisa estúpida debajo de mi nariz.

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A lo largo de los meses que llevo aquí tumbado, he visto desfilar ante mí a todos aquellos que aprecié y de los que nunca pude despedirme. Ahora ya solo preguntan por lo que como, si he dormido, cuántas veces he cagado y el color que tienen mis heces. Mis amigos se han hecho acreedores del tono de mis heces, y es importante que sepan al detalle el volumen y la consistencia. También Teresa, también. Ella viene dos veces en semana, habla mucho con Pepa, ahora es a ella a quien le cuenta aquella parte de su vida que me perdí. Lo hacen susurrando, como si fuese un insulto para los muertos oír cómo fluye la vida. Antes de marcharse, mira hacia la cama con una mirada lastimosa que pretende ser compasiva, pero no dice nada. Besa a Pepa y se marcha recordándole lo bien que se está portando con su tío y todos aquellos bienes a los que se está haciendo acreedora cuando llegue al cielo.
De igual forma, me hieren las miradas piadosas de mis compañeros de dominó, que vuelven a ser cuatro, e incluso el poema estúpido que leyó Sebastián mientras una enfermera me cambiaba la sonda en su presencia. Soy testigo del olvido a cuentagotas de mis vivencias, sustituidas por la cruel letanía de síntomas, diagnósticos, medicaciones y cuidados paliativos a los que me veo sometido. La enfermedad ha devorado mi cuerpo, y ahora se ceba con los recuerdos.

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Olivia nunca ha venido a verme.
Todos hablan mal de ella. Susurran que tan solo vendrá cuando haya que repartir el poco dinero que me quede. No es verdad. Olivia siempre supo que yo me despedí de ella aquel día de mi setenta cumpleaños. Recuerdo muy bien su rostro, su mirada viva, luminosa. Su entusiasmo al hablar, sus manos inquietas. Recuerdo muy bien a Olivia, y no quiero volver a verla. Supongo que algo así le ocurre a ella. Una vez me dijo que si tuviera que elegir un día para morirse escogería el día en que se enamorase de alguien con la misma pasión que yo sentía por Amalia. Ese día, me dijo, ya no querría vivir más. Se despediría de todos sus amigos con una gran fiesta y estaría haciendo el amor durante toda la noche. No dije nada, y ella creyó que no la había oído. Sí la oí, pero yo estaba pensando en Amalia, en la noche en que supe que estaba enamorado de ella. Si hubiera muerto ese día, me habría perdido muchas cosas.
Puede que ya no esté tan seguro de elegir el día en que hubiese querido morir. Juzguen ustedes y elijan por mí, pero hagan el favor de darse prisa.

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(*) Todas las imágenes que ilustran esta entrada son obra de Edgar Ende

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¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

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¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

Corría el año de 1944, cuando el químico estadounidense Earl Silas Tupper inventa un demoníaco artilugio llamado Tupperware. Mueren en breve espacio de tiempo –inmerecida e injustamente– las denominaciones imperantes hasta aquel momento tales fueron: Tartera, fiambrera o portaviandas; a partir de aquel nefando año de 1944, ya te digo, todo el mundo llamaría a los recipientes de plástico –reyes del almacenamiento alimentario de los picnics camperos y de las jornadas playeras– con el indigno calificativo de Tápergüer y –para fastidiarla aún más– acortando ignominiosamente su nombre por el exiguo remoquete de Táper. Tócate los cataplines.

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También, y desde ese atribulado momento, la vida conyugal de los hombres de bien, se nos complicó de una forma inexplicable y terrible por mor del maldito contenedor de manduca.

Pero vamos a remontarnos al génesis de esta historia:

Acudimos hace unas noches a una cena invitados por nuestros amigos Kuky y Marori a su casa. Dos entrañables y viejos amigos que tuvieron a bien el sentarnos a su mesa acompañados del artista plástico Tato Zambrano y del eximio letrado Romero. Ambos dos, a su vez, muy bien escoltados por sus respectivas caimanas. Casualmente (o no!) nos sentamos juntos, los hombres en el ala izquierda de la mesa, mientras las mujeres, lo hacían –qué remedio les quedaba!– en el ala conservadora de dicha mesa. Preciosa y muy bien surtida, todo hay que decirlo.

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Entre los muchos chascarrillos y conversaciones varias, surgió entre los mozos el atribulado y penoso tema de los recipientes Tupperwares; de ahora en adelante Tápergüer o simplemente Táper. Los cuatro muchachos, continúo, señalamos prácticamente al unísono, lo inoperante y exasperante que resultaba el fastidioso recipiente en cuanto a un almacenamiento cómodo, fácil y manejable. Porque sobre todas las cosas, anhelábamos un almacenamiento que no causase –su inoperancia– episodios de ansiedad, congoja y abatimiento.

Verán Uds. llegamos a la conclusión los cuatro (con la boca pequeña y un tono de voz más que sometido) que las mujeres tienen una predisposición especial y una inclinación atávica y hereditaria (las madres son muy culpables de este vicio confesable) hacia eso del guardar porciones insignificantes de restos alimenticios en la nevera; amparados todos ellos (los alimentos) por el secretismo más absoluto y añadiéndoles una dificultad insoportable –en cuanto a la identificación– para las mentes simples y llanas de sus esposos que no ven más allá del cajón de los embutidos y de las cervezas.

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De modo y manera, decíamos –que por este cruel sistema de guarda y custodia culinaria– cuando un hombre abre una nevera después de una cena, se encuentra de sopetón con una especie de “highline manhattaniano” de plástico mate, perladillo de humedades, y coronado con multitud de tapaderas de colores que ríanse Uds. de los más afamados conjuntos arquitectónicos neoyorkinos a lo Mies Van Der Rohe o a la Roberto Foster manera.

Pero no íbamos a eso; íbamos al desconsuelo que nos produce a los machos alfa, esa inoperancia, esa incapacidad e ineptitud intrínseca que poseemos, en cuanto al coger un Táper del armario en el que están almacenados, sin causar una descontrolada catarata de tapaderas y un chorreo incontenible y desmandado de recipientes contenedores hacia el suelo para intentar sacar el que creemos más idóneo (nunca escogemos éste de entre los diez primeros) para guardar el obligado mínimo despojo sobrante de comida.

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Verán Uds. hay mil tipos y modelos de tapergüéres imposibles de entender: Tapergüéres herméticos o tapergüéres al vacío. Tapergüéres con compartimentos para verduritas cortadas en juliana menuda; tapergüéres cilíndricos y tapergüéres redondos. Troncocónicos y rectangulares los hay; isósceles invertidos, con forma de paralelepípedos y hexagonales. Los hay altos, bajos y pícnicos. Lo de pícnico no es que sean para los picnics; es que son anchos de cintura y estrechos de hombros. Los hay con apariencia de botellas, con biberón para los mamones; para huevos duros y para huevos pasados por agua. Tapergüéres con tapadera apitorrada y semitapadera en jarras. De rinconera haylos (metidos para adentro) y también de morterete (estos salidos hacia afuera) tal y como otras cosas que yo me sé y que no me atrevo a indicar no se me vaya a enfadar un cofrade que yo, también me sé.

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Los hay –en el más improbabilísimo de los casos– apilables. Y los hay con palitroque vertical y con unos huequecitos monísimos e insuficientes para poner distintos tipos de salsas que nunca, jamás de los jamases, elaborarán sus propietarios. Con molinete picador, colador para vegetales o con rallador para los quesos. Un mundo inaccesible e intratable.

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Todo esto lo sé, fehacientemente, porque mi hermana era distribuidora (hace mil años) de estas extraordinarias y engorrosas fiambreras que Alá maldiga y que –en reuniones financiadas por mi madre– intentaba vender a la familia primero; a las amigas después, y por fin, a las vecinas esas apenas conocía. Estas reuniones, resultaban lo menos provechoso en cuanto a ganancias; pues –en el improbable caso– de que el costoso ágape dispensado a la horda de gorronas hubiese sido asumido por mi hermana, esta, se hubiese arruinado indefectiblemente debido a la reducida comisión que se llevaba. Más aún, si tenemos en cuenta que dicha “ganancia” la invertía en su totalidad en adquirir más Tapergüéres para su colección privada. Una de las mejores de la antigua España y parte del Reino de Aragón, hoy llamado Catalunya. Aunque eso, lo de arruinarse, pasó cuando se hizo distribuidora de Avon por aplicar la misma estrategia comercial que con los plásticos.

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Volvamos a la realidad. A la mañana siguiente de la cena mencionada anteriormente y ya en nuestra casa, tras el almuerzo, hubo de guardarse un resto de judías verdes con patatas cocidas y huevos duros en la nevera. Me tocó a mí guardar dicho resto. Así que abrí el armario de los putos tapergüéres y cogí un cacharrito rectangular que me pareció el más idóneo ; se me cayeron otros tres. Elegí una tapadera que, por la forma, creí apropiada y esta vez fueron siete primas hermanas las que rodaron por el suelo. Las probé todas; una a una y nada de nada. Decidí pues, con la desesperación más absoluta, (17/10 de tensión arterial calculo yo a bote pronto) volcar las habichuelas en un plato hondo, y las tapé (mirusté que apropiado!) con otro plato igual de hondo boca abajo que es cómo se ha hecho toda la reputa vida antes del suplicio de los Tupperware (Marca Registrada).

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Después recogí las tres fiambreras rebeldes y las siete indomables tapaderas (todo esto a espaldas de mi mujer) y las metí de cualquier manera en el armario que les servía de mausoleo. Al cerrar la puerta, con no poca dificultad y con su pertinente dosis de presión, creí ver unas sonrisas quedas pero fanfarronas desde el fondo del armario, como emplazándome de nuevo a la próxima batalla perdida contra mis nervios. Sabiéndose ganadoras de antemano, las hijas de la grandísima puta, como cada una de las mil veces anteriores. Como cada una de todas las veces anteriores.

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“MOON RIVER”

“MOON RIVER”

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Por suerte el patito feo no soy yo, el destino quiso que fuera otro. Yo solamente soy el más torpe. Pero eso lo supe mucho tiempo después cuando la vida me enseñó sus trampas y aprendí que navegar contra corriente es difícil.

Detesto estar en este fangal rodeado de todas las especies de insectos molestos; demasiado ocupado en esconderme y encontrar la manera de evitar caer en la celada que me han tendido mis enemigos. La maraña de hojarasca que flota a mi alrededor apesta y no consigo nadar con la destreza necesaria para avanzar. No lo conseguiré…

Están cada vez mas cerca; el pie del que los dirige pisa de modo cierto y contundente; lo puedo oír con nitidez…

La oscuridad está solo rota por algunos sonidos; se percibe en la orilla el cadencioso croar de las ranas que sigue el compás de los latidos que golpean mis sienes…

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Tomo aliento en una roca azul que se me antoja protectora y sobre la que lunea un reflejo gris. Es cierto que hubo un tiempo en que fui más feliz y menos cobarde; aunque no lo recuerdo bien porque mi candidez era vivir en la absurda rutina de mi propia ignorancia. Ahora dudo de todas aquellas dichas y esperanzas en mi futuro, creo que eran solo el espejismo de proyectos que nunca llegarían a ser realidad; y la realidad está muy presente cuando le toca a cada uno de nosotros vivir un trance como este…

No se puede tener más reflexión, que la que te permite la huida, que es la prioridad.

El arma era una escopeta Beretta, modelo Xtrema2, y su capacidad de disparo 12 cartuchos en 1,73 segundos… Acertó a la primera y cinco plomos lacerantes entraron en mi cuerpo buscando insistentemente mis vísceras.

Ahora tarareo “Moon River”, aquella melodía de “Desayuno con Diamantes”; me preparo para el vuelo final de mi vida y os dedico, antes de partir al “Pataíso” mis últimas palabras, las únicas que siempre he pronunciado:”Cuá–Cuá”!

Mañana me colocarán en un féretro de porcelana serigrafiada y me adornaran con una naranja macerada con “Cointreau”… Sin epitafio. Mi esquela–menú del restaurante será:

“Pato a la Naranja”

¡Que os aproveche!

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Un Prólogo a Destiempo

Observarán Uds. que este post es distinto a todos los demás. Pues éste prólogo, no hace honor ni a su nombre ni a su cometido, a su intrínseca particularidad; porque en vez de anunciar lo que ha de llegar, va e –inusualmente– se desplaza hasta el final del escrito comentando lo que ya se ha leído. Tiene una explicación lógica: Lo que se acaba de leer merece una relectura por eso del ponerse en la piel (en el pellejo en este caso) del protagonista del relato; y así, poder discurrir mejor el quejumbroso y pesaroso alcance de esta narración. Eso mismo recomendé (a la relectura me refiero) en otro relato –aquel si que era mío– que también subí a este cuaderno de bitácora y que se llamaba “Una noche inquieta”. Sigo…

La atribulada historia que acabáis de leer ahora, la ha escrito un muy apreciado amigo: Juan Antonio O’Donnell.

Y sobre él, apunto esto:

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“Juan Antonio O‘Donnell podría parecer un atildado chef francés
o quizá jefe de pista de un circo clásico, pero es un madero en toda regla”
(Teodoro León Gross)

Conozco a Juan Antonio desde que el uso de razón y la coherencia luchaban denodadamente por hacerse inquilinos fijos en mi carácter. Yo era un rapaz –por aquella época– tímido y apocado; con esa pusilanimidad que sólo la adolescencia, con muy mala leche, te regala. Juan Antonio –con ese mostachón de Mosquetero de la Reina o de duelista de OK Corral– ya pululaba por mis alrededores con sus amigos coetáneos que eran mis hermanos mayores. Yo, ya lo he dicho antes, era un zascandil mozalbete que pensaba en cosas muy distintas de las que pensaban los que me llevaban, y separaban, un trecho (muy corto) de años.

Transcurrido el tiempo –cuando la edad adulta nos pone a todos en su sitio y desaparece física e intelectualmente la distancia que marcan los años cumplidos– Juan Antonio ya me mira y considera, como un mayor crecido, y maduro; y así, de esa manera, va y me honra y me brinda –con amplia generosidad– su amistad y confianza para siempre.

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Yo, sin embargo –ya se sabe que a los que padecemos retazos del Síndrome de Peter Pan, no les pasa el tiempo por encima a la misma velocidad que al resto de los mortales– sigo mirándolo y tratándolo con un soplo de admiración y de enorme respeto; todo ello tamizado por el cariño que desde siempre, las familias O’Donnell y Souvirón (estamos emparentados) nos hemos dispensado.

Por eso, cuando me lo encuentro –pongamos de ejemplo el último caso– en Casa Mira con un cucurucho de turrón por testigo. Y le atraco sorpresivamente, y le echo el brazo por encima, y beso a su mujer, y charlo animadamente con él, y nos vamos al Lounge del Chinitas (para ver cómo se maquilla de luz la Torre de la Catedral), cuando todo eso pasa… cuando todo eso pasa, no sé si él lo notará, pero todo eso lo hago con un orgullo indisimulado del que se sabe distinguido por la consideración de un amigo noble y honesto, deferente y honrado.

Con Juan Antonio, también suelo encontrarme cada año en las recepciones consulares de la “Fiesta de los Fuegos Artificiales” de principios de la Feria de Agosto, y cada vez que nos vemos, hacemos nuestra la leyenda de Fray Luis de León con un remedo del “Decíamos Ayer” y seguimos charlando.

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El privilegio de tener de tu parte a un Inspector Jefe del Cuerpo Nacional de Policía, a un Jefe de Prensa y Protocolo, a un reputado tertuliano televisivo y a un notable y distinguido malagueño, todo en uno, no es nada comparado con el apego, la amistad y la camaradería que, espléndida y generosamente, me dispensa cada vez que nos vemos; y que yo, le agradezco de una manera afectuosa y entrañable. Apreciada y satisfecha.

Relean “Moon River” lo leerán con otros ojos. Con otras alas. Empapados y embriagados resignadamente de “Cointreau”. Esperemos que la saga continúe, porque aquí siempre tendrá, en la mesa de mi blog, un sitio reservado. Con el permiso, esta última frase, de nuestro común Jose María Alonso.

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Nota: Excepto la fotografía, las imágenes restantes que ilustran esta entrada han sido realizadas por Robert Steiner

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