DESTINO: NORUEGA! (II)

DESTINO: NORUEGA! (II)

Llegamos, por fin, a la terminal de vuelos internacionales del Aeropuerto de Málaga. Descargamos el imponente equipaje y el autobús, agradecido y aliviado, se alejó mientra se tiraba, a modo de despedida, tres sonoros pedos de humo negro asfixiante por el tubo de escape debido el esfuerzo extra que le habíamos inflingido con nuestro mastodontico bagaje.

Podría pensarse que incido mucho en el tema del volumen del equipaje; incluso que exagero. Pues bien para abundar mas en el tema de lo desproporcionado de la impedimenta, comentaré que -además de todo lo anteriormente expuesto- se me ha olvidado decir que nuestro amigo Inuit, portaba un enorme acordeón que haría las delicias de nuestros potenciales espectadores nórdicos, y que además, porsi, llevábamos una importante selección de alimentos imperecederos (a la par que pesados) para prevenir indeseados episodios de hambruna.

Consistía este en una caja de avituallamiento que contenía un variado abanico de latas de conservas en su mas amplio espectro: Atún, anchoas, mejillones en escabeche, calamares en su tinta y a la americana, sardinas en aceite y en tomate, un innumerable surtido de latitas de foie grass marca La Piara…y para completar el elenco dos enormes salchichones y otros dos chorizos de igual calado. Otrosí: Un queso. Más que nada – a los chorizos me refiero- para que los salchichones no se sintieran capitidisminuidos  en comparación con los enlatados productos.

Acompañaba a los alimentos un afiladísimo cuchillo para cortar los embutidos, el queso y alguna otra cosa más, como  ya se verá más adelante. Mezepone la canne de gallina.

Llegamos por fin a los mostradores de embarque, con tan mala suerte que, por problemas de los que no llego a acordarme, dispusieron que viajásemos en primera clase. Esto empieza a arreglarse piensa, inopinadamente, El Varisto.

Así pues entran en el avión – vuelo IB 6253- con destino Londón. Se aposentan en unos amplios y cómodos asientos y durante las dos horas aproximadamente que dura el vuelo, no dejan de dar por culo a la zufáta exigiéndole  cervezas, medias botellas de vino, y  numerosísimas botellitas de espirituosos para acompañar el almuerzo y  que liban creyéndose los amos del mundo mundial. Ahiesná! Señorita! Un cafetito, si pué ser.

Llegamos a Heathrow. Salimos del avión medio melopeos y cargados con nueve  mantas de viaje, seis almohadas y un sinfín de material diverso que se componía esencialmente de pantuflas, antifaces y cositas de aseo personal; todo ello debidamente robado del avión que, parecía alegrarse  también de nuestra ida. Con lo que se produce otro incremento notable de peso en el equipaje a transportar.

Las amabilísimas zufátas nos despiden alegremente haciendo gestos de adiós con el brazo derecho. Aunque observamos, con desconcierto, que apoyan su mano izquierda en la parte anterior del codo derecho. A modo de corte de manga. Que zusdén peasos de merdellones! Nos dicen en un perfecto inglés. Que amables!  Nos decimos, y nos dirigimos a la sala de recogida de equipajes con la intención de hacernos cargo nuestro contenedor.

LONDRESSS !

Londres está dispuesto de una manera especial. Esta es: Los bancos…están tós juntos (enla City). Los restaurantes… están tós juntos (en la zona de Picadilly). Los monumentos mas importantes…  están tós juntos (Enla Zonade Houses of Parliament).  Las  tiendas de electrónica… están tós juntas (en la zona de Totteham Court Road). Los Hoteles… también. Mass o menosss claro.

El autobús de línea que tomamos en el aeropuerto londinense -no sé porqué- nos deja a las tantas de la noche en una desierta City, es decir en la zona de los bancos. En teniendo en cuenta de que esa aventura tuvo lugar en Octubre de 1977 – en plena eclosión del movimiento Punk en Londres, íbamos literalmente cagaos por la noche -cargados hasta las cejas-  temiendo que Johnny Rotten y sus secuaces nos atracaran, palicearan y por fin, nos sodomizaran. Mas que nada para darnos por el culo. Aunque lo que más nos temíamos era que Syd Vicious, nos escupiera y tirara tomates mientras nos hacían el acto. God Save the Queen.

Milagrosamente esa noche estaban de concierto por la parte de Chelsea y nosotros, no sabemos como, llegamos a la zona de la estación de St. Pancras y nos alojamos en un muy, muy coqueto hotelito de putas.

La dueña del hotelito, resulto ser una entrañable señora inglesa que nos trató de maravilla -rara avis en ese país-  y que nos deleitó a la mañana siguiente con un suculento desayuno continental (porque se llamara así?)  a base de tostadas, huevos con bacón y salchichas, café, mantequilla y mermelada. Ahí me hubiese quedado yo un par de semanitas. Nos dirigimos, pues, mediada la mañana, a St. Pancrass Station con la idea de tomar un tren que nos llevaría a la ciudad de Harwich. Puerto internacional en el condado de Essex y que es la puerta hacia el continente europeo. Llegamos a Harwich para tomar el barco Dana Regina (gemelo del Dana Corona) que nos llevaría a tierras Danesas. A Esbierj, concretamente; cada vez nos íbamos alejando más del nido protector.

Nos instalamos en el barco. Nos proporcionan camarotes en la parte económica del buque, y una vez aposentados, nos dedicamos a explorar el barco. Lo primero que hacemos es – como es norma- contactar con la tripulación y el staff de camarería del buque. Si quieres en un barco triunfar, con las camareras has de contactar. Así que a los cinco minutos ya teníamos una invitación formal para una fiesta en los bajos más bajos que se pueda uno imaginar en un barco. Actuación musical incluida.

Tratamos de comer algo del bufé libre, pero en esos tiempos, nuestros delicados estómagos españoles patrios, no estaban acostumbrados al enorme surtido de pescados ahumados que era en lo que consistía el repugnante bufé. Y pan negro, pá más INRI.

Así que nos dispusimos a engullir – con todo el dolor de nuestro corazón, y más por necesidad que por placer- un poco de arenque ahumado y frío como una culebra;  dos huevas momificadas de nosequé y un surtido de pescados lánguidos y pálidos en sus variedades de salmueras, ahumados, y marinados. Acompañados de un pan negro de centeno  inclemente que no ayudaba mucho a la vista. En defensa del bufé, diré que eran otros tiempos y que si nos sacaban de los platos de nuestras madres y abuelas, nos quedábamos absolutamente desconcertados.

Estábamos en plena travesía. En medio del Mar del Norte. No sé si se declaró una tormenta o que el susodicho mar está en permanente estado de cabreo. Salimos fuera a cubierta. El frío te calaba los huesos, la humedad, ni te digo. La noche era tan oscura como el sieso de Olav V (al que conocimos mas tarde) y el mar…el mar era de un negro cruel y azabache. Nunca, en mi vida había y he visto un mar tan negro. Tan desesperanzador e inquietante. Ni una luz en los horizontes de babor o de estribor. Y además caía fuerte y racheada la lluvia;  las olas empezaban a tomar una altura más que considerable. Decidimos pues, ponernos a cobijo y acudir a la fiesta de la tripulación que se estaba celebrando en las entrañas de la nave. En las profundidades del Dana Regina.

 Sacamos los instrumentos y empezamos una muy aclamada actuación por la beoda tripulación, mientras, la tormenta estallaba fuera fuera de sí; valga la repugnancia. (Producida por la ingesta de cadáver de pez).

Las camareras despendoladas, nos descubrían una forma muy peculiar de tomar la cerveza. Esta era: Pedías una jarra de Carlsberg y un chupito de Aqvavit que metías entero dentro de ella. A la media hora teníamos un mareo y un embuche mas que considerable.

La tormenta fuera se tornaba imposible. Fuerza 7 según Inuit que sabía -ya por entonces- de todo y sin necesidad de Wikipedia alguna.  No sabíamos si el mareo era producido por el estado del mar o por las innumerables libaciones del maldito Aqvavit. A través de los ojos de buey del barco, observábamos horrorizados como el barco subía hasta el infinito en el cielo de la noche muerta, para después, hundirse -en un interminable descenso en las gélidas aguas del mar del Norte. Inmediatamente volvía a subir para, otra vez inmediatamente, sumergirse de nuevo. Pensábamos que cada una de esas inmersiones sería la última. Sólo nos consolaba el estado pletórico y eufórico de la tripulación. Aunque no sabíamos a ciencia cierta si bebían porque estaban acostumbrados a esta situación o si bebían para despedirse adecuadamente de esta vida.

El Varisto se retiraba  a sus aposentos, dejando para los que siguieran detrás  – y para que sus compañeros no se perdiesen- un rastro pestilente de arenques ahumados, smørrebrød  y Akvavit por los pasillos de camarotes del Dana Regina que Alá confunda.

Llegamos por la mañana a la península de Jutlandia, a Esjberj, con un mar como una balsa y una resaca de mil pares de cojones. Pero contentos de estar vivos. Nos quitamos los salvavidas.

Pero aún teníamos que bajar del barco, coger un tren y meternos –tren incluido- en otro barco… así que…

Continuará…

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2 comentarios

  1. La del hotel de Londres era italiana. Argyle Street se llamaba la calle

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