ELLA

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ELLA

Se sentía –decía ella– muy agobiada y un poco chinchosa por esa fastidiosa y mala molestia que le proporcionaba –regalo de los dioses que es– el ser tan bonita. Tan perfecta. Ella, víctima propiciatoria que se sabía, de una belleza lozana y rozagante, se quejaba además, amarga e injustamente, de que todo el mundo –pesados cómo somos hasta el hartazgo– lisonjeáramos y aplaudiéramos esa mezcla perversamente atractiva y equilibrada que poseía de Lolita cándida e ingenua y de mujer lasciva, deseada e inteligente, que nos volvía a todos sus incondicionales, rematadamente locos.

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Ella. Con un cuerpo terso y concupiscente; con un sempiterno halo erótico rodeándola; poseedora de una mirada pérfida de pura sencillez y de ternura. Con su sonrisa. Con su inolvidable y fresca sonrisa.
Ella, y sigo, se quejaba por esos atributos que son los que le proporcionaban su más personal característica: una impenitente aureola de obscenidad y de deseo incontrolable por parte del desdichado que, inevitablemente, cae en la trampa de sus involuntarias  y bien tejidas redes. Ella, quiero creer, se quejaba por costumbre. Ella, ahora lo sé, se lamentaba por injusta y mala costumbre.

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Pero un día en ella, empezaron –porque todo pasa y nada queda– a mostrarse algunos signos inequívocos de declive y de una cierta decadencia física. Porque todo llega. Hasta lo más indeseado. Y mientras antes, se pasaba la vida entre loas y piropos; entre aplausos y aleluyas; cuando llegó ese fatídico día de encontrarse frente al espejo franco pero chivato – ya se sabe que el tiempo es el más justo, pero también el más cruel de los vengadores– cuando llegó ese momento, cayó en la cuenta de que ya no eran tantos los que la pretendían con los ojos; de que ya no había tantas cabezas vueltas hacia ella cuando llegaba al lugar de reunión. De que ya no se la comían tanto con la mirada disimulada ni con la misma avidez controlada que antes.

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Lo supo ese día en que ya la llamaban por su nombre real y no por apelativos de admiración, de arrobo o de sorpresa; ese día fue, precisamente ese día fue, cuando empezó a morir un poquito más conscientemente.
Poco a poco. Poco a poco, que es como se muere más eficaz e inevitablemente.
Y entonces, pensó en pagar una deuda no contraída; empezó a buscar a aquel que siempre le había implorado el beso. La caricia y el embeleso; y se dio cuenta, aturdida y dolida, que se había quedado hasta sin eso. Y que él, ya no le pertenecía; porque por aburrirse en la espera, ya se había aburrido de tanta que fue. Y ella, sabiéndolo en ese mismo instante, se dio cuenta también de que otra arruga más habitaba en su rostro. Una nueva arruga mucho más profunda. Muchísimo más profunda y muchísimo más triste.

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Todas las acuarelas que adornan esta entradas son de Steve Hanks.

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EL NIÑO AQUEL QUE FUÍ ME LLEVA AHORA.

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EL NIÑO AQUEL QUE FUÍ ME LLEVA AHORA.

“Las niñas, que son hadas y princesas,
los niños que son magos,
las gotas, que son perlas, de la lluvia,
las llamas que son pájaros.”

Juan Miguel González.

Por eso de su aversión a las temperaturas gélidas, el Poeta Juan Miguel González, cuando sale, va siempre cubierto con un elegante sombrero. Tiene muchos. El ir siempre con la azotea techada, no sé si tendrá como fin el calentarse la cabeza o el impedir (yo creo que es eso) que se le escapen volando al exterior esas preciosas y recapacitadas piezas poéticas que él tiene a bien componer y –en casos muy puntuales– regalar.

Juan Miguel adorna su apariencia con un dandismo evidente. La última vez que estuve con él vestía un precioso sombrero, unos confortables pantalones y una chaqueta, ambos de punto, que le aportaban calidez y prestancia. Distinción y elegancia. También despedía un agradable olor; una mezcla –quise suponer y me lo invento– de lavanda inglesa y Vicks VapoRub. Una mixtura del centenario jabón Lifebuoy y hojas maceradas del falso árbol de la pimienta.

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Habíamos quedado en el sitio acostumbrado para intercambiar regalos. Él me había pedido –con esa humildad que le caracteriza y haciendo caso omiso a mi advertencia de que siempre le estoy dispuesto– una copia del álbum “Sigamos en las Nubes” del grupo Tabletom para regalárselo a unas amigas holandesas que querían oír alguno de sus poemas musicados por los hermano Ramírez… Yo, “motu proprio” le llevé también las letras impresas de sus poemas con la banda. Estas para él.

Por su parte, Juan Miguel, “Quid Pro Quo” me iba a entregar el original del romance “El Monte de las Tres Letras” del cual me hizo protagonista. Pero ya lo he dicho, y lo repito sin sonrojo, el Poeta es enormemente espléndido y regala lo más valioso de él; así que para dejarme desarmado, me llevó un poema dedicado. Un poema en el que habla de ese niño que todos llevamos dentro; a pesar de estar ya pagando con muchos años vividos, el tributo de la existencia.

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Afortunadamente, todavía mantengo ese niño dentro de mí. Algunos lo llamarán inmadurez y yo lo asumo encantado. Asumo esa inmadurez preciosa que me hace recordar los tiempos felices de mi niñez y de los que aún guardo retazos con esa costumbre que mantengo del comprarme figuritas de cómics y de tebeos; y libros de dibujos; y –lo último, y que estoy esperando– un precioso recortable de cartón del Edificio Chrysler de Nueva York. Mi favorito.

Que el Empire State vaya poniendo sus barbas a remojar.

Este es el poema que me ha regalado Juan Miguel González del Pino. Inconmensurable poeta; mejor persona y gran amigo.

 

(Todas las ilustraciones son de Carl Offterdinger y corresponden a portadas de publicaciones infantiles y juveniles)

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***POEMA JUAN MIGUEL 1

POEMA JUAN MIGUEL 2

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