LA LIBRERÍA DENIS

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LA LIBRERÍA DENIS

 

“La librería Denis…Un maravilloso y mágico mundo de material de papelería. El arco iris de los estuches de lápices de colores Alpino. Un mar de gomas de borrar Milán, aromatizado con el olor de la Tinta para recargar Parker. Plumieres de madera barnizados y carteras de buen cuero para los colegiales de la época. Si tenías suerte, te regalaban unos papeles secantes de la marca Pelikán preciosos.”

Plaza de los Mártires ,17. Circa 1960
Álvaro Souvirón

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 Este texto que ahora vais a leer, le he encontrado gracias a unos generosos amigos , locos por “Sólo Fotos Antiguas de Málaga” y, gracias a ellos, me retrotraigo a uno de los palacios indestructibles de mi niñez: La Papelería Librería Denis. No voy a decir ni una sola palabra más de mi propia faltriquera; porque no hace ni pizca de falta; Porque lo que viene ahora es tan evocador, tan razonable, tan… Me callo!! He dicho que ni una sola palabra mía más!!

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UN NIÑO EN LA CASA DE LAS PALABRAS

 
(Elegía y homenaje a la Librería Denis de Málaga)
 
Por Victoriano Colodrón Denis

Yo he habitado desde que nací la casa de las palabras, la casa que sabe y que dice, que conoce y que cuenta, y en la que esperan los vocablos, pacientes pero con ganas de ver mundo, a los solitarios que van a buscarlas por estar solos de otra manera, solos… pero no aislados. La librería de mi abuelo -como todas las buenas librerías- era, sí, una casa de las palabras. Yo he pasado allí muchas tardes, de pequeño, hojeando libros, leyendo cuentos, aprendiendo a buscar entre las páginas lo que ellas tuvieran que decirme, enredado en el ensueño de creer que el mundo, con sus rimas, sus aventuras, sus explicaciones, sus historias, estaba hecho también para mí, y se parecía a ese paraíso de letra y papel, que bastaba con que un niño abriera las páginas de un libro…

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¿Qué pierde una ciudad cuando desaparece una de sus librerías? Si me hacen esta pregunta, no sé responder de una forma mejor: las librerías, las buenas librerías -como también las buenas bibliotecas- son casas de la palabra. Al facilitar el acceso al libro, es decir, a la expresión meditada del lenguaje, a la decantación verbal de sentimientos, reflexiones, fantasías y recuerdos, las librerías son manifestación concreta de una forma de civilización y al mismo tiempo poderosos agentes civilizadores: hacedoras de ciudad, sí, porque una ciudad no es sino el espacio que crece alrededor de la palabra, de la conversación. Y por eso cuando desaparece una de sus librerías, una ciudad se pierde un poco a sí misma…

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El nacimiento de una librería en una esquina cualquiera de la ciudad constituye un acontecimiento gozoso, un prodigio que viene a renovar el aire que en ella se respira, a inyectar savia fresca y un vigor desconocido -más palabras, nuevas y viejas- a su caudal lingüístico, a su afán de voces que digan, que cuenten, que canten, que expliquen y razonen. “Una ciudad respira si hay en ella espacios de la palabra”, ha escrito Michel de Certeau. De ahí que el cierre de una librería sea una auténtica catástrofe: la respiración de la ciudad -la respiración de los habitantes de la ciudad- se torna entonces más difícil, el aire parece estancarse, se pierde capacidad pulmonar…

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En enero de 2001, hace ahora trece años, cerró sus puertas la Librería Denis de Málaga, después de medio siglo de existencia. ¿Málaga sigue siendo Málaga sin la Librería Denis?, cabría preguntarse. Una cuestión absurda, dirán muchos, pero ¿no sería justo también pensar lo contrario, que la pregunta tiene mucho sentido, o sostener al menos que ahora Málaga es menos Málaga por el solo hecho de que en la esquina de Santa Lucía con el callejón de San Telmo, camino de la iglesia de los Mártires según se viene de calle Granada, a espaldas de la Plaza de la Constitución, ya no está la Librería Denis?

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Lo sabemos: las ciudades (¿como nosotros mismos?) son precisamente esta informe acumulación de cicatrices, de recuerdos que van perdiendo nitidez y densidad, de apariciones y desapariciones, muertes y nacimientos, encuentros, pérdidas, búsquedas, vertiginoso sucederse de relevos y mudanzas, ráfagas de nombres y presencias que apenas sumidas en el flujo de los días, muy poquito después, empiezan a no decirle nada a nadie… En cuanto a Málaga, Antonio Soler ha dicho alguna vez que es una ciudad olvidadiza, alegremente olvidadiza de su pasado, muy desapegada de lo que va dejando atrás, de lo que va perdiendo. Tal vez tenga razón, pero ¿no son así todas las ciudades, incluso las muy aficionadas a las placas conmemorativas y los monumentos, a marcar esquinas, pasajes y fachadas con brevísimos textos en recuerdo de lo que allí sucedió, y que pronto nada significan para los pocos que se detienen a leerlos? Así son las ciudades, querámoslo o no, igual que las mismas personas que las habitamos: olvidadizas y pasajeras… Y sin embargo…

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Aquellas largas tardes de invierno en la librería, leyendo cuentos en la sección infantil abstraídos del trajín de clientes y empleados, o huroneando por el laberinto de escaleras, tabucos, galerías, pasillos y almacenes, mirando y remirando con codicia los libros nuevos y también las cartulinas, los bolígrafos, los lápices de colores, los cuadernos…, ayudando a abrir paquetes y marcar libros o incluso atreviéndonos (¡¡¡qué vergüenza!!!) a despachar, a salir al mostrador a atender mal que bien a los compradores. Largas tardes leyendo cuentos y merendando en la librería: íbamos a La Española, la confitería de la esquina de Santa Lucía con calle Granada –otro entrañable comercio de la ciudad desaparecido- a comprar ‘bollos de leche’ y nos los comíamos en el minúsculo despacho de los abuelos, en la trastienda. Y siempre volvíamos de la librería a casa con un nuevo tesoro en nuestro poder, un sacapuntas reluciente, una libretita de hojas cuadriculadas, otro libro…

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Historia de una librería,

de un jardín,

de unas vidas admirables…

Fue en 1951 cuando Juan Denis Zambrana abrió en Málaga la Librería Denis, en el piso bajo de un hermoso edificio de la calle de Santa Lucía, pero a mí me gusta pensar que el negocio nació en realidad veinticinco años antes de su apertura, en la misma época en que Juan trabajaba de aprendiz en la imprenta de su tío Manuel. Sucedió cierto día de 1926 en que la adolescente María Dolores Zambrana Delgado, paseando con su madre por la playa de Almería, tuvo su primer encuentro, insospechado y fortuito, con quien se convertiría en su marido quince años después: una avioneta sobrevolaba el arenal esparciendo unas octavillas publicitarias que, tal y como se hacía constar en letra pequeña, se habían tirado en la Imprenta Zambrana de Málaga, y a Lola le sorprendió y le divirtió encontrar su apellido en aquellos prospectos… que había impreso precisamente el joven Denis…

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Y digo que hay que buscar ahí, en ese temprano y peculiar augurio de un encuentro posterior, el verdadero origen del nacimiento y el desarrollo de la Librería Denis, porque en ella tanta importancia tuvo Juan como su mujer, María Dolores. Si el primero volcó durante casi medio siglo gran parte de su extraordinaria energía vital –y de su perspicacia y buen juicio comercial- en el negocio de los libros, con una portentosa capacidad de trabajo que bastaría por sí sola para desmentir el rancio e indignante tópico de la holgazanería andaluza, ella no le fue a la zaga, y, sin escatimar esfuerzos, siempre compaginó su oficio de maestra nacional con el cuidado de los papeles y las cuentas de la librería. Ambos compartieron, además del amor a los libros (¿hacía falta decirlo?), la convicción de que venderlos es cuando menos un comercio especial, distinto, por su relevancia cultural y educativa, al de otros productos. Y juntos lograron hacer de la Librería Denis, durante toda la segunda mitad del siglo veinte, una de las más grandes e importantes librerías de Málaga, si no la más grande e importante. (Lo que no dejaba de tener mérito incluso en tiempos en que el panorama librero en Málaga no era precisamente muy atractivo. Así lo ha pintado siempre una antigua coplilla, no sé si popular: “Málaga, ciudad bravía, / que entre antiguas y modernas / tiene veinte mil tabernas / y una sola librería”. “Que es la mía”, añadía como estrambote el dueño de la Librería Rivas, en los años veinte: porque las demás que había eran, en realidad, más papelerías que librerías).

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Claro que para ello, para salir adelante y prosperar de esa manera en el siempre difícil negocio de la librería -tan precario, tan amenazado, tan incomprendido-, Juan Denis y María Dolores Zambrana contaron con la ayuda de otras personas. Para empezar, la del escritor Salvador González Anaya y el impresor José Domínguez Mingorance, en cuya librería, La Ibérica, aprendió Juan Denis el oficio durante los veintidós años que trabajó en ella antes de establecerse por su cuenta. Y para continuar, con la ayuda de sus muchos empleados, entre los cuales un recuento justo, por mínimo y apresurado que sea, no debería olvidar a Agustín Denis, hermano de Juan, a Salvador Domínguez, Francisco y Antonio Rivas Ortiz, Miguel Ángel Antúnez, Luis Zurita y Francisco Triviño. Pero sobre todo con la ayuda de sus hijos Pepe y Jorge, quienes aplicando siempre su sentido de la anticipación y una fina comprensión de lo que los lectores necesitaban, y a base de inteligencia, cordialidad y mucho buen humor, consiguieron ir ampliando una clientela fiel y encantada con el buen servicio que recibían (clientela especialmente nutrida en el ámbito universitario, y no sólo de Málaga, ni español), y lograron extender entre los malagueños la convicción de que allí, en la Librería Denis, se encontraba, o se conseguía, por difícil que fuera, todo lo que uno necesitara o estuviera buscando.

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Y como correlato perfecto de la librería, labor de una vida, otra creación maestra: la de la casa y el jardín, a la que Juan Denis y María Dolores Zambrana aplicaron la misma energía, la misma paciencia, el mismo coraje y tesón de auténticos pioneros: de aquellos que, casi desde la nada, son capaces de construir algo propio, grande y hermoso. Una casa rodeada de un verdadero vergel mediterráneo y tropical gracias al buen clima malagueño, pero también, y sobre todo, al mucho cariño y al trabajo infatigable: y de ahí las flores, los árboles frutales, las hierbas aromáticas, las verduras del huerto, los pájaros y los perros… Unas vidas volcadas en los libros y en la educación, en una casa y un jardín, en una gran familia… ¿Qué decir de unas vidas así, de unas vidas que con sencillez, con honradez, con trabajo, con generosidad, se dedican a crear espacios de belleza y de armonía, moradas del silencio y las palabras –una librería, una escuela, un jardín- en medio de una realidad a menudo tosca y chirriante? ¿Qué decir, sino que han sido, que son, unas vidas admirables?

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Y aquellos largos veranos de la infancia, entre la librería y ‘Las Palmeras’, en la casa de las palabras y la casa del jardín. Mañanas en la librería, en “el centro”, y tardes interminables en casa, con la compañía infalible de los cuentos, los tebeos, las novelas, que había que leer con mucho cuidado, sin abrirlos demasiado, sin estropear las hojas, para que después se pudieran vender… Lectura y aburrimiento, mucha lectura y mucho aburrimiento en el silencio y el sopor de la siesta de agosto. Y los deambuleos ociosos, las travesuras y los juegos en el jardín, haciendo cabañas en una higuera o en el algarrobo; comiendo ciruelas o higos o piñones; trasteando con las herramientas en el taller del abuelo (que además de librero y jardinero y cazador y jugador de dominó, era inventor); escondiéndonos, cuando jugábamos al escondite, en las ramas altas de un ficus o de un olivo; haciendo “peleas de mangueras” entre matas de romero y tomillo y macizos de jazmines; buscando cochinillas debajo de los bebederos de los pájaros, donde el abuelo ponía sus trampas; jugando a la pelota en la hierba, entre el níspero, el almendro y el madroño, pero con cuidado, no fuera a aparecer la viborilla que salía por ahí todos los veranos, o uno de esos camaleones repelentes…; y volviendo siempre a los libros, a los cuentos, los tebeos… Bien mirado, en aquellos veranos todo era aprender palabras, en las páginas de los libros, al leer, y también en el jardín: biznaga, alberca, heliotropo…

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Librería, lenguaje y ciudad

(y un niño leyendo un libro)

La Librería Denis: la librería donde miles de malagueños han comprado sus libros de texto, sus  novelas, sus manuales, sus cuentos, sus libros de regalo, sus poemas… ¿Qué puede hacer una librería así durante cincuenta años por la vida de una ciudad, por la felicidad de sus habitantes?, ¿cómo contribuye a la riqueza de su guardarropa sentimental, a la solidez de su armazón intelectual y moral, a la intensidad y la densidad de sus vidas? Preguntas, claro, imposibles de responder. Pero habrá que tener en cuenta que las librerías trafican con palabras, nos abastecen de lenguaje, almacenan y nos despachan, en forma de libros, nuestra propia lengua, y la lengua es nuestra morada vital, como bien supo decir un distinguido cliente de la Librería Denis, don Manuel Alvar…

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No, no se puede medir el efecto que tiene una librería en la ciudad que la acoge, ni la energía que despliega en sus calles, que transmite a sus habitantes. Desde luego, no bastan números de clientes y ventas ni cifras de negocios, porque el influjo de la librería en la ciudad es sutil, secreto, inaprensible: se produce en silencio, aunque a través de palabras, en la sensibilidad y la inteligencia de cada uno de los lectores que aprendieron, fantasearon, disfrutaron, sufrieron y crecieron con los libros que en ella encontraron alguna vez. Y es también en su sensibilidad y en su inteligencia donde la desaparición de una librería produce el daño principal.

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Porque, ¿qué se pierde cuando se cierra una librería?, ¿qué vacíos deja y en dónde? No es sólo el espacio en blanco que se abre durante unas semanas o unos meses en el lugar que ocupaba, y donde pronto la reemplaza otro negocio, otra tienda, otra oficina, sino el que se crea en la memoria de los lectores que la frecuentaron. Es cierto que sucede algo parecido cuando desaparece cualquiera de los comercios que durante muchos años hicieron suya una esquina de nuestro barrio: “De repente / la ciudad que me hizo se deshace, / excluye de su tiempo mi experiencia”, dice el protagonista de unos versos de García Montero, con esa clase particular de perplejidad que producen las mudanzas vertiginosas del propio paisaje urbano. Pero la muerte de una librería causa un daño especialmente agudo, porque lo que ella nos suministraba, lo que en ella buscábamos, no era pan, no eran zapatos, no eran camisas, tornillos, pescado, botones, aspirinas, lotería; era… el mundo entero y a nosotros mismos, así de poderosas y de esenciales son las palabras, esos minúsculos artilugios de ilusionista de apariencia inocente con lo que todo podemos hacerlo, deshacerlo y rehacerlo, una y otra vez.

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“El lenguaje es la capa de ozono del alma”, ha escrito Sven Birkerts, “y su adelgazamiento nos pone en peligro”. Las librerías, las buenas librerías, como casas de la palabra que son, como hogares del mejor lenguaje, contribuyen a preservar esa capa de ozono del alma imprescindible para la vida humana. Por eso su desaparición es siempre una triste noticia para la ciudad y sus habitantes, y por eso cuando la que se cierra es una librería que uno ha frecuentado e incluso querido, suele dejar atrás, además de un recuerdo emocionado y lleno de gratitud, el deseo de dedicarle un homenaje público y una elegía en voz baja.

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El 26 de diciembre del año 2000 entré por última vez en mi casa de las palabras, en la Librería Denis de Málaga, pocos días antes de su cierre. El libro que me llevé de allí ese día fue un ejemplar de El árbol del erizo, un libro triste, sí, porque recoge algunas de las muchas cartas que Antonio Gramsci escribió a sus hijos desde la cárcel, durante su largo cautiverio. Pero también un libro hermoso, en el que los textos del político italiano se intercalan con los relatos para niños que a él le gustaron de pequeño, y a los que se refiere en las cartas a los hijos (relatos de Tolstoi, de Dickens, de Pushkin, de Kipling). Me gusta pensar que mi último libro de la Librería Denis tiene un significado: la librería podrá cerrarse, sí, la librería desapareció, pero la infancia y la lectura siguen vivas, como siguen vivas las lecciones de vida de los abuelos, y como vivo estará siempre el latido de una historia en unas palabras, el sueño de ser un niño y leer un libro.

 Dedicado a mi abuela Lola, in memoriam, y a mi abuelo Juan, con todo mi agradecimiento y mi amor

***

Nota:  Excepto la foto en Blanco y Negro y la primera ilustración, todos las demás que están insertadas en este artículo, son de la artista Camille Engel.

JAVIER ESPINOSA. EL ÁNGEL MOLIDO

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JAVIER ESPINOSA.

EL ÁNGEL MOLIDO.

“Javier es Javier Luna, o Javier Espinosa,
o Javier el Príncipe de los poetas,
o Javier el cervatillo asustadizo de cuya mirada
cada día caía una lluvia perenne e inacabable.”

                                                                                 (José Infante.)

 

Andaba yo, hace ya bastante tiempo, detrás de elaborar una entrada dedicada al poeta y músico Javier Espinosa. Al ceramista y editor Javier Luna, al morisco diletante y al militante nacionalista Alí Yíbril. Como se le quiera llamar! de cualquier manera, pues todos  eran él. Todos, eran Javier.

Andaba yo, ya os digo, desde hace largo tiempo, detrás de hacer este proyecto que ahora estáis leyendo. Porque me parecía – y me sigue pareciendo hasta ahora mismo- que su no presencia en el Ateneo’s Alas con Secuencias de este blog, era una afrenta absurda e ilógica. Un insulto a la pretensión de este apartado que no es sino la confirmación en un nuevo medio, en unos casos, o la reivindicación en otros, del universo artístico que de una u otra manera, adornaron y acompañaron -y siguen ahí- mi vida. No tener en este blog, una entrada dedicada a Javier Espinosa, suponía la más tremenda de las injusticias. Injusticia que ahora, mea culpa, reparo dentro de mis escasas posibilidades. De mi pobre talento.

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Conocí a Javier Espinosa allá por los muy principios de los  años ochenta. Solía verlo deambular con ese aspecto triste y desvalido por las calles de la ciudad. Casi siempre guiado -a modo de lazarillo inerte e inexpresivo- por la funda de su violín. No pocos días coincidí con él en aquellas fantásticas ágoras que, espontáneamente, se celebraban en casa de mi querido amigo Salvi Laporte. Con muchísima frecuencia, cuando terminaban esas reuniones, Javier se venía conmigo en mi coche para que, desde Pedregalejo, lo acercase a la casa de sus padres donde vivía. Allá por la casi nueva Prolongación de la Alameda.

Cuando llegábamos, tampoco eran pocas las veces que yo, le quitaba el contacto al motor y callaba, deleitado, para no interrumpir la conversación de Javier. Sobre música, sobre literatura. Sobre esa quimera que tenía en la cabeza de una Andalucía imposible y autárquica. Aquel Califato Independiente inalcanzable que él deseaba.

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Alguna vez, he comentado en este sitio, que Javier nombró -en su particular entelequia- Ministro de Relaciones con el Vaticano a mi querido amigo Antonio Abril. A mi, y a través de una preciosa dedicatoria en un librito azul que me regaló, (Colección Abén Humeya, creo recordar,  o La Voz de la Serpiente; no me hagáis mucho caso.) también me daba -desde su atalaya de Javier Luna o de Alí Yibril-  credencial como embajador en Al Ándalus. No sabéis como he buscado ese librito pequeño entre los recovecos de mi biblioteca. Pero éste, por esa cualidad de escurridizo que el tamaño le procura, se empecina en no aparecer.

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Buceando por la red, he encontrado una preciosa descripción de Javier Espinosa que no me resisto a insertar. Porque lo clava. Y -cómo cito autoría-  pues eso, voy, me atrevo y lo pongo. Después, y como es natural, viene una breve muestra del Javier poeta; una somera selección de su libro “Entre el Tigris y el Eúfrates” que, tan amablemente, me ha cedido temporalmente el otro Poeta: mi querido amigo Juan Miguel González del Pino.

Esta, es la descripción escrita por Cristóbal Carrasco Bermudo. Licenciado en Filología Hispánica, poeta y escritor, nacido, como Javier, en la villa de Campillos (Málaga).

A Alí Yibril (Javier Espinosa),

Poeta y Príncipe de la Luna.

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“Aquel que cruza la calle, vestido de lino blanco como visten los latinos, y que lleva una bolsa con un cartón de vino tinto en una mano y la funda de un violín en la otra; aquel hombre de no más de cincuenta años, moreno, pelo corto, de estatura mediana, que se va acercando algo corvado y haciendo eses como si fuera borracho; aquel que le dicen que se parece a un ángel pero molido por el peso de las alas, que le dicen que está loco porque se desnuda en el andén de las costumbres, que le dicen que no es de este mundo porque tiene los ojos siempre llorosos y también porque parece como si te hablara en versos tristes y termina uno llorando con él todas las desgracias del ser humano.

 2

Aquel que abre el cartón de vino y ofrece un trago a un vagabundo que siempre está en la plaza, y que luego mira el baile de las palomas para hacer tiempo y presentarse ante el paraíso con un poco de heroína mal cortada… aquel príncipe desgarrado de los paraísos celestiales y terrenales, que ya pasea con los andares de un velatorio y grita a veces la premonición del fin del mundo, y que se siente príncipe al clamar un trozo de felicidad al kiosquero de la esquina, y que se siente poeta entre novísimos presumidos, y que se siente niño a la vera de los políticos.

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Aquel que describe en su violín la sinfonía de los árabes, y mancha el cielo de una música parecida a los cantos de los gatos bajo la luz de la luna… Aquel que baila sobre las cenizas de una civilización perdida y clama al reino de los califas su triunfo sobre la faz de la tierra… Aquel, te digo, que lo ve todo en claro, pero nada importa, es quien abraza la espada y desenfunda el corazón por todos y por nadie… “

Estos son algunos de los…

POEMAS

DE JAVIER ESPINOSA

  “Sólo me ciñen
los brazos de tu ausencia.”                                  
 
 

#01

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Tengo cuarenta años y pocos dientes,
mas alguna noche
glorioso paseo por los jardines,
con la sonrisa de un pájaro en la boca,
como Jesús del brazo de Juan, como un novio,
y murmuran aquellos que te acusan…,
con el dedo te apuñalan, con los ojos,
si supieran…
Por la mañana levanto mis ruinas
mientras la luz silenciosa me saluda
con el dedo en la boca, susurrando
me dice: cállate,
nadie sepa nuestro blanco secreto.

# 02

fhhe

Sólo en la palabra mora quien amo.
¿Dónde podría encontrarte sino en ti?
Verbo de la vida
escondido tras la apariencia fugaz
de las criaturas.
Míralas, recónditas, surgir
del vientre de la tierra,
repitiendo, así las olas,
la eterna llegada de la vida y la muerte,
un paso inalterable;
sucediéndose incesantes,
gangrenas y caricias, puñaladas y besos.
Rostros amados, rostros perdidos,
que dejan una huella sangrienta
en nuestro pecho.
Sólo la palabra, ¿y lo demás? No existe.

# 03

ghhf

Pues sólo tu amor quiero,
por él me humillo
y me reduzco.
Así empezaré a perderte.
Así te enseñaré
lo que es amar,
a ti, que nada sabes de esa muerte.

 # 04

srter

Cuando nací
el aire me asfixió
y enrojecí de ira.
¡Qué cauterio de soles!
Qué caudal
trepanando por mis ramas
cicatrizaba heridas.
Después vi palomas
agitando sus alas
en un cielo azul
y vi el mar.
Me atraían
rumores de veleros
en luminosas aguas.
Me llamaban.
No dudé,
la amada y temible
condición humana
de nuevo me vestía.

 # 05

zdfhth

Susurra la reina Freddy:
el espectáculo debe continuar,
pero ¿ha comenzado? Nos besa,
nos acaricia, con el último pétalo
que queda en su cuerpo, la voz.

¡Ah! En verdad nos enamora
cuando nos dice que se va,
se va para siempre.
Más ya no habrá amantes
ni amigos generosos
que abran en sus ojos paraísos,
ni fuentes refrescantes en sus poros,
ni ofrecerán como prado su piel y sus mejillas.

El espectáculo debe continuar,
nos canta, triste,
aquel para quien fue dulce la vida,
que se va, se va para siempre.

 # 06

zfhh

Es amargo

el amor de Lucifer

como la flor del sueño

mas si conoces

sus besos de hielo

sus glaciales labios

de púrpura letal

oirás el canto

del pájaro serpiente

que lleva el corazón

de aquel quien es

señor del fuego.

 # 07

dghh

No pudo Dios evitar

que yo te amase.

Más puso entre nosotros

la distancia,

desde el infierno al cielo.

La recorrí cien veces.

Un cansancio de siglos

duerme en mis ojos.

Y puso Dios mi amor

Junto a su olvido.

 # 08

rhgergh

A veces los milagros se cumplen:

he llegado a cumplir cuarenta y un años.

Como premio he recibido

una camisa de vivos colores,

una vara de nardos

la música divina de Bach

y un chapuzón en el mar.

¿Suficiente?, acaso excesivo salario

para quien ha renunciado al trabajo.

…///…

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