LA LIBRERÍA DENIS

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LA LIBRERÍA DENIS

 

“La librería Denis…Un maravilloso y mágico mundo de material de papelería. El arco iris de los estuches de lápices de colores Alpino. Un mar de gomas de borrar Milán, aromatizado con el olor de la Tinta para recargar Parker. Plumieres de madera barnizados y carteras de buen cuero para los colegiales de la época. Si tenías suerte, te regalaban unos papeles secantes de la marca Pelikán preciosos.”

Plaza de los Mártires ,17. Circa 1960
Álvaro Souvirón

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 Este texto que ahora vais a leer, le he encontrado gracias a unos generosos amigos , locos por “Sólo Fotos Antiguas de Málaga” y, gracias a ellos, me retrotraigo a uno de los palacios indestructibles de mi niñez: La Papelería Librería Denis. No voy a decir ni una sola palabra más de mi propia faltriquera; porque no hace ni pizca de falta; Porque lo que viene ahora es tan evocador, tan razonable, tan… Me callo!! He dicho que ni una sola palabra mía más!!

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UN NIÑO EN LA CASA DE LAS PALABRAS

 
(Elegía y homenaje a la Librería Denis de Málaga)
 
Por Victoriano Colodrón Denis

Yo he habitado desde que nací la casa de las palabras, la casa que sabe y que dice, que conoce y que cuenta, y en la que esperan los vocablos, pacientes pero con ganas de ver mundo, a los solitarios que van a buscarlas por estar solos de otra manera, solos… pero no aislados. La librería de mi abuelo -como todas las buenas librerías- era, sí, una casa de las palabras. Yo he pasado allí muchas tardes, de pequeño, hojeando libros, leyendo cuentos, aprendiendo a buscar entre las páginas lo que ellas tuvieran que decirme, enredado en el ensueño de creer que el mundo, con sus rimas, sus aventuras, sus explicaciones, sus historias, estaba hecho también para mí, y se parecía a ese paraíso de letra y papel, que bastaba con que un niño abriera las páginas de un libro…

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¿Qué pierde una ciudad cuando desaparece una de sus librerías? Si me hacen esta pregunta, no sé responder de una forma mejor: las librerías, las buenas librerías -como también las buenas bibliotecas- son casas de la palabra. Al facilitar el acceso al libro, es decir, a la expresión meditada del lenguaje, a la decantación verbal de sentimientos, reflexiones, fantasías y recuerdos, las librerías son manifestación concreta de una forma de civilización y al mismo tiempo poderosos agentes civilizadores: hacedoras de ciudad, sí, porque una ciudad no es sino el espacio que crece alrededor de la palabra, de la conversación. Y por eso cuando desaparece una de sus librerías, una ciudad se pierde un poco a sí misma…

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El nacimiento de una librería en una esquina cualquiera de la ciudad constituye un acontecimiento gozoso, un prodigio que viene a renovar el aire que en ella se respira, a inyectar savia fresca y un vigor desconocido -más palabras, nuevas y viejas- a su caudal lingüístico, a su afán de voces que digan, que cuenten, que canten, que expliquen y razonen. “Una ciudad respira si hay en ella espacios de la palabra”, ha escrito Michel de Certeau. De ahí que el cierre de una librería sea una auténtica catástrofe: la respiración de la ciudad -la respiración de los habitantes de la ciudad- se torna entonces más difícil, el aire parece estancarse, se pierde capacidad pulmonar…

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En enero de 2001, hace ahora trece años, cerró sus puertas la Librería Denis de Málaga, después de medio siglo de existencia. ¿Málaga sigue siendo Málaga sin la Librería Denis?, cabría preguntarse. Una cuestión absurda, dirán muchos, pero ¿no sería justo también pensar lo contrario, que la pregunta tiene mucho sentido, o sostener al menos que ahora Málaga es menos Málaga por el solo hecho de que en la esquina de Santa Lucía con el callejón de San Telmo, camino de la iglesia de los Mártires según se viene de calle Granada, a espaldas de la Plaza de la Constitución, ya no está la Librería Denis?

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Lo sabemos: las ciudades (¿como nosotros mismos?) son precisamente esta informe acumulación de cicatrices, de recuerdos que van perdiendo nitidez y densidad, de apariciones y desapariciones, muertes y nacimientos, encuentros, pérdidas, búsquedas, vertiginoso sucederse de relevos y mudanzas, ráfagas de nombres y presencias que apenas sumidas en el flujo de los días, muy poquito después, empiezan a no decirle nada a nadie… En cuanto a Málaga, Antonio Soler ha dicho alguna vez que es una ciudad olvidadiza, alegremente olvidadiza de su pasado, muy desapegada de lo que va dejando atrás, de lo que va perdiendo. Tal vez tenga razón, pero ¿no son así todas las ciudades, incluso las muy aficionadas a las placas conmemorativas y los monumentos, a marcar esquinas, pasajes y fachadas con brevísimos textos en recuerdo de lo que allí sucedió, y que pronto nada significan para los pocos que se detienen a leerlos? Así son las ciudades, querámoslo o no, igual que las mismas personas que las habitamos: olvidadizas y pasajeras… Y sin embargo…

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Aquellas largas tardes de invierno en la librería, leyendo cuentos en la sección infantil abstraídos del trajín de clientes y empleados, o huroneando por el laberinto de escaleras, tabucos, galerías, pasillos y almacenes, mirando y remirando con codicia los libros nuevos y también las cartulinas, los bolígrafos, los lápices de colores, los cuadernos…, ayudando a abrir paquetes y marcar libros o incluso atreviéndonos (¡¡¡qué vergüenza!!!) a despachar, a salir al mostrador a atender mal que bien a los compradores. Largas tardes leyendo cuentos y merendando en la librería: íbamos a La Española, la confitería de la esquina de Santa Lucía con calle Granada –otro entrañable comercio de la ciudad desaparecido- a comprar ‘bollos de leche’ y nos los comíamos en el minúsculo despacho de los abuelos, en la trastienda. Y siempre volvíamos de la librería a casa con un nuevo tesoro en nuestro poder, un sacapuntas reluciente, una libretita de hojas cuadriculadas, otro libro…

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Historia de una librería,

de un jardín,

de unas vidas admirables…

Fue en 1951 cuando Juan Denis Zambrana abrió en Málaga la Librería Denis, en el piso bajo de un hermoso edificio de la calle de Santa Lucía, pero a mí me gusta pensar que el negocio nació en realidad veinticinco años antes de su apertura, en la misma época en que Juan trabajaba de aprendiz en la imprenta de su tío Manuel. Sucedió cierto día de 1926 en que la adolescente María Dolores Zambrana Delgado, paseando con su madre por la playa de Almería, tuvo su primer encuentro, insospechado y fortuito, con quien se convertiría en su marido quince años después: una avioneta sobrevolaba el arenal esparciendo unas octavillas publicitarias que, tal y como se hacía constar en letra pequeña, se habían tirado en la Imprenta Zambrana de Málaga, y a Lola le sorprendió y le divirtió encontrar su apellido en aquellos prospectos… que había impreso precisamente el joven Denis…

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Y digo que hay que buscar ahí, en ese temprano y peculiar augurio de un encuentro posterior, el verdadero origen del nacimiento y el desarrollo de la Librería Denis, porque en ella tanta importancia tuvo Juan como su mujer, María Dolores. Si el primero volcó durante casi medio siglo gran parte de su extraordinaria energía vital –y de su perspicacia y buen juicio comercial- en el negocio de los libros, con una portentosa capacidad de trabajo que bastaría por sí sola para desmentir el rancio e indignante tópico de la holgazanería andaluza, ella no le fue a la zaga, y, sin escatimar esfuerzos, siempre compaginó su oficio de maestra nacional con el cuidado de los papeles y las cuentas de la librería. Ambos compartieron, además del amor a los libros (¿hacía falta decirlo?), la convicción de que venderlos es cuando menos un comercio especial, distinto, por su relevancia cultural y educativa, al de otros productos. Y juntos lograron hacer de la Librería Denis, durante toda la segunda mitad del siglo veinte, una de las más grandes e importantes librerías de Málaga, si no la más grande e importante. (Lo que no dejaba de tener mérito incluso en tiempos en que el panorama librero en Málaga no era precisamente muy atractivo. Así lo ha pintado siempre una antigua coplilla, no sé si popular: “Málaga, ciudad bravía, / que entre antiguas y modernas / tiene veinte mil tabernas / y una sola librería”. “Que es la mía”, añadía como estrambote el dueño de la Librería Rivas, en los años veinte: porque las demás que había eran, en realidad, más papelerías que librerías).

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Claro que para ello, para salir adelante y prosperar de esa manera en el siempre difícil negocio de la librería -tan precario, tan amenazado, tan incomprendido-, Juan Denis y María Dolores Zambrana contaron con la ayuda de otras personas. Para empezar, la del escritor Salvador González Anaya y el impresor José Domínguez Mingorance, en cuya librería, La Ibérica, aprendió Juan Denis el oficio durante los veintidós años que trabajó en ella antes de establecerse por su cuenta. Y para continuar, con la ayuda de sus muchos empleados, entre los cuales un recuento justo, por mínimo y apresurado que sea, no debería olvidar a Agustín Denis, hermano de Juan, a Salvador Domínguez, Francisco y Antonio Rivas Ortiz, Miguel Ángel Antúnez, Luis Zurita y Francisco Triviño. Pero sobre todo con la ayuda de sus hijos Pepe y Jorge, quienes aplicando siempre su sentido de la anticipación y una fina comprensión de lo que los lectores necesitaban, y a base de inteligencia, cordialidad y mucho buen humor, consiguieron ir ampliando una clientela fiel y encantada con el buen servicio que recibían (clientela especialmente nutrida en el ámbito universitario, y no sólo de Málaga, ni español), y lograron extender entre los malagueños la convicción de que allí, en la Librería Denis, se encontraba, o se conseguía, por difícil que fuera, todo lo que uno necesitara o estuviera buscando.

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Y como correlato perfecto de la librería, labor de una vida, otra creación maestra: la de la casa y el jardín, a la que Juan Denis y María Dolores Zambrana aplicaron la misma energía, la misma paciencia, el mismo coraje y tesón de auténticos pioneros: de aquellos que, casi desde la nada, son capaces de construir algo propio, grande y hermoso. Una casa rodeada de un verdadero vergel mediterráneo y tropical gracias al buen clima malagueño, pero también, y sobre todo, al mucho cariño y al trabajo infatigable: y de ahí las flores, los árboles frutales, las hierbas aromáticas, las verduras del huerto, los pájaros y los perros… Unas vidas volcadas en los libros y en la educación, en una casa y un jardín, en una gran familia… ¿Qué decir de unas vidas así, de unas vidas que con sencillez, con honradez, con trabajo, con generosidad, se dedican a crear espacios de belleza y de armonía, moradas del silencio y las palabras –una librería, una escuela, un jardín- en medio de una realidad a menudo tosca y chirriante? ¿Qué decir, sino que han sido, que son, unas vidas admirables?

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Y aquellos largos veranos de la infancia, entre la librería y ‘Las Palmeras’, en la casa de las palabras y la casa del jardín. Mañanas en la librería, en “el centro”, y tardes interminables en casa, con la compañía infalible de los cuentos, los tebeos, las novelas, que había que leer con mucho cuidado, sin abrirlos demasiado, sin estropear las hojas, para que después se pudieran vender… Lectura y aburrimiento, mucha lectura y mucho aburrimiento en el silencio y el sopor de la siesta de agosto. Y los deambuleos ociosos, las travesuras y los juegos en el jardín, haciendo cabañas en una higuera o en el algarrobo; comiendo ciruelas o higos o piñones; trasteando con las herramientas en el taller del abuelo (que además de librero y jardinero y cazador y jugador de dominó, era inventor); escondiéndonos, cuando jugábamos al escondite, en las ramas altas de un ficus o de un olivo; haciendo “peleas de mangueras” entre matas de romero y tomillo y macizos de jazmines; buscando cochinillas debajo de los bebederos de los pájaros, donde el abuelo ponía sus trampas; jugando a la pelota en la hierba, entre el níspero, el almendro y el madroño, pero con cuidado, no fuera a aparecer la viborilla que salía por ahí todos los veranos, o uno de esos camaleones repelentes…; y volviendo siempre a los libros, a los cuentos, los tebeos… Bien mirado, en aquellos veranos todo era aprender palabras, en las páginas de los libros, al leer, y también en el jardín: biznaga, alberca, heliotropo…

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Librería, lenguaje y ciudad

(y un niño leyendo un libro)

La Librería Denis: la librería donde miles de malagueños han comprado sus libros de texto, sus  novelas, sus manuales, sus cuentos, sus libros de regalo, sus poemas… ¿Qué puede hacer una librería así durante cincuenta años por la vida de una ciudad, por la felicidad de sus habitantes?, ¿cómo contribuye a la riqueza de su guardarropa sentimental, a la solidez de su armazón intelectual y moral, a la intensidad y la densidad de sus vidas? Preguntas, claro, imposibles de responder. Pero habrá que tener en cuenta que las librerías trafican con palabras, nos abastecen de lenguaje, almacenan y nos despachan, en forma de libros, nuestra propia lengua, y la lengua es nuestra morada vital, como bien supo decir un distinguido cliente de la Librería Denis, don Manuel Alvar…

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No, no se puede medir el efecto que tiene una librería en la ciudad que la acoge, ni la energía que despliega en sus calles, que transmite a sus habitantes. Desde luego, no bastan números de clientes y ventas ni cifras de negocios, porque el influjo de la librería en la ciudad es sutil, secreto, inaprensible: se produce en silencio, aunque a través de palabras, en la sensibilidad y la inteligencia de cada uno de los lectores que aprendieron, fantasearon, disfrutaron, sufrieron y crecieron con los libros que en ella encontraron alguna vez. Y es también en su sensibilidad y en su inteligencia donde la desaparición de una librería produce el daño principal.

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Porque, ¿qué se pierde cuando se cierra una librería?, ¿qué vacíos deja y en dónde? No es sólo el espacio en blanco que se abre durante unas semanas o unos meses en el lugar que ocupaba, y donde pronto la reemplaza otro negocio, otra tienda, otra oficina, sino el que se crea en la memoria de los lectores que la frecuentaron. Es cierto que sucede algo parecido cuando desaparece cualquiera de los comercios que durante muchos años hicieron suya una esquina de nuestro barrio: “De repente / la ciudad que me hizo se deshace, / excluye de su tiempo mi experiencia”, dice el protagonista de unos versos de García Montero, con esa clase particular de perplejidad que producen las mudanzas vertiginosas del propio paisaje urbano. Pero la muerte de una librería causa un daño especialmente agudo, porque lo que ella nos suministraba, lo que en ella buscábamos, no era pan, no eran zapatos, no eran camisas, tornillos, pescado, botones, aspirinas, lotería; era… el mundo entero y a nosotros mismos, así de poderosas y de esenciales son las palabras, esos minúsculos artilugios de ilusionista de apariencia inocente con lo que todo podemos hacerlo, deshacerlo y rehacerlo, una y otra vez.

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“El lenguaje es la capa de ozono del alma”, ha escrito Sven Birkerts, “y su adelgazamiento nos pone en peligro”. Las librerías, las buenas librerías, como casas de la palabra que son, como hogares del mejor lenguaje, contribuyen a preservar esa capa de ozono del alma imprescindible para la vida humana. Por eso su desaparición es siempre una triste noticia para la ciudad y sus habitantes, y por eso cuando la que se cierra es una librería que uno ha frecuentado e incluso querido, suele dejar atrás, además de un recuerdo emocionado y lleno de gratitud, el deseo de dedicarle un homenaje público y una elegía en voz baja.

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El 26 de diciembre del año 2000 entré por última vez en mi casa de las palabras, en la Librería Denis de Málaga, pocos días antes de su cierre. El libro que me llevé de allí ese día fue un ejemplar de El árbol del erizo, un libro triste, sí, porque recoge algunas de las muchas cartas que Antonio Gramsci escribió a sus hijos desde la cárcel, durante su largo cautiverio. Pero también un libro hermoso, en el que los textos del político italiano se intercalan con los relatos para niños que a él le gustaron de pequeño, y a los que se refiere en las cartas a los hijos (relatos de Tolstoi, de Dickens, de Pushkin, de Kipling). Me gusta pensar que mi último libro de la Librería Denis tiene un significado: la librería podrá cerrarse, sí, la librería desapareció, pero la infancia y la lectura siguen vivas, como siguen vivas las lecciones de vida de los abuelos, y como vivo estará siempre el latido de una historia en unas palabras, el sueño de ser un niño y leer un libro.

 Dedicado a mi abuela Lola, in memoriam, y a mi abuelo Juan, con todo mi agradecimiento y mi amor

***

Nota:  Excepto la foto en Blanco y Negro y la primera ilustración, todos las demás que están insertadas en este artículo, son de la artista Camille Engel.

PLAZA DE LOS MÁRTIRES, 17 (Circa 1960)

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Plaza de los mártires, 17

(Circa 1960)

Dedicado a mi amigo de la infancia Pepito Rodríguez Gámez. Por haberme regalado un cálido y evocador viaje de ida y vuelta a mí, cada vez más distante, niñez.  Y a mi hermano Fernando, mi más querida y última referencia de aquellos tiempos.

 “Nos quitaron los percheles,

las tabernas, los tranvías,

las comadres barberías,

el Norit de los carteles.

 

Huérfanos van los pinrreles

de Segarras  y Chaparros,

confinados los cigarros

y sin porrones la sed.

!Ay! Plaza de la Merced,

y tú sin un motocarro.”

(Juan Miguel González, Poeta y Amigo)

 

Recibo, inesperadamente, una solicitud de amistad en mi muro de Facebook. José Rodríguez Gámez, quiere ser tu amigo, dice esta lacónicamente. Como tantas otras veces -y por ignorar quien es el solicitador- mi primer impulso es renunciar a la  propuesta de un completo desconocido. Ignorarlo pues y… ¡Santas Pascuas!

Pero ese sexto sentido que se dice poseemos, me sugiere y al pronto me obliga, a aceptarlo como amigo virtual. No sé porqué, le verdad te digo, pero lo hago. Poco después recibo un mensaje de la esposa de este donde me pregunta si yo soy (aporta datos precisos y concisos) el mismo del que su marido -y esto me resulta muy halagador- guarda un grato recuerdo de cuando éramos amigos y tan sólo unos niños que apenas habían empezado a vivir en aquella Málaga ya muy lejana. Circa 1960.

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Me remite incluso una foto donde aparecemos los dos acompañados de su hermano mayor: Paco. Y otra, donde estamos los dos, en compañía de mi hermano Fernando en la playa.

Tres amigos en la Playa

La simple contemplación de dichas fotos, me trasladan a un tiempo, que ahora, y con la inestimable ayuda de mí hermano Fernando (que me sirve de guía por la remembranza) paso a detallar:

Nací a mediados del siglo pasado. Soy pues de la hornada del 55; del reemplazo 73/4º según el calendario castrense que Alá confunda y maldiga. Dieciséis años después de finalizar la guerra civil española, los tiempos, eran aún duros; pero no tanto como los que llevaron de serie la generación de mis hermanos mayores y, mucho más, la de mis padres. Yo, cogí la cola del huracán Franco y apenas si me dí cuenta en mi niñez.

Sin embargo, esos tiempos de carencias materiales, estaban compensados por unas circunstancias afectivas -aun estaba la familia al completo y unida-  por poder disponer de cosas que hoy desafortunadamente están, o desaparecidas, o tan cambiadas que ya no parecen ser las mismas. Porque no se las reconocen, ni tan siquiera, en eso tan generoso -cuando ella quiere- que es la memoria.

La memoria… caprichosa, impredecible y veleidosa como es, solo destapa lo que a ella le viene en gana. Y cuando le viene en gana. Aunque, sí que es cierto, que a la menor provocación cede y entonces saca de la habitación de los recuerdos dormidos, esos momentos, esas situaciones, fechas y lugares, que conformaron el capítulo de tu vida que pretendes revivir.

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La Málaga de principios de los sesenta, era  -a pesar de su sencillez, y de su menor tamaño como ciudad- mucho más gratificante que esta que ahora vivimos. Una Málaga alejada de esta actual que vive en la descarnada competición del “yo más que tú”. Del “tengo más, pues valgo más”. Craso error. Tremendo e injusto error. Pasear hoy día por aquella Plaza de los Mártires de la niñez de Pepito y Alvarito, resulta un paseo desolador para el recuerdo. Llena de escaparates de tiendas cerradas a cal y canto y con esas esquelas mortuorias grafiteadas en sus cierres de aluminio. Muy muy lejos de esa viveza, de ese bullicio de saludos cordiales y de extraña parentela, que te proporcionaba el ser vecino en aquellos tiempos pasados.

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Me asomaba yo, en aquellos ya lejanos tiempos, desde mi balcón situado en el primer piso del número 17 de la Plaza; y podía quedarme horas viendo y escuchando las bandadas de miles de vencejos que volaban alrededor de la torre de la Iglesia de los Mártires.  Podía también -si giraba a la izquierda la cabeza-  ver, a la entrada de calle Andrés Pérez y situado en lo más alto del edificio, un cartel publicitario de Norit. Donde el borreguito aseguraba y juraba por tós sus muelas, que era, con diferencia, el mejor para lavar lana, seda, nylon y Tergal. ¡Indudablemente el mejor! insistía el lanudo animalico.

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Si desde ese mismo balcón mirabas hacia abajo, a tus pies, Rosalía desde su puesto de chucherías (justo enfrente de nuestro portal) vendía los chicles Bazooka, los caramelos de menta en barritas liados en papel de celofán y las pipas y los garbanzos en monodosis de cubiletes de parchís. Altramuces y “cotufas” en verano. Pasta Sara y regaliz blando.

Vayámonos para abajo. La calle era un hervidero de humildes negocios que no enriquecían a sus propietarios, pero si les permitían vivir con sencillez y honradez. Dos adjetivos que hoy, desgraciadamente, no abundan. La tienda de marcos y cuadros de casi debajo de nuestra casa, y al lado una señora que vendía huevos cuya hija (la niña de la huevera) tenía, según las habladurías, una relación con el Rey de Marruecos, o cualquier otro príncipe árabe. ¡A saber!

Iglesia de Los Martires

La panadería de nuestro otro amigo Pepito -Juani se llamaba el encargado-  y que era el que nos proporcionaba paso franco hasta el almacén y nos permitía jugar, revolcándonos sobre los sacos de harina, con el consiguiente disgusto de nuestras madres por el emborrizamiento que debíamos pagar como tributo. Pepito, el hijo del dueño de la panadería, se mudó; pues al ser alérgico a este cereal, le resultaba imposible vivir en aquella casa, donde se fabricaban las albardillas, los molletes y los violines más sabrosos que puedo yo recordar. Una quincalla, y una carpintería seguían. Un poco mas allá, una papelería de un señor con un elegante aspecto de inglés y que para complementar su distinguido porte, disponía de una preciosa Harley Davidson blanca a la entrada de su negocio.

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Llegábamos  -todo eso en apenas cien metros- a la esquina con la calle Andrés Pérez. Bar Los Claveles, donde, gracias a mi padre, por primera vez en mi vida, probé aquella ambrosía liquida llamada Coca Cola que me proporcionó el primer orgasmo gustativo de mi vida. Justo enfrente de ese bar, me enseñó mi padre nuestro primer coche un Ford negro con un absoluto look gángsteril, que además, se arrancaba con una manivela. “La Pedorreta” le llamábamos, por el peculiar ruido que hacia. Una cosa al estilo Chitty- Chitty- Bang-Bang, pero bastante más escatológico.

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La vida que se desarrollaba en aquellos tiempos –aunque pueda parecer lo contrario-no era gris. Era en colores; pero no en esos colores chillones e irreales que proporcionan hoy la televisión, las Wii, las Pleisteishons, o la posesión infinita de objetos inservibles. Todos estos, con fecha de caducidad -para la ilusión- expirada.

Eran aquellos tiempos de jugar a indios y vaqueros en el portal y en las escaleras de Mártires 17. Escondites y “Salvo la valla”; una valla que siempre salvabas con generosidad por tus compañeros -pero no nos engañemos- por ti, el primero. De jugar al “La llevas!” y a los dardos; esos mismos que le costaron el ojo a Carlitos y que le proporcionó, ya para siempre, el mote. No le impidió eso a Carlitos ser feliz. Se le notaba cuando desfilaba orgulloso y guiñotero – para envidia de todos- como corneta de la OJE por la Calle Larios.

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Adentrándonos en calle Los Mártires -que empezaba justo en nuestra casa y terminaba en Calle Compañía- llegábamos a la Plaza de San Juan de Dios. Allí, nos encontrábamos con la tienda de los Clerie, dedicada a la venta de carteras, cinturones y todo tipo de artículos de cuero. Enfrente, la tienda de ultramarinos de Victoria y Miguel. Una tienda donde se adquirían la mantequilla de Flandes a granel, las legumbres al peso o se dispensaba el aceite de oliva a través de una bomba que, imaginábamos, sacaba esta de un depósito inagotable bajo nuestros pies. En esta tienda se llevaron mis hermanos el susto de su vida al entrar en la trastienda y encontrarse un día de frente, al probo Miguel, amortajado dentro de un ataúd. Tres días sin dormir.

Cristo de los Faroles Malaga

Eran tiempos -ya podéis ver- donde la necesidad de buscarse la vida, obligaba a muchos a tener un medio de subsistencia instalando -casi en cada portal- un negocio que a la postre, les proporcionaba un beneficio vital.

Todos estos negocios, estaban especializados; ya fuera en productos, en elaboración propia o en horarios. Peros todos subsistían sin ese espíritu competitivo y demoledor, descarnado y cruel de los actuales. Ese espíritu que hoy ya se ha perdido, mas que nada, porque aquella forma de comercio tan estimulante y cercana, desgraciadamente, ha  desaparecido a manos de las grandes superficies. Tan enormes como desnaturalizadas e impersonales. Donde ya no eres un cliente amigo, tan solo un número que carece de cualquier rasgo humano. Y eso, como se comprenderá, habiéndose vivido lo que ahora estoy relatando, resulta descorazonador.

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Seguimos…

En la esquina de la Plaza de San Juan de Dios con San Telmo, estaba el  Café-Bar Los Pastores; donde todos los domingos, se compraban los tejeringos ensartados en un junco y que quemando como los propios demonios, trasladábamos a nuestra casa para el desayuno. Siempre jugando los hermanos a ver quien encontraba dentro del churro más bolillas de estaño que el aceite hirviendo derretía de la propia sartén del churrero. Hoy estaría cerrado por sanidad y consumo; aunque Mercadona los sigue vendiendo hoy día congelados, liofilizados y pasteurizados, pero sin el sabor de antaño. Y, como comprenderéis, sin junco para su traslado.

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Adentrándonos en la citada San Telmo, pasábamos por la carbonería donde se compraba el cisco y el picón para los braseros que calentaban nuestros inviernos. Aquellos que una vez dispuestos debajo de las mesas de camilla, se les arrojaba a las brasas un puñado de alhucema que perfumaba la casa extraordinariamente. ¿No os habéis dado cuenta de que en aquellos tiempos llovía y hacía más frío en invierno. Que un simple brasero o -más adelante- una estufa catalítica, proporcionaba un calor muchísimo más acogedor y hogareño que cualquier sistema de calefacción moderno?

Pasada la carbonería, el Bar La Valpeñense con sus pinchitos y su perenne olor  a cerveza Victoria derramada sobre la barra de madera; la entrada trasera de la sacristía de la Iglesia de los Mártires donde se celebraban conciertos de villancicos en Navidad, y desde la cual, Don Rafael (el sacristán) nos daba paso a la iglesia donde, con un silencio respetuoso, robábamos cera derretida de las velerías de cada capilla, o -fíjate que guarrería- bebía yo ansiosamente, y a grandes sorbos, agua bendita fresca aupado a los grandes pilones de mármol rosa donde todo el mundo metía las manos para santiguarse.

¡Lo sé! Un asco, pero seguro que tengo el cielo ganado.

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En la esquina de San Telmo, “la chorraera”, una pendiente por donde nos deslizábamos con la expresa prohibición de nuestros padres. Y por fin… La librería Denis. Un maravilloso y mágico mundo de material de papelería. El arco iris de los estuches de lápices de colores Alpino. Un mar de gomas de borrar Milán, el olor de la Tinta para recargar Parker. Plumieres de madera barnizados y carteras de buen cuero para los colegiales de la época. Si tenías suerte, te regalaban unos papeles secantes de la marca Pelikán preciosos.

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La plaza de los Mártires por el otro lado, asomaba a la Calle Mosquera; allí, al principio, se encontraba el ultramarinos de Aurelio (nombre inolvidable para los chiquillos, pues contenía las cinco vocales) donde se compraba un jamón de York solo comparable al de la cercana “Confitería La Española”. Mas adentro en Mosquera y camino de su transversal Nosquera otra carbonería proporcionaba el petróleo y las torcías para encender la lumbre, y la cola de pescado para hacer la gelatina. Pasábamos la Imprenta Urania y una tienda de material eléctrico que en Navidad, se iluminaba hasta el infinito mientras podías oír por los altavoces del comercio, el éxito del momento: “Di papá” de José Guardiola y su hija, la cursilísima e inefable Rosa Mary. Una monada de pipiola.

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Al final -y termino con esa calle- había un corralón en cuya esquina un estraperlista vendía sus productos. Allí, y a traves de un ventanuco, fui yo no pocas veces, y aterrado (en aquello tiempos se le tenía miedo al “Sacamantecas” y al “Hombre del saco”)  para comprar un pan cateto macizo, imperecedero y sabrosísimo y una deliciosa longaniza. Tan deliciosa era, que los bocadillos que mi madre preparaba a mi hermano Fernando para el colegio del Sagrado Corazón, eran trocados inmediatamente por otros de jamón serrano que llevaba un pudiente alumno que vivía en el edificio de la Equitativa y cuyo nombre guardo en secreto discretamente. ¿Porque a quien le va a interesar que dicho alumno se llamaba Jose Manuel Mesa Carpintero? Pues eso.

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Pero sobretodo, había dos momentos, que cada vez que sucedían, eran motivo de juego y jolgorio, entre los niños de toda la calle. Frente a nuestro portal, había un almacén de sanitarios llamado “Sobrinos de Julio Goux” donde, de vez en cuando, llegaban los camiones llenos de lavabos, platos de duchas y bañeras que, una vez descargados y almacenados, dejaban montañas de paja tiradas por el suelo y que nos proporcionaba a los chiquillos del barrio incontables revolcones y peleas. También  -lógico es suponerlo- unos terribles e insufribles picores y las broncas, también insufribles, de nuestras madres. Porque en aquella época, solo las madres regañaban; mientras los padres, displicentemente, ahuecaban el ala.

!!Que guapa mi madre. Si supiese la pobre de la que se está librando!!

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El otro momento era cuando por Semana Santa, se montaban los tinglaos. Barriles llenos de arena de la playa con altísimos postes hincados en ella y que sostenían los toldos donde se montaban los tronos de las cofradías. Como quiera que mi padre era el Comandante Jefe del Real Cuerpo de Bomberos de Málaga, y los operarios que montaban los tinglaos, pertenecían a dicho cuerpo, no eran pocas las veces que los bomberos (Benito Reina y los hermanos Silva) a escondidas, me subían a hombros por aquellos armazones para mi delicia y para horror de mi madre si se hubiese enterado.

tinglao

He contado todo esto, por dos motivos diferentes. El primero y principal, por el envite que, sin proponérselo, me ha dado mi amigo de la niñez Pepito Rodríguez Gámez, al que le agradezco dicho empujón y su deferencia hacia mí en el recuerdo. El otro motivo -y no menos principal- es que cuando, hablando con mi hermano Fernando de ese lugar, (donde viví hasta el 22 de Noviembre del año 1963; lo recuerdo, porque el día que me mudé de la Plaza de los Mártires, asesinaron en Dallas a Kennedy) hablando con mi hermano Fernando, decía, me he dado cuenta de que, al apoyarme en sus recuerdos más frescos que los míos, ahora vivo en una ciudad que ya no reconozco como la que fue en tiempos Málaga.

Una ciudad, de las de antes; donde los comercios bullían por todas partes. Donde todo el mundo te conocía por tu nombre. Donde todo el mundo podía aspirar a una mejor situación económica basada en su esfuerzo, en su trabajo. Un mundo y sigo, ajeno a  esta obsesión por contribuir a una supuesta buena salud, que le ha quitado el sabor a la mantequilla Lorenzana, al salchichón García-Agua. Al yogur natural de las lecherías, y al Cola Cao de toda la vida. El del negrito del África tropical..

Plaza Los M+írtirez

Un lugar aquel, donde, el producto de ese trabajo, no iba a parar a las arcas de multinacionales con sede en nosedonde; empresas que lo único que han aportado a esta vida moderna, ha sido un inútil cúmulo de objetos inservibles, que en el caso de los niños, te impiden jugar en la calle a indios y vaqueros, a saltar entre montones de paja, o como hacía mi amigo Pepito, realizar su particular vuelta al mundo en triciclo, cuando él llegaba – según me cuenta- a la Plaza de la Constitución y volvía por la calle Compañía hasta nuestra desaparecida y familiar Plaza de los Mártires de aquella inolvidable niñez.

Pero esos recuerdos, amigo Pepito, como estarás comprobando al leer esto, no estaban olvidados, solo estaban amodorrados entre los pliegues de nuestra memoria. Y me dejo atrás la Mercería Torres y aquellos bares Pombo, Casa Hijo de Matías y La Balear. Me dejo atrás la cervecería La Paloma y la cerería Casa Ojeda: Venta de velas y bujías. Los puestos de alquiler de tebeos de Calle Comedias y la Confitería Aparicio. Me dejo también la elegancia en el vestir.

establecimientos alvarez

Los Establecimientos Álvarez  con su universo de cristal. La zapatería aquella de calle Andrés Pérez con sus ninots donde el aprendiz de zapatero se ria a mandíbula batiente del martillazo que se había arreado su maestro. Goterón de sangre colgante incluido. Me dejo el Convento de Las Catalinas y los panecillos que se repartían el dia de San Martín de Porres antes de subir a casa de Tía Celia para ver una  televisión -esa sí-en blanco y negro.

catalinas

Me dejo atrás el estanco con dispensador de bolitas de caramelos y la relojería de la plaza. Me dejo en el tintero, querido amigo Pepito, muchas cosas que hicieron, si cabe, más feliz nuestra niñez.

Vuelvo a repetir- lo hago constantemente porque me encanta- la frase del Maestro Manuel Alcántara: “No fueron los mejores tiempos; pero sí los más nuestros”.

Un abrazo muy fuerte de tu amigo Alvarito. Sólo me quejo por no haber podido acompañarte a ese Cuarto Mágico de Doña Adelaida, lleno –tal y como me cuentas- de gramófonos y cajas de música, de soldaditos de plomo y muñecas de porcelana; de juguetes de hojalata. !Una verdadera pena!

Aunque de eso, ten la completa seguridad, que de eso, sí que me acordaría. !Ya lo creo que me acordaría!

Málaga. Circa 2012.

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