EL LARGO JUAN

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EL LARGO JUAN.

“Y vida para vivirla junto a ti; y vida para
vivirla (siempre)… junto a ti.”

Conozco a mi querido amigo Juan “El Largo” desde aquellos tiempos inmemoriales del vestir el negro.

Desde el primero de los principios -cuando yo llegué al muro- Juan ya llevaba años haciendo guardias y rondas para preparar la venida de los pueblos invasores de más al norte; y también, y ahí me incluyo, para proteger y amparar  a los recién llegados acogiéndolos bajo la capa protectora de su más -ahora lo sé- imperecedera amistad.

Juanito, más que largo, es grande, enorme. Un coloso bonachón, sencillo y apacible   erigido a base cualidades que extrañamente se dan conjuntamente en una sola persona: Juan es humilde, como raramente suelen ser las personas que poseen el absoluto dominio sobre ese instrumento de más de seis cuerdas dobles afinadas al unísono. Juan es tierno y afectuoso, a pesar de ese aspecto de rudo vikingo con luengas barbas y tamaño imponente. Juanito, sigue siendo, un dechado de bondad, amabilidad y generosa entrega a sus amigos. Es comprensivo e indulgente. Juro por los dioses nuevos y por los antiguos, que aún está por darse la primera vez que yo lo oiga despotricar o enjuiciar a alguien arbitraria o injustamente.

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Digo todo esto de Juanito, de Juan el Largo, para señalar que es un hombre intrínsecamente bueno. Connaturalmente amable y pródigo con los halagos. Es por eso, que me duele sobremanera verlo compungido y roto por el dolor. Sobrepasado -el ánimo- por las circunstancias

Juan tenía (sigue teniendo en el alma, en el corazón y en la vida que le resta) una compañera de viaje fiel, comprensiva y perpetuamente enamorada de él, que era Trini. Su querida y amada mujer.

Ahora Trini -cumpliendo esa obligación del tributo que la vida ha de pagar a la muerte entregándole la salud- se ha mudado al palacio de la memoria, que no es sino el espacio de los recuerdos imperecederos y de la evocación del amor más perdurable y eterno. Se ha mudado, sin desearlo, porque las cosas son así de arbitrarias e irrazonables.

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Antes de irse, quiso Juan entregarle a Trini algo que se llevase para siempre con su final atisbo de energía. Un último regalo. Un último regalo realizado por todos los amigos que vestimos el negro. A petición de este -y acompañados de un par de instrumentos musicales- todos sus leales, todos, rodeamos el féretro de Trini y le cantamos su canción favorita: “Alma Corazón y Vida”. Y la cantamos, con el corazón encogido como un puño. Con un nudo en la garganta y una tristeza apenas contenida; con el ánimo roto viendo cómo un coloso, cómo un titán barbón y coletudo, se rompía en incontrolados suspiros -junto a sus hijos- intentando no quebrarse al decirle a su amada aquello de que un día (y ya para siempre) se enamoró de sus lindos ojos y de sus labios rojos; y que nunca olvidará la promesa que le hizo de ofrecerle Alma para conquistarla, Corazón para quererla, y Vida… Vida para vivirla junto a ella…

(In memoriam)

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Las imágenes que ilustran esta entrada son obras de Lesley Oldaker.

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