GURUGLÚB! (Crónica de una ecografía anunciada)

BASADO EN HECHOS REALES.

A causa de la circunstancia del haber cumplido 65 años y, por consiguiente, el llegar a la provecta situación de pensionista, mi doctora (previsora siempre que es) me prescribió una ecografía de abdomen para controlar el tema de cálculos renales que – de vez en cuando y de manera porculante– me aquejan y me dan mala noche.

Así qué tras haber solicitado dicha ecografía, y más tarde que pronto, debido a las circunstancias de esta horrible pandemia, me llegó por correo ordinario –que es el sistema de comunicación más soez e impertinente– una carta indicándome el lugar, día y hora en el que debía de personarme en el Hospital Civil para realizarme dicha prueba.

Acompañado de mi amada Santa, me presento en el Hospital para someterme a la puta ecografía. Mi Santa, a la que no le viene el apelativo gratuitamente, me dice una vez que hemos aparcado…

  • Gordooo… Mira! Ve bajando tú que yo voy a aprovechar para donar sangre.
  • ¡Vale! De todos modos, creo que voy a tardar muy poco (pensaba erróneamente en una radiografía y no en una ecografía) El que termine antes que llame.
  • ¡Enga!

Y allá que me fui, displicente y altanero, silbando como un chisgarabís resignado, para la planta sótano que tan familiar me resultaba de ocasiones precedentes.

Una amable enfermera me envío al fondo de un pasillo donde me informó que una compañera saldría a recoger mi cita y que ya me informaría. A mí me extrañó, pues no era el sitio habitual donde antes me habían realizado las radiografías anteriores. Pero claro no se trataba de una radiografía; se trataba de una ecografía.

Sale la compañera, recoge el papel de la cita y, sin dejarme hablar, me dice…

  • Se va a esperar usted un buen rato bebiendo agua hasta que no se pueda aguantar las ganas de orinar. Cuando ya no pueda más, llama usted a la puerta y le hacemos la ecografía.

Así que me voy para la cafetería un poco mosqueado por que no era lo que me esperaba.

Me pongo en cola guardando las distancias y compro una botella de 1´5 litros de agua, me siento en una mesa y me pongo a matar la nula sed que tengo.

Glub, glub, glub. Bebo sin ganas. Glub, glub, glub, sigo bebiendo con menos ganas todavía. Al litro ingerido me llama Santa…

  • Gooordoooo…. ¡Yo ya he terminaaadooo! ¿Dónde estás? Le cuento y se viene hacia la cafetería.

Glub, glub, glub. Pego tres buches y llega. La verdad es que tanta agua –tan rápido y sin sed– me está costando tragarla. Me siento pelín pesado.

  • ¡Gordo! Vámonos al patio a la sombrita que aquí me da paranoia con tanta gente y el aire acondicionado.
  • ¡Enga!

Así que para allá nos vamos con las mascarillas puestas, el culín de agua que me queda y nos sentamos tan ricamente en un incómodo banco de durísima madera a la sombra de un nuevo y horrible edificio de cristal y aluminio.

Glub, glub, glub. Pego los últimos buches, acabo el litro y medio y me “acomodo” a esperar que el agua baje hasta la vejiga y me den ganas de mear.

  • ¿Qué haces?
  • Pues ya ves, esperando a que me den ganas de mear.
  • ¡Eso no es así!
  • ¿Cómorrr? Pregunto yo.
  • Tú tienes que seguir bebiendo hasta llenarte la barriga. Que yo me he hecho muchas ecografías y eso va así. ¡Voy a comprarte una botella de agua!
  • ¡Puaj! Exclamo yo por lo bajini.

Vuelve con una botella de medio litro de la máquina expendedora. ¡Toma, quítate la mascarilla y te la vas bebiendo buchito a buchito sin parar! Así lo hago. Buchito a buchito.

Las ranas ya empiezan a sentirse a gusto en su líquido elemento dentro de mi barriga. Acabo la botella. Dos litros llevo ya ingeridos.

  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • ¡No!

Al ratito…

  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • ¿No!

Al ratito…

  • ¿Ya?
  • ¡No!
  • Es que así no es, me dice. ¡Tú tienes que beber más que yo sé lo que me digo, voy a comprar más agua! Vuelve con una botella de litro y medio. Yo, alucino.

Glub, glub, glub… Empieza el quinario. Glub, glub, glub… Ya no puedo beber más. Glub, glub, glub… empiezo a marearme. Glub, glub, glub… esto es un tormento propio de Fumanchú. Acabo la botella y doy un largo paseo para ver si me dan las putas ganas de mear. Nada. Me siento con una tremenda sensación de infelicidad.

Al ratito…

  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • !!!¡NO!!!!

Santa se levanta, se va otra vez a la máquina expendedora y trae de vuelta ooootra botella de medio litro. Me la da y me dice…

  • ¡Buchito a buchito!
  • ¡Voy!

Cuando acabo la botella, me siento con los tobillos hinchados. Mareao. Con náuseas. La barriga inflada como un globo. Me levanto de un salto. GURUGLÚB! Y le digo a Santa, completamente congestionado…

  • ¡A tomar por culo! ¡Me voy para abajo a que me hagan la puta ecografía! ¡Y si no, me voy para la casa!
  • ¿Tienes ganas de mear ya?
  • ¡¡¡NO!!!!

Y me voy andando hacia el sótano –con cuatro litros de agua en la barriga– con los andares de un león marino y el estómago sonando… ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB!

La enfermera desde el fondo del pasillo me ve y me dice…. Álvarooooooo… vengaaaaaa…. Qué te estamos esperaandoooo….

Le cuento lo acontecido. Se hecha las manos a la cabeza, yo a la barriga, me pregunta si no he matado a mi mujer, me tiendo, en la camilla, me hace la ecografía y me manda para mi casa. Subo, recojo a mi Santa en el patio y nos vamos andando hacia el aparcamiento.

¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! ¡GURUGLÚB! Voy andando a trompicones y haciendo eses. Mareado y descompuesto.

Llegando al coche, le digo a mi mujer…

  • Omaíta… voy a largar.
  • Espera un poco a que…

Aaaaarrrgffffff… Primera bocanada. Primer litro. Aaaaarrrgffffff… Segunda bocanada. Segundo Litro. Aaaaarrrgffffff… Tercera bocanada. Tercer litro. Aaaaarrrgffffff… Cuarta bocanada y último litro. Tengo que aclarar que lo expulsado era agua límpida y absolutamente transparente; como recién salida del manantial.

Exhausto, temblicón, sin fuerzas y consumido por el acto aspersor, rodeo el coche, me derrumbo en el asiento del conductor y me doy cuenta de que las gafas que llevaba en el bolsillo de la camisa, al remangármela en la camilla de la ecografía, se me debían de haber caído en la consulta.

Santa – no podía ser de otra manera ante mi palidez y demacración– se ofrece a ir a la consulta a preguntar.

Cuando llega al pasillo, ve a la enfermera cerrando la puerta para ya irse. Desde lejos empieza a correr y a gritar:

  • Perdoooonaaaaa, Perdooonaaaa… ¡¡¡Soy la mujer del de los cuatro litros de agua!!!
  • ¿Pero todavía no te ha matado? le preguntó. Y le dio las gafas.

Llegué a casa y me acosté. Hasta bien entrada la tarde no pude mear.

P.D. Todo lo narrado en este relato es absolutamente cierto y se ha contado tal y como sucedió.

EL CLUB DE LOS PURETAS TUERTOS

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EL CLUB DE LOS PROVECTOS TUERTOS

Vengo observando, desde hace ya algún tiempo, que una de las últimas fases por las que pasa el ser humano en eso que es la vida, es el despertar de las glándulas productoras de las hormonas del descaro, de la desfachatez y de la insolencia. Parece ser que el cuerpo, –rememorando las épocas primeras– saca a pasear por última vez la nula reflexión y la impertinencia. La descortesía, la osadía y la desvergüenza. Sin acritud, entiéndaseme. A ver. No se crean que exagero; me explico: Quien no ha sufrido en una cola del Carrefour una rapidísima pasada tipo Márquez-Lorenzo de una vieja que, amparada por la ley de la senectud, te pega codazo, refunfuña, te mira con desprecio, te regala una vaharada de olor inclasificable, y se te pone delante porque ella lo vale? 1202857212_850215_0000000000_sumario_normal Quien no ha sido interrogado hasta el tercer grado por la anciana de turno –mientras esperas en el ambulatorio médico– acerca de tus padecimientos y el consiguiente y eficaz remedio que tan bien le fue a su difunto marido fallecido recientemente por la misma dolencia? Quien no ha sufrido la indiscreción y la desconsideración del comentario grosero e inoportuno de la abuela del amigo que –nada más verte– te espeta lo gordo que estás, o lo calvo que te estás quedando? ¡¡Ay que ver, Manolito, con la mata de pelo que tenías; Ay, qué pena, Manolito; que gordo tás puesto!! y Don Manuel, director de entidad bancaria, se queda disimulando atribulado, contrito y cagándose en todas las muelas de la reputa vieja que Satanás queme en los infiernos por los siglos de los siglos. Amén! images_2042 Pues bien, lo que ahora viene, es real. Me pasó ayer en el Hospital Civil de Málaga; Sección Oftalmología; Primera planta ascensor. Resulta que Santa debía de operarse de cataratas en el ojo derecho, así que llegamos al centro hospitalario el día de la intervención. La presencia de mujeres provectas es alarmantemente profusa. El Father se va oliendo lo que, irremediablemente, tiene que llegar. Cuatro compungidos varones; dos jóvenes y otros dos de la misma quinta que las cotillas conforman el cegato grupo. Y Santa. Mi amada y paciente Santa. Y yo, que soy el narrador y que, nada más llegar, ya estoy deseando largarme de allí. hospital_civil_-_mlaga-640x640x80 El interrogatorio hacia mi mujer y hacia mí mismo es continuado y agotador por parte de dos señoras que, enfundadas –como todos– en camisones y pijamas anti libido, nos hacen un exhaustivo censo de enfermedades y padecimientos digno de la Agencia de Inteligencia Americana. CIA para los amigos. Yo las miro con cara de circunstancia y horror;  y con el innecesario argumento de que soy acompañante, que no paciente, y que por tanto estoy eximido de someterme al Poli Deluxe, trato de escabullirme y escurrir (infructuosamente) el bulto. Llaman a Santa la primera y yo aprovecho para ir a desayunar a la cafetería exterior que está pared con pared con el mortuorio. Una asquerosidad innecesaria a mi escrupulosa manera de ver. Entran los pacientes (los impacientes tambien) en el quirófano en ordenado desfile; y tal cómo entran, van saliendo. Mismo orden de entrada, mismo orden de salida a una sala de descanso (por los cohoness) donde habrán de reposar los pacientes intervenidos (los impacientes tambien) y con un sólo (por los cohoness) acompañante por paciente intervenido. cirugia-corbis456 Los ayes, las quejas y las solicitudes de un auxilio innecesario son continuos y constantes por parte de las viejas. Hablan a gritos a los maridos. Contestan llamadas de móviles de politonos que no les pegan nada. Las llamadas solicitando silencio de las estoicas y resignadas enfermeras igualmente continuas y constantes. Los familiares (de tres en tres) de las dos carcamales dando un porculo, más que notable, sobresaliente cum laude. No sé si gracias al destino o la inconmensurable generosidad y comprensión del equipo médico, somos los primeros en salir del hospital no sin antes haber sido citados para el día siguiente –a las nueve en punto de la mañana– en el servicio de Urgencias del citado centro para la primera revisión tras la intervención. cuidaint2 A la mañana siguiente, Father y Santa, a las nueve menos cuarto, entran en una atestada sala de espera donde se encuentran toooodas las viejas acompañadas por su vociferante y numeroso séquito familiar. Habrán acampado fuera toda la noche? se preguntan los Gorgonzola. El calor exasperante. 1154860 Los comentarios, cómo es habitual, insoportables. Salen los abanicos a relucir. Un sindiós. En esto que entra la enfermera y dice: – A ver! los que estén operados del ojo pueden pasar a la sala del pasillo de enfrente que ahora está vacía y más cerca de la consulta de oftalmología! Piensen en la Banda Sonora Original de Carros de Fuego. Imagínense la escena (para observarla en toda su magnitud, dimensión y trascendencia) a cámara muy lenta y prepárense para lo peor. La horda viejuna, cual si fuera impulsada por un invisible resorte, sacando fuerzas de flaquezas (se trata de una cola) salta de sus asientos, y cómo si les fuese la vida en ello, salen en tropel con los andadores pegándose achuchones y codazos (les suena?) para coger sitio en la sala nueva. Jaleada, cómo es natural, por la caterva familiar de cada uno. P4 Quedan los Gorgonzola absolutamente solos y abandonados en la sala primera. Al momento entra una pareja de ancianos con cara de derrotados en Waterloo al no haber sido capaces de tomar plaza; y al segundo momento una enfermera que pregunta a la casi vacía sala (no sé si gracias al destino o la inconmensurable generosidad y comprensión del equipo médico otra vez): ¿Santa de Gorgonzola? Y allá que vamos atravesando el pasillo –altivos, arrogantes y altaneros– camino de la consulta. Cuando pasamos por la atiborrada sala de espera, un silencio sepulcral se impone; y tal si fuesen, que lo son, El Club de los Puretas Tuertos, nos miran con el ojo sano, con una mezcla de desprecio, envidia y estupor. Mientras nosotros, miramos hacia adelante, orgullosos de nuestra suerte, mandándolas a todas “in mente” a tomar por el mismísimo culo. 10330470263_b8cdceee96_b*** elemento-decorativo-floral_23-2147486718

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