INCOHERENTISSIMUS. PROSA INFAME

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 INCOHERENTISSIMUS.

PROSA INFAME

 

“Todo el mundo escribe bien.
No hace falta que se enteren
pon palabras en papel,
alguno abrá que las pondere.”
(F.G.)

El hierático, inexpresivo y concupiscente antropomorfo Ambrós, zascandileaba  trastabillando vehementemente, por un injusto acceso de irrefrenable y estereotipado frenesí. Provocado este, parece ser, por una severa indigestión de números primos y judíos ortodoxos de Williamsburg en Brooklyn. New York. Pensaba que esas horribles túrdigas que le atormentaban –todos los viernes primeros de mes– empezaban a remitir (debido a la enorme falta de confianza que nadie había depositado en él)  coincidiendo con el comienzo del alborecer de las principales fiestas de guardar ropa y compostura.

Sin embargo, y para poder medrar consetudinariamente, Ambrosio Piñar de los Petulantes, había salido de odalisqueo; pues a causa de su repentina concomitancia, penaba un insoportable e irresistible dolor de muelas –que por animadversión extrema– le había colgado del cuello un licántropo maricón oriundo de una población de la provincia de Cádiz que lindaba mismamente con Sevilla. Tomó un trozo de aligustre para que le sirviera de refrigerio, y para que además, le refocilara el ánimo candente que le había proporcionado el consumo inveterado del aquel agrio  manjar, de verdísimo tono y superficie convexa, que había sido recogido del suelo. ya pútrido e infecto, aquella mañana temprana de las Calendas.

Se encontraba asaz exasperado, ya que casualmente, se notaba apenas muerto. En pleno acto de  apostasía, refrendó el badulaque de horario esquivo pensando en como justificarse ante Yoko Ono Matt O’peya, soberana del alarido penetrante y emperatriz del chillído más irrefrenable. También, dicen, dejó de consumir  –muy a su pesar– los circunspectos langostinos vírgenes procedentes de Addis Ameba, por parte de madre, pasados por agua, cómo es natural y preceptivo.

LOCO

Ambrosio Piñar de los Petulantes, sufría de Isquimiosis Varicosa Simultánea y Concurrente; contraída esta, parece ser, en unos de sus múltiples periplos por las partes nobles del Asia Menor. Dicha enfermedad le impedía la consolidación de los refrendos necesarios para yuxtaponer sus efluvios de forma consecuente, a su edad biológica. Así que ni Corto Maltés ni Pérez del Oso, sino todo lo contrario, tomó la inoportuna decisión de consultar al oráculo jefe la Sección de Hachetas de la Cofradía de las Defuncionadas de San Martín del Tesorillo; cuyo Hermano Mayor, Píndaro Cinoscéfalo Martínez, era proxeneta, aficionado al coito interruptus  y a la eyaculatio précox;  también, o eso decían al menos, coleccionaba soldaditos de plomo confeccionados con pan de higos de Alejandría previamente ingerido y expulsado por vía anal.

El estrafalario comulgante, prevé enjundiosas asintonías capitidisminuyentes conculcadas al alcaide de Dalmacia que se encuentra hospitalizado por unas fiebres tifoideas de enorme grandilocuencia y de un aspecto innegablemente deplorable. Fiebres estas, que son irremediablemente atractivas para las moscas del intestino grueso y ácaros del Tibidabo procedentes del Alt Ampurdá.

(Se terminó de escribir este relato en el Hospital de San José (Sala XXI) de Málaga en el mes del Funicular del año 2014.
Justamente antes de los Tiempos del Clítoris del Fermento Potrásico.)

***

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EL ÚLTIMO VUELO

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EL ÚLTIMO VUELO.

Se encontró con el Destino de sopetón al doblar una esquina. Tropezó con él y le pidió disculpas por su torpeza. El Destino, que no estaba acostumbrado a recibir muestras de amabilidad y cortesía, en agradecimiento, le concedió un deseo. Sólo uno.

Piénsalo bien –le dijo- a veces las mejores intenciones vienen cargadas con la imprevisión y lo inesperado!

Pensó en riquezas interminables. También en poder y en pujanza. Pero al final se decantó por algo que siempre le había rondado la cabeza y que, al fin y al cabo, le proporcionaría todo lo que él había considerado en ese primer momento.

Siempre había pensado en el desperdicio, en el enorme despilfarro que resultaba el que – cuando moría alguien conocido – todo lo atesorado en el cerebro y en el corazón del fallecido, se perdiera para siempre. Todos los estudios y conocimientos adquiridos; todas las vivencias y todas sus experiencias vitales. Todo lo que había acumulado por el discernimiento, la erudición, y la sabiduría que proporcionaba la edad cumplida y vivida. Así que, un mucho vehemente, y un muy poco reflexionado, pidió al Destino el heredar el contenido de esos dos órganos de cualquiera de los amigos que el dispusiese y seleccionase. De forma tan imperecedera como irreversible. De esa manera, en cierta forma, sus amigos seguirían viviendo en él. Y él viviría por ellos.

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Le fue concedido el deseo y el Destino se marchó aunque con la cara un poco rara; absorto y reflexivo, no teniendo para nada claro – todo hay que decirlo – si lo que le había concedido era bueno o era malo.

La vida continuaba. Y como la vida existe porque tiene la meta volante de la muerte, algunos amigos, familiares y conocidos se marchaban definitivamente, y de distintas maneras, para el mismo sitio. Por accidentes, por enfermedades. Por azares y malas suertes. Por fecha de caducidad o por la inapelable prescripción facultativa del citado Destino.

 Porque ya se sabe, la vida, cómo la injusticia, es ciega y torticera. Puta e inoportuna  cuando le viene en gana.

Al cabo de unos años se sentía seguro de si mismo y poderoso. Hablaba con fluidez nueve idiomas y se defendía en otros tantos: tenía la experiencia adquirida de mil viajes emprendidos y de mil amores consumados; tenía mil sueños cumplidos y apenas deseos anhelados. Tenía un millón de anécdotas y otro tanto de misterios a punto de resolver.

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Al cabo de unos años más, estaba rodeados de nuevos amigos que, gracias a sus nuevas capacidades, se habían subido al tren de su existencia; todo el mundo se divertía con su genialidad, con su conversación fluida y ocurrente, con la nueva figura y el estado físico que tenía, pues, entre otros muchas más cosas, había adquirido la disposición para el ejercicio físico de unos, la predisposición para la música, y la pintura de otros. Cocinaba de maravilla y detentaba un sentido del humor tan fascinante como fino y corrosivo. Era solicitado para todos los actos culturales y festivos de la ciudad;  y así, pasaron – otra vez – algunos años más. Siempre acompañado de su fiel compañera. El amor de su vida.

LAST-TALE

De pronto, o eso le pareció a él, le empezaron a asaltar achaque y temores; sobresaltos y desasosiegos, pues los sentimientos que albergaba en la parte oscura de su cada vez más grande corazón y de su cada vez más atiborrado cerebro, empezaron a mostrarse, sin pudor alguno, una vez que estaban acomodados en su nuevo cuerpo.

La envidia de todos no le dejaba vivir. La pereza de todos le impedía ponerse en marcha; la usura, también de todos, le impedía gastar los que sus cualidades le proporcionaban. Empezó a vestirse mal debido a la dejadez; se hizo intransigente, intolerable y exigente; se volvió egoísta y resentido, porque una vez abierta la Caja de Pandora de los sentimientos ajenos, estos, se instalaron para no marcharse ya jamás. Era receloso y resentido; suspicaz y desconfiado. Brutal, despiadado e inhumano; cada vez con más asiduidad. Con mayor inquina.

Cada amigo que moría; cada conocido que emprendía el viaje sin vuelta, le legaba tantos sentimientos y conocimientos, buenos y malos, que empezaba a volverse loco. La insania de la percepción infinita que no le dejaba vivir medianamente en paz.

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Un día, su mujer – ya sabéis, el amor de su vida – falleció súbitamente. Destrozado, la lloraba inconsoladamente cada día; y la reclamó para sí. Un día, al levantarse, se  estremeció y se encontró un sentimiento nuevo en su corazón. Empezó, extraña e incomprensiblemente, a sentirse atraído, a notar como se sentía enamorado con locura, de su mejor amigo. Con un amor tan apasionado, sensual y entregado que ni tan siquiera él lo había sentido hacia su amadísima esposa. ¿Cómo me puede suceder esto? Se preguntó. Y de pronto, cayó en la cuenta de que lo que estaba experimentando era el sentimiento de amor secreto -frenético y enloquecido- que ella sentía  hacia el amigo común. Y él sabía que eran sentimientos compartidos.

Preso de los celos, lo mató. Pensando que haciéndolo – y adquiriendo otro nuevo sentimiento aportado por éste – ella volvería a amarle con un deseo y una entrega que el jamás hubiese imaginado que existiera.

Pero no le dio tiempo; no pudo soportar los celos y los remordimientos.

La terrible amargura que le intervino, le duró apenas siete segundos; el tiempo que le llevó el llegar al suelo – en un último vuelo – desde lo más alto del edificio de La Equitativa.

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* Todas las ilustraciones que aparecen en esta entrada son de Jason Cantoro. Gracias a Taz Looney por haberme mostrado el camino hacia este artista.

EL JUEGO DE LOS SENTIMIENTOS

 

EL JUEGO DE LOS SENTIMIENTOS

 (Tal como me llegó lo transcribo)

Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre en un lugar de la tierra.

 Cuando el Aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso:

– ¿Jugamos a las escondidas?

La Intriga levantó la ceja y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó:

– ¿A las escondidas? ¿Y cómo es eso?

– Es un juego -explicó la Locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden.
Cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia.


La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.
La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y la Cobardía prefirió no arriesgarse.

– Uno… dos… tres… cuatro…, empezó a contar la Locura.
La primera en esconderse fue la Pereza, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino.
La Fe subió hasta los cielos, y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.
La Generosidad casi ni alcanzaba a esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para algunos de sus amigos. Si era un lago cristalino, ideal para la Belleza. Si era la rendija de un árbol, perfecto para la Timidez. Si era una ráfaga de viento, magnífico para la Libertad. Así terminó por ocultarse en un rayito de sol. El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él.

La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris) y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes.

El Olvido no recuerdo donde se escondió, pero eso no es importante.
Cuando la Locura estaba por el 999.999, el Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todos estaban ocupados… hasta que divisó una rosa y, enternecido, decidió esconderse entre sus pétalos.

 –         Un millón!! contó la Locura, y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a la Fe discutiendo con Dios en el cielo sobre la zoología. Sintió vibrar a la Pasión y al Deseo en el centro de los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y claramente pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo ni tuvo que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite… que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar le dio sed, y al acercarse al lago cristalino descubrió a la Belleza. Con la Duda resultó mucho más fácil aún, pues la encontró sentada sobre una cerca sin saber de qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca, a la Angustia en una oscura cueva, a la Mentira detrás del arco iris (mentira, estaba en el fondo de los océanos), y hasta al Olvido, quien ya se había olvidado que estaba jugando a las escondidas.

Sólo faltaba el Amor. No aparecía por ningún lado. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajó a cada arroyuelo del planeta, subió a las cimas de las montañas.

Cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas. De pronto se escuchó un doloroso grito.

 Las espinas habían herido al Amor en sus ojos. La Locura no sabía cómo hacer para disculparse, lloró, imploró, suplicó, rogó, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidas, el Amor es ciego y la Locura lo acompaña.

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