ESTE TIEMPO DE NECESARIO DESCANSO

El aburrimiento significa que la mente tiene hambre de nuevos estímulos, de más alimento para el pensamiento, y que su hambre no está siendo satisfecha.

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Tengo que reconocer que padezco, estos últimos tiempos, un estado de pereza escritora y comunicativa. Una nula disposición para eso de las relaciones epistolares por estos parajes virtuales que tanto usé y abusé hasta no hace mucho.

No se crean que en otros ámbitos no me muevo. Claro que lo hago! Y me divierto y me distraigo muchísimo. Enriquecedoramente. Gracias a la multitud de amigos y familia que me acompañan y de los cuales disfruto y dispongo.

Pero es cierto también, que por estos lugares intangibles sentía  una irreprimible sensación de hartazgo, de empacho informativo y de fastidio; una percepción que me estaba impidiendo codearme con la frescura y la viveza de antaño; y por esa eventualidad, me resultaba demasiado afanoso eso del juntar palabras para compartir pensamientos y vivencias a través de este blog y de redes sociales cómo Facebook o Twitter.

Las mil opiniones que se vierten  –casi todas iguales– en temas generales. La poquísima empatía y generosidad que se demuestra con ese alguien que hasta hace un momento estaba en lo más alto de la popularidad del grupo y que ahora, se encuentra en horas bajas (el caso de mi querida y admirada amiga Mery Torres es intolerable). Esa ola de buenismo fingido, cansino y mal entendido; y por fin, esos manifestaciones  y puntos álgidos de amistad –tan inquebrantables como irreflexivas– que se sienten hacia personas a las que apenas conoces y que, más pronto que tarde, pagarán nuestras muestras de cariño con la más total indiferencia .

Toda esa amalgama de circunstancias, sigo diciendo, me ha procurado este estado de pereza y desgana hacia las redes sociales y demás medios de comunicación. Ni siquiera, me lo ha quitado el que mi blog haya cumplido tres millones de visitas estos días pasados. Ni siquiera, el precioso y pendiente compromiso adquirido con mi apreciado y respetado amigo el excelso pintor Antonio Ayuso con la publicación de su excepcional obra pictórica (que ya obra en mi poder) me ha animado a abandonar la desidia. Tampoco la extraordinaria y preciosa reseña del concierto del grupo Sólo un Momento realizada por el genial poeta malagueño Juan Miguel González –que también obra en mi poder–  me ha convencido a levantar el culo del acomodo de la indolencia; y lo que es peor, la añoranza por esa nómina de grandes y buenos amigos que pueblan estos espacios, han podido impedir este estado de abulia, displicencia y apatía que ahora me interviene en eso del publicar y manifestarme. Tan solo me permito la cortesía del “buenos días” mañanero y poco más, ya lo saben algunos de los más fieles.

Así que, recapacitando, he decidido –ahora que he dejado atrás exitosamente, malas e indeseadas situaciones provocadas por una mala suerte de miserables– he decidido decía, que a primeros de Septiembre, después de mi cumpleaños y ya habiéndome jubilado, disponer obligatoriamente un tiempo semanal que ahora no dedico a seguir alimentando mi  blog. Relacionándome de nuevo con las personas que me merecen la pena en las redes sociales por las que me muevo; publicando esos avenates rápidos y fugaces que de pronto me estallan en la cabeza. Obviando, eso sí, al mequetrefe metemierda y al opinador de todo y de todos, para seguir con el firme propósito de continuar siendo feliz cómo lo estoy siendo ahora. Finalizando ya, esta etapa de desconexión y aislamiento voluntario. Agradeciendo a los dioses verdaderos, el haberme regalado este tiempo de necesario descanso.

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LA DELIBERADA MALA EDUCACIÓN.

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LA DELIBERADA MALA EDUCACIÓN.

Habeo quem fugiam, quem sequar non habeo
“Sé de quién tengo que huir, pero no sé a quién debo seguir”.
(Proverbio Latino)

Cuando lo innecesario se alía con la ofensa, se torna en provocación (también innecesaria) incluso para las personas que, como yo, nunca se han echado las manos a la cabeza ante la irreverencia y el desacato. Ante la extravagancia y el desvarío. Pero cuando me hieren la vista o el oído, me mosqueo aunque ni me vaya ni me venga. Y me mosqueo, porque concurre una circunstancia queridos míos; sepan ustedes que lo respeto todo menos la deliberada mala educación.
Adoro el doble sentido. La palabra malsonante crítica y oportuna; el disparate sin exceso y la burrada comedida.

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Soy consciente de que el “tocacojonamiento” es, las muchas de las veces, imprescindible y conveniente. Pero me repito: Todo lo respeto, menos la deliberada y adrede mala educación. Y no me gusta, en absoluto, que determinados imbéciles, traten de provocar situaciones, que en un momento dado, puedan desembocar en coyunturas y posiciones indeseadas y peligrosas.
La altivez, la altanería y la arrogancia de determinados sectores catalanes están colmando la paciencia de muchísimos paisanos (aunque renieguen de ellos) suyos; españoles y catalanes. Yo, que sólo entiendo la convivencia pacífica y próspera, dentro de los parámetros del respeto, de la tolerancia y del miramiento, lo estoy viendo venir.

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En referencia a la difusión del innecesario Padrenuestro “coñero” –y desde mi más convencido agnosticismo– tomo prestadas las palabras de mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González del Pino, que con absoluta clarividencia, define el momento actual con unas bellísimas palabras escritas para mi blog hace ya algunos años.

“Frente a la cochambre hegemónica de coleguillas subvencionados, ¡La insurrección de la delicadeza!; contra la plaga de advenedizos trileros, ¡La noble apuesta por la belleza!; frente a tanta voraz ramplonería monotemática, ¡La rebelión del buen gusto!”

Debemos de respetar, incluso más, a las personas con las que no comulgamos (miren que oportuno!). Porque si no, esto se va a transformar en el coño de la Bernarda . Y la Bernarda, últimamente, no está para que le toquen mucho el coño y puede que empiecen a pagar justos por pecadores, y lo que es peor, que empecemos a pagar los pecadores de toda la vida, por imbéciles provocadores. Iniciemos pues, todos juntos, la rebelión del buen gusto y dejemos a cada uno con sus convicciones y sus creencias.

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Las imágenes que ilustran esta entrada, son obras del artista Michael Hutter

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¡QUÉ MAL SUEÑO, COÑO!

¡QUÉ MAL SUEÑO, COÑO!

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Indico, lo primero de todo, que las imágenes que ilustran este escrito son trabajos que, en algún momento entre los años 1603 y 1868, un artista japonés desconocido, pintó en un lienzo de 10 metros de longitud donde se describe la (imaginaria) batalla de “Los gases intestinales”.

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La universidad Waseda de Tokio, ha escaneado esas piezas de tela y las ha publicado para compartirlas con el mundo.

Habitualmente, estamos viendo muchas imágenes de situaciones bastante extrañas que normalmente ocurre en Japón. A juzgar por estas pinturas que datan de varios siglos atrás, lo que nos queda claro es que el arte del cuesco, de la flatulencia plena de ardor guerrero, si no es una invención japonesa, por lo menos es una tradición muy arraigada.

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Empecemos…
Tiene a bien mi muy querido amigo Javier López Navidad –Paco para sus más íntimos colaboradores en la logia del Centro de Estudios del Talento– el permitirme publicar dos escritos suyos.
El primero es un romance a un notable maharón malagueño –reminiscencia de aquella Málaga pródiga en personajes callejeros y mentecatos ilustrados– llamado «El Pocarropa»
Una delicia que dice así:
A mi amigo Antonio Ayuso, Mester de Geometría

Romance a «El Pocarropa»
Con su camiseta Ferrys
y blandiendo gallardía
saca pecho el Pocarropa
por calle Carretería.

***
Sandalias de pie quebrado
de monje de santería,
que son monjes que se guardan
de pompas y sastrería.

***
Sube cantando la calle
y con tanta algarabía
que un tropel de treinta mozos
le acosaban a porfía.

***
La que le dieron, me callo,
– sensato de bizarría –.
Mas recibió tantos palos
que acabó de enfermería.

***
Obstinado por el vicio,
como pertinaz sequía,
al claro de Puerta Oscura
iba a cagar cada día.

***
Daba de cuerpo de lado
rezando un Avemaría,
para guardarse de guardias
que le guardaban manía.

***
Aparenta a buena vista
modelo de asimetría:
que adonde habita la pena
ya no se da la alegría.

***
Ya no canta el Pocarropa
coplas de marinería.
Salva las horas rezando
y en laudes de siquiatría.

***
Javier López Navidad

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El segundo escrito, ignorando yo el estilo literario apropiado en donde encuadrarlo, pido al autor que me lo defina él mismo y así lo hace. Prologándolo tan somera cómo perspicazmente. Una delicia titulada ¡Qué mal sueño, coño!
Dice de lo que viene:

Lírico–jocoso postmoderno o de juglaría urbanista.

Te adjunto los previos: Las cabezas juegan malas pasadas. A veces, fray Dióxido de Amberes, conocido alquimista ucraniano que guarda amistad con mi compadre, el celebrado poeta Juan Miguel González, se rebela y llena de bicarbonato muy sódico las mentes de los profetas, plenas de frugal empatía con el sarraceno y arma la que no está escrita en un inentendible lirismo jocoso, propio de un mentecato miembro de la urbana juglaría. ¡Vaya noche que me ha dado! Fin de la conversación (O de la cita, que diría el maltrecho y vapuleado Rajoy)

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¡Qué mal sueño, coño!
Cuando pase ese Duero por Pizarra,
y Castejón fusile a sus pupilos,
pediré a los reyes un tranvía
donde montarnos a solas cada tarde.

***
Iglesias marchará con añafiles
silbando dos canciones de albañiles:
un Reprietas las filas comunistas
y un Montañas Nevadas si podemos. (Si se dejan)

***
Cada martes se irá a Campanillas,
con las claras y brillantes fiambreras
plagadas de tortillas de cebolla
con algún higo chumbo de estandarte.

***
Ya muy tarde, con la noche en banda,
por barlovento y desdén zascandil,
entre las duras sombras de la noche,
dos nubes: ¡Alto!, la Guardia Civil.

***
Se acabará como siempre en Natera,
sin uñas en los dedos que contarnos.
Y por bajini dirá el falangista:
ya te lo avisé, querido hermano.

***
Javier López Navidad

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Ya para terminar, quiero volver a decir –ya lo he dicho antes muchas veces– que tener alojado, en régimen de medio pensionista, en este blog a Javier López Navidad (Christmas), no sólo es un privilegio; es todo una regalía que el destino –generoso que ha sido conmigo– me ha proporcionado.

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LAS BUENAS COSTUMBRES / CUANDO JÓVENES FUIMOS.

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LAS BUENAS COSTUMBRES.

Conserva las buenas costumbres y las buenas formas, caballero de los de antes, mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González del Pino. Mi querido amigo, mantiene y cuida arquetipos de otras épocas más cálidas en el trato personal cuasi desaparecidos hoy en día. Actitudes y disposiciones tales como son la cortesía y la educación; la gentileza y la elegancia; la corrección sin empalago y la generosidad sin espera de retribución compensatoria. Lleva Juan Miguel González del Pino —compadre que es (nobody’s perfect) del ínclito Javier L. Navidad— lleva, digo, por guión y estandarte la fidelidad, la honestidad y la nobleza.

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El Poeta, el querido amigo, conserva las buenas costumbres y siempre pregunta por la familia, por la salud; nunca por el dinero que, ya se sabe, en demasía es una ordinariez. Se interesa el amigo Poeta por tus cuitas, por tus aflicciones y tus tristezas. Inquietudes y zozobras. Y eso señores, es muy de agradecer en este mundo actual —lleno de amigos de barra y copa pagada— que adolece del mínimo protocolo y de la exigible y pertinente buena educación. Créanme Uds. es muy, muy de agradecer.
Esta es una nueva entrega del trabajo de mi amigo. Sin más preámbulo y exordio, aquí tenéis una muestra de su última producción poética. Que la disfrutéis!

 

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UN AMIGO MÍO. (Sous les pavés, la plage.)

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UN AMIGO MÍO.
(Sous les pavés, la plage.)

“Non, rien de rien, non, je ne regrette rien
Ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal
Tout ca m’est bien egal”

Tengo una deuda de honor contraída con mi amigo el pintor Antonio Ayuso. Una deuda –tengo que reconocerlo– de esas que no cuestan nada el pagarlas. Un compromiso, voluntariamente adquirido, que quiero dejar resuelto por el honroso método de “la devuelta” que diría el Óscar, camarero jefe e “hijoldueño” de mi bar de desayunos de cabecera que es.

Tengo en mente, para el pago, el proporcionarle al Ayuso alojo mediopensionista de manera definitiva e inapelable en este blog. Sin carga arrendataria que le atosigue; sin obligación de que abone cantidad monetaria alguna por el consumo de esas bebidas sobrias y enófobas que acostumbra trasegar, puesto que van incluidas, como es natural y de recibo, en el mismo de la Comunidad de Propietarios que le pago yo, gustosamente como arrendador.

A mi amigo el pintor (que me aseguró lo del proporcionarme fotos de sus obras) le prometí realizarle un post en esta su Comunidad, no tanto como para agradecerle el inconmensurable regalo que me hizo en forma de retrato, sino porque tener aquí a Antonio Ayuso como inquilino, representa un inapreciable regalo para este blog y, por ende, para su Comandante en Jefe.

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Esto que ahora vais a leer, es una primera entrega de tres (espero) sobre la figura de Antonio Ayuso. Una primera entrega esta que incluye un precioso alegato de su íntimo y apreciado amigo el Poeta y escritor Javier López Navidad. Una prédica en prosa poética que habla de los tiempos del pintor en Francia, de sus trueques de pinturas y dibujos por latas de refrescos y cervezas ignominiosamente abstemias; de la tierra almeriense que compartimos ambos cuando eso del cumplir con los deberes patrios. De su patio plagado de vinagretas o del cuadro de su madre “retrato maravilloso de la mujer que más ha amado, donde la ternura y el alma limpia se manifiestan contundentemente” (sic). De estas cosas y de muchas otras más.

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Después vendrá otra entrega con texto de mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González; y después –la última, si así se cumplen las expectativas– con una selección retrospectiva de los trabajos del Maestro.

Este artículo está ilustrado con imágenes de un París que ya se esfumó en esa playa ilusoria existente debajo de los adoquines (Sous les pavés, la plage.) que los jóvenes idealistas del 68 siempre aseguraron que estaba allí y en la que Antonio Ayuso, estoy completamente seguro, alguna vez se bañó después de zamparse un buen cacho de queso Camembert de Normandie y una copita de Ricard.

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UN AMIGO MÍO.
Javier López Navidad

Mea la perrilla sobre la lata de cerveza que descansa en el suelo de porla o cemento muy aguado y desconchado del patio de las vinagretas; el pavimento se ha resquebrajado con el sol y el paso de los años. Mientras mi sonrisa expresa el estupor ante la licencia canina, el pintor asalta la cocina y trae para acompañar las cervezas y las colas un paquete de galletas María. Todo es alegría en este abierto y luminoso rinconcillo de la casa, donde pululan gatos y perros entre poetas y pintores de blandas primaveras. Sobre el cielo del laurel pasan dos gorriones y algunos chamarices despistados.

Perros y gatos conviven en silenciosa armonía en la noble casa de los Hidalgo. Unas veces duermen sobre la cama del pintor, otras, juegan entre aceites y pinturas dejando un rastro de babas y pelos en mangos y virolas de los pinceles desperdigados por la sala estudio y que no provocan queja alguna en el maestro, más preocupado por el trabajo que le entretiene que por los humores y juegos de sus animalitos. La bonhomía del artista se refleja en el carácter acogedor de sus perros y gatos que reciben al visitante mansamente y lo acompañan por las diferentes estancias de la casa. Casa ligera de equipaje, de amplios espacios y livianos, pero acertados, ornamentos, que relajan al visitante cuando camina sobre una solería de mediados del siglo XX con aroma de esencia de pino o trementina. A la entrada, en la pared de nuestra izquierda, cuelga el cuadro de su madre; retrato maravilloso de la mujer que más ha amado, donde la ternura y el alma limpia se manifiestan contundentemente. Tendría el pintor dieciséis años cuando plasmó el rostro amable de esta Madonna sixtina malagueña.

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Gusta Ayuso relatar su paso por Francia; sus mejores años, según él. Habla y habla del país vecino y de sus gentes, de su comida, de sus flores, de sus vinos y de sus quesos y cómo no, de los valses parisinos y las tristes baladas con los sonidos del acordeón y la voz quebrada y melodiosa de Edith Piaf, cantando «Non, je ne regrette rien» y de Ives Montand, con sus «Hojas muertas», que le saltan las lágrimas y que le llevan al sendero melancólico y fatalista sobre el destino; cuenta cómo ambos temas y un queso le acompañaron en su viaje sobre la dura madera del vagón del tren que le traía de vuelta a casa.

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Muchas veces recuerda los años trascurridos en el Sur de Francia, ¿o estaba al Norte?, trabajando en una quesería. Ganó en peso y francos. Cada mañana iba al trabajo con una baguette bajo el brazo envuelta en un periódico, siempre el mismo, el Ideal de Granada, a modo de disimulo; cada mañana, cargaba con su herramienta favorita: una barra de pan de Viena y mucho y mal disimulado apetito. Manejaba hambre como soldado en maniobras. Autorizado por el patrón de la empresa de comerse los quesos rotos y despostillados, el día que no había ninguno provocaba un par de accidentes. Comer es necesario y sobre todo por la gloriosa libido de los veinte años; cada pulsión amorosa requería una ciega pasión por la leche cuajada y un obligado recuerdo al magno chorizo de Cantimpalos.

Sobre el terreno grisáceo y amarillo de Viator, arrastra Antonio sus pies, cargando un caballete con lienzo y una lata oxidada de pinturas y pinceles. Lleva más de un mes con el sol en la sesera y el rostro de un capitán entre ceja y ceja, el cual le exonera de ciertas labores militares a cambio del cuadro que le inmortalice con correaje y sable sobre un caballo blanco con los justos lunares. Y Antonio sueña en el mar; y sueña en su infancia y en el sonido del agua al pasar por su puerta.

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– Don Antonio, me debe en torno a cuatrocientas latas, entre cerveza 0’0 y coca-cola light.

Se lo dice, no muy severo, el dueño de la tienda de congelados. Y el pintor se queda pasmado por el número y le pide nervioso un cigarrillo; juraría error en el cálculo. Sabe que le mete sin miramientos gato garduño y se queja para sus adentros de esa cantidad que niega haber consumido; según él, 282 latas. Como sabe el endeudado de la pasión por la cacería del demandante, cada mes o cada dos, le lleva un cuadro con motivos cinegéticos, bien de setters y podencos, bien de liebres y conejos, bien de cananas, chalecos o de terribles repetidoras; muy realistas ellos y más prácticos, con los que salda en sencillo trueque sus deudas. Al de los congelados le sabe a gloria cada uno de los cuadros de este maestro del color y la forma; muestra un orgullo desmedido y cierto pavoneo porque sabe lo que adquiere. Cuando hay muchedumbre en el negocio, hace público entre su clientela de que tiene un Ayuso colgado en la cocina que representa una bandada de patirrojas de la Meseta y otro en el salón con seis bravos fox terrier atacando un jabalí que quitan el sentío y le estimulan el apetito. Noble arte, donde los haya, el de la cacería.

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LO ÚLTIMO PARA TABLETOM

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LO ÚLTIMO PARA TABLETOM

Otra vez mi querido amigo, el Poeta Juan Miguel Gónzalez –con su enorme derroche de dadivosidad y esplendidez hacia mí– me escribe para regalarme una nueva obra poética.

Una nueva obra poética que él , sabiendo lo que a mi me gustan las primicias; sabiendo él, lo que a mi me gustan las letras que él confecciona –desde la ilustrada parcela de su maestría – para el grupo Tabletom, tiene la gentileza y la atención de remitirme. Un último poema que tendrá cómo destino –junto a los otros– la inevitable reclusión a cadena perpetua en el próximo trabajo discográfico del grupo Tabletom. Un trabajo éste (el poema) también digo, que me toca muy cercano y familiar; pues reconozco en las letras al amigo guitarrista en su casa haciendo bailar en los trastes, la danza armoniosa y melódica de los dedos, el equilibrio y el orden medido de la escala y  lo imposible del arpegio.

Creo que mi amigo Perico Ramírez, alma mater del grupo Tabletom, también se verá retratado en este trabajo. Si no, juzguen Uds. Mismos.

Cómo siempre…Un placer.

 trio_ramirez_04(Variación sobre una foto original de José M. Cortés)

LEYENDA O FAMA

Mejor un poco de olvido
que mucha y tediosa fama;
leyenda mejor que gloria
rumores antes que palmas.

***
Se sienta a tocar de noche
junto a la abierta ventana,
por si vuelve, con la lluvia,
el niño aquel de su infancia.

***
Velar es su viejo oficio,
esperar que en su guitarra
palpite el dolor del mundo,
susurre el dolor del alma.

***
Mejor que pocos lo sepan;
mejor que no lo distraigan
las falsas voces del día,
la triste luz de la fama.

***

Juan Miguel González
Diciembre 2014

***

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***

LA CASA DE LAS BUGANVILLAS

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LA CASA DE LAS BUGANVILLAS

“Esto es algo que escribí hace ya algún tiempo,

 y que no me resigno a no publicar;

porque soy de los que creen que nunca es demasiado tarde

 para ajustar cuentas con los amigos”.

La memoria a veces te regala malas pasadas. La memoria que es también bastarda y espuria cuando le sale de los entresijos, se torna -con su más implacable maldad- en infame y abyecta. Perversa. Porque, pasándose por su imaginario forro de los cojones su responsabilidad, descuida irresponsablemente su trabajo; un trabajo que para ella es tan simple y llano cómo recordar; y va, la ingrata, y te falla. A pesar tuyo, te falla. Y fallarle  a mi muy querido y más admirado amigo el Poeta Juan Miguel González (nótese que siempre me refiero a él como Poeta en mayúscula) es un fallo bochornosamente imperdonable e intolerable.

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Me llamó hace unos día (hace ya algún tiempo) comunicándome la presentación de su libro ” La Casa de las buganvillas” en el Instituto Municipal del Libro.

La memoria que es ramera con la intención, no tuvo en cuenta que yo, no sólo debía de estar allí, sino que lo deseaba tremendamente. No sólo para abrazarlo otra vez, sino por oír en vivo y en directo -con su modulada voz, con su dominio de los tiempos y de la pausa, con la entonación debida- los versos que están alojados en el libro que iba a presentar.

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Pido perdón por no tener domeñada la memoria, y que ésta, me dejase en la cuneta del  desagradecimiento y la ingratitud. Porque él no se merece el olvido. Pido perdón por no tener domeñada la memoria y que no haya reaccionado hasta que esta misma mañana (la de ayer, la de hace algún tiempo) leí la crónica de dicho acto en el periódico Málaga Hoy.

Por eso, a modo de pobre compensación y resarcimiento, inserto la crónica citada escrita por Pablo Bujalance, demandándole encarecidamente al amigo -desde el aprecio que nos tenemos- su absolución e indulgencia.

 

Este es el artículo.

La esperanza era otra cosa

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El poeta Juan Miguel González presentó ayer en el Instituto Municipal del Libro ‘La casa de las buganvillas’ (Libros del Aire), un nuevo volumen que recoge algunos de sus primeros versos

Pablo Bujalance.  Málaga |

 

Acude Juan Miguel González a la conversación con su último libro, La casa de las buganvillas, que acaba de publicar el sello Libros del Aire y que ayer presentó en el Instituto Municipal del Libro con la introducción siempre eficaz y reveladora de Francisco Ruiz Noguera, bajo el brazo. Y tomadas ya las posiciones, templado el ánimo y fluido el verbo, González habla, como siempre, de lo que le da la gana: “Muchas veces, cuando me hacen una entrevista, pronuncio el nombre de Dios y sale todo el mundo espantado”. Juan Miguel González, autor de libros de poesía como Cantata para órgano y saxo (Premio Giner de los Ríos), La palabra y la sombra, Las sombras celebradas y Arthur Ferisment sale a coger muchísimas y abundantes alúas (publicados todos ellos en 1997, salvo el último, que vio la luz en 2003), adoptó el cristianismo, esencialmente, desde una posición de rebeldía: ante una época, la suya, marcada a fuego por “el pensamiento débil, el epicureísmo barato, la traición de lo que llamaron poesía de la experiencia y la más simple reivindicación de los más inmediatos placeres”, González encontró en los Evangelios, y especialmente en las Epístolas de San Juan y San Pablo, los argumentos más eficaces para hacer lo que había hecho siempre: decir un no rotundo a los órdenes establecidos. Esta orientación cristalizó de manera singular en su anterior libro, Visión de la piedad, que también publicó Libros del Aire el año pasado. Pero La casa de las buganvillas remite a una etapa anterior dentro de la fértil evolución de González, y a la vez da cuenta de la misma en más de tres décadas.

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La casa de las buganvillas, es, en palabras de su autor, su “primer libro”. Sus poemas fueron escritos, reescritos y vueltos a reescribir en tres periodos fundamentales: 1979, 1986 y 2000; y buena parte de los mismos pertenecen a la balbuciente pluma de los orígenes de su ejercicio poético. Preguntado si hoy se identifica en ellos, Juan Miguel González responde tajante: “No. El editor de Libros del Aire sabía de la existencia de estos poemas, yo se los envié y él decidió publicarlos. Pero todos ellos corresponden, en mayor o menor medida, a mi época nietzscheana. Y reside en ellos la juvenil alegría de mi infelicidad”. El poeta se compara a sí mismo con el Saulo de Tarso que cae del caballo ante la revelación del Cristo vivo: “Estos poemas fueron escritos antes de mi caída del caballo”. Y cita entre las luces que alumbraron su escritura a Nerval, Shakespeare y Camus, pero sobre todo a Nietzsche. “Por aquel entonces yo asumí la muerte de Dios y el amor fati que había predicado Nietzsche. Y me encontré sumido en un profundo desconsuelo. Si Dios había muerto, yo lo echaba de menos y no me cabía mucho más que esperar. Por eso, el primer título de este libro fue Los nombres de la desesperanza“.

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González señala como primer síntoma de su madurez poética la Balada para después de la siesta, que dedicó a su hija Clara, quien a su vez tenía cuatro años cuando el poeta parió estos versos: “La niña custodiada por los fresnos, / la vulnerada en el jardín de Schubert, / rayo de luna entre las frescas malvas, / Nuestra Señora de los madrigales”. También es protagonista en el libro la mujer, “pero la mujer a la manera de La diosa blanca de Robert Graves, no la que se tumba en el diván del opiómano”: “Amaneces desnuda en los manteles / donde se derramaron las azumbres / y mancharon de amor hijas de Lesbos” (de La escanciadora). Predomina, sin embargo, una idea común en el libro: el desconsuelo de quien se sabe huérfano tras la muerte de Dios: “Resuella de una vez, / sácale los ojos a esa mala loba, / gallo de la veleta”, de El ángel canalla. Y quien quiera volver a acusar a González de tradicionalista podrá despacharse a gusto: hay endecasílabos para hincharse. Pero en cada uno, una sombra.

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Al final, Dios no había muerto. Hasta Albert Camus se dio cuenta. La esperanza era otra cosa. Pero Juan Miguel González absuelve a Nietzsche, a su manera: “Su único error fue vincular a Cristo con el pensamiento débil”. Sus letras para el próximo disco de Tabletom ya están listas: hablan de las tabernas de Málaga, esos santos lugares.

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