LA CASA ILUMINADA

LA CASA ILUMINADA

Una historia real de Navidad.

Disfruto de una vista privilegiada al Monte de San Antón desde mi casa. Una vista viva y cambiante que sigue el ritmo obligatorio de las estaciones del año. Este panorama  singular -que es precioso ya os digo- viste sus mejores galas en la época navideña.

Asomarme por la noche en estas fechas y poder contemplar un paisaje lleno de luces  tintineantes que parecen bailar al ritmo de villancicos y jolgorio. De balconadas iluminadas profusamente que se disputan las unas a las otras el honor de ser la mas bonita. Columnas de humo blanco  de chimeneas que impregnan el ambiente a un olor que a mi, me traen a la memoria   vaharadas de alhucema y espliego que ya sólo flotan en la parte más entrañable de los recuerdos lejanos.

Un gran Belén vivo y cambiante,  ya os digo, que cada Navidad , y por la noche, hace que me ponga una buena selección de villancicos americanos clásicos (son los que mas me gustan )y goce plenamente del ambiente familiar que , afortunadamente, aún disfruto en compañía de amigos y familiares.

Pues bien, cada año, cada vez que me asomaba a la ventana de mi salón, lo más significativo del paisaje era una casa profusamente iluminada. Ya sabéis, esa iluminación que consiste en rodear con guirnaldas luminosas toda la silueta de la vivienda  y los arboles del  jardín que le daba un aspecto mágico y de película de elfos , duendes, gnomos y hadas. Gingle Bells que le dicen.

Todos los años, invariablemente , esa era la primera casa en iluminarse. Siempre la primera. Todo el barrio se deshacía en elucubraciones acerca de ese hogar que se adivinaba feliz y lleno de niños contentos; de regalos y perpetuas celebraciones por esas fechas. Se comentaba que era de una familia bien avenida llegada de América -después de años de trabajo-  a su Málaga natal. Era ese encendido en todo el monte, la señal del comienzo de las fiestas navideñas.

Pero un día, la casa, dejó de estar iluminada. Y al año siguiente también. Y el otro…

Se volvía a comentar ( y ya se sabe eso de cuando el río suena…) que uno de los hijos (ya adolescente) murió trágicamente en un accidente de tráfico. La casa oscureció. Se vistió de luto indeseado y nos comunicó indirectamente a todos los vecinos que ya no estaban para celebraciones sino para la angustia y la aflicción.  La casa, fue obligada por las circunstancias, a renegar de su misión de ser la anunciadora de la época de Pascuas.

Y pasó así, sumida esta  vivienda en la mas triste oscuridad,  más de veinte años.

Hace un par de noches, estaba sólo en casa.  Mi Santa, tenía reunión de su Club de Las Anacondas (no chirríen las feministas que yo tengo mi propio Club de Los Culebrillas) y  gozaba de esa situación de soledad escogida (que es la buena) con una copa de ron bien servida, un par de cigarrillo ocasionales y en mi televisión, con un volumen más bien alto, un poético,  triste  y afligido pero precioso homenaje a Leonard Cohen en Montreaux por el primer aniversario de su muerte.

Así, de esa manera de  íntima comunión con la indeseada ausencia, me encontraba yo sumido en un mar de recuerdos por  los que ya no estaban conmigo. Por los que, irreflexivamente, se habían marchado dominados por extrañas e interesadas particularidades.

Me levanté a servirme otra copa. Me asomé a la ventana y de pronto, la vi de nuevo! Iluminada como nunca. Irradiando luz y gritando a todo el vecindario que la alegría había vuelto. Envuelta en añoranza , nostalgia y evocación, pero que la esperanza y la felicidad, después de un largo periodo de  hibernación, se había vuelto a instalar en esa casa.

Yo, al verla de nuevo, entendí su mensaje. Quité a Leonard Cohen y puse a Rod Stewart  y bebiéndome de un trago mi copa, me serví otra, encendí otro cigarrillo  y bailé, frenéticamente, Babe Jane con los ojos empañados de lágrimas brindando por la felicidad y la salud mental recuperada de esa familia.

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