CADA MES DE DICIEMBRE / DESPIERTOS, TRAS EL CRISTAL MIRANDO

CADA MES DE DICIEMBRE

Después de cada  mes de Noviembre y de su pertinente ramito de violetas, llega Diciembre. Con su anhelado puente vacacional y sus excesivos alumbrados callejeros. Con la hermosa Navidad que (al menos de boquilla) hermana a todos los ciudadanos cristianos que celebran el dosmilésimo decimonoveno aniversario del nacimiento del Niño Jesús.  Un niño que, en menos de tres meses, oh paradoja! será paseado ya hombre, crucificado, muerto y resucitado por las mismas calles del jolgorio luminoso. Cosa milagrosa sin duda y ejemplo de rapidez en eso del pasar los años.

Llegan, ya lo saben ustedes, las bacanales gastronómicas y sus kilos de más. Los excesos etílicos acarreando las pérdidas del pundonor y la dignidad. Llegan los cuñados sabelotodo y las concuñadas marisabidillas. Llega, en fin, el mes de Diciembre con sus típico tópicos mezclando  la repulsa y la ilusión. La fe y lo pagano en una balanza con el fiel perdido que ha olvidado sus principios en aras de un consumismo desaforado y enloquecido.

Yo, lo reconozco, soy más de estar ilusionado que agobiado por estas fiestas.  Feliz que contrito. Aunque, por eso de las edades, he de reconocer también que mis sentimientos navideños sufren el desgaste propiciado por lo repetitivo y por tener –al margen de las ausencias– la sensación de haberlo visto y vivido ya todo.

Sin embargo, no me pasa eso cada mes de Diciembre con el mensaje de amor y esperanza que mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González me felicita las Pascuas y que yo –ufano, feliz y orgulloso– comparto en este blog para que, con la impenitente belleza poética acostumbrada  por el vate, disfrutéis estas Navidades en unión de vuestros familiares y seres queridos.

Esta es la felicitación para estas Navidades del 2019:

DESPIERTOS, TRAS EL CRISTAL MIRANDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INOCENCIA Y GRACIA

LA MIRADA DEL ÁNGEL

PASTOR QUE BAJAS CANTANDO

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No llega verdaderamente la Navidad a mi blog, cuando éste se viste adecuadamente con brillos e imágenes apropiadas para estos tiempos. Cuando, al entrar en esta página, empiezan a caer falsos copos de nieve sobre el escritorio. Tampoco, cuando las luces de mi ciudad adornan sus calles con un derroche paradójico e incoherente tratando de atraer al ciudadano hacia un espíritu que ya, hace mucho, abandonó sus tradiciones en aras de otras nuevas prácticas importadas, que nada tienen que ver con nuestro carácter y nuestra particularidad.

No. La Navidad, empieza a notarse en este blog de, manera inequívoca y palpable, cuando mi querido amigo el poeta me llama por teléfono y me proporciona —con su acostumbrada generosidad— el ya tradicional villancico que sirve para felicitar estas fechas a todos los que sois habituales de este sitio.

Un honor al que me tiene mal acostumbrado.

Pero ya no digo más. Ya me callo. Pues no quiero desviar vuestra atención de las bellísimas palabras de mi apreciado Juan Miguel González del Pino. Un admirable escritor y poeta. Mucho mejor persona. Muchísimo mejor amigo.

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LA DELIBERADA MALA EDUCACIÓN.

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LA DELIBERADA MALA EDUCACIÓN.

Habeo quem fugiam, quem sequar non habeo
“Sé de quién tengo que huir, pero no sé a quién debo seguir”.
(Proverbio Latino)

Cuando lo innecesario se alía con la ofensa, se torna en provocación (también innecesaria) incluso para las personas que, como yo, nunca se han echado las manos a la cabeza ante la irreverencia y el desacato. Ante la extravagancia y el desvarío. Pero cuando me hieren la vista o el oído, me mosqueo aunque ni me vaya ni me venga. Y me mosqueo, porque concurre una circunstancia queridos míos; sepan ustedes que lo respeto todo menos la deliberada mala educación.
Adoro el doble sentido. La palabra malsonante crítica y oportuna; el disparate sin exceso y la burrada comedida.

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Soy consciente de que el “tocacojonamiento” es, las muchas de las veces, imprescindible y conveniente. Pero me repito: Todo lo respeto, menos la deliberada y adrede mala educación. Y no me gusta, en absoluto, que determinados imbéciles, traten de provocar situaciones, que en un momento dado, puedan desembocar en coyunturas y posiciones indeseadas y peligrosas.
La altivez, la altanería y la arrogancia de determinados sectores catalanes están colmando la paciencia de muchísimos paisanos (aunque renieguen de ellos) suyos; españoles y catalanes. Yo, que sólo entiendo la convivencia pacífica y próspera, dentro de los parámetros del respeto, de la tolerancia y del miramiento, lo estoy viendo venir.

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En referencia a la difusión del innecesario Padrenuestro “coñero” –y desde mi más convencido agnosticismo– tomo prestadas las palabras de mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González del Pino, que con absoluta clarividencia, define el momento actual con unas bellísimas palabras escritas para mi blog hace ya algunos años.

“Frente a la cochambre hegemónica de coleguillas subvencionados, ¡La insurrección de la delicadeza!; contra la plaga de advenedizos trileros, ¡La noble apuesta por la belleza!; frente a tanta voraz ramplonería monotemática, ¡La rebelión del buen gusto!”

Debemos de respetar, incluso más, a las personas con las que no comulgamos (miren que oportuno!). Porque si no, esto se va a transformar en el coño de la Bernarda . Y la Bernarda, últimamente, no está para que le toquen mucho el coño y puede que empiecen a pagar justos por pecadores, y lo que es peor, que empecemos a pagar los pecadores de toda la vida, por imbéciles provocadores. Iniciemos pues, todos juntos, la rebelión del buen gusto y dejemos a cada uno con sus convicciones y sus creencias.

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Las imágenes que ilustran esta entrada, son obras del artista Michael Hutter

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ARROYO DE LAS CAMPANILLAS

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LAS BUENAS COSTUMBRES / CUANDO JÓVENES FUIMOS.

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LAS BUENAS COSTUMBRES.

Conserva las buenas costumbres y las buenas formas, caballero de los de antes, mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González del Pino. Mi querido amigo, mantiene y cuida arquetipos de otras épocas más cálidas en el trato personal cuasi desaparecidos hoy en día. Actitudes y disposiciones tales como son la cortesía y la educación; la gentileza y la elegancia; la corrección sin empalago y la generosidad sin espera de retribución compensatoria. Lleva Juan Miguel González del Pino —compadre que es (nobody’s perfect) del ínclito Javier L. Navidad— lleva, digo, por guión y estandarte la fidelidad, la honestidad y la nobleza.

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El Poeta, el querido amigo, conserva las buenas costumbres y siempre pregunta por la familia, por la salud; nunca por el dinero que, ya se sabe, en demasía es una ordinariez. Se interesa el amigo Poeta por tus cuitas, por tus aflicciones y tus tristezas. Inquietudes y zozobras. Y eso señores, es muy de agradecer en este mundo actual —lleno de amigos de barra y copa pagada— que adolece del mínimo protocolo y de la exigible y pertinente buena educación. Créanme Uds. es muy, muy de agradecer.
Esta es una nueva entrega del trabajo de mi amigo. Sin más preámbulo y exordio, aquí tenéis una muestra de su última producción poética. Que la disfrutéis!

 

***CUANDO JÓVENES FUIMOS.

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AQUELLOS VERANOS

AQUELLOS VERANOS

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En estos tiempos oscuros, en los que la educación y la cortesía han sido desplazadas –en cuanto a comunicación verbal y epistolar– por la más infame concisión, estrechez y barbarie; en estos tiempos incongruentes y contradictorios, en los que nos comunicamos más y peor que nunca, sorprende mucho que aún haya personas que, generosa y desinteresadamente, dispongan de su tiempo para, escribiendo o descolgando un teléfono (qué antiguo ha quedado eso de descolgar cuando nos referimos al teléfono) saludar sin motivo preciso al familiar o al amigo.

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Pocos quedan. Y entre los más corteses y educados –sus formas antiguas le honran– que conozco, se encuentra mi querido amigo y admirado Poeta Juan Miguel González del Pino.
Cierto es que Juanmi y yo mantenemos una espontánea corriente de empatía cariñosa; y que nos regalamos el uno al otro el respeto y la consideración. Yo, hacia él, desde la más enorme admiración cómo persona y cómo Poeta. Él, hacia mí –desde su inacabable generosidad y entrega– permitiéndome ser su más fiel transcriptor en este mundo virtual que es Internet.
Juan Miguel, me llamó ayer con la sola intención de saludarme. De interesarse por mi estado de salud y de emoción. Para brindarme el bálsamo –siempre eficiente– de su palabra amiga confortadora y estimulante; de su voz comprensiva y condescendiente. Yo, que soy viejo zorro, y abuso de su amistad (él siempre se deja querer por mí) me permití “regañarle” por tener abandonado este blog. Por tenerle regalada la ausencia de sus letras a este sitio que –él ya lo sabe– es tan suyo como mío. Su sitio este que es su lugar de publicación legítimo y oficial. Y eso, siempre se lo digo, representa un invariable honor para este que ahora escribe; un honor tan singular y tan señalado, cómo inmerecido e ilusionante.

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Estos son los dos regalos que me hace Juan Miguel González del Pino. Dos fragmentos de belleza, desgajados desde la parcela de la creatividad y la excelencia de su bien amueblada cabeza.

Disfrutadlos.

(Las imágenes que ilustran esta entrada son obra de mi amigo Ángel Luis Calvo Capa. Un amigo que tuvo el poco detalle de irse muy anticipadamente.)

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A mis amigos y amigas de aquellos inolvidables veranos
AQUELLOS VERANOS
“… aunque se pierdan los amantes no se perderá el amor;
y no tendrá dominio la muerte.”
Dylan Thomas

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El verano es un patio regado por las tardes,
y una fuente de rojas y enredadas cerezas.
Encierra un sortilegio la palabra verano,
nombre aún más hermoso que la dicha que evoca.

Paseos bordeados de cañas y moreras;
tranvías con muchachas camino de la playa,
y un rabioso delirio incansable y ardiente
de paganas cigarras, en los altos pinares.

Se llenaba la alberca de la huerta vecina
de estrellas y de ranas, y las calles de grillos,
y era dulce entregarse al soñar perezoso,
puesto el sol, respirando la agostada campiña.

Aquellas reuniones en el patio encalado,
con música y muchachas doradas y estivales,
con las que, embelesados, bailábamos a veces
desmayadas canciones sentidas hasta el llanto.

Caían las perséidas de los cielos nocturnos,
como en las madrugadas los jazmines abiertos,
y por los eucaliptos, furtivas, se abrazaban,
en su primera cita, los amantes felices.

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PRIMAVERA Y VEJEZ

Los parques se han cubierto y las aceras
de flores amarillas y moradas:
es la derrochadora exuberancia
que mayo nos dejó. Por todas partes
copas, en floración, de jacarandas,
y el naranja encendido y delicado
de las acacias, con sus nidos nuevos.

Hay alborozo por los claros cielos,
de estas serenas tardes exaltadas
por los largos chillidos coloquiales
de los raudos vencejos.

Junto al agua
de las placetas y los jardinillos,
carmín, blancas y rosas, las adelfas
promesas son y fueron del verano.

¿También para nosotros, poetas viejos,
habrá en el mundo un tiempo prometido
como el verano es para los jóvenes?
Acaso el del sosiego, que es el propio
de quienes han sabido envejecer
sin rencor ni codicia, y con un poco
de amor y lealtad y mansedumbre.
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EL NIÑO AQUEL QUE FUÍ ME LLEVA AHORA.

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EL NIÑO AQUEL QUE FUÍ ME LLEVA AHORA.

“Las niñas, que son hadas y princesas,
los niños que son magos,
las gotas, que son perlas, de la lluvia,
las llamas que son pájaros.”

Juan Miguel González.

Por eso de su aversión a las temperaturas gélidas, el Poeta Juan Miguel González, cuando sale, va siempre cubierto con un elegante sombrero. Tiene muchos. El ir siempre con la azotea techada, no sé si tendrá como fin el calentarse la cabeza o el impedir (yo creo que es eso) que se le escapen volando al exterior esas preciosas y recapacitadas piezas poéticas que él tiene a bien componer y –en casos muy puntuales– regalar.

Juan Miguel adorna su apariencia con un dandismo evidente. La última vez que estuve con él vestía un precioso sombrero, unos confortables pantalones y una chaqueta, ambos de punto, que le aportaban calidez y prestancia. Distinción y elegancia. También despedía un agradable olor; una mezcla –quise suponer y me lo invento– de lavanda inglesa y Vicks VapoRub. Una mixtura del centenario jabón Lifebuoy y hojas maceradas del falso árbol de la pimienta.

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Habíamos quedado en el sitio acostumbrado para intercambiar regalos. Él me había pedido –con esa humildad que le caracteriza y haciendo caso omiso a mi advertencia de que siempre le estoy dispuesto– una copia del álbum “Sigamos en las Nubes” del grupo Tabletom para regalárselo a unas amigas holandesas que querían oír alguno de sus poemas musicados por los hermano Ramírez… Yo, “motu proprio” le llevé también las letras impresas de sus poemas con la banda. Estas para él.

Por su parte, Juan Miguel, “Quid Pro Quo” me iba a entregar el original del romance “El Monte de las Tres Letras” del cual me hizo protagonista. Pero ya lo he dicho, y lo repito sin sonrojo, el Poeta es enormemente espléndido y regala lo más valioso de él; así que para dejarme desarmado, me llevó un poema dedicado. Un poema en el que habla de ese niño que todos llevamos dentro; a pesar de estar ya pagando con muchos años vividos, el tributo de la existencia.

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Afortunadamente, todavía mantengo ese niño dentro de mí. Algunos lo llamarán inmadurez y yo lo asumo encantado. Asumo esa inmadurez preciosa que me hace recordar los tiempos felices de mi niñez y de los que aún guardo retazos con esa costumbre que mantengo del comprarme figuritas de cómics y de tebeos; y libros de dibujos; y –lo último, y que estoy esperando– un precioso recortable de cartón del Edificio Chrysler de Nueva York. Mi favorito.

Que el Empire State vaya poniendo sus barbas a remojar.

Este es el poema que me ha regalado Juan Miguel González del Pino. Inconmensurable poeta; mejor persona y gran amigo.

 

(Todas las ilustraciones son de Carl Offterdinger y corresponden a portadas de publicaciones infantiles y juveniles)

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

“Ganas dan de correr y abrazarte, de llenar de castañas y almencinas tus enormes zapatones de tela peatonal, de auparme hasta tu frente y ungirla de sonetos bien mojados en vino de los Montes.”

Juan Miguel González

Cuando a la temprana edad de ocho años me mudé de la céntrica Plaza de los Mártires, para vivir en una descampada Barcenillas despojada de bloques, lo único que me consoló fue que estaba destinado a vivir en una zona de “entremontes”. Una zona despoblada, en aquellos tiempos, situada entre el Monte de Gibralfaro al sureste y el Monte Victoria al noroeste. No se me tenga muy en cuenta mi capacidad orientativa que no es muy mucho de fiar.

Debido a esa apacible y bucólica situación cuasi rústica, el terreno me obligó gratamente a vivir en un ambiente saludable y enormemente divertido. Un terreno proclive a gozar de aventuras y juegos, que de ninguna manera, podría haber vivido de haber seguido residiendo en el centro de la ciudad. Otro tanto me pasaba cuando, en mis largas temporadas en La Cañada de los Ingleses, podía zascandilear libremente por el monte entre algarrobos y Llagas de Cristo. Esta circunstancia, hizo de mi un experto en subir y bajar entornos sombríos por pinares inacabables o por zonas absolutamente soleadas, y que me procuraban vistas únicas de la ciudad, cuando –cómo solíamos hacer de chavales– subíamos a las cimas de los citados Montes de Gibralfaro y Victoria. Este último también conocido como Monte de la Tres Letras.

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Viviendo en Los Pinos (Barcenillas) no eran pocas las veces que atravesando el Reino de Conde Ureña, llegábamos hasta el Mirador que se encontraba en todo lo alto y en el comienzo del camino de tierra que llevaba al Seminario. Una vez allí, la pandilla, las más veces, hacíamos largas marchas de montañismo para alcanzar la cima del Monte de las Tres Letras. Una vez allí, en unas inclinadas y enormes lajas de piedra (La Barca grande y la Barca chica) nos tendíamos a todo lo largo y pasábamos horas contemplando cómo la ciudad – aparentemente quieta– respiraba a nuestros pies y jugábamos a situar edificios y monumentos.

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El Poeta Juan Miguel González, me llamó hace unos días para agradecerme (no hay de qué) el tratamiento que le había dado en este blog a su inspirada felicitación navideña.

Como suele pasar, la conversación con mi amigo se prolongó más de lo que permiten los horarios laborales, debido a su amenísimo e interesante palique. Salió a colación mi absoluta admiración y pasión hacia su producción costumbrista y localista. Ya se lo he dicho muchas veces, que cualquier referencia versificada sobre la Málaga que ocupó nuestra niñez, y sus bellísimos alegatos sobre negocios, paisajes o personas desaparecidas, conforman uno de las temas preferidos por este que ahora os escribe.

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Juan Miguel González tuvo a bien (Qué honor!) el proponerme ser el personaje, el actor principal, de un romance que escribiría sobre algún lugar preferido de mi niñez. Para hacerme un regalo imborrable para mi ego (no puedo negar mi parcela de vanidad) y para afinzar mi devoción inquebrantable hacia su obra. Hacia su persona. Me preguntó qué lugar estaba grabado de manera indeleble en mi memoria para situar el romance. Entre otros muchos sitios, le indiqué el Monte de las Tres Letras, y eso es lo que ahora viene. Un texto poético de una espléndida hermosura que desde ahora, formará parte del lugar más entrañable y principal de mi Muro de los Afectos.

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Para adornar esta entrada de una manera perfecta, qué mejor que hacerlo con los dibujos de otra persona –que al igual que yo– subió y disfrutó ese monte en su niñez: mi querido amigo el arquitecto Luis Ruiz Padrón. Luis, con esa generosidad inacabable que dispone hacia mí, ha tenido la deferencia de remitirme una serie de dibujos que –junto a la palabra de Juan Miguel– conforman una de las entradas más placenteras que yo haya escrito últimamente.

Este es el texto de Juan Miguel González. Estos son los dibujos de Luis Ruiz Padrón; disfrutadlos. Son una verdadera muestra de delicadeza y de elegancia. Una demostración de cariño, aprecio y amistad tan agradecido cómo inmerecido.

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

Para Álvaro Souvirón

En lo alto se subía
del Monte de las Tres Letras,
Alvarito Souvirón,
con unos cuantos chaveas.

Deshojaban margaritas,
masticaban vinagretas,
cogerían almencinas
y partirían las almendras.

Caballitos del diablo
volando sobre la alberca,
y cigarrones saltando
y algún lagarto en las peñas,
iban mirando asombrados,
en su escaladora gesta,
por el agreste condado
matinal de Conde Ureña.

A contemplar se sentaban,
felices en una piedra:
la Catedral, el Castillo,
el Seminario, las huertas,
las hileras de eucaliptos,
el Camino de las Pencas,
el Puerto y el Melillero
y el mar de la Malagueta.

En su pecho de gigante,
emocionado conserva
el niño aquel que subía
al Monte de las Tres Letras,
para abrazar con los ojos
y en el alma retenerlas
la luz, la mar y los cielos
de aquella Málaga nuestra.

Juan Miguel González
Málaga. Enero 2015

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ANEXO DE ÚLTIMA HORA

Mi estimado amigo Manolo Alonso Aragón –hermano de mi íntimo amigo (Q.E.P.D.) José María Alonso– tiene a bien el proporcionarme una información que él, cómo testigo directo (era vecino en aquellos días de Conde Ureña) vivió y presenció el bautizo del Monte Victoria cómo Monte de las Tres Letras.

Esta es la información que me proporciona:

Testigo del bautizo del monte.

Hasta finales de los 50 desconocíamos el nombre original del monte. La chiquillería de la zona le llamábamos el monte de las almencinas, el de las chorraeras o simplemente el monte. Pero una buena mañana de aquellas fechas, vimos asombrados las siglas PCE (Partido Comunista de España) pintadas con cal en las grandes rocas que culminan su cima en su cara más occidental y visible desde buena parte de Málaga.

La reacción de las autoridades del régimen no se hace esperar. Apenas 48 horas después, veo desfilar por la puerta de mi casa, decenas de presos políticos; en fila de a uno a ambos lados de la calle y flanqueados por numerosos guardias civiles fuertemente armados. Todos llevaban la misma indumentaria, un mono gris plomizo y transportaban cubos, cañas, brochas, cal, cuerdas, escaleras de mano etc.
En pocas horas aquellas tres letras del monte fueron sustituidas por las de JAC (Juventud de Acción Católica) Cada dos años aproximadamente, las letras eran repintadas con la misma mano de obra.

Con el paso de los años, contemplé varias veces, cada vez con más indignación, la silenciosa y humillante procesión. Esas siglas permanecieron durante el franquismo, la transición y los primeros años de la democracia. Yo era apenas un crío, pero aquel recuerdo quedó grabado en mi mente a hierro; me acuerdo, como si fuese ayer, con todo lujo de detalles.

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