DE LAS LAGUNILLAS Y SUS ALREDEDORES.

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“Esquina de barrio porteño te pintan los muros la luna y el sol.

 Te lloran las lluvias de invierno en las acuarelas de mi evocación”

(Homero Manzi.)

 

“El alcalde propone, y el pueblo hace lo que le sale de los cojones”

(Father Gorgonzola.)

 Quiso el excelentísimo Alcalde de Málaga –el señor De la Torre Prados– emular a los reconocidos y archifamosos barrios artísticos de Nueva York y de Londres –los llamados SOHO– e implantar, de una manera algo forzada y a base de “taco”, uno parecido por estos lares contratando a ilustres y afamados graffiteros de allende las distancias; para que, a fuerza de talonario, adornaran edificios con monumentales y grandilocuentes obras de arte de esta disciplina. Obras que –todo hay que reconocerlo– le dieron un aire nuevo y vanguardista a la zona ahora llamada “Ensanche del Soho” y que a mí, particularmente, me encanta.

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Mejoró (o trató de mejorar) nuestro edil dicha zona, aplicando en el entorno actuaciones urbanísticas cómo la peatonalización de dicho sector y la promoción (un poco inflexible en cuanto a la aplicación de la normativa) de licencias de aperturas de negocios de un cierto carácter bohemio y despreocupado. La cercanía del Centro de Arte Contemporáneo –con su entrada gratuita y sus magnificas y acertadas exposiciones–  deberían ayudar al éxito de este proyecto urbano.

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Pero el tesón en ciertas actuaciones –un poco paletas y sin proyección de futuro– cómo el cierre de un Club de Fumadores de Marihuana; la dificultad de asentar terrazas exteriores en anchísimas calles y la circunstancia de que la propia vecindad del barrio, de edad provecta y nada inclinada a nuevas manifestaciones artísticas de vanguardia (al ejemplo de los graffities “ratoniles” me remito) han llevado al desánimo al montón de ciudadanos que estábamos ilusionados y esperanzados con ese proyecto del Soho malagueño y al inevitable cierre de muchos locales.

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Pero, ya se sabe qué… “El alcalde propone, y el pueblo hace lo que le sale de los cojones” que decía el ilustre; y los habitantes de esta ciudad con esa cualidad de “juntera artistica” y su predilección por los sitios más insospechados para según qué actuaciones plásticas, van y ponen el punto de mira en un barrio –antaño lleno de vitalidad y empuje, y hasta hoy, desconsiderado por los políticos– van y ponen el punto de mira, decía, en la calle Lagunillas y sus alrededores; poblando estos sus casamatas decadentes de negocios alternativos y llenando sus decrépitos muros con excelentes y sugestivos graffities llenos de color, de viveza y de referencias a personajes característicos de la ciudad.

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Pinturas que conforman –esa galería de personajes– un paseo entrañable por una Málaga todavía pura, sencilla y natural que está en serio peligro de extinción.

Mi querido amigo Pepe “Repro” Padilla, ha tenido a bien el remitirme una serie completísima de estos trabajos pictóricos. Unos trabajos que espero sean respetados por las autoridades. Que sean estos mandatarios, los que sigan permitiendo que el barrio siga creciendo al amparo de la intervención ciudadana. Que se deje la autoridad de actuaciones demasiado rígidas aplicando ciertas normativas urbanas. Y que, por fin, meta mano al barrio, sólo para procedimientos de rehabilitación, reparación y adecuación de locales para el  uso y disfrute del ciudadano. Para uso y disfrute del visitante.

Estas imágenes que ahora vienen, es una amplia muestra del arte urbano que engalana y embellece, una parte de la ciudad que estaba –hasta ahora– dejada de la mano de Dios.

Disfrutadlas:

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REVOLCÓN ILEGAL

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Vuelve Delicia, ¡Perdón! Vuelve Leticia Bacigalupe del Campo con producción propia. Con textos paridos por esa imaginación  libre y autárquica, viene a alojarse en esta su segunda casa. Vuelve, y espero, que lo haga con una cierta pretensión de continuidad. Porque es tanto, tanto, lo que me gusta cómo escribe, que eso es lo que yo pretendo: Que su inquilinato en este sitio no tenga fin. Vehementemente –y así se lo imploro– la quiero aquí de forma permanente.

Regresa el azul asesino. Ese entusiasmado y penetrante azul inmisericorde de los ojos de Delicia, !perdón¡ de Leticia Bacigalupe del Campo. Llega otra vez, la deliciosa niña, para honrar este blog con esa prosa ardiente y apasionada que domina a la perfección. Y digo que vuelve el azul asesino, porque cuando inclina levemente la cabeza y ejerce ese parpadeo letal (sabed que abanica el aire a base de pestañeos) domeña y subyuga; mata a fuego lento y sin remisión, a todo aquel desdichado que sin haberlo previsto –ingenua e insensatamente– cae en la trampa de su irresistible, atrayente y adorable mirada.

Este es el texto que me remite y que ella misma  –cuando se lo pedí– le ha puesto este precioso título:

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EN LA INDESEADA PARCELA DE LA DESIDIA

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No sé si será una secuela de estas últimas fechas de luces, jolgorio y alegría pasadas en compañía del virus de la gripe; ni tampoco sé si será el frío –ese condicionante pálido que te obliga  a permanecer recluido junto a la mesa de camilla– o el propio estado de ánimo también convaleciente y apático. No lo sé. De verdad de la buena que no lo sé. Pero me encuentro ahora –estos días– sumido en una condenada fase de indiferencia y abulia que me lleva contra mi voluntad a realizar, a modo de verificación y partiendo de la nada, una tremenda prueba de esfuerzo para escribir estas letras.

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Tiempos son para mí, de inapetencia y anorexia creativa; de insipidez y sosería. No se me ocurren frases ingeniosas; y si me llegan, tampoco tengo las fuerzas suficientes (y la confianza requerida) para participarlas a los demás.

Por ese motivo, tengo las redes sociales abandonadas. Y mi blog, está huérfano de nuevas entradas porque la inspiración –que va siempre acompañada por la disposición y la determinación– o no llega, o no la busco con suficiente ahínco. Con el conveniente tesón y entusiasmo.

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Y hago bien en eso de no entrar en determinados jardines. Porque cuando mi humor no está a la altura de mis posibilidades, refunfuño. Y cuando refunfuño, puedo llegar a ser injusto en mis apreciaciones  o en mis contestaciones. El llevar unos días apalancado en la indeseada parcela de la desidia y la apatía, del desinterés más evidente, no es plato de buen gusto. Así que escribo esto, con la esperanza de que lleguen los tiempos soleados.

Las jornadas cálidas –que no calurosas– que me permitan pasear de nuevo por el vacío irreemplazable dejado por La Sultana en el Puerto de Málaga. Por ese Balneario del Carmen que cada día me resulta más desconocido y antipático o por ese mirador de madera que hay justo antes del túnel que comunica el Peñón del Cuervo con la Fábrica de la Portland. Aunque la verdad, para qué engañarnos, todo lo dicho, todo lo escrito, es para ver si sigo siendo capaz de transmitir algo a través de este pesaroso y melancólico manifiesto. Aunque sean unas dosis de comprensión y condescendencia. Aunque sea la atención de aquel que, de vez en cuando, me lee.

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Los trabajos que ilustran esta entrada, son obras de Danny Van Ryswyk.

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EL CEMENTERIO DE LOS NÚMEROS OLVIDADOS

 

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(Para Margarita Sanz. Que desde hoy, ya no atiende llamadas.)

No se van a creer ustedes lo que a continuación les voy a decir; pero uno de los objetos, que desde siempre conservo en mi casa, y que más melancolía me causa, es mi antigua agenda telefónica. Porque, irremisiblemente y sin ella pretenderlo, por su propio contenido, me lleva a la zona más dolorosa de los recuerdos.

Ahora lo explico:

Desde hace algo así como catorce mil seiscientos días –que es lo que “grosso modo”  vienen a pesar cuarenta años– conservo una antigua guía telefónica de papel en mi poder. Una guía que reposa invariablemente en el brazo izquierdo del sofá de mi salón junto a mi sillón de cabecera. (El sofá, ha cambiado varias veces. El salón, un par de ellas. El sillón de cabecera, no! porque un sillón de cabecera –cómo el diamante de la canción– es para siempre.) así que, cada vez que hemos cambiado algo en el domicilio familiar, juro por lo más sagrado, que la agenda telefónica ha permanecido siempre en su lugar acostumbrado. De hecho, si alguna vez no estuviese en su sitio, estoy seguro de que por la noche, se oirían lamentos inconsolables y afligidos reclamando su lugar.

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En esta época plasticosa de nuevas tecnologías y materiales apáticos; de costumbres que –a diferencia de las de antaño– duran lo que esos peces de hielo del Sabina en un Gin–Tonic de amariconadas maneras. En estos tiempos infieles  y desagradecidos con los objetos que tanto nos ayudaron cuando nos prestaban servicio, ahora, una agenda de teléfonos de papel, forrada de buen cuero ya desteñido y cuarteado por el manejo –con su hilera de pestañitas alfabética en la vertical derecha– duerme el sueño del desuso abatida y desconsolada por la ingratitud del abandono y el olvido.

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Cada vez que, por la “H” o por la “B”, abro mi agenda buscando el número telefónico del último técnico de lavadoras y frigoríficos que queda en activo, el número de Samoa para encargar unos Andresitos o algún otro que no esté almacenado en ese listado sin alma que es la memoria de un teléfono móvil, me entran las siete cosas. Porque la digital, sabiendo ella que cada par de años le pones los cuernos con otro terminal, se venga de ti, te deja sin los números más importantes y se ríe desde el fondo oscuro del último cajón de la cómoda donde está confinada. La de papel es fiel y leal. Tan sincera, que no se corta ni una cifra en recordarte según qué cosas.

Abrir la agenda manuscrita, y ojearla, entristece. Es darte un paseo por ese Cementerio de los números olvidados (que es el cómo el del Zafón pero cambiando de muertos) y volver a visualizar a los propietarios de estos que ya se fueron de tu vida y de la suya propia.

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Leo el 218500, e inmediatamente empiezo a oír a Harry Belafonte cantando, por navidad, Mary’s Boy Child en la Casita Rosa de Tía Pilar en Monte de Sancha. Leer 216669 es volver a estar sentado junto a Tío Matías y a Tía Lourdes leyendo viejos ejemplares del Reader’s Digest en aquellas entrañables noches de invierno de la Cañada de los Ingleses.

251344 era el de tía Celia y Tío Manlio Antonio, que es nombre muy del agrado de Santiago Posteguillo; el 763011 me devuelve el olor a leña mojada y humeante de la primera casa que alquilamos en las Alpujarras allá por los primeros años ochenta.

El 219399 me huele a café al mediodía en casa de Antonio Abril y Doña Matilde y el 287297 me recuerda a aquellos albañiles bastardos y maleducados que me hicieron imposible dos meses de reformas y que me hicieron profundamente  infeliz. De esos sí que me alegro el no haberlos tenido que llamar nunca más jamás.

El 216704 me lleva directamente a (mi) casa Centeno en la Plaza del Obispo; y el 306542 me trae el olor a harina de ese Camino de los Ingleses que conforma la zona de Eugenio Gross.

Uno que empieza por 29 y termina de la misma manera, ya es huésped fijo y de honor del Valle de la Desmemoria por los siglos de los siglos amén.

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El apartado de la “B” está lleno de referencias de bares y tugurios que ya han desaparecido y la “C” pasa de corrido por el Club de Botes, la Carnicería Villafuerte, el “Colema” justo al lado y por la Comisaría del Palo.  La “D” ampara al menos a seis dentistas y a los padres de Diego Guzmán. Y la “T” está invadida por Caballeros de la Orden del Negro Anaranjado.

En mi agenda conviven en una perfecta armonía mecánicos y fontaneros doctorados con médicos y profesores especializados. Los músicos se amontonan junto a perseguidos por la ley y contrabandistas;  y el Hospital Civil, se da la mano –como si tuviesen en común algo más que la inicial que los ordena– con la Heladería Lauri y la oficina de mi amigo “El Pelúo” en la Delegación de Hacienda.

En la “K” viven Keka, Keko, Koke y Kike. Más o menos lo que pasa en la “N” donde mantienen animadas conversaciones, Nena, Nene, Nina, Nini, Noni y Nano sin apenas liarse con los nombres. Tengo guardado el teléfono de Lito de cuando lo de Presenta junto al de Leo Abril cuando vivía en el Crowndale Court  de  Camden Town y nada (ni nadie) preveía que se iba a ir despidiéndose a la francesa.

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La “LL” llora porque así empieza su nombre y porque nadie habita su letra. Ni la “Q” ni la “W” ni casi la “Y” que se libra por los pelos gracias a una tal Yolanda que no tengo ni la más remota idea de quién pudiera ser.

Lo que quiero decir, es que repasar –aunque sea por encima– mi antigua agenda de papel, me convence de que ésta, posee un alma que el frío móvil no tiene. Un alma compuesta por los espíritus de los amigos que fueron o de esos familiares que ya no están conmigo porque tomaron las de Villadiego que es un pueblo que colinda con Villanueva de la Defunción. Porque eso, es ley vida, amigos míos. Porque eso, también, es ley de muerte.

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***

 

SE ME PERMITA (A MÍ TAMBIÉN) LA RAJADA.

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Muchos son los que rajan hasta la extenuación, de la masiva afluencia de público en determinadas fechas por el centro de la ciudad que habito; todos esos de los muchos, protestan airadamente por establecidas y tradicionales manifestaciones artísticas, religiosas o populares; abominan también del buen número de cruceristas que pasean –formando  aglomeraciones en las calles– pero produciendo pingües beneficios a comercios, monumentos y museos. Dándole vida a unas calles que antes, se comían el maleficio de la mierda y el abandono.

Absolutamente todos los que, airados, alzan su voz protestando sin descanso, por los acontecimientos ciudadanos que conllevan una evidente prosperidad y éxito, pero también, sus inherentes e inevitables molestias, me parecen tan snobs e irreflexivos cómo sectarios e intransigentes.

Unos reaccionarios que están convencidos de que su comportamiento, forma de pensar y actuar, sólo encaja en una minoritaria élite cultural al alcance unos pocos elegidos. Todos los demás, chusma. Muchos de estos regalados por la erudición y la inteligencia, por decisión propia, conforman una selección antinatural de doctos ilustrados que habitan un mundo de “vernisagges y happenings y otros actos de alto rango cultural” que el ciudadano de a pie (pobrecito él lo que se pierde) no es capaz de llegar a  comprender ni a discernir. No alcanza el probo  ignorante, a ver por dónde llegan los tiros de la excelencia y la sublimidad artística. Aunque, y eso es otra cosa, imploren su asistencia a los actos que ellos organizan.

¿Será porque la mayoría de esos actos son petulantes, complicados e incomprensibles?

¿Será porque esos actos son autoafirmaciones –en su propia languidez– de sus exclusivos mundos de Yupi?

Tengo que estar volviéndome muy viejo y mucho más cascarrabias; pero cada vez aguanto menos, y se me permita (a mí también) la rajada, a los modernos jactanciosos que se quejan de todo lo popular y multitudinario para acaparar los aplausos de sus manejados acólitos de turno.

Ecce dicit.

 

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UNA FALTA DE APRECIACIÓN

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UNA FALTA DE APRECIACIÓN.

Era Edelmiro Rodríguez, un cretino amargado de la vida. Un tipo victima de su propia mala baba y también, de una indiscutible mala leche.  No era de extrañar. Trabajaba en un oficio mal retribuido que no le reportaba ninguna satisfacción personal; permanecía soltero, pues no había mujer que soportara su carácter siempre agrio y avinagrado; además, olía mal. Apenas tenía amigos, y los que tenía, procuraban darle el esquinazo cada vez que el estúpido y cargante Edelmiro, trataba de apuntarse a cualquiera de sus reuniones. Por no tener, no tenía ni tan siquiera grupo de Whatsapp, porque nadie lo aceptaba. Era, lo que se dice, un fracasado social.

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Todas estas circunstancias a la corta edad de treinta y cinco –no era aparentemente tonto y se daba cuenta–le hacían ser un sujeto infortunado y un desgraciado;  una persona absolutamente infeliz perennemente ofendida con todo aquel que tuviese la desdicha de pasar cerca de su vida.

Pero aconteció que la suerte (que es osada y a veces irresponsable) se fijó en él. Y le regaló –sin pensar a quien le hacía el obsequio– la oportunidad de que se le apareciera (fíjense en el adecuado juego de palabra) el famoso y ladino Genio de la Lámpara Maravillosa.

Se le apareció Genio, como es pertinente, envuelto en humo y, tras el protocolo habitual y que me ahorro, le concedió, por eso de la crisis, un solo deseo.

–Uno sólo, Edelmiro; que está la cosa muy mala.

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Edelmiro se lo pensó y repensó. No quería bienes materiales. ¿Para qué? si no tenía con quien disfrutarlos. ¿Dinero? pues más o menos; su triste y apocada vida le salía barata.  ¿Amor? ¡¡¡Anda y que se jodan!!! Así que pensó en que lo que más le satisfaría sería gastar una broma pesada para hacérselo pasar mal a aquellos que lo despreciaban que eran –él lo sabía– muchísimos. De esa manera, podría reírse de ellos a mandíbula batiente durante un rato. Puro placer en su desdicha.

Así que le dijo a Genio…

– ¡Vale! ¡Ya lo tengo!

– Dime amo, le contestó este.

– Quiero que mañana durante un par de horas (tampoco quería ser demasiado cruel) a eso de las ocho y media de la tarde, a todo el mundo le desaparezcan de su cuerpo cualquier  tipo de prótesis que lleven. Todo lo que no viniera de serie en el ser humano al nacer.

Pensaba hincharse de reír, sentado cómodamente en el Café Central –y mientras se tomaba un café con los preceptivos tres churritos– reírse de lo lindo viendo cómo la gente no daba crédito a lo que le estaba sucediendo.

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Genio puso cara rara. No podía negarse; su palabra era ley y le era imposible negar cualquier petición por extraña que fuera.

– Sea! Contestó; y contrariado, desapareció tremendamente preocupado.

Al día siguiente, Edelmiro se fue tranquilamente paseando por calle Larios con tiempo suficiente para coger una buena mesa y esperar a ver si Genio cumplía la palabra dada. Pidió –desabridamente, pues no podía evitar ser desagradable– un café mitad descafeinado con leche descremada y sacarina (no podía ser de otra manera) y los tres churritos de rigor. Un botellín de agua fría le serviría para justificar las dos horas que pensaba tirarse sentado y riendo en el Café Central.

Justo a las ocho de la tarde, estaba el impresentable ya sentado con unos paquetes de  pañuelos de papel para secarse las lágrimas de risa que, con toda seguridad, les serían necesarios.

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Café Central. Plaza de la Constitución. Málaga. 20:30 horas. En punto.

Las señoras mayores que estaban sentadas a su lado, empezaron a gritar alocadamente viendo cómo el chocolate ardiente que estaban tomando caía a chorreones desde sus bocas desdentadas. Las chicas treintañeras de dos mesas más allá, observaron con estupor cómo las tetas se descolgaban una cuarta –libres de las prótesis de silicona–sobre sus otra vez voluminosas barrigas que volvían a tener el tamaño de antes de la liposucción.

Edelmiro reía a carcajadas sin poder contener las lágrimas. Menos mal que había previsto  su abastecimiento de pañuelos. No podía contenerse… Los caballeros caían sin el apoyo de sus bastones y sillas de ruedas. Abuelas que también caían, al desaparecer las prótesis de caderas. Señores calvos despojados de sus peluquines, niñatos sin rastro de depilación y las orejas vencidas sin esos piercings dilatadores; las mujeres, desamparadas por el láser, lucían horrendos bigotones y piernas y axilas con abundante bello. El abandono de los tintes en el pelo, propiciaban un incontable número de canosos… Edelmiro no paraba de reír. Desaforadamente se tronchaba viendo el ridículo general .

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Poco antes de las 22:30, decidió retirarse y dirigirse a su casa antes de alguien cayese en la cuenta de sus risas y de su actitud despectiva. Ya estaba bien.

No se sabe si por la abundancia de lágrimas o por distracción, no se fijó en que algunas de las personas caídas ni se levantaban ni se movían.

Llegó a casa, se puso cómodo (hoy no tocaba ducha semanal) se preparó un bocadillo y un botellín de Mahou y se sentó en el sofá para ver la tele. Se lo había pasado muy bien. Se había divertido un huevo. Sintonizó un canal cualquiera y vio que había un avance de noticias. Sin prestarle atención cambió de cadena. Emitían otro informativo. Pulsó de nuevo el botón y más noticias. Ya esto le extraño. Pulsó la 1 y estaban informando de millones de extrañas muertes acontecidas esa misma tarde en todo el planeta; entre las 20:30 y las 22:30.

Millones de personas a las que se les habían parado sus marcapasos. Conductores de trenes, pilotos de aviones que dejaban sin control esos medios de transportes y provocaban  terribles accidentes… Peatones atropellados a causa de su sordera o caídos en medio de las calles al fallarles las piernas ortopédicas. Los  trasplantados  y los ancianos alojados en residencias  fallecidos se contabilizaban en cientos de miles. El caos era total. Nadie sabía que podría haber pasado.

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Aturdido y asustado, llamó a casa de sus padres temiéndose lo peor. Al teléfono, le comunicaron –iban a llamarlo en ese momento– que su madre había fallecido debido a un fallo cardíaco.

Loco de dolor, gritó a Genio desgañitándose reclamando su presencia para recriminarle su excesivo celo.

Al aparecérsele, le pregunto el porqué de la nefasta magnitud del deseo concedido.

– Me pediste que “A TODO EL MUNDO” le desaparecieran las prótesis e implantes de sus cuerpos. Todo lo que no viniese de serie en el ser humano al nacer, añadiste. Y yo, amo, yo nunca discuto un deseo. Si no… ¿Qué clase de genio sería?

– Lo siento mucho, Edelmiro, pero me temo, que has tenido una falta de apreciación.

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Todas las imágenes que ilustran esta entrada, son obras de Eric Lacombe.

***

EL SEDOSO TACTO DE SUS PIES

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© Fotografía y posado: Leticia Bacigalupe del Campo

EL SEDOSO TACTO DE SUS PIES

“No sé que prefiero, si notar
el húmedo pulso de su piel,
o si lo que quiero, es mojar,
el sedoso tacto de sus pies”
(F.G.)

12596024_507861329386882_1005410170_n© Fotografía y posado: Leticia Bacigalupe del Campo

Dolores Haze –no lo duden ustedes, ni por un momento– estaría hoy muy preocupada, enfadada y terriblemente celosa de Leticia Bacigalupe. Hoy por hoy, la Lolita de Nabokov, no podría ver a Leticia ni en pintura; porque intranquila, la Dolores, se daría cuenta de que le pueden estar echando la pata encima en cuanto al concepto de lo sensual y lo carnal en la escritura.

Leticia tiene una forma de escribir, desmesuradamente directa y totalmente despojada de las arcaicas vestiduras de la represión y de la censura que su edad, insultantemente joven, se le suponen.

Vuelve Leticia Bacigalupe a este blog. Y vuelve con esa mirada que tiene, mezcla de inocencia y sensualidad, que desarma y descompone al incauto que se pone a tiro de su vistazo. Vuelve Leticia Bacigalupe a este blog regalándonos su fresca, insolente y clara prosa. Tan directa como sugerente. Tan atrevida como atrayente. Desnudando su alma y regalándonos, porque así yo se lo he pedido, el suave tacto de sus pies.

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© Fotografía y posado: Leticia Bacigalupe del Campo

“PREFIERO LA GUERRA CONTIGO AL INVIERNO SIN TI”

Y me apetecía que llegara el frío, un sofá inquieto y a ti, desde el otro lado, verte acariciándome los pies. Serían cosas mías, la tapadera de un “abrazo” que termina en cosquillas, la curiosidad por saber si cocinas bien, recoger la toalla mojada de encima de la cama, fumarnos el tiempo a carcajadas y caladas aliñadas. Y ya no solo me apetecía el frio del invierno, si no, el frío de una pelea que me grita: “Ven, que voy a enseñarte nuestra casa”, el frío que nace en ti cuando quieres ir y venir en media fracción de segundo o matarme y casarte conmigo en el mismo día. Serían cosas mías querer de ti lo que ya conocía junto a lo que me quedara por ver. Tal vez, es aún el recuerdo que nos persigue, quien provoca nuestro tropiezo.

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