LA SONRISA DEL GATO ALBERT

“Larga vida en la vida de los demás”

Paco Bernal

La sonrisa del Gato de Cheshire flotaba en el ambiente de la sala de butacas del Echegaray en estos días de buen teatro en la ciudad de Málaga. La sonrisa del Gato de Cheshire. Una sonrisa  eterna, amplia, resplandeciente, que, miren ustedes qué cosas! no se vería engastada en el rostro de su verdadero dueño hasta el minuto final de la representación. En la figura del autor del texto. La sonrisa del Gato de Cheshire. La sonrisa del Gato Albert.

Mi querida Mori, es una obra escrita hace ya muchos años por el citado Albert y representada de nuevo como homenaje –o eso al menos me pareció a mí– al amigo, al poeta, al escritor, director y, resumámoslo, al prolijo creador y artista que fue Nacho Albert Bordallo.

Cómo no podía ser de otra manera, fueron sus más mejores los que se ocuparon de encoger el corazón a los espectadores (aún hoy lo siguen haciendo) que –sin poder apartar su pensamiento del fugitivo involuntario– disfrutamos durante algo más de una hora del intenso y profundo lenguaje del autor. Un lenguaje culto e ilustrado, no fácil de memorizar para los actores, y tremendamente efectivo para eso del transmitir emociones y del provocar el pensamiento y la reflexión.

Acabo de terminar Seda de Alessandro Baricco. Y no he podido evitar establecer una comparación entre ambos textos por cuanto hay de roles comunes. En los protagonistas principales: Mr. Diamond con Hervé Joncour .  La ubicación local de la historia: Japón. El paisaje belicoso que rodea dicha historia. El amor intensísimo que ambos sienten por sus parejas. La pasión irremisible e inevitable que les asalta hacia una tercera persona.

La representación de Mi querida Mori, es una exhibición de buen gusto. De buen gusto por lo literario. De magnifica interpretación y dirección. De una música tan sugerente como apropiada. De una escenografía, atrezzo y vestuario pertinentes y adecuados. Un placer para los sentidos que –gracias a esta conjunción de capacidades– nos lleva a los espectadores a desear un rato más de función para disfrutar, a pesar de ser una obra intensa y pesarosa (todas las historias de amores fallidos o rotos lo son), por el enorme potencial interpretativo desarrollado por los dos únicos actores que se suben a las tablas y que nos encogen el corazón con sus personajes espléndidamente dibujados: Luis Centeno y Sofía Barco. Magníficos ambos.

Al final, miren ustedes cómo son las cosas, en el último minuto, el Gato de Cheshire, el Gato Albert, va y se hace visible. Y una sonrisa hermosa, franca, cordial y generosa se hace carne en la figura del llorado amigo que observa –algo avergonzado y azorado–  a todo el mundo en pie aplaudiéndole emocionadamente.

Antes del ágape, que lo hubo, los asistentes tuvimos la oportunidad de salir al exterior: Unos para fumar. Otros para charlar. Todos para reír. Para reír, sí. Porque no teníamos otra forma de echar fuera la enorme aflicción que habíamos experimentado y el rencor que sentíamos hacia las muertes injustas, irrazonables e inaceptables.

Larga vida en los demás que decía el atribulado director. Imperecedera vida añado yo, en el recuerdo de sus amigos. Que al fin y al cabo, viene a ser lo mismo.

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