PÁ TERMINAR DE ARREGLARLO. HISTORIAS DE LA PUTA MILI 2

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 “PÁ TERMINAR DE ARREGLARLO”.

HISTORIAS DE LA PUTA MILI 2.

“Dedicado a mi querido amigo

Jerónimo Mota.”

No puedo evitar caer en la tentación de contar algo que ayer, se me quedó en el tintero cuando narré una anécdota que me aconteció cuando yo cumplía el Servicio Militar en las dependencias del Cuartel de Intendencia de Segalerva en la ciudad de Málaga.

 Juro por mis muelas  -pues no quiero ponerme pesado-  que no pensaba escribir más sobre ese periodo castrense que ocupó mi vida; pero… es que está tan íntimamente ligado lo que ahora viene, con lo de ayer… pues comparte época, personajes y escenario, y sería una lástima el desperdiciar la oportunidad de guardar en esta memoria virtual -que al fin y al cabo es lo que es este blog- una situación que, gracias a la rememoración cercana, recuerdo hoy con absoluta nitidez.

 MILI

Allá vamos:

 Continuaba la rutina en los pabellones de Intendencia de Calle Peinado. El Cabo Primero Rafa -que ya me permitía el tuteo después del tormento bodeguero- seguía vomitando negro por las mañanas a consecuencia de sus impenitentes cogorzas nocturnas.

 Había cuatro equipos distintos en dicho cuartel. De abajo a arriba en el escalafón militar: un grupo de civiles que solo iban, o por la noche a la panadería para elaborar los chuscos (los panecillos para el ignorante que no haya realizado el Servicio Militar) para la tropa, o por el día, para manipular los enormes fardos de uniformes usados que entraban en aquellas naves procedentes de los soldados licenciados. Otro grupo lo constituíamos los soldados residentes en Málaga; otro, los de fuera de la provincia y destinados aquí;  y por fin, los Oficiales y Jefes que vivían en pabellones privados dentro del cuartel.

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El más famoso de entre los soldados era uno llamado Olmos que dispensaba y disfrutaba de un enorme e inconmensurable cipote; su miembro viril, era la atracción matutina de todos los habitantes del cuartel. Personal civil y pases pernoctas incluidos. El Cabo Primero Rafa, nos llamaba a todos en cuanto sonaba diana, y ordenaba -tal y como te lo digo- al tal Olmos aún en la cama, a que se mimase cariñosamente el artilugio para enderezarlo hasta lo imposible y más allá para que todos -entre risas- nos quedásemos con la boca cerrada (porsi) de admiración ante tal engendro de la naturaleza. Obviamente, los oficiales y jefes, estaban dispensados de dicha demostración de carnaza erecta. El Prolongo le llamábamos al Olmos. Cómo el afamado Salchichón de Málaga.

 SALCHICHON-CASERO

El Comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri –como es natural- seguía al mando de tan gallarda y refinada guarnición. Auxiliado en el cargo por un Capitán llamado Cañas que era bastante altanero y antipático. Bastante antipático. Muy bastante antipático. Muy mucho. Más seco que su puta madre.

 Vivía el Capitán con su dulce esposa en el recinto; y alguna que otra vez, ésta, su esposa, nos distinguía a los soldados y cabos con arriesgadas y peligrosas misiones como la de comprar en el colmado de al lado del cuartel cuarto y mitad de garbanzos remojados y un trozo de hueso blanco y añejo para el puchero. ¡Y que te los den bien despachaos! Nos aconsejaba, por nuestra propia seguridad, tiernamente.

 ultramarinos

La vida transcurría plácidamente en el cuartel teniendo en cuenta las circunstancias políticas del país. Recuérdese: Cebollazo y record en salto de altura por Carrero Blanco; Marcha Verde hacia Ceuta y Melilla por parte de la infame Morubia; y Franco, más mortadela que otra cosa. Así que, como se podía, al terminar los servicios, los destinados de otras provincias organizaban su vida en el cuartel; y fuera de éste, los que disponíamos de pase pernocta hacíamos la nuestra. Dicha rutina, sólo se alteraba para todos, cuando algún tren llegaba al puerto de la ciudad cargado de sacos de trigo, que nosotros debíamos de descargar y guardar en nuestro cuartel para la fabricación chusquera diaria y su posterior traslado en el camión que disponíamos y que conducía el soldado raso jienense Almirón.

 (Circulaba un chiste en el cuartel que decía: ¿A quien le gusta más mirarle la polla al Olmooss? Al mirón!!! Repetíamos todos con contundencia para enojo y encoñe del inefable conductor.)

 camion

Llegó la Semana Santa.

 La Semana Grande en la que la ciudad se llena de miles de visitantes y autoridades, tanto civiles como militares. Nada atraía más al público que el poder ver desfilar a los ejércitos españoles bajo la cúpula vegetal que proporciona la Alameda Principal. Y atravesándola: La Legión (carnero uniformado incluido), La Infantería de Marina, La Guardia Civil de gala. Los Paracaidistas pegando cabriolas con los fusiles CETME  y una compañía al completo de Regulares con sus capas blancas y tocados con el clásico Fez. Para que nada faltase, el Real Cuerpo de Bomberos con el director  Paco Frutos -y su sempiterna nariz abultada, venosa y roja-  al frente y, terminando, la Banda de la Cruz Roja, con el ínclito Sargento Villegas tocando con maestría el Tambor cuando se lo permitían los Catetos en La Campana.

 30.Cabo Tambor. Manuel Perez 1982.1 copia

Como es preceptivo, al frente de cada uno de estos destacamentos, los Generales, Jefes y Oficiales en formación de presidencia disponiendo y mostrando orgullosamente toda clase de condecoraciones en sus pechos y portando bastón de metal plateado con la insignia del cuerpo al que representaban.

 El inciso acostumbrado # 1

 Por aquella época, disfrutaba yo de un enorme amistad con un reconocido fotógrafo llamado Jerónimo Mota. Una delicia su mujer Laura!!

 Jerónimo y yo éramos inseparables y menudas correrías nos pegábamos. Disponía éste de un magnifico equipo fotográfico absolutamente inusual para aquella época de Kodak Instámatics y máquinas chunguis por el estilo. Teníamos por costumbre -éramos golfos apandadores consumados, ya te digo- el colarnos en los eventos con sus cámaras colgadas al cuello; él cargado de carretes hasta lo imposible, y yo, con la cámara vacía de dicho adminículo que me impedía, consecuentemente, hacer fotos. Pero nada he dicho del flash. Porque contra toda lógica, disponía el que suscribe de un pedazo de flash eterno e incansable. Y no veas tú la consideración y el respeto que me proporcionaba entre el pueblo llano; ignorante éste de lo que me traía entre manos.

 camaras

Información de interés: “El Cuerpo de Intendencia del Ejército es Hermano Mayor Honorario de la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza desde el 21 de julio de 1943.”

Jueves Santo. Día mayor de la Semana Santa en la ciudad. Hoy acaban de salir los legionarios en la Cofradía de Mena. Nuestra plana mayor el Capitán Cañas y, sobretodo, nuestro comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri  marchan en marcial séquito cómo Presidencia delante del Trono de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Paso. Trono consorte que era del de María Santísima de la Esperanza. Iban ellos muy ufanos -mi Capitán y mi Comandante- junto a los Generales de dicho cuerpo; todos elegantísimos, luciendo uniforme, multitud de medallas y fajines de Generalato. Portaban  bastones plateados con emblema superior del Arma dorado en oro alemán de quilatada indeterminada.

 presidencia

Mientras tanto, ignorante de esa situación, Jerónimo y yo campábamos a nuestro aire entre los desfiles procesionales sin ninguna cortapisa por las autoridades policiales ni cofrades; que ya se sabe lo que impone una cámara con un objetivo tan grande que casi podría emular al otro aparato del citado soldado Olmos. El bien llamado Prolongo.

 Yo, con esa ingenuidad y candor que ya comenté en la anterior entrega, iba disparando a troche y moche interminables ráfagas de disparos de flash (pero SIN película dentro de la cámara, recuérdese). A todo lo que se ponía a tiro. A diestro y siniestro. Si era soldado, más marcial se me  ponía el muchacho; si era militar de grado, más miraba al frente como si divisase un Destino en lo Universal allá en lontananza. Si era portador de trono, mas esforzado aparentaba, y si era nazareno, miraba fijamente a la cámara como intentando creerse que iba a ser reconocible,  tras la túnica y el capirote, por aquella mirada aguda mezcla de orgullo y devoción. El muy maharón.

 fotografiando

Flash! Flash! Flash! Flash!…. iba yo como loco. Flash! Flash! Flash! Flash!…. Flash! Flash! Flash! Flash!…. Continuaba incansable. Flash! Flash! Flash! Flash!…. seguía yo disparando a todo Dios (nunca mejor dicho en lo referente a los titulares de los tronos) con la inexplicable petulancia y arrogancia del que se sabe estar realizando una tarea que -indudablemente- pasaría la posteridad de los reportajes gráficos. (Recuéérdeseee…si llevara carrete fotográfico).

En esto, repentinamente, me encuentro frente a mí, a toda la comitiva que representaba la Presidencia del Arma de Intendencia con sus Generales al frente y entre ellos a mis bienamados Capitán Cañas  y mi Comandante… bueno, ya sabéis el nombre; muy ufanos ellos de, no solo estar en aquel grupo de mandos privilegiados, sino de además, tener al puto Shuuuviirrrón… plasmando el irrepetible momento hasta más allá de la epilepsia.

 regulares

A todo esto, yo en la inopia, sin tener en cuenta las consecuencias de mis actos y lo que se me avecinaba.

Tres días más tarde. (Three days later)

Estaba yo, deambulando inocentemente por el cuartel de calle Peinado dedicado a las labores propias de la soldadesca que eran casi ninguna. De pronto  -y ante mi más absoluta extrañeza- pasa junto a mi el Capitán Cañas, que tras saludarlo -y él corresponderme- se dirige a mi, y con un amago de sonrisa (es que no le salían al pobre) me comenta con caída de ojos: Buenosss díasss cabo… Que tal andamosss…?

 DOCU_SUR

Yo flipo. En colores. Pero en colores!. Algo se masca aquí y yo nomenteráo!

Poco después mi Cabo Primero Rafa, se dirige a mí y me suelta:

         Shavá! Qua disal Comandanta que te pasa por su daspacha. (Recuérdese que era de la Córdoba profunda)

Yo empiezo a temblar. Cágome. Si el Jefe de una guarnición te llama a su despacho, pueden pasar dos cosas: o que sea para algo malo, o que sea para algo peor. Ocurrió esto último.

El inciso acostumbrado # 2

Debo de aclarar, para la puesta en situación, que el Comandante poseí una forma  inusual y muy particular de hablar. A ver como lo explico. Una suerte de voz y tembliqueo en ella, tal cual tenía un famoso locutor y presentador de programas cinematográficos -de por allá el pleistoceno de la Televisión Española- llamado Alfonso Sánchez. Para quien no lo conozca o recuerde, indicaré que éste hablaba tal si fuese un pavo. Y que era adorado por los imitadores de la época.

 alfonso sánchez

Pues sí. Así hablaba el Excelentísimo Sr. Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri: Cómo un pavo. Un puto pavo; lo que yo te diga.

Nuestro comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri, no sé si lo he dicho, se encontraba sentado detrás de su escritorio  bajo un enorme cuadro de Franco enmarcado en un grueso marco dorado absolutamente “Recocó”. Y un cuasi gigantesco crucifijo sobre la mesa.

Entre contrito y acojonado, pegué taconazo y saludé de la forma acostumbrada.

-Sussordenesss Micomandanter! Crucé los dedos sin que se diese cuenta.

– Glogloglogloglodejcansa shuuuviirrooóóóón! Yo ya empezaba a temerme lo peor de lo peor.

Oye! Hombre! El gloglogloglogloootro día me hiciste una fotos junto al General Pérez gloglogloglogloEnciso y ViiiianagloglogloglogloCárdenas, te acuerglogloglogloglodas?

Yo- que no dejaba de temblar- le conteste con un marcial pero bajito: ¡ Psssip micomandanter!

-Puesglogloglogloglomencantaría tener una de tus mejores fotos para enmarcarla y ponerlgloglogloglogloaquí encima de mi escritorio! Un vahído me dio y por poco caigo al suelo en redondo. ¡Psssip micomandanter! … volví a repetir y salí del despacho tratando por todos los medios de no hiperventilar.

Al salir el Capitán Cañas me miraba con cara de complicidad y sonrisa malévola como diciéndome…Yo también quiero una, HAS OIDO!!! Y ya si que tuve que sentarme en el banco de piedra, que tantas guardias beodas había contemplado desde lo más alto de la montaña de la historia cuartelera, y respirar con la cabeza metida dentro de una bolsa de plástico del Pryca.

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Llamé en cuanto pude a mi amigo Jerónimo, mientras imploraba al Altísimo -y le juraba- que si me libraba de esa, vestiría hábitos por el resto de mi vida.

Jerónimo!!Jerónimo!!Jerónimo!!Jerónimo!!.. Que la he cagao, Jerónimo!! Que la he cagao!!! Jerónimopordiosss!!!

Niñoniñoniñoniño… Por Diosss -otra vez- que la he cagao!!! Aaayyyymaremíaaa!!!

Jerónimo trató de calmarme. Se fue rápidamente a su laboratorio y empezó a mirar atentamente cualquier negativo en la que pudiese estar -casualmente, claro- el comandante de mis desvelos.

Por fin, hallamos una. Malliísimaaa. Muuuuyyyy lejanaaaaa…. Un horror!!! El Comandante apenas sí se distinguía en aquella lejanía que proporcionaba casi toda la doble hilera de penitentes de la sección del Cristo Jesús Nazareno del Paso.

Y con ella se puso mi amigo manos a la obra: empezó a revelar con sumo cuidado la imagen. Recortó y recortó hasta que consiguió dejar al comandante casi de protagonista central de la imagen. Eso si, de un borroso que tiraba de espaldas. Un ruido, que le llaman ahora los técnicos en fotografía, que atronaba. Pero la sacó y me dio.

Aquello no había por donde cogerlo. De ninguna de las maneras!

borroso

La foto resultaba tener un efecto cómico. Blanco y negro. Un maremágnum de puntos borrosos entre los cuales apenas se distinguía una forma gris y desvaída (mi comandante con gorra de plato) y una raya vertical apenas brillante a su lado (el Bastón de mando). Una verdadera mierda de foto, para que decir otra cosa.

Así, que con esa enjundia y esa poca vergüenza que Dios nuestro Señor me ha otorgado, me fui a una tienda de material de fotografía, le compré un precioso marco plateado y dispuse la foto en este tras un cristal opaco que incrementaba lo difuso e irreconocible de la figura.

Trás tres o cuatro días de haberme solicitado la foto -y yo, de haberle dado mil excusas- llamé a su puerta una mañana. Le entregué un precioso paquete y al abrirlo, emitió una suerte de gemido parecido a un  apenado glogló; o un apagado quejido.

Otros tres días más tarde, estalló lo más virulento de la Marcha Verde y quitaron todos los destinos. A mi me hicieron Cabo de lanzagranadas y me dispusieron en un camión para trasladarme a Ceuta. Vamosquenosvamos pá la guerra!!!

Después del episodio de la puta foto, estaba convencido de que nada peor podría sucederme. Creo que era el único que iba cantando en aquel incómodo camión con destino incierto. Camino de la muerte más tranquilizadora y confortable.

See you never Capitan Cañas. See you never!!!! Ojúmaremía!

Sucedió en Málaga. Circa 1975.

malaga

Nota: Las fotos insertadas en esta entrada, y referidas al cuartel de Segalerva, son de  la época de ruina sufrida por los años de abandono. Los enormes silos -que ahora se ven vacios- estaban llenos a rebosar, y la arboleda y los patios  (llenos de matojos) antes estaban limpios y en perfecto estado de revista. Como no podía ser de otra manera.

 

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AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS EN LOS QUE SERVÍ A MI PATRIA

 soldados

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

EN LOS QUE SERVÍ A MI PATRIA

 

(HISTORIAS DE LA PUTA MILI)

“Ardor guerrero vibra en nuestras voces
y de amor patrio henchido el corazón
entonemos el Himno Sacrosanto
del deber, de la Patria y del Honor
¡Honor!”

(Himno de Infantería)

Un hombre no es hombre completo hasta que no ha contado mil veces y hasta la saciedad la verdadera e incontestable historia de su Mili. Como quiera que ya me pilla muy lejos para contársela, otra vez, a los amigos  -suelen preguntarme si serví en  el Escuadrón de Catapultas Y Escorpiones del asedio a Numancia, los muy íodelagranputas- aprovecho estos nuevos medios para contar una anécdota que, por poco -y para el que no la sepa- casi  me costó el paredón de fusilamiento.

 Serví a mi Patria en el glorioso año de 1974. Un mozalbete bisoño e inexperto de apenas 18 años que se fue  -absolutamente obligado por su progenitor- como voluntario al ejercito de Tierra, también llamado Infantería. Una putada, fíjese Ud., como otra cualquiera.

 viator

No sé si el lector se habrá dado cuenta de la fecha que he citado 1974. Repito…1974.

 1974; me pillaron pues….las reminiscencias del atentado al Almirante Carrero blanco  -algunos meses antes de mi reclutamiento-. También la Marcha Verde -desde Noviembre del 75 hasta Febrero del 76-,  y por fin, entre medias de la excursión magrebí, la Muerte de Franco!!! Que tiene cojones la cosa. Servir en tiempos revueltos que se llama.

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Así que puedo decir y digo, que la época que eligió mi padre para obligarme a ir “de voluntario” no fue precisamente la más propicia para las tranquilidades tanto de él cómo  la mía propia. Coincidí, mire Ud. por donde en aquellos tiempos, con mi admirado escritor Antonio Muñoz Molina (leeros su libro Ardor Guerrero y os pondréis al día) y con mi otro admirado: el insigne guitarrista de blues Lito Fernández con el que aún conservo gran amistad. Al escritor, ni le conocí, como se comprenderá fácilmente.

 Mi paso por la Mili fue cuando menos extraño. Veréis: al margen de la inoportunidad del momento -ya he indicado antes las circunstancias- accedí al ejercito con una ristra de enchufes y tandas de buena suerte que aún ahora me alucina. A pesar de los pesares.

Además lo dije ayer mismo, y la repito, refiriéndome a que solo se recuerda lo bueno de las malos tiempos, con una frase de John J. Healey:

  “A medida que uno se hace viejo —salvo en el caso de que se hayan vivido unas circunstancias verdaderamente horribles—, tiende a idealizar el pasado”.

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Grosso Modo. Pero de lo que verdaderamente se trata aquí, es de narrar una anécdota que me aconteció durante mi Servicio Militar merecedora, sin ninguna duda, de ser invitado al paredón de fusilamiento. Aunque, afortunadamente, sólo se quedó en una inolvidable, insufrible y larguísima resaca.

 Cuento los enchufes: Recién muerto Carrero -yo ya había sido aceptado en el Glorioso Ejercito Español con el sucinto grado de recluta asqueroso y mindundi; fui destinado al Centro de Instrucción de Reclutas Campamento Álvarez de Sotomayor. Viator en Almería para entendernos. Primer caso de suerte: Justo unos meses antes había sido destinado como General Gobernador de la Plaza de Almería el General González Alba. Gran amigo de la familia y su hijo -Polo- íntimo de mis hermanos mayores. Hoy, gran amigo mío.

 Nada que añadir a que en cuanto Polo, vino a visitarme unas cuantas veces al campamento (aparcando su coche chillando ruedas frente a la onceava Compañía) y que alguna vez fui a comer a su casa en el Gobierno Militar, mi Mili en Almería transcurrió como se suele decir en el argot militar: cómo una puta seda. O algo así.

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Pasaron los tres meses de reclutamiento preceptivo; y, posteriormente, fui destinado al Regimiento de Infantería  Aragón 17  (tambien llamado Campamento  Benítez) -junto a mi  amigo Lito- aquí en Málaga. Segundo caso de suerte: Resultó que el Coronel del Regimiento: Don José Antonio Caffarena Aceña -gran amigo de mi padre- tuvo a bien el destinarme al Cuartel de Intendencia (en calle Peinado) que fue donde sucedió la anécdota que ahora , más adelante, voy a contar.

 A los pocos meses de estar en Intendencia, más a gusto que un guarro en una charca, se les ocurre a los moros -aprovechando que Franco la espichaba en el hospital y estaba cuasi mortadela- iniciar la denominada Marcha Verde con la aviesa intención de invadir Ceuta y Melilla y quedársela con ellos para siempre por la puta cara. Cierto es que la Legión española esperaba loca por jincarles el diente a la chusma marroquí y darle zurrapa con manteca colorá por la parte del pescuezo. Pero no los dejaron y se libraron de la tunda.

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Debido a esa inesperada circunstancia, quitan todos los destinos y me vuelven a mandar otra vez al Campamento Benítez, donde sin permiso alguno, una noche me hacen subir a un camión militar con la graduación de Cabo de lanzagranadas -juro por mi honor castrense que jamás en mi vida había visto un artefacto llamado así- y me dispongo a salir para Ceuta con la orden de suplir a los Lejías que se van de barbacoa a freír al Moro y lo que haga falta. Viva la Muerte!!!. Yo mientras me preguntaba cual era la boca y cual el culo del maldito lanzagranadas. Tú verás la que voy a liar! Pensaba absolutamente desolado.

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Ya en el puerto de Málaga dan la contraorden  -Dios existe- y nos vuelven a enviar al Campamento Benítez. Ya allí, y por diversos conductos acabé, tercer caso de buena suerte, de cartero de tropa y acabé la puta mili con algo más que la mayoría para contar a los nietos. Bastante más diría yo.

Ahora la anécdota:

Primeros meses del año 1975. Franco aún no estaba mortadela del todo. Aún permanecía en estado de shockpped. Acababa yo de llegar (enchufado, claro) a las dependencias del Cuartel de Intendencia en la Calle Peinado (Segalerva) de la Capital. El Comandante en Jefe, cuarto caso de buena suerte, compañero de mi padre (mi padre también era comandante de Infantería) se llamaba, y juro por mi honor que no miento ni una “mititilla” así: Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri. Con dos cojones. Felipe le llamaba mi padre, como es natural.

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Por el mero hecho de que mi progenitor fuese amigo -y compañero de academia y carrera militar- de Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri, por ese mero hecho sin importancia, digo, el Cabo Primero Rafa, me tenía una ojeriza, animadversión y  manía de muerte. Todo el mundo (que éramos 12) le llamaban Rafa. A mí, sin embargo, no me permitía otro tratamiento que el oficial; debía de llamarlo: Mi Primero.

 cabo primero

En la intimidad y sin que el innombrable mamón se enterase, entraba yo todos los días en las dependencias del cuartel al grito de “Salvo Intendencia por Mí Primero y pormís compañeros” Y eso, porque le llegó a sus oídos, como le tocaba muy mucho los cohoness a mi Primero Rafa. Muy mucho. Pero que quieres que te diga, yo era -poco mas o menos- que intocable. Que le den!

 Tenía el Cabo Primero Rafa, querencia desmesurada hacia la ingesta de alcoholes de baja y alta graduación, lo que se dice un “esponja”;  de hecho, cada tarde cuando se liberaba del servicio, solía salir con algún incauto subalterno de provincias y destinado en nuestro cuartel, para dedicarse al noble arte del lingotazo sin fin. Hasta alcanzar –en la mayoría de los casos- el éxtasis de la melopea. Altamente especializado en vomitar de inmediato sin tan siquiera meterse los preceptivos dos dedos en la garganta. Un puto borracho que se llama.

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Debo de reconocerme, en aquella época, una cierta connotación ingenua y candorosa; así que  maquiné una inútil intriga para camelarme al mentecato majadero sin tener en cuenta que  -y eso que estaba en el ejercito y haber recibido clases tácticas- nunca ha de llevarse uno al enemigo a su campo con la aviesa intención de derrotarlo. Porque siempre peleará con ventaja. Como fue el caso.

 Y esto fue lo que le propuse: Salir una tarde para -tomando unas copas y así ganarmelo- hacernos recorrido por las tabernas de Málaga (un Vía Crucis que se llamaba) y el que menos aguantase, pagaría las consumiciones. Así lo acordamos. Todo fuera por conseguir el tuteo de aquel hijo de la grandísima puta. Él, perro viejo en el arte del libar; yo, un mahara con ínfulas de tuteo. Todo fuera por ganarme las bajas esferas, porque a las altas, ya las tenía en el bote.

 Y llegó el día de autos. Coincidimos en que el día más propicio sería el que yo tenía Guardia de Cuartel. Si! Ese día sería el idóneo. Perfecto!

Antes de continuar – y para poner en situación al lector- voy a relatar muy someramente en lo que consistía la Guardia de Cuartel en Intendencia: Básicamente teníamos que permanecer jugando al plato o a las Siete y Media y tomando calibritos de Ginebra Larios hasta que llegase nuestro Comandante. Nuestro ínclito Comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri, ya sabéis. Solía llegar a altas horas de la noche -cuando no de madrugada- y para confirmar que estábamos en nuestro sitio de guardia, el muy ladino, solo echaba, callada y quedamente, algunas ráfagas de luz larga de su Morris Authi 1100 sobre el portón del Cuartel, para que nosotros, atentos  y ojo avizor como gavilanes, viésemos los destellos a través de las rendijas inferiores del portón y acudiéramos raudos y veloces a darle paso, para que así nuestro jefe militar, no tuviese ni que bajarse del coche.

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 Entraba, una vez franqueado el paso, con su coche e íbamos hasta los enormes silos de Intendencia con un mosquetón inservible al hombro, y realizando marcial taconazo, saludábamos militarmente a nuestro comandante Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri. Por si no lo he dicho. Comandante Jefe de la guarnición del Cuartel de Intendencia.Vulgo: Segalerva. Justo a lado donde jugaba el mítico equipo de futbol Mortadelo C.F.

 Debo también aclarar que solía, nuestro Comandante en Jefe, llegar alegre de copichuelas que se llama y ciertamente zascandil y movedizo.

 Volvamos al día de autos:

 Ese día era el perfecto –pensábamos atolondradamente- pues al estar de guardia, estaba convencido yo -de una forma  irritantemente ingenua- que estaríamos acabados en media horilla. El tiempo justo de llevarme al Huerto de Baco al insufrible Cabo Primero Rafa. Borracho profesional donde los hubiese. Aunque no supiese yo hasta cuanto de profesional era el maldito libador.

 Así que salimos del Cuartel (yo provisto de cierta cantidad de dinero, pues pensaba pagar de todas formas, dado que el tuteo y la confianza salen caras) y enfilamos hacia el centro de la ciudad. Abandonamos la guardia!!!

 Mi intención era la de llevarle al Circulo de la Perdición situado el pleno Pasaje de Chinitas; y, una vez allí -y haciendo uso de mi estrategia táctica y de mi innata habilidad- emborrachar al Cabo Primero Rafa llevándolo de la mano por los Catetos de La Campana. Los Húngaros Locos de Casa Romero, Florestéles de Casa Flores, Cócteles de champán de Quitapenas, y si aún me aguantaba el tipo el incauto, rematarlo con un Pajarete en Casa Guardia.

 Casa Flores

Salimos decía. Nada mas iniciar el camino en calle Ollerias, ya entramos en dos o tres tabernas que nos encontramos y que yo no tenía previstas ni por asomo. Tengo que recordar que Málaga era la de la tres Librerías y tres mil Tabernas? Pues pasamos de largo las tres librerías.

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Seguimos hacia calle Granada donde nos metimos en la Bodega el Pimpi y seguimos con los Biberones en Casa Luna. Bajamos hasta la Campana de calle Granada. López Hermanos después y nos encaminamos hacia el ágora de los vinos dulces de Málaga situada –tal y como ya he comentado- en el Pasaje de Chinitas… … …

… … … Desperté de pronto sin saber donde estaba. Todo me daba vueltas.

El Cabo Primero Rafa se había abierto por patas creyéndome muerto. Al abrir los ojos contemplé asustado a tres o cuatro personas que me miraban desde arriba. Yo estaba tendido en un césped justo enfrente del moro Judi; el de los pinchitos del Kiosco  de la Marina. Me levanté como pude. Dando traspiés, pues un insufrible mareo me dominaba la cabeza. Andando, como pude, me encaminé hacia el Postigo de los Abades, cogí –también como pude- el autobús de Capuchinos y por fin, a durísimas penas, llegué al jodido Cuartel de Intendencia. Como pude, ya te digo. Ya era de noche. Muy de noche.

 pinchitos

Y allí estaba -fresco como una lechuga, comparado conmigo- el íolagranputa Cabo Primero Rafa. Suspiró de alivio al ver que no tendría que justificar ni mi ausencia ni mi deserción o fallecimiento (téngase en cuenta en cuenta que yo era, al fin y al cabo, hijo de Comandante y éste, mi padre, íntimo del jefe de la guarnición) y dirigiéndoseme en plan fraternal, me dijo.  El hijo de la grandísima!

-Bienesho  Shavá!!!

-Incorpárata a la guardia  y demuejtra que erejún hombra! (era de la Córdoba profunda))

-Notorvíe er masquetón!!! Shavá!

El hombra de dieciocho años se cuadró, y pegando un taconazo -que casi le cuesta el equilibrio- le contestó: Sussórrdeness mi Rafa! Y ahí es donde empecé  -y él me lo permitió en adelante-  el tuteo al Cabo Primero Rafa. Rafa de mis entretelas que había abandonado miserable y cobardemente al compañero caído en acto de combate.

 Pero no acaba ahí la cosa. No señor. Aun quedaba por llegar Don Felipe Rafael de Robles Echecopar y Pineda Consiglieri al Cuartel. Nuestro Comandante en Jefe.

 Yo atendía la guardia tal y como se esperaba. Tirado en un banco de piedra forrado de mosaicos árabes y al relente -pegando ronquidos como un búfalo- y con el mosquetón tirado en el suelo al alcance del enemigo y de los meados de los gatos del Capitán Cañas.

 mosqueton

Unas ráfagas luminosas se cuelan por las rendijas inferiores del portón. Otra vez. Otra vez. Otra vez! Tres bocinazos del Morris Authi 1100 de mi Comandante ni me estremecieron. Bajóse este, y tras dar tres enormes aldabonazos sobre la madera, me desperté asustadísimo por el retumbe.

 Abrí a duras penas el portón. Mientras el coche pasaba, corrí a coger el mosquetón, que previamente había sido atropellado por el coche del Comandante y, cogiéndolo por la punta, comencé a correr detrás del vehículo para saludar marcialmente, tal y como correspondía al protocolo militar, a mi Comandante

 saludo

Pegué taconazo y exclamé voz en grito.

-Zinnovedarennnlaguardia mi Cooomdanterr!!! Plasss!!! (taconazo y mosquetón al hombro.)

 El Comandante se bajo del coche, y dando tres traspiés, me dijo, Ejcansa muchacho. Hip! Ejcansa Cabo. Shuuuviirooón…!

 Y allá que se fue bailando bajito hacia sus aposentos y yo detrás dando tumbos intentado abrir los ojos hasta el infinito para tratar de distinguir la figura que, delante de mi, no paraba de moverse y canturrear himnos patrios.

Esto sucedió realmente en Málaga. Circa 1975.

 …///…

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