JUAN MIGUEL GONZALEZ. UNA REUNION EN LAS NUBES

JUAN MIGUEL GONZALEZ.

UNA REUNION EN LAS NUBES

Porque  ya no hay agüilis ni siquiera en Periana,

Ni desde calle Ancha se escucha “El Melillero”,

Porque nunca podré citarte en “La Campana”

En portugués te silbo, Julito, este bolero

(Días de Amasquillos)

Eran las de la tarde 14:49.  Acababa de terminar esa comida de la que nadie se cansa nunca  como son las papas fritas con huevos y ajos cascarúos. Faltóme el gazpachito.

Sonó mi teléfono móvil con un número desnudo de nombre y uno  – suspicaz como es-  empezó a mal pensar. ¡Algún agorero dando malas noticias! me dije. O lo que es peor : ¡Algún maldito vendedor telefónico robotizado dándome por culo! –como acostumbran- por los alrededores de las tres de la tarde de cada día del Señor. Sin faltar ni uno solo.

Una voz cortés y educada me preguntó si yo era Álvaro Souvirón. Ahí está ya! pensé de nuevo; ahora viene el porculerío de la oferta irrenunciable del Adsl infinito y de las llamadas de fijo a móviles. O a la inversa, que nunca me entero. Será porque les cuelgo.

Pero me equivoqué. No era quien pensaba. Muy al contrario, mi interlocutor era -no por inesperado y singular, menos sorprendente- ni más ni más (aquí no cabe el menos) que el Poeta Juan Miguel González del Pino. Este, tenía la amabilidad, la gentileza de llamarme no solo para decirme que le había gustado la entrada (no autorizada) sobre su obra en este blog, sino para además, conociendo mi deseo, el ofrecerme generosa y altruistamente material suyo para posteriores posts.

Uno, que no está acostumbrado a hablar con semejantes arquitectos de la palabra, tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para que no se le notara el nerviosismo, la emoción, y – porque no decirlo- el canguelo irreprimible e inevitable.

Quedamos para el día siguiente a las nueve de la noche en la Plaza del Obispo para conocernos en persona y hacerme entrega del material comentado a través del aparato telefónico (Que antiguo soy!). Yo, era incapaz de articular mas palabras que las estrictamente necesarias, a causa de una turbación aún no digerida ni explicable. Ni siquiera ahora.

Bueno explicable si! Pues pensaba sin razón que alguien que escribiese de ese modo, tenia que ser forzosamente, cuando menos, inaccesible; duro de tratar o de convencer.

Oh, por favor, soñaba… Si pudiese conseguir un libro suyo dedicado! Pensaba ilusamente. Una foto con el!!! Soñaba de nuevo.

Llegué a las nueve menos veinte minutos a la Plaza del Obispo. Me siento en Cheer’s y me pido un innoble tinto de verano; la noche anterior dormí con Ron Barceló. Y empiezo, nerviosamente, a mirar la hora -que parecía no  llegaba a su destino-  en el reloj de la torre. A esperar. Las manos me sudan. Sobre todo la derecha que es la que he de estrechar.

Llega a la nueve en punto. Le acompaña su íntimo Jose Antonio Quesada. A la postre otro enorme caballero.

Presentaciones y nos sentamos. Se piden ellos dos tristezas en forma de agua mineral ( Oh decepción ¿ Do aquellos poetas libadores de antaño?) y empieza la charla.

Casi dos horas que se me pasaron en un plisplás. Un recorrido por una Málaga literaria que no fue sino una fantástica lección magistral de poesía en particular. De literatura en general.

El nerviosismo inicial se transformó en agrado. Y el sudor de las manos, espontáneamente, se esfumó.

¿ Dos horas en un bar sin copas por medio ? No puedo llegar a creérmelo; no me di cuenta ni del tiempo que pasaba ni de la ausencia de espirituosos.

Juan Miguel González del Pino. Generosidad en rama -no puedo decir en bruto- es mucho más que el letrista de Tabletom. Muchísimo mas que el poeta canalla amigo del Barbero de Bob Dylan. Os lo puedo asegurar.

Traía un alijo literario para regalármelo. Un alijo que contenía un libro, que, motu proprio, me dedicaba y firmaba ante mi contenida y mal disimulada emoción. Mientras lo hacía, Jose Antonio tuvo  a bien tirarnos una foto para perpetuar el momento. Dos deseos cumplidos del tirón.

“Para mi nuevo- y espero que para siempre- amigo Álvaro Souvirón.

Con mi mayor afecto y gratitud. Un abrazo. Juan Miguel González”

Decía. 

¿Que más podría haber pedido esa tarde?…¡Todo lo que se me dio!

 De Cernuda a Chicho Sánchez Ferlosio con quien intercambié canciones una noche –le comenté- en Casa Cumpián. De Alberti a Don Francisco de Quevedo. Jorge Guillén y la anécdota de los basureros que se pasaban a visitarlo. Una charla ilustrativa que adobaba con lecturas de sonetos propios que – a los pies de la Catedral-conformaron todos ellos, una tarde inesperada e imperecedera en mi memoria. De Paco Pedraza  a Javier Espinosa. De Paco Cumpián a Fernando Merlo. Paco López Navidad y Julio Quesada. CTB yLa Cochera. Catetos en la Campana. Coronas de boquerones fritos. Los martes trece de nosotros mismos.

Un paseo por sus amigos poetas y por sus sitios. Muchos de ellos (los poetas y los sitios) infaustamente desaparecidos

Uno, que no es lo suficientemente versado en esto de la poesía (que apropiado) temía no llegar a entender medianamente claro lo que el poeta me quiere decir. Pero la voz de Juan Miguel González acompañaba y le daba el tono justo, la musicalidad exacta a las palabras para que estas me llegaran y me emocionaran.

Vengo de recordarte y malquererme,

la sien avergonzada, porque el tiro

en noche no cuajó, porque respiro

en todo cuanto quiere retenerme.

Partimos el alijo en dos. Lo devolvible y lo regalado. Dos partes desiguales donde la batalla la ganaba el botín que –ya para siempre- formaría parte, orgullosamente, de mi biblioteca. De mi corazón.

Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Inmediatamente seguido de un abrazo.  Adornado este con un beso. Sellando con esos tres gestos espontáneos una tarde que –estoy seguro- supuso un gratísimo rato para los tres. Para mí,  el que más. Desde luego que sí.

Así que –Quid Pro Quo– le comuniqué a Juan Miguel mi intención de establecer un rincón especialmente dedicado a él en mi página Ateneo’s Alas con Secuencias.

Me lo agradeció de inmediato sin recapacitar que, la gratitud- la inmensa gratitud- tenía que partir de mí, no de él. Que era, sin duda alguna, como debía de ser.

Y ahora, con la aquiescencia y el beneplácito del autor, del poeta, tengo material suficiente como para hacer alguna entrega que otra con su obra. Fíjate si me regaló, que hasta me dio permiso para publicar la letra íntegra de “Algo así como un Tango” que muy pocos conocen. Dos estrofas de regalo, pues.

Su último libro- este regalo de Jose Antonio- Visión de la Piedad.

También me regaló el único soneto a Torrijos. Y, por ser aún más generoso, me dedicó y firmó una letra que será canción -aún por salir- y dedicada a la memoria de Rockberto: Almuecín de las nubes. Perico “Tabletom” Ramírez anda en ello, según me dijo.

Y vuelvo a reseñar el honor que supone para mi que sea de primera mano el como me ha llegado este material.

Y tengo que agradecerle muchas cosas.

Tengo que agradecerle la charla amena y pedagógica que recibí en apenas dos horas. Lección magistral, ya te digo, de bonhomía y del  buen escribir. Por eso, tengo que  agradecerle  ese paseo por la Málaga desaparecida. También las confidencias – que sin tener que hacerlo- me hizo al desvelarme pinceladas de su carácter.

Tengo que agradecerle – sobremanera- esa lectura poética en petit comité  que para mí, realizó en la plaza del Obispo. Con la sola presencia de una catedral capitidisminuida en torres y con la mirada atenta y al quite de su gran y fiel amigo Jose Antonio Quesada.

No sabéis como voy a presumir de ese pase privado. No sabéis como. Fue como estar en las nubes. Sigamos en ellas. Y otra cosa Juan Miguel… Y hago mías tus palabra del maldito día…

“Reunir en una misma persona lucidez, rebeldía y timidez solo puede abocar, fatalmente en un artista, a la desesperación o a la santidad”

 Aplícate el parche, Maestro y… Fuera caballo! Que diría el Pedraza.

Nota Bene 1

Jose Antonio Quesada.

Ya me había avisado Juan Miguel de dos cosas: Primero de una timidez exacerbada – la misma que según el mismo- compartía con Antonio Abril.  Y segundo: su costumbre de reunirse los domingos por la tarde con su gran amigo Jose Antonio Quesada.

Jose Antonio es  otro animal poético; desconozco, -y se me perdone la ignorancia, que es mucha- si escribe o no. Ya sabéis de mi anunciada incultura  poética. Pero si puedo asegurar que no solo fue un partenaire excelente en el dato y en el comentario del poeta, sino que fue complemento directo y guía sugerente y eficaz.

Con un don especial para la paginación… Lee “ Esa hoja de roble” ¡Juanmi! En la página 59!

Recita “ Tu ausencia pura” en la página 31! Y así nueve o diez veces que fueron tantas como sonetos me recitó Juan Miguel.

Tuve incluso, en plena emoción, la desfachatez de llamar también Juanmi al poeta. Desliz que corregí de inmediato. (No volvió a suceder.)

Juanmi! Le dije sin pensarlo…Como coño se sabe las páginas???

No lo sé Álvaro-me contestó- pero cuando alguna vez he recitado en el Ateneo. Me susurraba desde la tercera fila..La cincuenta y ooochoooo….. La página cincuenta y ooochoooo…. Y allá iba yo, a la cincuenta y ocho y la recitaba.

La poesía de Juan Miguel, decía Jose Antonio, es la mejor que se ha escrito y que se escribe en Málaga- salvemos a Alfonso Canales-, apuntó. Pero nunca se ha vendido a las subvenciones ni a partido político alguno. Nunca le ha bailado el agua a nadie. Por eso –a lo mejor- lo tienen vetado en determinados círculos.

Pues peor para ellos!!! Dije. Solo que por esta circunstancia nos tienen también vetada a nosotros, la palabra de Juan Miguel, Y a eso- que quieres que te diga, no hay derecho.

Así que ahora estoy tremendamente dichoso, pues no solo he conseguido conocer al poeta. También al hombre. Y puedo aseguraros que es tan buena persona como escritor. Cálido y acogedor. Con un ingenio intolerable.

Un honor, Juan Miguel. Gracias por el buen rato pasado. Un honor.

No puedo terminar esto sin darle las gracias a Carmen Sánchez Romero: Mi Carmela. Quien me iba a decir que después de puntear  a tanto íntimo común del poeta iba a ser mi Carmela quien nos iba a propiciar el encuentro. Mil Gracias Carmela. Mil gracias.

Para terminar nada mejor que unas estrofas del maestro. Es como debe terminar este prolegómeno a su  rincón fijo que empieza ahora.

Árbol de azogue con uñas de gato

Para el suicidio de la golondrina

Dentro del hueso de una mandarina

Mi amor deshoja un triste boniato

 

Cepillo de tus dientes, perborato

Quisiera ser, y cándida aspirina,

Y mermelada de tu pan, y angina

De tu boca infantil de garabato.

 

Ponte las botas altas de corsaria,

Y aquellos cucos de licor perverso,

Y el tierno rimel de universitaria.

 

Dulce está el mundo, verde el universo,

Carigorda la luna  y libertaria,

En flor la calle y descorchado el verso.

                                                                                 (Muchacha del 68)

¿Qué os decia?

Nota Bene 2.

La foto primera que figura en este post, ha sido subrepticiamente afanada a su autor Bab El Ain de su blog Toto-Vaca. Así lo digo, para que así se sepa.

Anuncios

2 comentarios

  1. UN DECIR INFINITO
    (A propósito de VISIÓN DE LA PIEDAD de JUAN MIGUEL GONZÁLEZ.)

    MANUEL SALINAS

    “No tengo nada que decir, y a pesar de todo lo diré”.
    S. Beckett.

    La poesía última en España, desde la teorizada pérdida del “aura” de W. Benjamín, ha ido enseñando su verdadero rostro en defensa de los valores de la Contracultura, pero sin el misticismo de la Generación Beat. Valores que han terminado configurando la Sociedad de Consumo, que ya tiene no sólo una oferta de música “enlatada”, sino una máquina de picar poesía “Sea and Spar Between.”

    Por otro lado, si todas las situaciones tienen su propio horizonte y todos los horizontes aspiran a ser ensanchados, la ampliaciónconstante del límite ha hecho que el arte y que la literatura de los últimos años del siglo XX sólo aspire a conquistar nuevos territorios: la originalidad, y algunas veces sólo ha hablado de nuevo formato, o soporte nuevo.
    Mas el arte, la poesía, una y otra vez, se ha instalado en esa frontera que llamamos “la muerte del arte” y que ha hecho que se valore paradójicamente a los autores más por sus errores, o sus intenciones, o sus arrepentimientos, que por sus hallazgos mismos.

    Así pues, durante estos últimos años el artista, el poeta moderno, instalado en la línea roja de esta linde, sólo practica, parafraseando a Thomas de Quincey, el suicidio como una bella arte, como un hecho estético.

    Sin embargo, algunas voces han sabido encender una luz cierta dentro de aquel cenagoso páramo: la literatura, el arte, nunca estuvo en seguir el inconstante y azaroso sentido de los humores, el cambiante dédalo de lo diario con el que acaso se puede escribir una pancarta, o la página de un diario, sino en la literatura misma, porque como escribió Borges, “sólo perduran en el tiempo las cosas que no son del tiempo”.

    Ahora recuerdo a Oscar Wilde, en “The Critic As Artist”, afirmando que “una pasión real sería su ruina. Lo que sucede en realidad es inútil para el arte. Toda la mala poesía brota de un sentimiento genuino. Ser natural es ser obvio y ser obvio es ser antiartístico”.

    En este sentido, Juan Miguel González es un poeta modernísimo, que no posmoderno: una mezcla de santo laico que, desde lo más profundo del barro llegó a la luz, cuando aprendió que, más que la decadencia de los últimos días de la vida de Inmanuel Kant, lo que importaba era el pensamiento del filósofo de Königsberg en todo su esplendor [ ése es su “spirit de finessa”], y que, acaso otra vez, Borges tenía razón y, hay que estar más orgulloso de los libros que uno ha leído que de los que uno ha escrito o proyecta garabatear.

    Por otro lado, Juan Miguel González es un poeta excéntrico que ha luchado denodadamente a lo largo de su vida por alcanzar su propio fracaso. Entre un exultante egocentrismo y una generosidad sin límites, su alma siempre trató de quemar el mundo con sus versos.

    A ciegas, la fiesta de la palabra de su poesía ha ido creciendo en silencio hasta hallar esa voz profunda y verdadera que encontramos en este libro que titula: Visión de la piedad. Y que tiene un impagable prólogo de Ignacio Gómez de Liaño: no se puede decir más ni mejor, con sensibilidad, rigor y sabiduría.

    Visión de la piedad parte de la máscara moderna, del “Personae”, de Pound, que ya había traído a nuestra tradición Pere Gimferrer en su libros “Muerte en Beverly Hills” y “Extraña fruta”. Aunque hay algún antecedente, como el “Soliloquio del farero” de Cernuda que le llegó de la mano de algún monólogo de Robert Browning. La máscara, después de los fuegos de artificio de la vanguardia, ha llegado hasta nosotros, para garantizar la eficacia del engaño literario, porque las diversas voces del poeta no están llenas de fantasmas, sino de espíritu, de alma.

    Juan Miguel González rechaza del mundo moderno su marcada actitud iconoclasta, y en su espléndido libro defiende los valores de la Tradición literaria, valores que son las distintas voces del poeta, sus diversas máscaras, en un collage que recuerda la portada del disco “Sargent Pepper’s.”
    En efecto, la máscara de la tradición es lo único que no envejece. Como Odiseo, es Nadie. Y nadie se ríe tras la careta. Una voz multiplicada es la literatura y es, parece decirnos el poeta malagueño, en general el arte.

    En el panorama literario del momento, dominado por la eclosión de obras contraculturales, sus versos se alejan de esa tendencia dominante, recurriendo a la estrofa y al espíritu consagrado por la Tradición literaria: octavas, liras, sonetos…; unas veces tomando la voz del poeta del Cancionero, o la del poeta Barroco, o la del místico…; otras, el tono de Bécquer, o de Antonio Machado, o de Luis Cernuda…, etcétera, etcétera, etcétera. Su arte poética es la ocultación del yo detrás de unos modelos de perenne e inmaculada Belleza. Mas, su poesía no está amurallada a salvo de la ética, su poesía es una poesía moral que llega hasta nosotros desde la lejanía próxima de Unamuno.
    Y a pesar de que el poeta, aquel niño del barrio de Carranque malagueño, lo aprendió todo en el dolor, Visión de la piedad está hecha de descarada alegría. Ya se sabe: hay que saber perdonar: hay que saber perdonarse. La voz del aedo que tintinea en sus versos es un espacio para la incesante celebración:

    “Juega, muchacha, juega con el agua
    donde una vez los ángeles bebieron”.

    Frente a la poesía que es conspiración contra la cultura y en algunos casos está hecha de eslóganes y de antivalores, frente a la poesía que rechaza o “suspende” al arte, porque piensa que es parte de la Cultura Burguesa, ya que parece ser que no contribuye de manera evidente a cambiar el mundo, Juanmi defiende abiertamente los valores del Mundo Clásico y de la Tradición literaria y rechaza tajantemente la actitud bárbara de “hunos” y otros, mostrándonos cómo no es el arte un vivo trasunto de la vida, sino que es la vida un vivo trasunto del arte. Sin duda, la ficción, la máscara en el escritor se apodera de la realidad y esa vida “literaria” es lo sagrado, como escribió María Zambrano.

    En efecto, este poeta malagueño, lo dijimos antes, sólo es un incendiario que trata de quemar el mundo con sus versos, que nos enseñan el contrasentido de cómo lo más antiguo puede ser lo más moderno, y es lo único que no envejece. Y mientras que Ezra Pound aunaba la distancia de oriente y occidente, acarreando todo tipo de materiales, Juan Miguel González reúne las voces de todas las épocas literarias, diciéndonos que el mundo del arte todavía puede ser el mundo del Hombre, a pesar de esta época de titanes en la que vivimos, que conspira constantemente contra el arte.

    En fin, cualquier libro tiene su lector-ideal: aquél al que el corazón se le hace vuelo y ama el libro línea a línea, ése que lo recorre página a página, repitiendo gozoso, como se paladea un buen vino, cada letra, cada palabra, cada frase, éste que disfruta del placer de su lectura, que dichosa, lo empapa hasta hacer de su pecho un nardo donde liben los ángeles, una alta rama donde aniden todos los pájaros.

    Estoy seguro que esta Visión de la piedad, de la editorial Libros del Aire, no va a encontrar entre sus lectores a ése que, como una alumna mía, diga que no es partidario del “matrimonio para toda la vida”, porque según ella, ese tipo de matrimonio es cristiano y ella es atea. Pero, los demás, no se priven del placer de leer este raro libro y cómprenlo, háganse con él, disfruten de esa mirada indiferente a la vorágine del mundo y recuerden que quien sabe de dolor, o de silencio, todo lo sabe, gocen de la certeza de que diez años más tarde también el Guggenheim será una ruina romántica, léanlo, oigan la dorada voz de la Poesía, el incesante paisaje de la infancia, la gozosa fiebre del amor, compartan la soledad del camino que emprende, la verdad del fuego que anda buscando, no se lo pierdan, recomiéndenlo, aunque sólo sea porque este libro se queda al margen de las modas de lo efímero y de lo fugaz y su autor ya ha pagado el precio de su independencia.

    No quisiera terminar estas líneas sin hablar de la generosidad y el atrevimiento de Fernando Sáenz, el editor de este libro que completa y agiganta la imagen de Juan Miguel González, quien no sólo es un poeta, para quien el mundo visible existe, -burlesco, satírico, vital,- ya que, frente a una poética de los gestos, los versos de este libro nos muestran que, detrás de la risa y del esplendor de su idioma, no está el vacío, pues Visión de la piedad audaz alza con su caramillo, para que no sea de cartón piedra el escenario, un rumor de pozo, una hondura de penas aquietadas en el altillo y un silencio: un amoroso y doloroso silencio, como la más noble emoción de que es capaz el hombre.

    Sin duda que, para un poeta que tiene arraigada fe en la palabra, el silencio es una paradoja: “decir el silencio” es lo contrario de no decir nada, aunque sea para el artista un decir infinito y nunca resuelto. Y por otra parte, “decir el silencio” es afirmar que tras el dolor, que nos hace humanos, sólo se halla el dolor: no hay respuesta para la injusticia, ni para el sufrimiento, ni para la desigualdad. Sólo el Alba de La Piedad nos salvará, porque el arte es una bella profecía, y, como ha prometido el poeta, -y yo así lo creo ciegamente-, cuando llegue el Domingo de la Resurrección,

    “bajará la luz mojada al cobertizo,
    y habrá piedad y amor en las jarras de vino”.

    Me gusta

  2. Alvaro soy un amigo de Juanmi, y esta reseña la publique en LIbros del aire, sobre su Vision de la Piedad. Si te gusta puedes publicarla también en tu blog…. está en el blog de la editorial. Manolo

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: