EL SUICIDIO MAS ATROZ

tragar

Tan desesperado estaba, que decidió quitarse la vida de la manera más cruel que nadie pudiera imaginarse: Tragándose sus propias palabras. Empezó con las de amor y las de cariño. Siguió con las de devoción y entrega; con las de entusiasmo y las de piedad. Luego vinieron las palabras de consuelo, las de afecto y de recogimiento; las de de veneración. Para al final tragarse las de odio, rencor y resentimiento. Las de aversión,  aborrecimiento y desprecio. Fueron esas las que más trabajo le costaron.

Tras un tiempo interminable de suplicio, se tumbó en el suelo jadeante y moribundo; hinchado hasta el extremo de lo grotesco con una enorme indigestión de palabras en su estómago. Para al final, en un ultimo estertor, casi sin fuerzas, dejar involuntariamente salir un descomunal eructo de letras.

Y, sin poderlo evitar, sentir como se le escapaban, en un suspiro, de entre los dientes, tres únicas palabras. ¡QUE TE DEN! Y murió con una sonrisa en los labios.

EL OJO LUBRICO

EL OJO LÚBRICO

(De Sarmale)

 

Dos nuevos amigos -ya buenos nuevos amigos- me facilitan enormemente, la labor de incrementar las entradas en este recién estrenado apartado llamado El Rincón Lujurioso.

(Que contento estoy con las aportaciones de los amigos)

El uno -el de Manhattan, New York- mediante una traducción imposible que le pedí con la que está trabajando aún.

Lo sé Roy, lo sé, por eso te he traspasado el problema; una traducción imposible, decía, de una lista de precios de un lupanar de a principios del siglo XX. De 1912, concretamente. Y sé que no va a ser un trabajo fácil; ni tan siquiera para el, que lleva años dedicándose a esto del traducir.

El otro amigo -en realidad una amiga- me proporciona una colección de pensamientos íntimos que tiene guardados en un lugar que yo ahora -por su generosidad- comparto; pues me ha proporcionado la llave.

Textos mojados en sentimientos de deseo y de anhelo. Empapados en pasión y arrebatos de acaloramiento. Concupiscencia arremolinada de dos en dos. Sean personas o sean dedos; sean gemidos o sean polvos; sean lo que sean, pero de dos en dos. Hay veces, que puede que hasta cinco -los polvos digo- nunca tres;  porque tres -ya se sabe- tres polvos… ya es una relación.

Y además, si ya con dos -personas en este caso- es difícil tener una relación, con tres….

Pero ya lo dice ella misma: Sé que soy una sosa.

Me proporciona Sarmale una nómina de textos llenos de lascivia y de carnalidad, de obscenidad y erotismo. De incontinencia sexual muy propia para engrosar la lista de entradas de este Rincón Lujurioso. Que a partir de ahora es más lujurioso que nunca.

Y lo hago, porque a pesar de que -cómo me pasa con el de Manhattan- tengo su permiso Ad Aeternum, en esta ocasión he tenido la precaución de pedir su consentimiento por tres veces  -como Pedro, aquel que trabajaba de discípulo- para que no haya lugar a equívocos. Y las tres veces me los ha dado. Con un pequeño atisbo de duda la primera vez, pero me lo ha dado. Y el poder de la libre selección.

Si me lo hubiese negado, con una sola vez de las tres que lo hubiera hecho, hubiese sido suficiente.

Pero no! Me ha dado su consentimiento. La licencia que se llama.

La pregunta que me hago es, si estos textos son fruto de su imaginación y si por el contrario, son recreaciones escritas de sus propias experiencias.

Yo que soy bastante truculento e intuitivo, y además empiezo a conocerla un poco- solo un muy poco, no creáis- estoy seguro de la respuesta.

Haceros vosotros, si queréis, la misma pregunta, porque mi respuesta queda solo para mí.

Textos lúbricos. Salidos de mil momentos de cien noches de pasión,Quizás solo de diez. Que trasforman la lectura en roces de piel  y sudores compartidos. Besos de mil bocas o de cien, o quien sabe, quizàs de solo diez. Tantas bocas como lectores tengan.

Y otra cosa, por último…No creo para nada que sea una sosa. De eso, estoy absolutamente seguro; nada de sosa.

y estos son los textos. Adornadlos con esta música. (Saldrá en negro, pero os dará paso al link de Youtube)

# 01

 

Tú mismo lo decías.
“Más de tres polvos es una relación”.

El primer día fueron dos.
El segundo, cinco.
No hubo un tercero.

Me pregunto si te habrás divorciado ya.

# 02

 

Cinco horas mal contadas me sirvieron:

-para abrazarte las costillas.
-para comprobar que besas como si quisieras aprenderte mi boca.
-para darnos la mano por la calle y reírnos de los juegos adolescentes.
-para descubrir que un polvo en un ascensor cuando sólo se suben tres pisos es una empresa imposible.
-para no deshacer la cama, de la urgencia.

Eso me recuerda que tengo que lavar la funda del edredón.

#03

 

Me gusta dormir pegadita a tu espalda. Y despertarme a trompicones, durante la noche, para besarte entre los omoplatos, rozarte la piel que cubre tu columna vertebral, pasar mis dedos por tus corvas, seguir la curva del deltoides y el camino que traza tu sartorio.

Me aprendo tus huesos y los nombres de tus músculos.

Nunca tuve mejor lección de anatomía.

# 04

 

Sé que, cuando me duche contigo, vas a lavarme mucho rato. Tus dedos, concienzudos, dentro de mí.

Y que me mojarás para después secarme. Y que, mientras me secas, volveré a estar mojada otra vez.

# 05

 

Mientras te espero, escribo y fantaseo. Busco fotos. Ya dije lo que ocurría con las imágenes, siempre. Pero a veces ocurre también cuando te pienso, los dedos diestros, la piel suave, esa forma de mirarme y no mirarme con los ojos entrecerrados cuando te beso.
Ven. Ven ya, no tardes. No me hagas esperarte mucho.

#06

 

-Date la vuelta.

Te gusta mirarme. Te gusta hacerme cosquillas en la espalda y en la cintura, dibujarme arabescos, notar cómo me río y cómo me erizo. En la mesilla hay aceite de masaje, depositas un beso en mi nalga, te lubricas un dedo.

-Cierra los ojos.

Te lubricas un dedo y me recorres. Me llenas de aceite, desde el inicio y noto cómo cae. Respiro hondo. Haces círculos con el dedo alrededor de mi ano, tu dedo índice abriéndose paso, muy despacio, una falange primero, luego dos, tengo los ojos cerrados, no los he abierto, estoy mojada. Eso pienso: estoy mojada otra vez, me está metiendo un dedo, el dedo ya no se mueve, está dentro del todo, ahora me muevo yo, quiero dejarte entrar, quiero que uses la mano que tienes libre para que me masturbes, para que entres en mi sexo, para que te quedes quieto ahí mientras yo siento, sólo siento, siento cómo sale tu dedo de mi ano, cómo te lo voy apretando, cómo lo mueves, tan lento; cómo te gusta explorarme, cómo me gusta que me explores…

Vuelves a coger el aceite de masaje.

-Voy a entrar con dos- dices.

Y me deshago

# 07

Así. Cuando me pides que me dé la vuelta, que ponga los hombros pegando a las sábanas, que baje mucho más el pecho para alzar mucho más aún las caderas y te oigo, detrás de mí, después de un beso en la grupa, un beso con lengua que me hiende y me eriza:

-Ábrete para mí.

Entras. Y ya sí. Ya me alzas, para salir y entrar y embestirme. No puedo verte la cara y, por eso, te escucho y te siento más que nunca. Tus manos reptan. A mis pezones. A mis hombros. Tu boca jadea casi en mi oído.

Me gusta así.
Ya lo sé. Siempre lo he sabido.
A ti también te gusta.

# 08

 

Quiero besos con sabor a tabaco, a marihuana, a hachís, a café solo y a cerveza. Para descubrir después que tu boca tiene un sabor único que sólo yo conozco y que no puedo describir sin evocarlo.

# 09

 

Termino de hablar contigo y estoy húmeda. No sé cómo lo haces. Lo que sé es que hoy pasarás la noche conmigo. Que, mientras estés tomando copas, yo meteré una mano por debajo del pantalón y deslizaré un dedo entre mis labios, arriba y abajo, que luego serán dos o tres y la palma de la mano abierta, apretando, y frotándome con ella: como ahora mismo, que acabas de irte y que me estoy moviendo en la silla, intentando calmarme mientras te escribo.

Hubo una noche que no fui capaz. Tuve el primer orgasmo, me dormí desnuda, me desperté, la habitación oliendo a sexo, a mi sexo, se me abrieron las piernas, a veces es inconsciente, se me abren las piernas como si te llamaran, pero no estás. Sólo están mis dedos. Me acaricio, como si me estuvieras acariciando tú. Bordeo mis pezones, voy de uno a otro, erizados, duros. Me molesta el roce de las sábanas. Me molesta todo lo que no sea tu lengua. Bajo con la palma de la mano, voy bajando por el vientre, noto la respiración agitada, el sexo abriéndose y cerrándose, cada vez más rápido, enredo los dedos en el vello, me demoro en el pubis, lo aprieto, sigo abriendo las piernas, juego con un dedo, lo introduzco, pero nunca es suficiente.

Nunca es suficiente porque no son mis dedos lo que necesito.

Siempre acaricias lento. La curva de mi espalda mientras yo me monto encima de ti, vestidos aún, y me froto contra tu sexo. Los párpados, que cierro, los dos a la vez, mientras me besas. La areola, trazando círculos. La cara interna del muslo y mis cosquillas. Los brazos.

Siempre acaricias lento. Pero no siempre lo haces con las manos.

# 10

 

 

Poco me excita más que las palabras. Quizá los gemidos, quedos. O esa manera imperceptible, acariciadora, que tienes de hormiguear por mis muslos, casi sin tocarme. Pero, cuando me susurras al oído, cuando me escribes y me describes lo que querrías hacerme, sin que yo participara -este tiempo es para ti: no te muevas-, cuando me preguntas si me gusta -claro que me gusta-, cuando me cuentas que estaré bocabajo y me recorrerás el cuerpo y todos los surcos con la lengua y que entrarás en mí y me abrirás las nalgas y querrás olerme…

Cuando me mandas esos correos y me dices que me piensas y te masturbas, yo te correspondo. Y no puedo parar de tocarme. Durante horas.

EL JUEGO DE LOS SENTIMIENTOS

 

EL JUEGO DE LOS SENTIMIENTOS

 (Tal como me llegó lo transcribo)

Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre en un lugar de la tierra.

 Cuando el Aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso:

– ¿Jugamos a las escondidas?

La Intriga levantó la ceja y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó:

– ¿A las escondidas? ¿Y cómo es eso?

– Es un juego -explicó la Locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden.
Cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia.


La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.
La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y la Cobardía prefirió no arriesgarse.

– Uno… dos… tres… cuatro…, empezó a contar la Locura.
La primera en esconderse fue la Pereza, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino.
La Fe subió hasta los cielos, y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.
La Generosidad casi ni alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para algunos de sus amigos. Si era un lago cristalino, ideal para la Belleza. Si era la rendija de un árbol, perfecto para la Timidez. Si era una ráfaga de viento, magnífico para la Libertad. Así terminó por ocultarse en un rayito de sol. El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él.

La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes.

El Olvido no recuerdo donde se escondió, pero eso no es importante.
Cuando la Locura estaba por el 999.999, el Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todos estaban ocupados… hasta que divisó una rosa y, enternecido, decidió esconderse entre sus pétalos.

 –         Un millón!! contó la Locura, y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre la zoología. Sintió vibrar a la Pasión y al Deseo en el centro de los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y claramente pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo ni tuvo que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite… que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar le dio sed, y al acercarse al lago cristalino descubrió a la Belleza. Con la Duda resultó mucho más fácil aún, pues la encontró sentada sobre una cerca sin saber de qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arco iris (mentira, estaba en el fondo de los océanos), y hasta al Olvido, quien ya se había olvidado que estaba jugando a las escondidas.

Sólo faltaba el Amor. No aparecía por ningún lado. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajó a cada arroyuelo del planeta, subió a las cimas de las montañas.

Cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas. De pronto se escuchó un doloroso grito.

 Las espinas habían herido al Amor en sus ojos. La Locura no sabía cómo hacer para disculparse, lloró, imploró, suplicó, rogó, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas, el Amor es ciego y la Locura lo acompaña.

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