TEJERINGOS

 

TEJERINGOS

Hablaba yo ayer con mi barbero-peluquero, sobre la oportunidad de su negocio y acerca de esa circunstancia que se repite cada cierto tiempo: la vuelta de las modas y de los comercios de antaño.

Maneras y costumbres que  se consideraban perdidas en el uso, pero no en la memoria, y que se recuperan por el atisbo de aceptación (o los estudios de mercado) de una nueva generación que no conoce lo que se pretende poner de nuevo en boga. En la ropa y complementos hay evidente ejemplos: los pantalones de pitillo y/o acampanados, los zapatos de plataformas, los bolsos para hombres (vulgo mariconeras) los vinilos, el pelo largo, las barbas, el abundante pelo sobaquero… Y en las comidas, los dos ejemplos más claros, le decía yo que era: El Salchichón García-Agua y los tejeringos.

Y a los tejeringos me voy a referir, porque el García-Agua, como que ya no sabe como antes.

Los tejeringos: Esa deliciosa masa de harina y agua frita con la peculiaridad de presentarse en enormes lazos que, antes, se ensartaban con un junco para facilitar su transporte. Me gustan mucho las churrerías típicas; mi favorita siempre fue “La Cacería” en la calle de noble nombre de Blas de Lezo. No me gustan la nueva hornada de churrerías franquiciadas (están ricos, no lo negaremos) donde la denominación de “Bar de Churros” de toda la vida se ha sustituido, con una pretendida sofisticación,  por un nombre leído al revés y con un inapropiado apostrofe o genitivo sajón que le da un toque de modernidad que no le pega nada.

–– “Tráigame Ud. si es tan amable –le digo a la enlutada señorita– cuatro Tejeringo’s que estén cruditos. Un Coffee mitad descafeinado de máquina. Con sacarina, por favor. Un sobrecito de azúcar para mojar los Tejeringo’s. Un vasito de agua fría y la cuenta que tengo que salir pitando.”

–– ¿Árgo már?

––  Un vasito de gazpacho, le digo para hacerme el simpático.

Pone cara de tener un garbanzo debajo del labio superior la chochotriste y se va como diciendo… “Ya ha llegado el gordo que se cree gracioso”.

El Coffee llega a los 20 minutos. El agua te la tienes que servir tú dentro del local en una máquina que hay y, además, en  vaso de plástico. La sacarina se le olvida, los Tejeringo’s está esperando, dentro de la lava hirviente, a que se te enfríe el Coffee para traértelos;  y la cuenta, la pagas dentro esperando cola, con un tiquet lleno de logaritmos neperianos que solo entiende un lector de código de barras y Stephen Hawking cuando está despabilado.

Yo , prefiero al camarero de camisa blanca con la sacarina en el bolsillo de la camisa para paliar el improbable olvido. Que te diga:

Entonces….cuatroshurritosblanquitosmitaddobledescafeinadodemáquinayvasitodeaguadelAaiúnfresquita. Oramismo!!!

Y en un segundo, tienes un vaso de agua helada a tu disposición para ir templando el paladar para lo que se avecina.

En fin, a lo que vamos: Esto que vais a leer, es un texto escrito por José María Ocaña, Antonio Arrebola Padilla y Gonzalo León.  Y publicado por “Málaga en el corazón”. Un estupendo y detallado estudio de lo que es el característico mundo tejeringuero en la ciudad de Málaga.

Disfrutadlo

Málaga y sus tradiciones: EL ORIGEN DEL TEJERINGO MALAGUEÑO
“Que recuerdos, de niños, cuando comprábamos los domingos por la mañana las ruedas de tejeringos, al churrero del barrio, y lo llevábamos a la casa enganchado en el junco”.
Si repasamos varios diccionarios, podremos observar que la mayoría de ellos definen los siguientes vocablos: ‘tejeringo’, ‘jeringo’, ‘calentito’, ‘cohombro’, ‘churro’, ‘fruta de sartén’, ‘mandungo’, ‘porra’ y ‘tallo’ como «masa de harina parecida a la de los buñuelos, a la que se da una forma alargada con un aparato especial y se fríe en aceite. Es típico de algunas regiones españolas, donde se toma acompañando al café o chocolate del desayuno o de la merienda». El vocablo ‘tejeringo‘ presenta una etimología sumamente curiosa y hace referencia al instrumento con que se fabrica. Así pues, su constitución se debe a la suma de ‘te‘ y ‘jeringo‘, especie de jeringa, por donde se echa la masa a la sartén. Antonio Alcalá Venceslada, en su ya clásico ‘Vocabulario andaluz’, identifica la palabra ‘jeringa’ como sinónima de ‘tejeringo’, ‘churro’, ‘tallo’ o ‘cohombro’.


Según algunos destacados críticos, el origen del vocablo ‘tejeringo’ se encuentra en Málaga y Cádiz. Nació, al parecer, del pregón de algún expendedor que, mientras sudaba ante la sartén de aceite hirviendo, se dirigía a su clientela femenina, nerviosa y apremiada de tiempo, con la siguiente expresión, no exenta, quizás, de segunda intención:
-Niña, ¿no te jeringo?
El vocablo ‘tejeringo‘ es netamente patrimonial de la provincia malagueña y ello ha motivado los siguientes versos del poeta malacitano Barrionuevo Moncayo: «El tejeringo era una / cosa en forma de aro; / masa frita con aceite / de oliva, sin mezcla alguna / que no costaba muy cara / y comerlo era un deleite. / Era parte del tipismo / en lo que se distinguió / el autóctono malagueño; / hoy, por puro esnobismo, / su antiguo nombre cambió / por churro, que es madrileño».
Para el eminente arabista García Gómez, la típica masa de harina frita en aceite, antecedente del ‘tejeringo’ o del ‘buñuelo’, hunde sus raíces en la civilización griega y romana, con la consiguiente confirmación árabe, que desarrolló su consumo en la mayor parte de Andalucía, con preferencia en las provincias malagueña y gaditana.
Los tejeringos es la forma más tradicional y artesanal de hacer churros, es una variedad de churro de elaboración más compleja. Es más común cocinar churros o porra o churros madrileños, porque el sistema está mecanizado, lo que facilita mucho el proceso. El tejeringo es diferente hay que dibujarlo a mano, uno por uno y se tarda tiempo en aprender a hacerlos. La masa de los churros se puede congelar, a diferencia de la masa del tejeringo que no se puede ni reservar ni refrigerar, el tejeringo es un producto 100% fresco. Se elabora la masa en pocas cantidades para que se use al instante y no sobre nada, al menos así es como debe hacerse.


Realmente la receta es muy simple: harina, agua, sal y bicarbonato pero tiene otros factores como temperatura y tiempo.
En Málaga donde hay muchas churrerías, hemos conseguido acunar un ejemplar único: el tejeringo. Pero a día de hoy la ciudad está contemplando cómo cada vez son más los negocios que compiten por poner los churros modernos en sus cafeterías.
En Málaga se venden tres tipos de churros. A saber: Churro, tejeringo y churro madrileño. Por churro a secas se entiende el tradicional. El del palo largo. En el churro clásico hay lugares clave. Casa Aranda: Lugar típico y tópico del centro. Ahí se va sí o sí. Sillas pequeñas. Apreturas y calor. Pero merece la pena. Hay días que están más huecos que otros pero son perfectos. El Sauce: En Echevarría del Palo. Un clásico de la zona este. Coche mal aparcado en doble fila y un ojo puesto en el coche y el otro en la taza. Le acompaña en El Palo la cafetería Migui con churros perfectos y sin aceite en demasía. Y en otra dirección está Oña: El del Civil. Un sitio clave. Un lugar único. A Oña hay que ir alguna vez. Ya sea porque esperas el traslado del Cautivo o porque vienes de ver a alguien del hospital. Pero su churro es perfecto. En bandeja clásica de metal y crujiente.


Pero tenemos los churros madrileños. –Mis preferidos (Gonzalo León)- y ahí hay un mano a mano. Nunca se sabe quién gana pero lo único claro es que si son congelados se nota. Doy dos lugares del centro típicos, tópicos y claves: Café Central y Café Madrid. Ambos pueden hacer lo que quieran. Obras, carteles modernos en las paredes u ofrecer paellas congeladas pero a las once allí debe oler a churros. Perfectamente fritos. Amarillo dorado. Secos de aceite. Y crujientes a la par de cremosos. La ración debe traer cinco. -Si trae menos se lo ha comido su hijo el gordo en un despiste de usted-.
Y por último tenemos el tejeringo. La piedra angular de todo. El ying y el yang de la masa frita malacitana. Un espécimen de origen local que ahora parece haber resurgido pero que nunca dejó de existir. El tejeringo es redondo. En unidades autónomas con textura lista y con mayor dureza y resistencia al mordisco. Pero más bueno que el churro. Más tierno y jugoso. Te puedes comer cinco churros o cinco madrileños pero con cinco tejeringos se te ponen los tobillos como dos colectores de EMASA. -Emasa de churros-.


Para disfrutar de Tejeringos hay que salir del centro. Y tienes una de sus catedrales en el barrio de la Victoria. A la altura de calle Cristo. En El Caracol. Desde su pequeña ventana ya ves el trasteo del aceite y el humo salir. Y entras y se te empañan hasta las gafas. Pero es de vapor del bueno. Es lugar de culto para el victoriano y se hace imposible no parar encima de la acera –viendo cómo aparco hagan cuentas de la cantidad de multas que me ponen (Gonzalo León)- y llevarse en un papel media docena para degustar en el hogar.
Ahí solamente van unos sitios básicos. El ABC de los churros en Málaga. Es evidente que hay más. Pero con esos vas sobrado. Y no lo olviden. No caigan en la tentación de las porquerías. Que los churros no llevan chocolate por fuera. Ni se rellenan de nada. Que no llevan salsas. Ni dulce de leche ni guarrerías de ningún tipo. A lo sumo se abre un sobrecito de azúcar y se echa en un platito para que mojen los infantes o la abuela. No vayan a las franquicias. Pidan que le retiren el plato si nota que son congelados. Comer churros que han estado a menos treinta grados en la ciudad de Málaga es una falta de respeto.


Coman churros. No cuestionen su precio. Y disfruten del momento sublime de envolver un lado con una servilletita para comenzar el homenaje. Compren para lleva a sus casas –y dejen la bolsa abierta que si no se empapan del vapor- y aparezcan en su hogar con el papelón un domingo por la mañana. Sus hijos lo querrán más. Su pareja también. Y si vive en soledad mírese al espejo con el tejeringo y verá qué bien le sienta.
Málaga es lugar de masa frita. De hambrientas y buñuelos. Y no de churros falsos ni panes con mijillas que parece que estás comiendo alpiste.
Disfruten de esta tierra y cómansela. Que le tiren la bandeja de aluminio rayada una y mil veces y aún escuche el gorgoteo de la fritura en sus últimos compases. Pida chocolate Santa María. Y salga del banquete con ganas de ser trasladado en carretilla. Pero cuidado. Hay que acabar siempre con el vasito de agua. En vaso de duralex. Con el agua rozando el límite de la temperatura de los purgantes. Y bébasela del tirón. Ahí acaba el proceso. Ahí acaba el disfrute y comienza la aventura. Pero habrás desayunado o merendado en condiciones. Y con cosas de tu tierra.

Autores: José María Ocaña, Antonio Arrebola Padilla y Gonzalo León.

 Publicado: por “Málaga en el corazón”

 

 

 

PLAZA DE LOS MÁRTIRES, 17 (Circa 1960)

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Plaza de los mártires, 17

(Circa 1960)

Dedicado a mi amigo de la infancia Pepito Rodríguez Gámez. Por haberme regalado un cálido y evocador viaje de ida y vuelta a mí, cada vez más distante, niñez.  Y a mi hermano Fernando, mi más querida y última referencia de aquellos tiempos.

 “Nos quitaron los percheles,

las tabernas, los tranvías,

las comadres barberías,

el Norit de los carteles.

 

Huérfanos van los pinrreles

de Segarras  y Chaparros,

confinados los cigarros

y sin porrones la sed.

!Ay! Plaza de la Merced,

y tú sin un motocarro.”

(Juan Miguel González, Poeta y Amigo)

 

Recibo, inesperadamente, una solicitud de amistad en mi muro de Facebook. José Rodríguez Gámez, quiere ser tu amigo, dice esta lacónicamente. Como tantas otras veces -y por ignorar quien es el solicitador- mi primer impulso es renunciar a la  propuesta de un completo desconocido. Ignorarlo pues y… ¡Santas Pascuas!

Pero ese sexto sentido que se dice poseemos, me sugiere y al pronto me obliga, a aceptarlo como amigo virtual. No sé porqué, le verdad te digo, pero lo hago. Poco después recibo un mensaje de la esposa de este donde me pregunta si yo soy (aporta datos precisos y concisos) el mismo del que su marido -y esto me resulta muy halagador- guarda un grato recuerdo de cuando éramos amigos y tan sólo unos niños que apenas habían empezado a vivir en aquella Málaga ya muy lejana. Circa 1960.

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Me remite incluso una foto donde aparecemos los dos acompañados de su hermano mayor: Paco. Y otra, donde estamos los dos, en compañía de mi hermano Fernando en la playa.

Tres amigos en la Playa

La simple contemplación de dichas fotos, me trasladan a un tiempo, que ahora, y con la inestimable ayuda de mí hermano Fernando (que me sirve de guía por la remembranza) paso a detallar:

Nací a mediados del siglo pasado. Soy pues de la hornada del 55; del reemplazo 73/4º según el calendario castrense que Alá confunda y maldiga. Dieciséis años después de finalizar la guerra civil española, los tiempos, eran aún duros; pero no tanto como los que llevaron de serie la generación de mis hermanos mayores y, mucho más, la de mis padres. Yo, cogí la cola del huracán Franco y apenas si me dí cuenta en mi niñez.

Sin embargo, esos tiempos de carencias materiales, estaban compensados por unas circunstancias afectivas -aun estaba la familia al completo y unida-  por poder disponer de cosas que hoy desafortunadamente están, o desaparecidas, o tan cambiadas que ya no parecen ser las mismas. Porque no se las reconocen, ni tan siquiera, en eso tan generoso -cuando ella quiere- que es la memoria.

La memoria… caprichosa, impredecible y veleidosa como es, solo destapa lo que a ella le viene en gana. Y cuando le viene en gana. Aunque, sí que es cierto, que a la menor provocación cede y entonces saca de la habitación de los recuerdos dormidos, esos momentos, esas situaciones, fechas y lugares, que conformaron el capítulo de tu vida que pretendes revivir.

Pepito 1

La Málaga de principios de los sesenta, era  -a pesar de su sencillez, y de su menor tamaño como ciudad- mucho más gratificante que esta que ahora vivimos. Una Málaga alejada de esta actual que vive en la descarnada competición del “yo más que tú”. Del “tengo más, pues valgo más”. Craso error. Tremendo e injusto error. Pasear hoy día por aquella Plaza de los Mártires de la niñez de Pepito y Alvarito, resulta un paseo desolador para el recuerdo. Llena de escaparates de tiendas cerradas a cal y canto y con esas esquelas mortuorias grafiteadas en sus cierres de aluminio. Muy muy lejos de esa viveza, de ese bullicio de saludos cordiales y de extraña parentela, que te proporcionaba el ser vecino en aquellos tiempos pasados.

Iglesia Los M+írtirez

Me asomaba yo, en aquellos ya lejanos tiempos, desde mi balcón situado en el primer piso del número 17 de la Plaza; y podía quedarme horas viendo y escuchando las bandadas de miles de vencejos que volaban alrededor de la torre de la Iglesia de los Mártires.  Podía también -si giraba a la izquierda la cabeza-  ver, a la entrada de calle Andrés Pérez y situado en lo más alto del edificio, un cartel publicitario de Norit. Donde el borreguito aseguraba y juraba por tós sus muelas, que era, con diferencia, el mejor para lavar lana, seda, nylon y Tergal. ¡Indudablemente el mejor! insistía el lanudo animalico.

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Si desde ese mismo balcón mirabas hacia abajo, a tus pies, Rosalía desde su puesto de chucherías (justo enfrente de nuestro portal) vendía los chicles Bazooka, los caramelos de menta en barritas liados en papel de celofán y las pipas y los garbanzos en monodosis de cubiletes de parchís. Altramuces y “cotufas” en verano. Pasta Sara y regaliz blando.

Vayámonos para abajo. La calle era un hervidero de humildes negocios que no enriquecían a sus propietarios, pero si les permitían vivir con sencillez y honradez. Dos adjetivos que hoy, desgraciadamente, no abundan. La tienda de marcos y cuadros de casi debajo de nuestra casa, y al lado una señora que vendía huevos cuya hija (la niña de la huevera) tenía, según las habladurías, una relación con el Rey de Marruecos, o cualquier otro príncipe árabe. ¡A saber!

Iglesia de Los Martires

La panadería de nuestro otro amigo Pepito -Juani se llamaba el encargado-  y que era el que nos proporcionaba paso franco hasta el almacén y nos permitía jugar, revolcándonos sobre los sacos de harina, con el consiguiente disgusto de nuestras madres por el emborrizamiento que debíamos pagar como tributo. Pepito, el hijo del dueño de la panadería, se mudó; pues al ser alérgico a este cereal, le resultaba imposible vivir en aquella casa, donde se fabricaban las albardillas, los molletes y los violines más sabrosos que puedo yo recordar. Una quincalla, y una carpintería seguían. Un poco mas allá, una papelería de un señor con un elegante aspecto de inglés y que para complementar su distinguido porte, disponía de una preciosa Harley Davidson blanca a la entrada de su negocio.

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Llegábamos  -todo eso en apenas cien metros- a la esquina con la calle Andrés Pérez. Bar Los Claveles, donde, gracias a mi padre, por primera vez en mi vida, probé aquella ambrosía liquida llamada Coca Cola que me proporcionó el primer orgasmo gustativo de mi vida. Justo enfrente de ese bar, me enseñó mi padre nuestro primer coche un Ford negro con un absoluto look gángsteril, que además, se arrancaba con una manivela. “La Pedorreta” le llamábamos, por el peculiar ruido que hacia. Una cosa al estilo Chitty- Chitty- Bang-Bang, pero bastante más escatológico.

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La vida que se desarrollaba en aquellos tiempos –aunque pueda parecer lo contrario-no era gris. Era en colores; pero no en esos colores chillones e irreales que proporcionan hoy la televisión, las Wii, las Pleisteishons, o la posesión infinita de objetos inservibles. Todos estos, con fecha de caducidad -para la ilusión- expirada.

Eran aquellos tiempos de jugar a indios y vaqueros en el portal y en las escaleras de Mártires 17. Escondites y “Salvo la valla”; una valla que siempre salvabas con generosidad por tus compañeros -pero no nos engañemos- por ti, el primero. De jugar al “La llevas!” y a los dardos; esos mismos que le costaron el ojo a Carlitos y que le proporcionó, ya para siempre, el mote. No le impidió eso a Carlitos ser feliz. Se le notaba cuando desfilaba orgulloso y guiñotero – para envidia de todos- como corneta de la OJE por la Calle Larios.

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Adentrándonos en calle Los Mártires -que empezaba justo en nuestra casa y terminaba en Calle Compañía- llegábamos a la Plaza de San Juan de Dios. Allí, nos encontrábamos con la tienda de los Clerie, dedicada a la venta de carteras, cinturones y todo tipo de artículos de cuero. Enfrente, la tienda de ultramarinos de Victoria y Miguel. Una tienda donde se adquirían la mantequilla de Flandes a granel, las legumbres al peso o se dispensaba el aceite de oliva a través de una bomba que, imaginábamos, sacaba esta de un depósito inagotable bajo nuestros pies. En esta tienda se llevaron mis hermanos el susto de su vida al entrar en la trastienda y encontrarse un día de frente, al probo Miguel, amortajado dentro de un ataúd. Tres días sin dormir.

Cristo de los Faroles Malaga

Eran tiempos -ya podéis ver- donde la necesidad de buscarse la vida, obligaba a muchos a tener un medio de subsistencia instalando -casi en cada portal- un negocio que a la postre, les proporcionaba un beneficio vital.

Todos estos negocios, estaban especializados; ya fuera en productos, en elaboración propia o en horarios. Peros todos subsistían sin ese espíritu competitivo y demoledor, descarnado y cruel de los actuales. Ese espíritu que hoy ya se ha perdido, mas que nada, porque aquella forma de comercio tan estimulante y cercana, desgraciadamente, ha  desaparecido a manos de las grandes superficies. Tan enormes como desnaturalizadas e impersonales. Donde ya no eres un cliente amigo, tan solo un número que carece de cualquier rasgo humano. Y eso, como se comprenderá, habiéndose vivido lo que ahora estoy relatando, resulta descorazonador.

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Seguimos…

En la esquina de la Plaza de San Juan de Dios con San Telmo, estaba el  Café-Bar Los Pastores; donde todos los domingos, se compraban los tejeringos ensartados en un junco y que quemando como los propios demonios, trasladábamos a nuestra casa para el desayuno. Siempre jugando los hermanos a ver quien encontraba dentro del churro más bolillas de estaño que el aceite hirviendo derretía de la propia sartén del churrero. Hoy estaría cerrado por sanidad y consumo; aunque Mercadona los sigue vendiendo hoy día congelados, liofilizados y pasteurizados, pero sin el sabor de antaño. Y, como comprenderéis, sin junco para su traslado.

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Adentrándonos en la citada San Telmo, pasábamos por la carbonería donde se compraba el cisco y el picón para los braseros que calentaban nuestros inviernos. Aquellos que una vez dispuestos debajo de las mesas de camilla, se les arrojaba a las brasas un puñado de alhucema que perfumaba la casa extraordinariamente. ¿No os habéis dado cuenta de que en aquellos tiempos llovía y hacía más frío en invierno. Que un simple brasero o -más adelante- una estufa catalítica, proporcionaba un calor muchísimo más acogedor y hogareño que cualquier sistema de calefacción moderno?

Pasada la carbonería, el Bar La Valpeñense con sus pinchitos y su perenne olor  a cerveza Victoria derramada sobre la barra de madera; la entrada trasera de la sacristía de la Iglesia de los Mártires donde se celebraban conciertos de villancicos en Navidad, y desde la cual, Don Rafael (el sacristán) nos daba paso a la iglesia donde, con un silencio respetuoso, robábamos cera derretida de las velerías de cada capilla, o -fíjate que guarrería- bebía yo ansiosamente, y a grandes sorbos, agua bendita fresca aupado a los grandes pilones de mármol rosa donde todo el mundo metía las manos para santiguarse.

¡Lo sé! Un asco, pero seguro que tengo el cielo ganado.

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En la esquina de San Telmo, “la chorraera”, una pendiente por donde nos deslizábamos con la expresa prohibición de nuestros padres. Y por fin… La librería Denis. Un maravilloso y mágico mundo de material de papelería. El arco iris de los estuches de lápices de colores Alpino. Un mar de gomas de borrar Milán, el olor de la Tinta para recargar Parker. Plumieres de madera barnizados y carteras de buen cuero para los colegiales de la época. Si tenías suerte, te regalaban unos papeles secantes de la marca Pelikán preciosos.

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La plaza de los Mártires por el otro lado, asomaba a la Calle Mosquera; allí, al principio, se encontraba el ultramarinos de Aurelio (nombre inolvidable para los chiquillos, pues contenía las cinco vocales) donde se compraba un jamón de York solo comparable al de la cercana “Confitería La Española”. Mas adentro en Mosquera y camino de su transversal Nosquera otra carbonería proporcionaba el petróleo y las torcías para encender la lumbre, y la cola de pescado para hacer la gelatina. Pasábamos la Imprenta Urania y una tienda de material eléctrico que en Navidad, se iluminaba hasta el infinito mientras podías oír por los altavoces del comercio, el éxito del momento: “Di papá” de José Guardiola y su hija, la cursilísima e inefable Rosa Mary. Una monada de pipiola.

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Al final -y termino con esa calle- había un corralón en cuya esquina un estraperlista vendía sus productos. Allí, y a traves de un ventanuco, fui yo no pocas veces, y aterrado (en aquello tiempos se le tenía miedo al “Sacamantecas” y al “Hombre del saco”)  para comprar un pan cateto macizo, imperecedero y sabrosísimo y una deliciosa longaniza. Tan deliciosa era, que los bocadillos que mi madre preparaba a mi hermano Fernando para el colegio del Sagrado Corazón, eran trocados inmediatamente por otros de jamón serrano que llevaba un pudiente alumno que vivía en el edificio de la Equitativa y cuyo nombre guardo en secreto discretamente. ¿Porque a quien le va a interesar que dicho alumno se llamaba Jose Manuel Mesa Carpintero? Pues eso.

Calle Los M+írtires

Pero sobretodo, había dos momentos, que cada vez que sucedían, eran motivo de juego y jolgorio, entre los niños de toda la calle. Frente a nuestro portal, había un almacén de sanitarios llamado “Sobrinos de Julio Goux” donde, de vez en cuando, llegaban los camiones llenos de lavabos, platos de duchas y bañeras que, una vez descargados y almacenados, dejaban montañas de paja tiradas por el suelo y que nos proporcionaba a los chiquillos del barrio incontables revolcones y peleas. También  -lógico es suponerlo- unos terribles e insufribles picores y las broncas, también insufribles, de nuestras madres. Porque en aquella época, solo las madres regañaban; mientras los padres, displicentemente, ahuecaban el ala.

!!Que guapa mi madre. Si supiese la pobre de la que se está librando!!

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El otro momento era cuando por Semana Santa, se montaban los tinglaos. Barriles llenos de arena de la playa con altísimos postes hincados en ella y que sostenían los toldos donde se montaban los tronos de las cofradías. Como quiera que mi padre era el Comandante Jefe del Real Cuerpo de Bomberos de Málaga, y los operarios que montaban los tinglaos, pertenecían a dicho cuerpo, no eran pocas las veces que los bomberos (Benito Reina y los hermanos Silva) a escondidas, me subían a hombros por aquellos armazones para mi delicia y para horror de mi madre si se hubiese enterado.

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He contado todo esto, por dos motivos diferentes. El primero y principal, por el envite que, sin proponérselo, me ha dado mi amigo de la niñez Pepito Rodríguez Gámez, al que le agradezco dicho empujón y su deferencia hacia mí en el recuerdo. El otro motivo -y no menos principal- es que cuando, hablando con mi hermano Fernando de ese lugar, (donde viví hasta el 22 de Noviembre del año 1963; lo recuerdo, porque el día que me mudé de la Plaza de los Mártires, asesinaron en Dallas a Kennedy) hablando con mi hermano Fernando, decía, me he dado cuenta de que, al apoyarme en sus recuerdos más frescos que los míos, ahora vivo en una ciudad que ya no reconozco como la que fue en tiempos Málaga.

Una ciudad, de las de antes; donde los comercios bullían por todas partes. Donde todo el mundo te conocía por tu nombre. Donde todo el mundo podía aspirar a una mejor situación económica basada en su esfuerzo, en su trabajo. Un mundo y sigo, ajeno a  esta obsesión por contribuir a una supuesta buena salud, que le ha quitado el sabor a la mantequilla Lorenzana, al salchichón García-Agua. Al yogur natural de las lecherías, y al Cola Cao de toda la vida. El del negrito del África tropical..

Plaza Los M+írtirez

Un lugar aquel, donde, el producto de ese trabajo, no iba a parar a las arcas de multinacionales con sede en nosedonde; empresas que lo único que han aportado a esta vida moderna, ha sido un inútil cúmulo de objetos inservibles, que en el caso de los niños, te impiden jugar en la calle a indios y vaqueros, a saltar entre montones de paja, o como hacía mi amigo Pepito, realizar su particular vuelta al mundo en triciclo, cuando él llegaba – según me cuenta- a la Plaza de la Constitución y volvía por la calle Compañía hasta nuestra desaparecida y familiar Plaza de los Mártires de aquella inolvidable niñez.

Pero esos recuerdos, amigo Pepito, como estarás comprobando al leer esto, no estaban olvidados, solo estaban amodorrados entre los pliegues de nuestra memoria. Y me dejo atrás la Mercería Torres y aquellos bares Pombo, Casa Hijo de Matías y La Balear. Me dejo atrás la cervecería La Paloma y la cerería Casa Ojeda: Venta de velas y bujías. Los puestos de alquiler de tebeos de Calle Comedias y la Confitería Aparicio. Me dejo también la elegancia en el vestir.

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Los Establecimientos Álvarez  con su universo de cristal. La zapatería aquella de calle Andrés Pérez con sus ninots donde el aprendiz de zapatero se ria a mandíbula batiente del martillazo que se había arreado su maestro. Goterón de sangre colgante incluido. Me dejo el Convento de Las Catalinas y los panecillos que se repartían el dia de San Martín de Porres antes de subir a casa de Tía Celia para ver una  televisión -esa sí-en blanco y negro.

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Me dejo atrás el estanco con dispensador de bolitas de caramelos y la relojería de la plaza. Me dejo en el tintero, querido amigo Pepito, muchas cosas que hicieron, si cabe, más feliz nuestra niñez.

Vuelvo a repetir- lo hago constantemente porque me encanta- la frase del Maestro Manuel Alcántara: “No fueron los mejores tiempos; pero sí los más nuestros”.

Un abrazo muy fuerte de tu amigo Alvarito. Sólo me quejo por no haber podido acompañarte a ese Cuarto Mágico de Doña Adelaida, lleno –tal y como me cuentas- de gramófonos y cajas de música, de soldaditos de plomo y muñecas de porcelana; de juguetes de hojalata. !Una verdadera pena!

Aunque de eso, ten la completa seguridad, que de eso, sí que me acordaría. !Ya lo creo que me acordaría!

Málaga. Circa 2012.

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