LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (II)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH.

LA CRÓNICA (II)

(EL SEGUNDO DÍA. 20 de Noviembre de 2016)

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios,
la intolerancia y la estrechez de mente”.

( Mark Twain)

“De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera.”

                                                                                (Cuco Sánchez)

 

 A MODO DE OBSERVACIÓN PRELIMINAR:

Ríanse ustedes del exoesqueleto de Adamantium del alobado Lobezno. Descojónense también, si así lo desean, del durísimo Vibranium del escudo del Capitán América, tan remono y rubito él. Ni, por favor, lo comparen con una hipotética mezcla de Dibororrenio, Nanotubos de Carbón, Carburo de Silicio y Carbino que no tengo ni la más puñetera idea de lo que son pero que, al parecer, son materiales duros de cojones.

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Poniéndome drástico, y ya exagerando muchísimo, se me permita poner de ejemplo inexcusable la canción de la insufrible Rebeca, que es dura de pelar, para indicar que la superficie más consistente, pétrea y sólida que han podido experimentar  mis demasiadas carnes en esta ya larga vida, ha sido, y no exagero, el maldito colchón que nos tocó en suerte a Santa y a mí en nuestra cama durante nuestra estancia en Marrakech.

No doubt! Duro de pelar!

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Valgan como ejemplos ilustrativos –y ya termino con mi apreciación sobre el cruel jergón–  el indicar que cuando cambiábamos de postura por la noche, sonaban “crocs” y no me refiero a nuestras pantuflas de agujeros; y que, al levantarme, y ya termino de verdad, mi parecido con una alcayata era de lo más elocuente. Menos mal que una hábil mezcla de Paracetamol y Nolotil con el fastuoso desayuno del Riad Mimoune, me recomponía someramente el cuerpo y me animaba a tirarme otra vez a la calle a seguir viviendo la fascinación y la sorpresa que nos esperaba (ahora lo sé) en nuestro segundo día de estancia en Marrakech.

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¡LOS DESAYUNOS!

Nada prepara mejor el cuerpo humano, para la jornada que se viene encima, como un reparador y delicioso desayuno. Los desayunos marroquíes, son especialmente agradables y pantagruélicos. Gansos de verdad.

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Nos damos –una vez enderezada mas o menos la espalda de Father– ducha reanimadora y reconfortante. Así que bajamos hacia el patio interior para deleitarnos con las viandas que Wallid nos servía amabilísimamente cada mañana.

Una mesa  auxiliar dispuesta con tetera, cafetera, y lechera nos esperaba. Azucarillos (que tiempo sin verlos) y chocolate e infusiones. Ocupábamos –nosotros cinco solos en el precioso patio– una mesa en la nos esperan la mantequilla, la miel con limón y la mermelada. Ese pan delicioso  que sabe a gloria y quesitos de marca ilegible. Tortitas calientes y una especie de crêpes que nosotros rellenábamos con lo que nos apetecía. Zumos de naranja, yogurt casero,bizcocho y macedonias de frutas. Otros días también nos servían unos deliciosos huevos revueltos con verduritas. Ñam!

Quiero indicar, que al menos tres cafés con leche y un par de tés con hierbabuena me predisponían buenamente para la marcha que se avecinaba; aparte del abundante condumio que también nos proporcionaba unas tremendas dosis de energía y que nos reconciliaba con el universo y con el Dios verdadero que por aquellas tierra no sabíamos bien quién era el titular.  Un placer indescriptible, ese desayuno, que hacía  que yo llegara a olvidar, momentáneamente, la infame cama de tortura que, pacientemente, me esperaba arriba por la noche.

Bien, una vez saciados nos dispusimos para el plannig previsto para…

EL SEGUNDO DÍA.

Se trataba de realizar una ruta preparada que incluía dos de los sitios más distantes de nuestro centro de operaciones que no era sino la imprescindible Plaza Jamaa el Fna.

 

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Estos dos sitios de visita inexcusable eran El Jardín Majorelle  (Rue Yves Saint Laurent) propiedad del modisto francés que daba nombre a la calle y los Jardines de La Menara que proporcionan, estos últimos, la imagen más conocida de la ciudad. También teníamos previsto visitar ese día los Zocos, la Madrasa Alí Ben Youssef (Kaat Benahid) la Mezquita de la Koutoubia (sólo está permitida por fuera para los no musulmanes) el Barrio Judío de La Mellah,  y lo que se terciase pues, ya se sabe que los plannings están hechos para romperlos. Al final, pasamos de la Madrasa pues estaba en obras y el Barrio Judío lo dejamos para el día siguiente.

Salimos del Riad. Iniciamos curiosos un paseo agradable por la zona observando cómo la vida transcurre en una zona de Marrakech todavía alejada del invasor. Somos pocos los extranjeros que se manejan por ese barrio y caminamos entre gentes del lugar y negocios destinados al consumo de los propios vecinos. Llegamos a la ya familiar plaza central.  Vuelve la magia del sonido de los tambores de los músicos. Es curioso, pero ese tam-tam es el que nos guía y nos dirige cuando estamos perdidos por los imposibles recovecos del zoco.

LA BICHA

Yo le tenía dicho y advertido al ínclito Cigalowsky que no hiciera nada que el Father no quisiera que hiciese.  ¡Sé prudente! Le aconsejé.

La primera, en la frente. En cuanto me doy la vuelta, me veo al vástago de los Gorgonzola con una serpiente en el cuello y más feliz que una perdiz (a mi hijo me refiero). Una bicha que el oportunista maltratador de animales le había colocado al chavalote a modo de foulard viscoso y frío. Se va Father –en plan Indiana Jones– raudo y ligero para arreglar el asunto con el individuo y, no se sabe cómo, acaba él mismo con el reptil aprisionándole el cuello.

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El árabe, que Alá confunda, me puso la bicha encima; yo sin reaccionar. Me indica que le apriete la cabeza para evitar el mordisco. Yo, entre el acojono y el acojono –y con la mente en blanco– le trinco la cabeza al ofidio y le aprieto tanto, tanto que en la foto se aprecian mis dedos blancos (debido al apriete) y a la bicha mirándome con cara de estar cagándose en mi tó puta madre.

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Le doy 20 Dhs. al sujeto por el magnífico rato que me ha hecho pasar y nos largamos cantando bajito.

Horas más tarde, volvimos a pasar por el mismo lugar y pude ver a la pobre culebra descansando, en un rincón a la sombra, con una bolsa de hielo en la cabeza. Al reconocerme me miró con sus ojos afilados y me lanzó débilmente un escupitajo de veneno que, afortunadamente, se le quedó colgando a modo de babazo, de su hinchado labio inferior y no llegó a alcanzarme.

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Pero… sigamos con el paseo.

Aún con el tembleque en el cuerpo, nos dirigimos paseando hasta la Plaza de la Especias con ánimo de establecer una  estrategia apropiada para los desplazamiento más alejados; estos son, ya lo he indicado antes, los Jardines Majorelle y La Menara. Estudiábamos el tomar un Grand Taxi para desplazarnos cuando de pronto, parada en la plaza, nos damos cuenta de que había una calesa tirada por dos caballos.  Nos miramos. Nos guiñamos, y allá que se fue Cris para ejercer el noble arte del regateo.

Después de arduos parloteos; muchos acuerdos y bastante más desacuerdos, convenimos con el conductor pagarle en vez de 600 Dhs. 250 Dhs. (25€) que incluía el que nos trasladara primero al alejado Majorelle, nos esperara – mucho más de una hora a que saliéramos– para trasladarnos después a La Menara, volviera a esperar, y su posterior vuelta al lugar de inicio del paseo. En total más de tres horas de servicio público. “La prisa mata” le decíamos cuando se quejaba.

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Los caballos, me miran con la una mirada preñada de “inquina equina” intuyendo lo que se les venía encima. Nunca mejor dicho. Nos subimos cuatro detrás y Cigalowsky en el pescante. Me temo lo peor. No soportaría verlo con un caballo al cuello.

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LOS JARDINES MAJORELLE

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Estos jardines, diseñados por el francés Majorelle y adquiridos por Yves Saint Laurent en 1980, son una verdadera preciosidad. La entrada cuesta 7 Euros por cabeza y merecen –por su belleza– absolutamente la pena el visitarlos.

Multitud de cactus; bosques de bambúes; estanques llenos de enormes peces de colores; rincones llenos de encanto y el azul “Chefchaouen” predominando allá donde reposase la mirada. La casa  Art–Decó que habitó en su día el modisto, una estupenda cafetería al aire libre, tienda (carísima) y una exposición de fotografías en la que se enseñaban los principios de ese lugar.

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Hicimos mil fotos y después de un buen rato de preciosos paseos, salimos en busca de nuestra calesa que, diligentemente nos esperaba fuera. Los caballos vuelven a mirarme con cara de odio. Definitivamente, no es para mí, el día del amor animal.

LOS JARDINES DE LA MENARA

Esta vez es Juanma el que se sube, diligentemente, al pescante. Precioso paseo y llegamos a los exteriores del enorme estanque. Camellos y ponies descansan por los alrededores. También me miran de soslayo; debe de haberse corrido la voz. Entramos en la explanada que da paso al estanque y allí, en un kiosquillo, nos tomamos –una vez más– un delicioso zumo de naranja y unas patatillas en una mesa debajo de un olivo centenario que el morillo que lleva el negocio nos apaña en cuestión de segundos. ¡¡¡Siéntate aquí, Alibába!!!

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No tuvimos suerte ese día. Una neblina inoportuna nos privó de la vista más magnífica de los Jardines de la Menara; aquella donde se divisa la construcción (donde, parece ser, iban los sultanes a darse el revolcón con sus odaliscas ) siempre escoltada por la impresionante cordillera del Atlas, que por cierto, ya estaba nevada según pudimos apreciar desde el avión a la llegada, y desde la misma ciudad al día siguiente. La entrada a estos jardines es gratuita. Cuando salimos, compramos en un puestecillo rodante palomitas de máiz. Nada que ver con lo que hay por estos lares, lo juro.

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Vuelta a la calesa. El teniente de caballería Juanma N’Chego toma las riendas del transporte y nos lleva magistralmente durante un trayecto mientras los animales, no sé si debido al esfuerzo o en tributo a nuestra gloriosa presencia, van soltando por el culo una larga andanada de ñoquis (Cigalowsky dixit) llenando una especie de Dodotis gigantes que llevan adosados bajo el sieso.

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Por fin, llegamos a la Plaza de las Especias. Los animales me despiden con una mezcla de displicencia  y alivio y decidimos, con muy buen tino, perdernos otra vez por el zoco dirigiéndonos hacia la Jamaa el Fna con idea de comer en un sitio que yo había elegido con un mirador impresionante sobre la plaza: El restaurante Chez Chegrouni; un lugar con una comida típica marroquí muy rica y con un precio muy ajustado. Pero antes, deberes conyugales, deberíamos de plegarnos al deseo de nuestra Santa y pasarnos por el Café Árabe (184 Rue Mouassine) para bebernos unas cervezas…

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Cris, sigue cumpliendo eficazmente con su cometido. Vuelvo a decir que gracias a su impagable dedicación, nos hace el viaje mucho más cómodo y agradable. Muy tranquilo.  Estoy pensando seriamente el llevarla a todos mis futuros viajes (o que ellos, nos lleven a nosotros).

Bien…estábamos con el Café Árabe…

El sitio, de lujo para aquellos lares, es un precioso restaurante que –¡¡cómo no!!– dispone de una terraza con preciosas vistas a la ciudad, en la que el amable camarero nos busca un sitio cómodo y confortable. Los precios, acordes con el local, sólo se lo pueden permitir los lugareños de un cierto poder adquisitivo y los turistas, que acostumbrados a los precios de sus respectivos países, no notan tanto la diferencia. 40 Dhs. la cerveza más económica que está bien rica. Father se toma un par de batidos reservándose para la noche.

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No vamos a comer hacia Chez Chegrouni; subimos a la terraza y una vez sentados cómodamente en primera fila, nos comimos un cous–cous de pollo y otro de ternera. Un buen número de pinchitos con arroz, un tajin de keftas y sopa harira. Todo eso acompañado con abundante pan (¡¡Que me gusta!!) aceitunas, patatas fritas, y tomate triturado con aceite y sal. Agua, té y dulces. 38 €. Mucho más copiosa que la noche anterior en los puestos y más barata.

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Las vistas, ya os digo, extraordinarias. Allí sentados –oyendo al Almuecín orar justo enfrente nuestra y otros tres, en la lejanía, contestándole– nos sentimos invadidos de una paz y un bienestar impensable en cualquier ciudad europea. Es un verdadero gozo. Esperamos a que la noche cayese sobre la Koutoubia y la plaza se iluminase con miles de puntos de luz que le conferían su aspecto mágico e intemporal característico. Vuelvo a indicar que es una imagen imborrable que siempre nos acompañará y que me gustaría compartir algún día  con algunos de los que estáis leyendo esto ahora.

“¡¡MUCHO CÚSCUS, ALIBÁBA!!”

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Volvemos al zoco, pues Father le había echado el ojo a unos magníficos cinturones de buen cuero que respondían a sus deseos en cuanto a calidad y tamaño. Es allí donde se fragua la mítica frase que definiría nuestro viaje. Entramos como quien  no quiere comprar nada. Pregunto; el viejo moro malandrín, sólo hacía probarme cinturones que yo sabía de antemano que me estaban estrechos. No sé con qué aviesas intenciones, me levantaba la chamarreta, me abrazaba, una y otra vez. Pasaba el cinto por mi cintura, me estrechaba entre sus brazos, y al comprobar que era chico, me decía tocándome la barriga… “¡¡Mucho cúscus, Alibába!!” y se iba a por otro sin hacerle el menor caso a mis indicaciones. Así, unas cuantas veces, hasta que yo le dije: “¡¡Antonio!!  ¡¡Éstos!!Dos cinturones magníficos me llevé por fin. De un magnífico y recio cuero fabricados por él mismo en aquel taller y probados con fuego delante mía para demostrar su autenticidad. Al final, los dos cinturones, unos cuantos magreos al progenitor de los Gorgonzola, y una frase para la historia, 15 €. Una ganga. “¡¡Mucho Cúscus Alibába!!” Ainsss…Creo que me he enamorado…

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Compramos especias  y nos vamos. Al pasar por el sitio del tipo de las serpientes, le arrojé –en un acto de compasión y justicia– un par de Nolotiles a la bicha que aún se encontraba habitando el país de la migraña. Me hizo un burla despectiva con la lengua y con los ojos enrojecidos me mandó a toma “¡Mucho Cúscus!”. Decidimos volvernos ya para el hogar (donde me esperaba el maldito colchón) tras tomarnos otros riquísimos zumos de aguacate y granada con naranja en la plaza.

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Paseábamos mirándolo todo con atención en dirección al Riad; nos comimos en el camino, en una confitería con un aspecto tirando a cutre, unas maravillosas milhojas de crema con un hojaldre exquisito y  unos crujientes dulces de  pasta brick rellenos de plátano con almendras que nos inundaba el paladar de perfume (se me perdone la mariconada). Eso del comer dulces imprablemente, es lo que tiene el viajar con el sahib N’Chego.

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Por fin, subimos para acabar el día –con un mar de risas y unas chicas cántabras que también estaban alojadas allí– a la preciosa azotea del Riad dando buena cuenta del ron y de los productos típicos de la tierra, para después, irnos a descansar y prepararnos para la siguiente jornada.

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No se lo creerán ustedes, pero el terrible cansancio pudo más que mi reticencia hacia el puto colchón y me quedé absolutamente frito en cuanto me acosté. El cansancio, o lo que fuese, es lo que tiene. Soñé con las películas Anaconda y Cabriola…

***

To be continued…

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (I)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (I)

(PRIMER DÍA. 19 de Noviembre de 2016)

***

Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos”.

(Antoine de Saint Exupéry)

“¡¡MuchoKúskus, Alibába!!”

(Anónimo)

 

Sabían en sus infinitas sabidurías, el Dios Padre de los cristianos y su coleguita Alá  de los musulmanes, que ya era el momento preciso para que la Familia Gorgonzola volviese a realizar un viaje –todos juntos en plena armonía y fraternidad– para visitar de nuevo el territorio infiel del Reino de Marruecos.

Era ya la hora oportuna, digo, pues habían sido –estos últimos tiempos– nada generosos en lo referido al pisar aeropuertos y tierras extranjeras. También se presagiaba esta salida, inolvidable por lo ilusionante que resulta siempre un viaje familiar y por la perentoria necesidad del quitar las telarañas y los pliegues que se producen –en la mente y en el ánimo– por la carencia de aires renovados y de experiencias enriquecedoras en otros ambientes distintos al usual. El cambio que le llaman.

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Antes de nada, aclarar que la Familia Gorgonzola (estos son: Father, Santa, Cris y el inefable Cigalowsky) este año había sido incrementada con un nuevo miembro tal cual es el mozo de espadas de Cris al que citaremos –como es costumbre en la saga– por su apelativo quesero: Juanma N’Chego.  En adelante Juanma para abreviar. Cinturón negro primer Dan de Kick Boxing que es, con lo que supone de tranquilizadora dicha circunstancia para el resto del grupo en determinados ámbitos aventurados de algunos países.

LA GÉNESIS DEL PERIPLO Y SUS PREPAROS.

Todo empezó un día del pasado mes de junio –cinco meses antes del inicio de la expedición– cuando comiendo en casa, Cris nos dice que van a comprar –ella y Juanma– billetes de avión a Marrakech para el lejano noviembre al precio de 20 € ida y vuelta desde Sevilla. Si! han leído bien. 10€ la ida. 10€ la vuelta. Cómo fácil es de suponer, el resto de la familia de inmediato mordemos la nuca de la pareja y nos apuntamos sin pensarlo, y sin casi consultarles la compañía, a dicho viaje. De inmediato, lo que yo te diga. Una vez aceptados en la gira (que remedio!) empezamos a preparar el tema organizativo.

Cris –con una profesionalidad digna de mención y encomio– se ocupa eficazmente de todo lo relacionado con el tour: vuelos, transfer, información relativa a estos, documentación necesaria y búsqueda de alojamiento. Además, por eso de dominar lengua extranjeras, es inmediatamente designada Guía, Directora de Regateo y Jefa de Salida del Viaje y desarrolla sus responsabilidades con un dechado de paciencia y resignación sin límite. Enormemente efectiva. Father –más adelante, pues se hace rogar– más acostumbrado a las labores de sillón y apalanque, elabora el planning de visitas y los posibles lugares de compras y condumio. Juanma es “un polvorilla”. Inquieto y siempre asertivo. Colabora con su enorme positividad y entrega. Siempre voluntarioso y predispuesto a lograr que el viaje sea (tal y como resultó) un éxito en cuanto a convivencia, tolerancia y entendimiento. Santa realiza funciones de Madre Supervisora de la Camada, catering patrio, consejera y controladora de gastos del Father Gorgonzola. y Cigalowsky que queréis que os diga… Realizador de videos, locución de medios y catering local. Cuidador siempre atento a los tropiezos de sus progenitores que, todo hay que decirlo, algunos hubo.

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Quede aclarado desde un principio, que todos queríamos vivir un viaje a un Marrakech verdadero y genuino. Nada de hoteles europeizados; nada de comidas en sitios de grandes cadenas o, ni tan siquiera, en sitios acomodados y/o utilizados para y por el turisteo. Queríamos realizar un viaje a un Marruecos auténtico (dentro de lo que cabe en una ciudad tan visitada como es Marrakech) y  a ser posible, vivir lo más alejado del ambiente occidental.

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Así pues, reservamos el alojamiento en un Riad en la misma Medina y decidimos comer allá donde la mayoría de los comensales fuesen autóctonos y nativos marroquíes haciendo caso omiso de detalles higiénicos que de ningún modo toleraríamos en nuestro país. Viajar a Marruecos, para alojarte en la parte moderna (que sólo conocimos en los trayectos del aeropuerto) en un hotel de alguna conocida cadena hotelera, y comer –por miedo a lo desconocido– en cualquier establecimiento de comida rápida tipo Burger, pizza o pollo frito, nos parecía una pérdida absoluta e irreparable de lo más puro, genuino y original de un país tan ensoñador y diferente como es Marruecos. Tan sólo nos permitiríamos, por precaución sanitaria, beber agua embotellada y solicitar vasos de plástico desechando los de uso común que estaban dispuestos en las mesas de determinados sitios. Daba un poco de asquibiri.

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Con esas premisas, nos dispusimos a organizarlo todo. Gracias a nuestra experiencia en organizar periplos y, sobretodo, a las experiencias y opiniones colgadas por viajeros anteriores en la red (mención especial a Tripadvisor y a Los Viajeros) pudimos recopilar una serie de datos que dio como resultado un estupendo planning que, el último día, al final de este relato, colgaré en PDF para el que quiera usarlo como información para futuros viajes. Visitas, lugares para comer y algunos datos más de interés general.

Para los Gorgonzola, no era esta la primera visita al país vecino del sur. Ya antes habíamos estado en muchas ocasiones por sus tierras del norte: Tánger, Tetuán, Asilah, Chefchaouen… Pero para Santa y para mí, era la primera vez que viajábamos al sur del sur; y puedo aseguraros, que la experiencia ha sido tan preciosa como reparadora. Insospechadamente encantadora y fascinante. El ambiente de la ciudad de Marrakech, ha sido de una completa tranquilidad y seguridad en cuanto a posibles temores. El atosigamiento de vendedores, guías, y captadores de puestos de comidas, se da por supuesto y asumido. El regateo –que a muchos occidentales nos avergüenza y cansa– es lo más natural (y necesario) para ellos. Por el contrario, la amabilidad en cuanto a proporcionar información, la dispensa de cortesía y la propensión a la conversación es norma habitual en aquellas tierras. Además… Cris venía con nosotros.

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“La prisa mata” dicen ellos. A nosotros. A nosotros nos mata que hemos perdido –en el camino del ficticio progreso consumista– el placer de tomarnos esta vida con las necesarias dosis de tranquilidad, calma y sosiego. Adornando inutilmente nuestras vidas con paranoias y obligaciones; con objetos tan superfluos cómo inservibles. Olvidándonos a veces de contemplar la vida desde la atalaya de la calma y la serenidad.

Vamos con el relato…

 EL PRIMER DÍA

Juanma y Cris nos recogen a Santa, Cigalowsky y a Father en casa a eso de las once de la mañana. Nosotros estábamos ya dispuestos –pertrechados con una impedimenta de bocatas, snacks y latas– para en coche, desplazarnos hasta Sevilla donde tomaríamos el vuelo directo hacia Marrakech. Salimos. Paramos en Marchena para tomarnos un tentempié (sobretodo para que Santa pudiese fumar) y llegamos a Sevilla para terminar de alimentarnos sentados en un bordillo de la carretera (a la rumana manera) a base de bocadillos de chorizo cular ibérico y lacón asado y ahumado con sus cervecitas y refrescos previendo la escasez de gorrino que se nos venía encima. Patatas fritas y “mondarinas” que si nó no sería “rumana manera” homologada. Mea la muchachada en gasolinera próxima y Cigalowsky tras un arbusto. Padre y madre, mucho mas comedidos, esperan a realizar sus necesidades en el aeropuerto sevillano.

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Llegamos al Aeropuerto de Sevilla. Un poco-bastante cutre, todo hay que decirlo, si lo comparamos con los de Málaga y/o el de Marrakech. El coche nos los recogen en “Salidas” la compañía de Parking que lo tendrá guardado durante nuestra ausencia (19 € los tres días con lavado incluido) y nos dirigimos al Checking.

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Compramos en el Duty Free Shop una botella de un litro de Ron Barceló para la prevención de infecciones estomacales;  un cartón de Chesterfield y una preciosa botellita de un té asqueroso de medio litro cuyo envase sería utilizado más tarde (ese era su verdadera finalidad)  para llevar el ron por la ciudad o por el mismo Riad para evitar suspicacias locales.

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El vuelo transcurre tranquilo y rápido (algo más de una hora de estrechez)

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y llegamos a nuestro destino. Ya estaba anocheciendo.

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La primera impresión es fantástica. El aeropuerto es moderno y bonito. Bien cuidado. El paso por aduana no representa problema alguno. Se soporta estoicamente la casi media hora de cola para el sellado de pasaporte, pero es que el flujo de viajeros es incesante.

Un consejo: en el avión a la ida, y en el aeropuerto de Marrakech a la vuelta, deberéis de rellenar un impreso como éste y que os aconsejo hacerlo tranquilamente para no tener problemas con los funcionarios.

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Los exteriores del aeropuerto son preciosos. Una vez fuera contactamos con nuestro conductor del transfer (ida y vuelta 10€ por cabeza que al final, por deferencia de la compañía, se quedaron en 6€) que nos trasladará en un enorme cuatro x cuatro  hasta la Medina y hasta la puerta de nuestro Riad. Esta es la compañía que en todo momento nos dispensó un trato tan cortés cómo práctico:

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Primer contratiempo: El chófer, puesto al habla (desde el mismo aeropuerto) con el encargado del Riad Todra –que era con el que teníamos concertada la estancia en la ciudad– nos comunica que se han olvidado de nuestras reservas y que no disponemos de habitaciones. ¡¡¡Tócate los cojones!!!  En un primer momento pensamos en la picaresca del conductor y que este nos quiere redirigir a un Riad de su confianza. ¡¡¡Craso error!! Era cierto que no disponíamos de reservas. Así que le dijimos que nos llevara al Riad primero para hablar (y comprobar in situ la situación de nuestras reservas) y en ese caso presentar nuestras quejas al encargado de dicho Riad..

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No obstante, cuando llegamos al Riad que había sufrido el olvido, su encargado, rapidamente nos comunicó que nos había encontrado otro alojamiento que, a la postre, resultó ser mucho mejor que el reservado. Aceptamos momentáneamente con la condición impuesta por Cris de ver antes las habitaciones y condiciones general del nuevo alojamiento. Riad Sidi Mamounie se llamaba el nuevo. Un sitio a diez minutos de la Plaza Jamaa el Fna, con un encargado Wallid, tremendamente amable y servicial. Nos aplican el mismo precio (El Riad Todra pagaría la diferencia) y las mismas condiciones en cuanto a alojamiento y desayunos. Muy recomendable.

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Vemos las habitaciones: Estupendas. Una azotea con vistas a la Koutubia impagables. Patio cubierto para desayunar precioso… En fin el alojamiento muy, muy bien, en todos los aspectos. A los pocos minutos de estar en nuestras habitaciones, ya lo considerábamos nuestra casa.20161119_191506

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Tal y como teníamos previsto, salimos inmediatamente después de soltar (literalmente) las maletas y nos dirigimos a la Plaza Jamaa el Fna para llenar nuestros ojos de luces; nuestras narices de aromas, nuestros oídos de sonidos y nuestras cabezas de inolvidables sensaciones que ya se quedarían a vivir para siempre en nuestra memoria. Una ciudad impresionante y extraordinaria.

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Cambiamos dinero en el Hotel  Alí muy frecuentado por extranjeros y del todo fiable. Justo a la entrada de la Plaza Jamaa el Fna. Lo recomiendo también. 50 Euros= 527 Dirhams.

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Nos adentramos en una cómoda multitud. Y se preguntarán ustedes ¿Qué es una cómoda multitud? Pues es una masa ingente de personas que ocupan un lugar por donde es posible caminar sin tropezar ni sentir sensación alguna de agobio u opresión. Así es y así lo cuento. Otra cosa son los captadores de restaurantes, pero todo eso se arreglaba con un amable Lá shokran habibi (no, gracias amigo!) y seguías tu camino.

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Decidimos cenar en uno de los puestos de la plaza. Carne. Pensamos ir al número 31 que es el recomendado para este tipo de comida (el de los pescados es el 14) no sin antes parar para tomarnos en otros puestos unos cuencos de deliciosos caracoles (a 1€ el tazón) o unos indescriptibles zumos de granada y naranja también a 1€ c/u . Repetimos caracoles y zumos todos los días restantes. El puesto 31 estaba hasta la bandera de ciudadanos marrakechíes; así que nos fuimos hacia otro en el que pensábamos que nos habían timado por el precio cobrado: 480 Dírhams o lo que es lo mismo: 48 euros mal contaos. Pero después, recapacitando… En total nos comimos entre cinco personas: 30 pinchitos (eso sí los 18 de cordero muy chiquititos) una ración de keftas con huevo y dos raciones (también pequeñitas) de salchichas; dos CocaColas dobles (que son caras) y una botella de agua mineral de litro y medio. Ellos, por su parte, nos pusieron un pan riquísimo, salsas picantes, patatas fritas y un picadillo de tomate, pimiento y cebolla…  Así que, después de pensarlo más reposadamente, llegamos a la conclusión de que no nos salió tan caro. Aunque después, comimos mucho más barato e incluso mejor…

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El cansancio ya iba haciendo mella después de tantísimo ajetreo. Decidimos pasear un poco por el zoco para ver y sentir el ambiente…

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Nos vamos hacia el Riad con ánimo de tomarnos unos rones en la terraza y fumar algunos cigarritos típicos del país (a donde fueres, haz lo que vieres) con unas preciosas vistas de la Koutoubia. Un perfecto final para un perfecto primer día.

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Mil risas y mil proyectos para los siguientes días. El viaje acababa de empezar y ya, por lo vivido ese primer día, merecía la pena el haber apostado por una ciudad tan mágica, asombrosa y fascinante como nos estaba resultando Marrakech. Una ciudad de la que he vuelto absolutamente prendado.

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To be continued…

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EL CLUB DE LOS PURETAS TUERTOS

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EL CLUB DE LOS PROVECTOS TUERTOS

Vengo observando, desde hace ya algún tiempo, que una de las últimas fases por las que pasa el ser humano en eso que es la vida, es el despertar de las glándulas productoras de las hormonas del descaro, de la desfachatez y de la insolencia. Parece ser que el cuerpo, –rememorando las épocas primeras– saca a pasear por última vez la nula reflexión y la impertinencia. La descortesía, la osadía y la desvergüenza. Sin acritud, entiéndaseme. A ver. No se crean que exagero; me explico: Quien no ha sufrido en una cola del Carrefour una rapidísima pasada tipo Márquez-Lorenzo de una vieja que, amparada por la ley de la senectud, te pega codazo, refunfuña, te mira con desprecio, te regala una vaharada de olor inclasificable, y se te pone delante porque ella lo vale? 1202857212_850215_0000000000_sumario_normal Quien no ha sido interrogado hasta el tercer grado por la anciana de turno –mientras esperas en el ambulatorio médico– acerca de tus padecimientos y el consiguiente y eficaz remedio que tan bien le fue a su difunto marido fallecido recientemente por la misma dolencia? Quien no ha sufrido la indiscreción y la desconsideración del comentario grosero e inoportuno de la abuela del amigo que –nada más verte– te espeta lo gordo que estás, o lo calvo que te estás quedando? ¡¡Ay que ver, Manolito, con la mata de pelo que tenías; Ay, qué pena, Manolito; que gordo tás puesto!! y Don Manuel, director de entidad bancaria, se queda disimulando atribulado, contrito y cagándose en todas las muelas de la reputa vieja que Satanás queme en los infiernos por los siglos de los siglos. Amén! images_2042 Pues bien, lo que ahora viene, es real. Me pasó ayer en el Hospital Civil de Málaga; Sección Oftalmología; Primera planta ascensor. Resulta que Santa debía de operarse de cataratas en el ojo derecho, así que llegamos al centro hospitalario el día de la intervención. La presencia de mujeres provectas es alarmantemente profusa. El Father se va oliendo lo que, irremediablemente, tiene que llegar. Cuatro compungidos varones; dos jóvenes y otros dos de la misma quinta que las cotillas conforman el cegato grupo. Y Santa. Mi amada y paciente Santa. Y yo, que soy el narrador y que, nada más llegar, ya estoy deseando largarme de allí. hospital_civil_-_mlaga-640x640x80 El interrogatorio hacia mi mujer y hacia mí mismo es continuado y agotador por parte de dos señoras que, enfundadas –como todos– en camisones y pijamas anti libido, nos hacen un exhaustivo censo de enfermedades y padecimientos digno de la Agencia de Inteligencia Americana. CIA para los amigos. Yo las miro con cara de circunstancia y horror;  y con el innecesario argumento de que soy acompañante, que no paciente, y que por tanto estoy eximido de someterme al Poli Deluxe, trato de escabullirme y escurrir (infructuosamente) el bulto. Llaman a Santa la primera y yo aprovecho para ir a desayunar a la cafetería exterior que está pared con pared con el mortuorio. Una asquerosidad innecesaria a mi escrupulosa manera de ver. Entran los pacientes (los impacientes tambien) en el quirófano en ordenado desfile; y tal cómo entran, van saliendo. Mismo orden de entrada, mismo orden de salida a una sala de descanso (por los cohoness) donde habrán de reposar los pacientes intervenidos (los impacientes tambien) y con un sólo (por los cohoness) acompañante por paciente intervenido. cirugia-corbis456 Los ayes, las quejas y las solicitudes de un auxilio innecesario son continuos y constantes por parte de las viejas. Hablan a gritos a los maridos. Contestan llamadas de móviles de politonos que no les pegan nada. Las llamadas solicitando silencio de las estoicas y resignadas enfermeras igualmente continuas y constantes. Los familiares (de tres en tres) de las dos carcamales dando un porculo, más que notable, sobresaliente cum laude. No sé si gracias al destino o la inconmensurable generosidad y comprensión del equipo médico, somos los primeros en salir del hospital no sin antes haber sido citados para el día siguiente –a las nueve en punto de la mañana– en el servicio de Urgencias del citado centro para la primera revisión tras la intervención. cuidaint2 A la mañana siguiente, Father y Santa, a las nueve menos cuarto, entran en una atestada sala de espera donde se encuentran toooodas las viejas acompañadas por su vociferante y numeroso séquito familiar. Habrán acampado fuera toda la noche? se preguntan los Gorgonzola. El calor exasperante. 1154860 Los comentarios, cómo es habitual, insoportables. Salen los abanicos a relucir. Un sindiós. En esto que entra la enfermera y dice: – A ver! los que estén operados del ojo pueden pasar a la sala del pasillo de enfrente que ahora está vacía y más cerca de la consulta de oftalmología! Piensen en la Banda Sonora Original de Carros de Fuego. Imagínense la escena (para observarla en toda su magnitud, dimensión y trascendencia) a cámara muy lenta y prepárense para lo peor. La horda viejuna, cual si fuera impulsada por un invisible resorte, sacando fuerzas de flaquezas (se trata de una cola) salta de sus asientos, y cómo si les fuese la vida en ello, salen en tropel con los andadores pegándose achuchones y codazos (les suena?) para coger sitio en la sala nueva. Jaleada, cómo es natural, por la caterva familiar de cada uno. P4 Quedan los Gorgonzola absolutamente solos y abandonados en la sala primera. Al momento entra una pareja de ancianos con cara de derrotados en Waterloo al no haber sido capaces de tomar plaza; y al segundo momento una enfermera que pregunta a la casi vacía sala (no sé si gracias al destino o la inconmensurable generosidad y comprensión del equipo médico otra vez): ¿Santa de Gorgonzola? Y allá que vamos atravesando el pasillo –altivos, arrogantes y altaneros– camino de la consulta. Cuando pasamos por la atiborrada sala de espera, un silencio sepulcral se impone; y tal si fuesen, que lo son, El Club de los Puretas Tuertos, nos miran con el ojo sano, con una mezcla de desprecio, envidia y estupor. Mientras nosotros, miramos hacia adelante, orgullosos de nuestra suerte, mandándolas a todas “in mente” a tomar por el mismísimo culo. 10330470263_b8cdceee96_b*** elemento-decorativo-floral_23-2147486718

UN MILLÓN SETECIENTAS CINCUENTA MIL VISITAS

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UN MILLÓN SETECIENTAS

CINCUENTA MIL VISITAS.

 

A algunos les parecerán pocas; a otros les parecerán muchas. A mi me parecen una barbaridad. Pero no se confundan, no es el número redondo, mágico e impensable, lo que me parece una barbaridad; lo que me parece una barbaridad es lo que va de serie, lo que lleva adosado a sus espaldas esa cifra.

 Un millón setecientas cincuenta mil visitas, dan para mucho; dan para saberse leído por tantas personas como componen y le dan forma al número. Me hace suponer, fehacientemente, que ha habido un millón setecientas cincuenta mil pensamientos hacia algo que yo he creado; engendrado en mil horas de dedicación, de afán y entusiasmo. Y eso, no sólo me abruma felizmente; sino que además, un poco, asusta y sobresalta.

 Pero al margen de la responsabilidad no buscada que me acompaña desde la creación de este blog -ya saben eso de mostrarse a un mundo con opiniones y pensamientos privados (que dejan en ese momento de serlo) y que irremisiblemente se escaparán de tu control- este nuevo medio de correspondencia, de intercambio, de relación y -en muchísimos casos- de afecto, ha cambiado mi vida para bien. Para muy bien.

 Porque extrañamente (como suele suceder en estos circuitos) nunca se ha recibido -en este blog que ahora estáis leyendo- ningún mensaje insultante ni provocador. Nunca, como administrador de este sitio, he tenido que intervenir ni censurar ninguna comunicación proclive al enfrentamiento o a la hostilidad. Nunca, lo juro.

 Una de mis primeras intenciones fue el de proporcionar información de ciudades para viajeros, de apuntes de inglés y cualquiera de esas cosas que formaban parte de ese universo privado, y cerrado al mundo exterior, que era el disco duro de mi ordenador. Pero esa pretensión primera, fue superada ampliamente con colaboraciones de mis amigos que con sus sugerencias, sus aportaciones y sus generosas contribuciones artísticas, han dado a este blog una pátina de valor y consideración, un revestimiento ilustre y atrayente, que en tres vidas que viviera, nunca hubiera imaginado poder alcanzar.

 Pero sobre todo, de forma muy especial, el afecto que siempre, inesperadamente, recibo y me sorprende cuando salgo a la calle a algún evento y recibo el cariñoso grito de ¡Father! de mucha gente que se me escapa al reconocimiento o a la memoria.

 Por eso, en esta “celebración numeral” no voy a darle las gracias a mis amigos de toda la vida; o a los amigos escritores, pintores, poetas, fotógrafos… que me han regalado su arte muy generosamente. Esta vez voy a darles las gracias a esos amigos anónimos y desconocidos que desde los lugares más insospechados. (Hay visitas desde China a Alaska; desde Rusia hasta Nueva Zelanda. En lugares aislados de la selva amazónica o desde el mismo centro de los océanos donde no existe tierra conocida; quizás un barco) voy a darle las gracias, decía, a esos amigos que como puntitos rojos adornan ese mapa de visitas que -cuando lo consulto- me deja asombrado y estupefacto por la lejanía de los que entran; pero también, conmovido y emocionado, imaginando el hecho del hasta donde han llegado mis palabras.

 Y eso, ya te digo, me resulta tan asombroso como desconcertante. Así que vuelvo a daros las gracias. Un millón setecientas cincuenta mil veces las gracias. Que no son pocas. Que son, en realidad, una verdadera barbaridad.

Espero que, con el tiempo, pueda llegar a nueve millones de visitas; tantas como bicicletas hay en Beijing.

VUELVE LA NAVIDAD A CASA GORGONZOLA. 2013

VUELVE LA NAVIDAD

A CASA GORGONZOLA.

 2013

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LOS CUATRO, LOS CUATRO…

SIEMPRE LOS CUATRO

 Lo reconozco; soy muy tradicionalista, mucho. Pero no se confunda esa condición con la de ser conservador; háganme Uds. el favor.

 Digo tradicionalista, porque a pesar de que tengo la capacidad -de la cual me satisfago- de fusionar y hacer convivir costumbres nuevas con las adquiridas y asumidas en todo mi periplo vital, no sólo no reniego de estos hábitos, sino que además trato de imbuirlos y traspasarlos a mis hijos para que sigan dando la tabarra, con mis manía y mis querencias, a los que hayan de venir detrás de mí.

No se me confundan Uds. háganme el favor, y crean que les estoy hablando de clasicismo trasnochado o folklore casposo; de prácticas anticuadas o de pasado nostálgico. Estoy hablando de conservar las raíces, y los usos y los modos, en los que fui criado y educado y que -orgullosamente- aún trato de mantener.

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Adoro algunas prácticas que me resultan absolutamente gratificantes: La costumbre de mis cuñados de que me regalen un jamón ibérico en Navidades (habrá cosa más bonita?) o la de los otros, que desplazados a mi domicilio, me cocinan una inimitable orza de lomo en manteca para que nos acompañen y acaricien el paladar las frías tardes de Invierno (habrá otra cosa más bonita?) También me encanta esa tradición de asistir a la Fiesta de los Villancicos cada año a Casa de los Gaviño-Spinner, para que una vez acabando con las viandas y los licores, Margarita nos haga entrega a los Gorgonzola (en petit comité y ocultos de miradas envidiosas y suspicaces) de una caja llena de galletitas hechas por ella misma a la suiza manera; cómo no podía ser de otra forma.

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Me fascina que vengan Titi y Ana a visitarnos cargadas de ellas mismas, que ya es bastante. Porque bailaremos y reiremos hasta desfallecer. Desfallecer de puro contento, que es cómo a nosotros nos mola. Comprar dulce de los conventos con Maxi y Pepa; y que vengan Jóse y Silvia a abrirnos el jamón y a beberse mi reserva de Ron. Que venga. por fin, mi hermano Fernando y su manada, para hacerlo llorar; tanto de risa cómo de ternura y emoción. Cómo a él le gusta.

Me encantan también esas costumbres -que a fuerza de ejercer cómo tal, se transforman en tradiciones- como es la de mi querido amigo Fernando Damas que, cada vez que nos reunimos con la Logia del Negro Anaranjado, tiene a bien el obsequiarme con botella de ron de la más alta excelencia.

Me gusta esa nueva costumbre que tiene mi hija Cristina -desde que se emancipó- que es esa que nos traiga churros para desayunar cada domingo por la mañana. Para aliviar indeseadas, pero gloriosas, resacas sabatinas. Los cuatro otra vez juntos.

Me gusta adornar la casa por Navidad. Cada Puente de la Inmaculada y de La Constitución.Me gusta.

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Adoro que los Gorgonzola nos reunamos los cuatro -siempre los cuatro- y que Cris, nos haga más galletitas de mantequilla que dispondremos en bandejitas ad-hoc junto a otra bandeja de porcelana centenaria de mi abuela Matilde, sobre la que reposan algunas botellas de espirituosos que darán su vida en martirio por atender a mis invitados cómo ellos se merecen.

Me gusta preparar la fondue de queso que la familia nos zamparemos en el intervalo del almuerzo; mientras descansamos de instalar las luces de las ventanas que adornan e iluminan la calle desde nuestro salón. De colgar guirnaldas y flores de Pascueros. De llenar la casa de villancicos. Una música que cada año se debate en una lucha  feroz y sin cuartel entre Frank Sinatra y Manolo Escobar; según sea Father o Santa quien disponga el ambiente. Cris en mi bando; Cigalowsky en el bando contrario con su madre.

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Este año estoy contento, y mucho. Pues hemos decidido recuperar una tradición que teníamos ciertamente abandonada desde hace ya algunos bastantes años. Montar el Belén. Con permiso, claro está, de Paco Martínez Soria.

P1190337(Nótese algún intruso en el Belén; los encontráis?)

Desde que los tiernos infantes crecieron, se abandonó dicha costumbre que éste año, ya te digo, vamos a recuperar. Pero no sólo esa; sino también la de desplazarnos -tijera podadora en mano- a nuestro Monte de San Antón y traernos para casa un abundante acopio de ramas de algarrobo, de pinos y de lentiscos. Enormes manojos de tomillo y de romero; de naranjas cachorreñas y de piñas de abetos. Musgo verde y húmedo; piedras llenas de manchas blancas y amarillas de líquenes. Todo un botín botánico natural que compondrá un escenario, fresco y perfumado a campo, donde se situarán las figuras de barro que en su día el Father Gorgonzola compró – hace ya la friolera de medio siglo- en una ya irretornable Plaza de la Merced abarrotada de puestecillos de Navidad, Circa 1963. Todo un botín botánico natural, ya os digo, que coronará también los muebles que desde hace mucho más de un siglo, acompañan la vida de la familia Souvirón y que cada año, al realizar este rito, saben que han cumplido un año más de vida vivida. Yo me entiendo.

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Así que este año, la Casa Gorgonzola -cómo cada mes de Diciembre- otra vez se vuelve a vestir de luz y de Navidad. Y esperará, impaciente y nerviosa, a que los regalos vayan apareciendo -de manera encubierta, pausada y misteriosa- a los pies de nuestro Árbol. Para que el día de Reyes (Santa Claus Go Home!) comiéndonos unos trozos de roscón de la Confitería La Exquisita, (todo es tradición) los abramos en un mar de ilusión, de sorpresa y fascinación. De amor. Los cuatro, los cuatro; siempre los cuatro.

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 Porque ya es Navidad en Casa de los Gorgonzola. Ya es Navidad!

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