¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

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¡ALGO PASA CON TÁPERGÜER!

Corría el año de 1944, cuando el químico estadounidense Earl Silas Tupper inventa un demoníaco artilugio llamado Tupperware. Mueren en breve espacio de tiempo –inmerecida e injustamente– las denominaciones imperantes hasta aquel momento tales fueron: Tartera, fiambrera o portaviandas; a partir de aquel nefando año de 1944, ya te digo, todo el mundo llamaría a los recipientes de plástico –reyes del almacenamiento alimentario de los picnics camperos y de las jornadas playeras– con el indigno calificativo de Tápergüer y –para fastidiarla aún más– acortando ignominiosamente su nombre por el exiguo remoquete de Táper. Tócate los cataplines.

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También, y desde ese atribulado momento, la vida conyugal de los hombres de bien, se nos complicó de una forma inexplicable y terrible por mor del maldito contenedor de manduca.

Pero vamos a remontarnos al génesis de esta historia:

Acudimos hace unas noches a una cena invitados por nuestros amigos Kuky y Marori a su casa. Dos entrañables y viejos amigos que tuvieron a bien el sentarnos a su mesa acompañados del artista plástico Tato Zambrano y del eximio letrado Romero. Ambos dos, a su vez, muy bien escoltados por sus respectivas caimanas. Casualmente (o no!) nos sentamos juntos, los hombres en el ala izquierda de la mesa, mientras las mujeres, lo hacían –qué remedio les quedaba!– en el ala conservadora de dicha mesa. Preciosa y muy bien surtida, todo hay que decirlo.

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Entre los muchos chascarrillos y conversaciones varias, surgió entre los mozos el atribulado y penoso tema de los recipientes Tupperwares; de ahora en adelante Tápergüer o simplemente Táper. Los cuatro muchachos, continúo, señalamos prácticamente al unísono, lo inoperante y exasperante que resultaba el fastidioso recipiente en cuanto a un almacenamiento cómodo, fácil y manejable. Porque sobre todas las cosas, anhelábamos un almacenamiento que no causase –su inoperancia– episodios de ansiedad, congoja y abatimiento.

Verán Uds. llegamos a la conclusión los cuatro (con la boca pequeña y un tono de voz más que sometido) que las mujeres tienen una predisposición especial y una inclinación atávica y hereditaria (las madres son muy culpables de este vicio confesable) hacia eso del guardar porciones insignificantes de restos alimenticios en la nevera; amparados todos ellos (los alimentos) por el secretismo más absoluto y añadiéndoles una dificultad insoportable –en cuanto a la identificación– para las mentes simples y llanas de sus esposos que no ven más allá del cajón de los embutidos y de las cervezas.

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De modo y manera, decíamos –que por este cruel sistema de guarda y custodia culinaria– cuando un hombre abre una nevera después de una cena, se encuentra de sopetón con una especie de “highline manhattaniano” de plástico mate, perladillo de humedades, y coronado con multitud de tapaderas de colores que ríanse Uds. de los más afamados conjuntos arquitectónicos neoyorkinos a lo Mies Van Der Rohe o a la Roberto Foster manera.

Pero no íbamos a eso; íbamos al desconsuelo que nos produce a los machos alfa, esa inoperancia, esa incapacidad e ineptitud intrínseca que poseemos, en cuanto al coger un Táper del armario en el que están almacenados, sin causar una descontrolada catarata de tapaderas y un chorreo incontenible y desmandado de recipientes contenedores hacia el suelo para intentar sacar el que creemos más idóneo (nunca escogemos éste de entre los diez primeros) para guardar el obligado mínimo despojo sobrante de comida.

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Verán Uds. hay mil tipos y modelos de tapergüéres imposibles de entender: Tapergüéres herméticos o tapergüéres al vacío. Tapergüéres con compartimentos para verduritas cortadas en juliana menuda; tapergüéres cilíndricos y tapergüéres redondos. Troncocónicos y rectangulares los hay; isósceles invertidos, con forma de paralelepípedos y hexagonales. Los hay altos, bajos y pícnicos. Lo de pícnico no es que sean para los picnics; es que son anchos de cintura y estrechos de hombros. Los hay con apariencia de botellas, con biberón para los mamones; para huevos duros y para huevos pasados por agua. Tapergüéres con tapadera apitorrada y semitapadera en jarras. De rinconera haylos (metidos para adentro) y también de morterete (estos salidos hacia afuera) tal y como otras cosas que yo me sé y que no me atrevo a indicar no se me vaya a enfadar un cofrade que yo, también me sé.

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Los hay –en el más improbabilísimo de los casos– apilables. Y los hay con palitroque vertical y con unos huequecitos monísimos e insuficientes para poner distintos tipos de salsas que nunca, jamás de los jamases, elaborarán sus propietarios. Con molinete picador, colador para vegetales o con rallador para los quesos. Un mundo inaccesible e intratable.

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Todo esto lo sé, fehacientemente, porque mi hermana era distribuidora (hace mil años) de estas extraordinarias y engorrosas fiambreras que Alá maldiga y que –en reuniones financiadas por mi madre– intentaba vender a la familia primero; a las amigas después, y por fin, a las vecinas esas apenas conocía. Estas reuniones, resultaban lo menos provechoso en cuanto a ganancias; pues –en el improbable caso– de que el costoso ágape dispensado a la horda de gorronas hubiese sido asumido por mi hermana, esta, se hubiese arruinado indefectiblemente debido a la reducida comisión que se llevaba. Más aún, si tenemos en cuenta que dicha “ganancia” la invertía en su totalidad en adquirir más Tapergüéres para su colección privada. Una de las mejores de la antigua España y parte del Reino de Aragón, hoy llamado Catalunya. Aunque eso, lo de arruinarse, pasó cuando se hizo distribuidora de Avon por aplicar la misma estrategia comercial que con los plásticos.

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Volvamos a la realidad. A la mañana siguiente de la cena mencionada anteriormente y ya en nuestra casa, tras el almuerzo, hubo de guardarse un resto de judías verdes con patatas cocidas y huevos duros en la nevera. Me tocó a mí guardar dicho resto. Así que abrí el armario de los putos tapergüéres y cogí un cacharrito rectangular que me pareció el más idóneo ; se me cayeron otros tres. Elegí una tapadera que, por la forma, creí apropiada y esta vez fueron siete primas hermanas las que rodaron por el suelo. Las probé todas; una a una y nada de nada. Decidí pues, con la desesperación más absoluta, (17/10 de tensión arterial calculo yo a bote pronto) volcar las habichuelas en un plato hondo, y las tapé (mirusté que apropiado!) con otro plato igual de hondo boca abajo que es cómo se ha hecho toda la reputa vida antes del suplicio de los Tupperware (Marca Registrada).

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Después recogí las tres fiambreras rebeldes y las siete indomables tapaderas (todo esto a espaldas de mi mujer) y las metí de cualquier manera en el armario que les servía de mausoleo. Al cerrar la puerta, con no poca dificultad y con su pertinente dosis de presión, creí ver unas sonrisas quedas pero fanfarronas desde el fondo del armario, como emplazándome de nuevo a la próxima batalla perdida contra mis nervios. Sabiéndose ganadoras de antemano, las hijas de la grandísima puta, como cada una de las mil veces anteriores. Como cada una de todas las veces anteriores.

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Una respuesta

  1. Muy bien Álvaro, los tapargüarris son una lata y han logrado que mucha gente no sepa lo que es una fiambrera, una tartera o una palabra tan bien traída como portaviandas. Creo que les guardo un cierto rencor, sobre todo, por ese motivo. Además de porque también me cuesta encontrar la tapadera correspondiente en el momento oportuno.

    Hasta pronto

    Carmen Villodres

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