UNA PATADA AHÍ! (En el mismísimo coño)

 

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UNA PATADA AHÍ!

(En el mismísimo coño))

Voy y me entero, de que hoy se cumplen nueve años de la patada que mi amigo le propinó -en el mismísimo coño- a la Parca. Empeñada estaba ésta en envenenarle la sangre a mi amigo, sin contar, con su cabezonería y obstinación; con su emperramiento en llevarle la contraria a la Inevitable y ganarle la partida con el noble arte del puntapié entrepernilero.

La Jodida, aún no se explica la enorme predisposición y afición que le tenemos a la Vida los frágiles humanos. Todos tenemos fecha de caducidad, lo sabemos, pero no nos gusta que nos toreen y nos lleven de gira cuando a ella (la Muerte) le apetezca; sin tan siquiera consultarnos -que falta de detalle- si nos viene bien o mal.

La Muerte, que ahora van y dicen que es otra forma de Vida, pero sin sexo, ni drogas ni rock & roll. No sé yo, la verdad, si a eso se le puede llamar Vida. A la Muerte digo. Bueno me callo que me estoy liando.

Mi amigo, conformó un apreciadísimo grupo en los ya lejanos 70 que aún estamos en contacto. Mi amigo detentaba el don de la generosidad (asaltábamos el negocio familiar en búsqueda del suministro manducar esporádicamente) el don de la esplendidez y del compadreo. De la más desinteresada camaradería. Me enseñó a oír la música de Triana -entre humos y sentados en el albero- con manta y con cacharra. Me acompañó a ver las piedras de colores en el Torcal; a seguir el cauce del rio en el Molino de Coín. Nos acompañamos (todos) mutuamente durante unos años de aprendizaje y experiencias tan útiles como inolvidables.

Nueve años van ya dándole esquinazo a esa buscona meretriz que se mete en las casas sin que nadie la llame. Hoy hace nueve años que mi amigo Carlos de León y Paz (que nombre tan bonito!), le propino una patada ahí, en el mismísimo coño, a la misma. Y no saben Uds. lo que yo me alegro.

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EL ÚLTIMO VUELO

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EL ÚLTIMO VUELO.

Se encontró con el Destino de sopetón al doblar una esquina. Tropezó con él y le pidió disculpas por su torpeza. El Destino, que no estaba acostumbrado a recibir muestras de amabilidad y cortesía, en agradecimiento, le concedió un deseo. Sólo uno.

Piénsalo bien –le dijo- a veces las mejores intenciones vienen cargadas con la imprevisión y lo inesperado!

Pensó en riquezas interminables. También en poder y en pujanza. Pero al final se decantó por algo que siempre le había rondado la cabeza y que, al fin y al cabo, le proporcionaría todo lo que él había considerado en ese primer momento.

Siempre había pensado en el desperdicio, en el enorme despilfarro que resultaba el que – cuando moría alguien conocido – todo lo atesorado en el cerebro y en el corazón del fallecido, se perdiera para siempre. Todos los estudios y conocimientos adquiridos; todas las vivencias y todas sus experiencias vitales. Todo lo que había acumulado por el discernimiento, la erudición, y la sabiduría que proporcionaba la edad cumplida y vivida. Así que, un mucho vehemente, y un muy poco reflexionado, pidió al Destino el heredar el contenido de esos dos órganos de cualquiera de los amigos que el dispusiese y seleccionase. De forma tan imperecedera como irreversible. De esa manera, en cierta forma, sus amigos seguirían viviendo en él. Y él viviría por ellos.

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Le fue concedido el deseo y el Destino se marchó aunque con la cara un poco rara; absorto y reflexivo, no teniendo para nada claro – todo hay que decirlo – si lo que le había concedido era bueno o era malo.

La vida continuaba. Y como la vida existe porque tiene la meta volante de la muerte, algunos amigos, familiares y conocidos se marchaban definitivamente, y de distintas maneras, para el mismo sitio. Por accidentes, por enfermedades. Por azares y malas suertes. Por fecha de caducidad o por la inapelable prescripción facultativa del citado Destino.

 Porque ya se sabe, la vida, cómo la injusticia, es ciega y torticera. Puta e inoportuna  cuando le viene en gana.

Al cabo de unos años se sentía seguro de si mismo y poderoso. Hablaba con fluidez nueve idiomas y se defendía en otros tantos: tenía la experiencia adquirida de mil viajes emprendidos y de mil amores consumados; tenía mil sueños cumplidos y apenas deseos anhelados. Tenía un millón de anécdotas y otro tanto de misterios a punto de resolver.

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Al cabo de unos años más, estaba rodeados de nuevos amigos que, gracias a sus nuevas capacidades, se habían subido al tren de su existencia; todo el mundo se divertía con su genialidad, con su conversación fluida y ocurrente, con la nueva figura y el estado físico que tenía, pues, entre otros muchas más cosas, había adquirido la disposición para el ejercicio físico de unos, la predisposición para la música, y la pintura de otros. Cocinaba de maravilla y detentaba un sentido del humor tan fascinante como fino y corrosivo. Era solicitado para todos los actos culturales y festivos de la ciudad;  y así, pasaron – otra vez – algunos años más. Siempre acompañado de su fiel compañera. El amor de su vida.

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De pronto, o eso le pareció a él, le empezaron a asaltar achaque y temores; sobresaltos y desasosiegos, pues los sentimientos que albergaba en la parte oscura de su cada vez más grande corazón y de su cada vez más atiborrado cerebro, empezaron a mostrarse, sin pudor alguno, una vez que estaban acomodados en su nuevo cuerpo.

La envidia de todos no le dejaba vivir. La pereza de todos le impedía ponerse en marcha; la usura, también de todos, le impedía gastar los que sus cualidades le proporcionaban. Empezó a vestirse mal debido a la dejadez; se hizo intransigente, intolerable y exigente; se volvió egoísta y resentido, porque una vez abierta la Caja de Pandora de los sentimientos ajenos, estos, se instalaron para no marcharse ya jamás. Era receloso y resentido; suspicaz y desconfiado. Brutal, despiadado e inhumano; cada vez con más asiduidad. Con mayor inquina.

Cada amigo que moría; cada conocido que emprendía el viaje sin vuelta, le legaba tantos sentimientos y conocimientos, buenos y malos, que empezaba a volverse loco. La insania de la percepción infinita que no le dejaba vivir medianamente en paz.

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Un día, su mujer – ya sabéis, el amor de su vida – falleció súbitamente. Destrozado, la lloraba inconsoladamente cada día; y la reclamó para sí. Un día, al levantarse, se  estremeció y se encontró un sentimiento nuevo en su corazón. Empezó, extraña e incomprensiblemente, a sentirse atraído, a notar como se sentía enamorado con locura, de su mejor amigo. Con un amor tan apasionado, sensual y entregado que ni tan siquiera él lo había sentido hacia su amadísima esposa. ¿Cómo me puede suceder esto? Se preguntó. Y de pronto, cayó en la cuenta de que lo que estaba experimentando era el sentimiento de amor secreto -frenético y enloquecido- que ella sentía  hacia el amigo común. Y él sabía que eran sentimientos compartidos.

Preso de los celos, lo mató. Pensando que haciéndolo – y adquiriendo otro nuevo sentimiento aportado por éste – ella volvería a amarle con un deseo y una entrega que el jamás hubiese imaginado que existiera.

Pero no le dio tiempo; no pudo soportar los celos y los remordimientos.

La terrible amargura que le intervino, le duró apenas siete segundos; el tiempo que le llevó el llegar al suelo – en un último vuelo – desde lo más alto del edificio de La Equitativa.

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* Todas las ilustraciones que aparecen en esta entrada son de Jason Cantoro. Gracias a Taz Looney por haberme mostrado el camino hacia este artista.

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