BAILANDO CON TOROS

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BAILANDO CON TOROS.

“Tengo la enfermedad del Arte.

La transmito, pero no la padezco.”

(Andrés Mérida, padre.)

 

La cosa surgió súbitamente; con una inesperada y gloriosa llamada a filas de mi amigo el Almirante Mérida. Con el requerimiento -siempre ilusionante para mí-  de que me presentase, en las dependencias de su estudio, con la alentadora promesa de la prebenda solicitada.

 -Vente para acá que tengo ganas de estar contigo; me dijo. Que hoy estoy pletórico de inspiración  y te vas a llevar un regalo.

 Yo, que soy tan rápido como el alado dios Hermes -también protector de las mujeres menstruantes (No sé si me habrán cogido Uds. el chiste)- respondí con un lacónico…

 -Voy pallá!

 Iba yo, por consiguiente,  raudo y veloz, contento y feliz, hacia el estudio de mi querido y admirado Andrés Mérida. Prestigioso pintor que es.

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Un inciso:

 Esto tenía su propia génesis. Un primigenio comienzo: Durante mis caminatas por la Ruta del Dianbén, suelo cruzarme con el amigo Mérida. Como quiera que los profesionales del paso ligero, aborrecemos pararnos -por lo que conlleva de pérdida de ritmo- cuando llega el momento (justo en el tiempo y exacto en el lugar) compartimos saludo militar al grito de ¡Almirante! Y nos damos, ambos dos, por cumplimentados. Cómo mandan las ordenanzas.

 El Lunes pasado, rompí la regla de los caminantes; pa que vean; lo paré y -comunicándole mi intención de realizar nueva entrega en mi blog de su trabajo- le pedí algún cosita suya, firmada y dedicada,  para que encabezase (y ya de camino, figurase en la página de inicio de este blog) la entrada que ahora mismo estáis leyendo.

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Se acabó el inciso. Sigo con lo anterior…

Así de ilusionado pues, iba yo en el coche; encantado de la vida; dado que mi familia de “Méridas” iba a ser incrementada con un nuevo tesoro. Pero al destino -que a veces es cruel y veleidoso, pero esta vez estaría cansado- le dio por ser indulgente conmigo; y lo que iba a ser un regalo, se transformaron por arte de la generosidad, en tres fantásticas  y preciosas piezas. Y cada una de ellas, tienen su historia. Las que ahora os cuento.

Para no alargar mucho el relato -ya se sabe como es de rígido esto de Internet- voy a resumir mucho los dos primeros regalos; de hecho, ya he relatado el primero. El segundo, una lámina firmada  y numerada 29/100, que por poco, hace que mi Santa se desmaye de la emoción producida. Y, por fin, vamos por el tercero y que da título a esta entrada:

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BAILANDO CON TOROS.

Entrar en el Templo, siempre acarrea un abanico de emociones. Reacciones físicopsicológicas dicen que son, que me producen el escalofrío del Síndrome de Stendhal al verme rodeado de tanta belleza. El amigo Mérida, tiene a bien el cambiar periódicamente el muestrario que cuelga en sus paredes; de modo y manera que el visitante queda en cada visita sorprendido y fascinado. Como si cada vez,  fuese la primera.

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Nada más llegar, tras el abrazo cordial que siempre nos dispensamos, amablemente y como acostumbra, me ofrece cervezas que yo rechazo pero canjeo inmediatamente por dos chupitos de whisky que me proporcionan el golpe de calor imprevisto y fastidioso.

 En mitad del estudio -como es acostumbrado y  habitual- está instalado el enorme caballete donde se fraguan las ideas, los impulsos artísticos del Maestro. Este, el caballete, extrañamente despejado de color estaba solamente ocupado por una enorme cartulina porosa de tono verde pálido. Con una ausencia de trazo y de color que llamaba la atención. Cómo esperando ser utilizada.

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La velada trascurría entre comentarios de pintura, los toros…siempre los toros. De la plaza Monumental de México D.F. y la corrida que allí presenció con el Juli de espada entre otros. Hablamos acerca del traje que le habían regalado del cantante mexicano Alejandro Fernández; orgullosamente me lo mostró y se lo probó para que quedase inmortalizado en las fotos que ahora estáis viendo. Seguíamos hablando de los pasodobles, de la pintura de Saura y, también, sobre la evolución en su pintura y la huida del encasillamiento artístico que tanto le horripila. Ante mi preocupado comentario sobre si pensaba abandonar su vertiente taurina, me tranquilizó con la negativa. El toro y el torero, forman parte indeleble de su universo particular.

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También me descubrió al músico italiano Mario Biondi una suerte de moderno Barry White y, por fin, me confesó, que por las mañanas da gracias a las alturas por haberlo dotado de un don que le permite ganarse la vida con lo que ama.

 Así pasaba la velada cuando de pronto, ocurrió el milagro. El maravilloso e inesperado milagro: se puso delante del lienzo -algo así como una enormidad de un metro de alto y setenta centímetros de ancho- y me dijo:

 -Este, lo voy a pintar en directo y, además, te lo voy a regalar!!!

 El corazón me dio un vuelco. Casi me mareo. No me lo podía creer.

 -Además, porque eres mi amigo. Ya somos amigos, elige tu mismo el tema!

 Otro vuelco. Le sugerí -como era de esperar- un torero. No hubo duda alguna en la elección.

 Se quedó pensando. Un minuto escaso pensando.

 -Ya lo tengo!! En la cabeza ya lo tengo!! Pero para esto hay que cambiar de música.

 Se acercó a su ordenador, buscó tema adecuado, y empezó a sonar la música.

 -Éste!!  Me dijo, es el pasodoble que inicia siempre las corridas en la Malagueta.

 Y así, de esa manera mágica, con Pan y Toros, empezó el festejo. Se bajó al redondel, y así acompañado, empezó la lidia. Bailando con Toros.

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La primera mancha desconcierta. Andrés pinta con figura de torería. Presencia y apariencia. Los lances pictóricos quedan reflejados a pinceladas imposibles en la cartulina, abocados a lo imperecedero; tras la primera mancha, dos líneas definen no se sabe por ahora el qué; hasta que otra línea curva rapidísima y genial, configura y descubre el cuerpo del torero aportándole la postura, y el gesto. Situándolo en la arena frente al toro. Genio y figura.

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Joder! Exclamo rompiendo el silencio que me he autoimpuesto. El Maestro ríe.

 De vez en cuando -y sin perder de vista al lienzo- se dirige a barrera para cargar el pincel. Cambio de trastos.

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Mezcla magistralmente rojo y el blanco y le proporciona los rosas a la chaquetilla. Y sigue toreando; bailando con el toro. Al ritmo cadente y pausado del pasodoble. No creáis que son licencias que me permito; Andrés Mérida utiliza poses taurinas mientras pinta; y en cada lance gráfico, perpetúa manchas que poco a poco van ganando la batalla al papel.

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Las ceras ahora, delimitan los espacios dotándolos de  cuerpo: El oro se instala en  las mangas y en el pantalón del torero. Más rosas para las manos, separados los dedos a golpes de blanco; rojo para el capote. Un capote dotado de hechura propia; de vida y de movimiento. Torería. La maestría del baile en la plaza del lienzo.

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El resultado, fue este que podéis ver. Una maravilla que dispone de la inesperada e imprevisible particularidad de que fue creada  para mí. Sólo para mí y en mi presencia. Un regalo imborrable e inolvidable.  Cuadro y momento. Un obsequio lleno de apego, amistad y deferencia.

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Gracias amigo y Maestro. Te estoy, por siempre, emocionadamente agradecido.

 Ahora, aquí, podéis ver una presentación con los últimos trabajos del Maestro. Ya sabéis… Opciones de Carpeta> Descargar Carpeta.

Andrés Mérida. Bailando con Toros

 Disfrutadlos.

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