LA COLLIE CHATA

LA COLLIE CHATA

  

Ocurrió esto, hace ya mucho tiempo; al principio de mi noviazgo con Santa.

Trabajaba esta atendiendo una tienda de regalos propiedad de sus padres.

Una tarde, pasó una señora solicitando información acerca de donde se encontraba un estanco cercano. Santa la informó amablemente y cuando la señora se disponía a irse, esta, volvió a acercarse al mostrador y le dijo:

– Es que voy a regalar un cachorro de Collie, porque mi perra ha tenido una camada de seis y ya no sé que hacer con ellos.

Mientras decía eso, sacó de un bolso grande que llevaba, un precioso cachorrito que hizo babear a Santa al instante. Oiiiiiiiiiiiii! Dijo Santa al verlo.

Inmediatamente y sin pensárselo dos veces, le dijo a la señora:

Si en el estanco no lo quieren, me lo quedo yo! Oiiiiiiiiii!! Que asioso!

Todo eso, sin tener en cuenta que sus padres se negaban absolutamente a tener cualquier animal doméstico en su casa.

Pasado un rato, volvió a entrar la señora en la tienda e hizo entrega del cachorrito a Santa. Patí! Le dijo la amable señora.

Mi Santa se volvió loca con el animalito. Le preparó una caja en el almacén, le puso agua y se puso a pensar en el nombre.

-Coco, se dijo; se llamará Coco!

A continuación me llamó por teléfono…

-Chatooooo… a que no sabes lo que “tenemosss”?

– Lo cuar? Pregunté yo.

– Un Collie!!! Un cachorro de Collie!!! Oiiiiiiiii!!

La verdad es que yo, que estaba acostumbrado a tener solo perros callejeros en casa de mis padres y que además TODOS se llamaban Cuchi, por deseo expreso de mi madre, como que mi hizo ilusión tener, aunque fuera en comandita, un perro de la clase y alcurnia de, nada menos que la raza Collie. Un perro Collie. Y no se llamaría Cuchi!!!!

Ni ná que íbamos a fardar con ese animal con su impresionante  pelaje, su elegante porte  y, sobretodo, con su prominente hocico.

Llegué a la tienda en un plis-plás, a borde de mi Mini Morris Van amarillo. Una suerte de coche fúnebre para enanos según algunos amigos maledicientes y envidiosos sin medio de locomoción propio.

 

Llegué ufano a la tienda y cogí de inmediato al cachorro en mis manos.

-Se llama Coco!!! Oiiiiiii!! Me dijo santa con una carita iluminada por la ilusión.

De dos cosas me di cuenta inmediatamente. La primera de que Coco era en realidad hembra. Así que de inmediato, Santa – sin pensárselo ni importarle lo más mínimo- le cambió el nombre por Coca.

De modo y manera que cuando nos preguntaban por el nombre de la perra, le teníamos que aclarar que se llamaba Coca por el refresco y no por su adicción.

De lo segundo que me dí cuenta, fue que la puñetera perra carecía del debido y obligatorio apéndice nasal puntiagudo.

– Una Collie Chata? Me pregunté en voz alta. Inmediatamente dedujimos que la madre de la susodicha estaba más cruzada que un paso de cebra.

En fins. No había mas remedio que joerse.

Llamó Santa a su madre; y para convencerla, le comentó los datos acerca del linaje de la perra y que era un regalo mío y que podían hacerme ese feo. Así que la madre no tuvo más remedio que adoptar a Coca. Por cohoness.

Seis meses duró el animal en casa de mis suegros. Los seis meses en que tardó la puta perra en devorar todos los bajos de los muebles de la casa de Santa. Los muebles del salón, los sofás, los muebles fabricados por el Tito Pepe- un magnifico carpintero a la antigua usanza- todo, absolutamente todo tenia una rasposa cenefa de madera astillada y roída de quince centímetros de altura. Todo.

Así que volvió a la tienda, donde convivía con el citado Tito Pepe- donde tenía instalada su carpintería- y con Santa que diariamente atendía la tienda en sí.

Coca era inmensamente feliz debido a los largos paseos que le dábamos Santa y yo y sobre todo a los platillos de vino dulce que le proporcionaba Tito Pepe vezencuando. Mayormente Moscatel.

Cuando yo llegaba, era tal la alegría que le producía mi presencia, que empezaba a dar altísimos saltos y a mearse a chorreones. Con lo que conseguía ponerme la nariz perdida a lametones y los pantalones pringando de meaos. Una alegría. Pero es que era cariñosísima la animalito.

Pasó algún tiempo y nuestra queridísima Coca enfermó de parvovilosis. Entre la mala praxis del veterinario y el puto virus, Coca acabó por fallecer. Causándonos a Santa, a Tito Pepe y a mí una pena irremediable por tan trágico desenlace. Estábamos destrozados.

Así que pensamos que debíamos de hacer con el cadáver. Y después de sopesarlo me dije, insensatamente, que mí querida perra Collie chata, no descansaría para siempre sino enterrada en el campo rodeada de árboles y pajaritos. Una feliz idea. Lo sé, soy un romántico.

Y un enorme gilipollas.

Así que me hice con un saco, con un pico y una pala y decidí que una altísima montaña a la que se llegaba con coche (porque a mitad de ella había un enorme aljibe) en el Puerto de la Torre de Málaga, sería el lugar idóneo donde deberían de reposar los restos de nuestra querida Coca.

 

Metí toda la impedimenta en el coche y me fui a la tienda donde, desolados, esperaban Tito Pepe y Santa con la perra tapada con unos trapos.

Llegué a la tienda y les explique en que consistía mi plan de enterramiento. Impedí con todo rigor que Santa me acompañase a tan penosa tarea y metí a la perra en el saco que tenía preparado al efecto. Salí en dirección al coche con semejante equipaje sabiendo que daba la mismísima apariencia del Hombre del Saco.

 

La metí en la mini furgoneta que adquirió en ese mismo momento el aspecto de Coche Fúnebre que tanto les gustaba decir a mis amigos. Los íolagranputas.

Llegué al Puerto de la Torre, me dirigí hacia el aljibe situado en la cima de la montaña, y allí entre algarrobos, encinas y almendros, con una impresionante vista sobre la bahía de Málaga, decidí que ese seria el lugar de descanso de mi querida perra. De Coca; nuestra Collie Chata.

Aparqué junto al camino, cargué en un hombro pico y pala y en el otro el saco con el cadáver canino. Temeroso, todo hay que decirlo, de que me viese la Guardia Civil con semejante pinta y disparase antes de preguntar. Empecé a andar un buen trecho.

 

Bajé como pude una ladera empinadísima que llevaba al clarito donde había decidido enterrar a Coca. Bajé como pude, ya te digo, pues además del peso muerto- que Dios me perdone la expresión- llevaba las manos ocupadas.

Solté con cuidado el saco en el suelo, cogí el pico y me dispuse a cavar.

Clang! Sonó la primera picada que además, me provocó una enorme sacudida en todo el cuerpo.

– Ahí hemos pinchao! Me dije. Y me desplacé unos metros buscando un sitio más idóneo.

Clang! Clang! Clang! Tres cimbreos más y tres latigazos y el suelo ni se enteraba. Estaré cavando en el Peñón de Gibraltar? Me pregunté.

Así que me desplacé otros diez metros más pallá para ver si encontraba suelo blando.

Clang! Clang! Clang! Clang. No había puta forma de hoyar el maldito suelo!!!

Los sudores me corrían por la frente, pues al esfuerzo del infructuoso picoteo, había de añadirle el ejercido por el traslado de tan infausto cargamento.

Clang! Clang! Clang! Clang. Clang! Clang! Clang! Clang.

IM-PO-SI-BLE!!!

Un suelo pétreo, compacto e inmensamente consistente se burlaba de mí a cada picada.

Así que desesperado, y un arrebato de cólera, cogí el saco por el cuello y dando tres vueltas lo lancé tan lejos como pude mandando a la perra a que tomara posesión de su ultima morada: es decir: A tomar por saco…

Recogí -sin mirar atrás- los trastos y subí jadeando la cuesta de vuelta al coche maldiciéndome a mi mismo. Metí apresuradamente el pico y la pala en el puto coche fúnebre y antes de meterme en este -con el corazón encogido por la pena- miré, para despedirme por última vez, a Coca.

Atónito me quedé!!!  No daba crédito a lo mis ojos veían. La mardita perra yacía fuera del saco patas arriba.  Tres de esas patas encogidas; pero la pata derecha delantera, tiesa como la mojama en un rictus que asemejaba de una forma harto elocuente a un saludo falangista.

 

Empecé a reírme con una risa nerviosa tremenda. Los ojos se me inundaban de lágrimas producidas al cincuenta por ciento por la risa y otro cincuenta por ciento por la pena.

La perra seguía abajo saludándome al mas puro estilo fascista y con la boca entreabierta. Parecía estar riéndose de mí pues tenía el labio superior levantado y enseñaba los dientes como divertida por la situación.

 

Así que me resigné y emprendí oootra vez la bajada de la ladera para acercarme al cuerpo yacente.  Miré a mi alrededor y divisé en cien metros a la redonda una gran cantidad de piedras de buen tamaño. Ofú lo que me espera!!  Me dije.

Así que me puse a recoger piedras una a una y trasladarlas junto a la perra. Cada vez que pasaba a su lado parecía decirme con el brazo alzado. Arribassspaña!!! Y se reía. La cabrona se reía.

Me tiré casi media hora trasladando piedras que iba situando alrededor de la perra cadáver y subiendo fila a fila hasta tapar casi por completo a la interfecta.

Cuando terminé la tarea, subí agotado y echando el bofe la cuesta otra vez para irme de allí de una puñetera vez. Maldiciéndome otra vez a mi mismo por la genial idea del sepelio campestre.

Una vez arriba, me volví para despedirme de ella por ultima vez, y entonces, me di cuenta de que el catafalco de piedra parecía un monumento a la teta, pues había un enorme montón redondo de piedras y arriba – como coronándolo- otro pequeño túmulo que le tapaba la estirada pata fascista, a modo de pezón.

 

Volví a llorar otra vez, pero esta vez, solo de risa histérica. Me monté en el coche y me fui de allí – ya casi de noche- completamente empolvado, sudoroso, con las manos hechas mierda y absolutamente agotado.

Cuando llegué a la tienda, Santa y Tito Pepe, estaban preocupadísimos por la tardanza. Antes de que me preguntaran,  les dije…Ya está descansando en paz la pobresita!

No le dije la verdad a mi mujer hasta unos años después: Cuando ya estábamos casados y teníamos a Olivia, nuestra perra fox-Terrier.

 

 

P.D. Si queréis leer otra historia, pero esta protagonizada por Olivia, lo podéis leer desde aquí: Se llama: La noche de bodas de Olivia.

 https://fathergorgonzola.com/2009/03/21/la-noche-de-bodas-de-olivia/

 

 

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4 comentarios

  1. Me gusta como cuentas las cosas jajajajajaja
    Hasta de los momentos tristes sabes sacar una carcajada. Me encanta tu humor Alvaro. Mejor que no se lo contaras a Santa en su momento. Mejor…

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  2. jajaja, me reí pensando en la perra con la pata tiesa, es q la veía jajaja
    si lo q no te pase o pasase a tí . . . .

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  3. Qué grande eres Alvarito! haces que un dramón se convierta de perrente en un descojone…. tengo perra (Mora, una labradora) y pesa casi 40 kg. No me veo con el saco a cuestas, así que ya me contarás… besitos campeón!!!

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