MÉRIDA DIGITAL

foto merida primera

MÉRIDA DIGITAL

Suelo tener -no siempre, aclaro- una cierta reticencia, un mucho de recelo, a cambiar algo (por otra cosa nueva) si ese algo funciona bien. No obstante, reconozco, que es una manera anticuada y obsoleta de pensar. Contra la razonable pretensión de la mejora, del perfeccionamiento, y  por simplificar, del cambio de aires.

También, vuelvo a reconocerlo, es en cierta medida una postura acomodaticia y si se me apura y se me permite, un poco cobarde y un mucho pusilánime.

Vayamos al grano; y el grano en cuestión, es mi admirado y querido amigo el pintor Andrés Mérida. Sabrá perdonarme lo de grano. Tómeselo como meollo o núcleo.

Gitanito. Pintura Digital. MLG. 2013

Soy un impenitente seguidor de la obra del Almirante Mérida; un absoluto admirador e incondicional desde los primeros tiempos en que cayeron –por los alrededores de mis retinas- las obras de este pintor. En aquellos tiempos, ocupaban en gran parte su producción pictórica el mundo de la tauromaquia y del flamenco; la insania de los lunáticos. Las monteras contenedoras de cuadros. Ya se sabe ” Paintings whitin a paintings”. Málaga y Nueva York. Playas y abrazos. Y besos. Y vino. Todo ello, pensado, pasado y realizado por esa impronta especial y cautivadora que es el inconfundible estilo “Mérida”

Pero Andrés, fíjense Uds., no se aviene a conformarse; ni se acomoda ni se resigna. Ni falta que le hace.

No se consiente en la complacencia de un estilo asentado y reconocido. Los tiempos, corren que es una barbaridad. Y yo -desde mi ignorancia y mi torpeza- observo  un poco asustado, cómo cambia Andrés de esquema estilístico sin tener en cuenta (y hablo de mí) aquello de lo de evolución, transformación y progreso. Porque él se decanta por un ir hacia adelante con un desarrollo estético propio y el  consiguiente crecimiento artístico y personal. Un desarrollo estético, que le lleva, porque así son las cosas, a investigar y a estudiar nuevas técnicas y registros.

Hombre Verde

Nuevos conocimiento y habilidades que le impelen a experimentar otros soportes; otros materiales, con herramientas más actuales y sofisticadas. Todo ello tamizado y acompañado por su personal e imperecedera capacidad y pericia artística y –cómo es natural- manteniendo ese su sello tan particular y reconocible. Ya te digo.

Ahora, lleva el maestro un tiempo experimentando con lo digital; pero se sigue paseando a lomos de píxeles por los cosos taurinos abriendo capotes; sigue arrancando quejíos del alma a sus flamencos. Desencaja rostros e incita a la reflexión con esa pintura –cuando él así lo quiere- tan atroz, tan apenada, real y profunda.

Mérida sigue poniéndose, de una forma insolentemente respetuosa, frente a frente a sus Cristos;   y sigue –menos mal, es su impronta- alargando las figuras que crea. Sigue regalándonos lluvias de luces; locas del Tinte descaradas. Garabatos que cobran vida con un último trazo. Con un último paso de baile.

Abriendo El Capote. Pintura Digital. MLG. 2013

Algún día os hablaré de ese admirable trazo definitivo; ese que da la vida pretendida (en un instante) a sus obras; yo queridos míos lo he presenciado in situ. Y es absolutamente alucinante.

 Andrés Mérida imprescindible. Intratablemente bueno. Y además,… Mi amigo.

Alvaro Souviron

Aquí están: Vedlas, admiradlas; despacio.

Mérida Digital

Disfrutadlas!!!!

 

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BAILANDO CON TOROS

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BAILANDO CON TOROS.

“Tengo la enfermedad del Arte.

La transmito, pero no la padezco.”

(Andrés Mérida, padre.)

 

La cosa surgió súbitamente; con una inesperada y gloriosa llamada a filas de mi amigo el Almirante Mérida. Con el requerimiento -siempre ilusionante para mí-  de que me presentase, en las dependencias de su estudio, con la alentadora promesa de la prebenda solicitada.

 -Vente para acá que tengo ganas de estar contigo; me dijo. Que hoy estoy pletórico de inspiración  y te vas a llevar un regalo.

 Yo, que soy tan rápido como el alado dios Hermes -también protector de las mujeres menstruantes (No sé si me habrán cogido Uds. el chiste)- respondí con un lacónico…

 -Voy pallá!

 Iba yo, por consiguiente,  raudo y veloz, contento y feliz, hacia el estudio de mi querido y admirado Andrés Mérida. Prestigioso pintor que es.

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Un inciso:

 Esto tenía su propia génesis. Un primigenio comienzo: Durante mis caminatas por la Ruta del Dianbén, suelo cruzarme con el amigo Mérida. Como quiera que los profesionales del paso ligero, aborrecemos pararnos -por lo que conlleva de pérdida de ritmo- cuando llega el momento (justo en el tiempo y exacto en el lugar) compartimos saludo militar al grito de ¡Almirante! Y nos damos, ambos dos, por cumplimentados. Cómo mandan las ordenanzas.

 El Lunes pasado, rompí la regla de los caminantes; pa que vean; lo paré y -comunicándole mi intención de realizar nueva entrega en mi blog de su trabajo- le pedí algún cosita suya, firmada y dedicada,  para que encabezase (y ya de camino, figurase en la página de inicio de este blog) la entrada que ahora mismo estáis leyendo.

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Se acabó el inciso. Sigo con lo anterior…

Así de ilusionado pues, iba yo en el coche; encantado de la vida; dado que mi familia de “Méridas” iba a ser incrementada con un nuevo tesoro. Pero al destino -que a veces es cruel y veleidoso, pero esta vez estaría cansado- le dio por ser indulgente conmigo; y lo que iba a ser un regalo, se transformaron por arte de la generosidad, en tres fantásticas  y preciosas piezas. Y cada una de ellas, tienen su historia. Las que ahora os cuento.

Para no alargar mucho el relato -ya se sabe como es de rígido esto de Internet- voy a resumir mucho los dos primeros regalos; de hecho, ya he relatado el primero. El segundo, una lámina firmada  y numerada 29/100, que por poco, hace que mi Santa se desmaye de la emoción producida. Y, por fin, vamos por el tercero y que da título a esta entrada:

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BAILANDO CON TOROS.

Entrar en el Templo, siempre acarrea un abanico de emociones. Reacciones físicopsicológicas dicen que son, que me producen el escalofrío del Síndrome de Stendhal al verme rodeado de tanta belleza. El amigo Mérida, tiene a bien el cambiar periódicamente el muestrario que cuelga en sus paredes; de modo y manera que el visitante queda en cada visita sorprendido y fascinado. Como si cada vez,  fuese la primera.

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Nada más llegar, tras el abrazo cordial que siempre nos dispensamos, amablemente y como acostumbra, me ofrece cervezas que yo rechazo pero canjeo inmediatamente por dos chupitos de whisky que me proporcionan el golpe de calor imprevisto y fastidioso.

 En mitad del estudio -como es acostumbrado y  habitual- está instalado el enorme caballete donde se fraguan las ideas, los impulsos artísticos del Maestro. Este, el caballete, extrañamente despejado de color estaba solamente ocupado por una enorme cartulina porosa de tono verde pálido. Con una ausencia de trazo y de color que llamaba la atención. Cómo esperando ser utilizada.

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La velada trascurría entre comentarios de pintura, los toros…siempre los toros. De la plaza Monumental de México D.F. y la corrida que allí presenció con el Juli de espada entre otros. Hablamos acerca del traje que le habían regalado del cantante mexicano Alejandro Fernández; orgullosamente me lo mostró y se lo probó para que quedase inmortalizado en las fotos que ahora estáis viendo. Seguíamos hablando de los pasodobles, de la pintura de Saura y, también, sobre la evolución en su pintura y la huida del encasillamiento artístico que tanto le horripila. Ante mi preocupado comentario sobre si pensaba abandonar su vertiente taurina, me tranquilizó con la negativa. El toro y el torero, forman parte indeleble de su universo particular.

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También me descubrió al músico italiano Mario Biondi una suerte de moderno Barry White y, por fin, me confesó, que por las mañanas da gracias a las alturas por haberlo dotado de un don que le permite ganarse la vida con lo que ama.

 Así pasaba la velada cuando de pronto, ocurrió el milagro. El maravilloso e inesperado milagro: se puso delante del lienzo -algo así como una enormidad de un metro de alto y setenta centímetros de ancho- y me dijo:

 -Este, lo voy a pintar en directo y, además, te lo voy a regalar!!!

 El corazón me dio un vuelco. Casi me mareo. No me lo podía creer.

 -Además, porque eres mi amigo. Ya somos amigos, elige tu mismo el tema!

 Otro vuelco. Le sugerí -como era de esperar- un torero. No hubo duda alguna en la elección.

 Se quedó pensando. Un minuto escaso pensando.

 -Ya lo tengo!! En la cabeza ya lo tengo!! Pero para esto hay que cambiar de música.

 Se acercó a su ordenador, buscó tema adecuado, y empezó a sonar la música.

 -Éste!!  Me dijo, es el pasodoble que inicia siempre las corridas en la Malagueta.

 Y así, de esa manera mágica, con Pan y Toros, empezó el festejo. Se bajó al redondel, y así acompañado, empezó la lidia. Bailando con Toros.

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La primera mancha desconcierta. Andrés pinta con figura de torería. Presencia y apariencia. Los lances pictóricos quedan reflejados a pinceladas imposibles en la cartulina, abocados a lo imperecedero; tras la primera mancha, dos líneas definen no se sabe por ahora el qué; hasta que otra línea curva rapidísima y genial, configura y descubre el cuerpo del torero aportándole la postura, y el gesto. Situándolo en la arena frente al toro. Genio y figura.

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Joder! Exclamo rompiendo el silencio que me he autoimpuesto. El Maestro ríe.

 De vez en cuando -y sin perder de vista al lienzo- se dirige a barrera para cargar el pincel. Cambio de trastos.

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Mezcla magistralmente rojo y el blanco y le proporciona los rosas a la chaquetilla. Y sigue toreando; bailando con el toro. Al ritmo cadente y pausado del pasodoble. No creáis que son licencias que me permito; Andrés Mérida utiliza poses taurinas mientras pinta; y en cada lance gráfico, perpetúa manchas que poco a poco van ganando la batalla al papel.

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Las ceras ahora, delimitan los espacios dotándolos de  cuerpo: El oro se instala en  las mangas y en el pantalón del torero. Más rosas para las manos, separados los dedos a golpes de blanco; rojo para el capote. Un capote dotado de hechura propia; de vida y de movimiento. Torería. La maestría del baile en la plaza del lienzo.

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El resultado, fue este que podéis ver. Una maravilla que dispone de la inesperada e imprevisible particularidad de que fue creada  para mí. Sólo para mí y en mi presencia. Un regalo imborrable e inolvidable.  Cuadro y momento. Un obsequio lleno de apego, amistad y deferencia.

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Gracias amigo y Maestro. Te estoy, por siempre, emocionadamente agradecido.

 Ahora, aquí, podéis ver una presentación con los últimos trabajos del Maestro. Ya sabéis… Opciones de Carpeta> Descargar Carpeta.

Andrés Mérida. Bailando con Toros

 Disfrutadlos.

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ANDRÉS MÉRIDA. UN RATITO EN EL TEMPLO.

MERIDA CON CABALLO

ANDRÉS MÉRIDA.

UN RATITO EN EL TEMPLO.

***

EL DESPERTAR.

Me desperté temprano, como habitúo, con la sana pretensión de empezar a disfrutar ese mágico día -que desafortunadamente, sólo llega cada siete- llamado Sábado. Tengo por costumbre -lo sé es adicción- la de mirar mi móvil sin haberme levantado aún, para ponerme al día de lo acontecido en las redes sociales y en mi buzón de correo electrónico. Vuelvo a reconocerlo, una autentica paranoia.

Al abrir Facebook, lo primero que encontré fue un cuadro de Andrés Mérida que regalaba a Emilio Betés (al que conocí después) a la sazón Hermano Mayor de la Cofradía del Sepulcro. La envidia, que es compañera perversa e  indeseada, llamó a mi puerta; y si poderlo remediar, la dejé entrar para, obligado por la pérfida, escribir un mensaje privado al pintor para rogarle otra vez que me hiciese un dibujo para insertarlo en mi blog.

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Lo que sucedió esa mañana, lo cuento ahora a continuación:

UNA INVITACIÓN INESPERADA.

Todo transcurrió en tres brevísimos minutos. En el primero de ellos, Andrés ya me había invitado por mensaje a visitar su estudio. En ese mismo tramo de tiempo, empezando el segundo minuto, nos habíamos dado los teléfonos; y terminando el minuto postrero, Andrés, llamándome -y de viva voz -requería mi presencia allí para… “Un ratito, hombre! Un ratito sólo!” Cooooonessss, añadió. Y quedamos.

Para allá me fui. Dispuesto a pasar un ratito en “El Templo”

UN RATITO DE CUATRO HORAS.

Un parco desayuno, una ducha rapidísima, y un acelerado trayecto al compás de mi pulso entre los dos montes que separan nuestros domicilios -ponle otros diez minutos más- es lo que tardé en llegar a la casa de Andrés. Éste, salió a recibirme, y en cuanto me vio, me abrazó como si nos hubiésemos abrazado mil veces en mil noches de correrías brindando por Málaga en los bares del común Rambla. Desde ese mismo momento supe que existía la “amistad a primera vista” Desde ese primer instante, supo Andrés Mérida -mi más apreciado y respetado pintor- hacerme sentir cómodo y relajado. Yo, también a él, porqué no decirlo.

Entramos. Huelga decir -pues ya lo he dicho repetidísimas veces- que admiro la obra de Andrés Mérida hasta más allá de lo permisible. Desde la primera vez  que vi sus pinturas, supe que daría mi oreja izquierda porque alguna de ellas colgase en alguna pared de mi casa. Entiéndase que la oreja derecha, ya se sabe, la guardo en exclusiva y  a buen recaudo, por si algún tengo posibilidad de un Van Gogh de Don Vicente.

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 EN EL TEMPLO.

El estudio de Andrés, “El Templo” como a mi me gusta llamarlo, es un lugar soleado. Tan soleado que el pintor usa una domótica mampara de cartón portátil marca Acme para protegerse del inclemente sol del medio día. Ese que le produce sombras y luz sobre el lienzo en el que está trabajando.

Una primera mirada mía, se posa sobre algunos trabajos que yo -acostumbrado a contemplar su obra incansable e impenitentemente-  reconozco al instante. Aunque la mayoría de sus cuadros -que yo guardo en el cajón con la letra M de mi memoria- ya descansan colgados en las otras  paredes de sus afortunados compradores que Alá confunda. ¿Veis por que decía lo de la envidia?

Andrés me recibe, ya te digo, con una amplia sonrisa y una cortesía y familiaridad inesperada. Me hace, felizmente, sentirme en mi propia casa; cosa que, por otro lado, no deja de repetirme. Me pasa al salón, a la cocina para iniciar el rito de la cervecita, y por fin -por ahora- volvemos al estudio.

A la primera hora de estancia, me quito la chaqueta y la cuelgo del caballete de su estudió. Ahí! Ahí estamos! Me dice el pintor. Eso es hacer las cosas bien!!

No se anda por las ramas el amigo pintor, el Maestro Mérida; porque nada más llegar ya me había enseñado cual iba a ser el regalo que me tenia preparado; debidamente firmado y dedicado “ A mi amigo Álvaro”.  Se me abría boca de par en par.

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Este es el primero! Ahora te voy a regalar más! Se me abre, otra vez de par en par la boca, que, anteriormente, ya estaba abierta de par en par. Cuatro veces par. Es decir ocho. A partir de ahí, y adobada por continuos regalos (hasta cinco) empieza una lección magistral que pasa  -en una fluida e interesantísima conversación- por Antonio Saura y Pollock. Por Picasso y Norman Rockwell. Por Romero de Torres y Vincent Van Gogh. Por la religión, por la política, por el toreo y los flamencos.… Todo esto aderezado con vistazos a libros increíbles que el pintor dispone y que complementan a su palabra y al mar de risas que nos ocupa.

El suelo de su estudio no es testigo mudo de sus quereres y quehaceres. Lleno de  palmas de las manos pintadas de sus amigos y familiares, que escoltan -como no podía ser mejor manera- a la suya propia amparada por las de sus padres.

En un momento dado, mientras hablábamos de sus técnicas pictóricas (me enseñó trabajos hechos con cera, con sándalos, con ceniza) se sentó en su escritorio, puso a su adorado Enrique Morente en volumen alto, y vigilado de cerca por éste que suscribe -pero sin decir ni una sola palabra- armado de sus dedos y ceniza, empezó a dibujarme un verdialero que ya guardo con un enorme cariño y regocijo. Con ese sentimiento que te proporciona el que el dibujo que está realizando -irrepetible y  sólo para ti- lo está haciendo ¡fíjate que tontería! usando la ceniza que yo también había producido poco antes gorroneándole su tabaco. Era mío pues, su dibujo, por doble motivo.

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Una tontería, pero a mi me gusta pensarlo así.

Cuatro horas duró el ratito. Cuatro horas llenas de amabilidad y de cortesía; de sencillez y simpatía. De afinidad. Durante ese “corto ratito” (así me lo pareció a mí) me regaló – además del primero- un precioso y colorido torero afanado en un pase de pecho (2011) que, cómo es así de generoso, se lo dedicó y  firmó para a mi mujer: “Para Nini. Con un pincel y el corazón”  Es pá quererlo o no?

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Después, vinieron dos maravillas fechadas en 2012 y dibujadas en Acapulco de donde acababa de llegar de exponer. Unos inconmensurable tesoros, todos ellos, que dentro de nada figurarán, unos en mi Muro de los Afectos, y otros, en lugares principales del salón de mi casa. Todos estos trabajos están, nerviosos y asustados, a la espera de la insufrible tortura que les procurará la asfixia del enmarcado.

LA LOCA DE LA HORMIGA.

La loca de la Hormiga

Un día, me cuenta Andrés, pisó sin querer, una hormiga, De esa negras y cabezonas. A Andrés -que es como es- le entristeció mucho el haberle quitado la vida al imprudente bicho.

Entonces, tomando entre sus dedos los restos aplastados , los pegó en el ojo de una loca que estaba pintando en aquel momento. Y así, por una inesperada simbiosis, la hormiga recobró la vida en el lienzo, y pasará a la posteridad ignorando que  su tumba de óleo y color será visitada mil veces más que cualquiera de sus congéneres del hormiguero hubiesen imaginado.

Ella, quid pro quo, también le proporcionó al cuadro, la precisa y preciosa dosis de vida con un ADN también inesperado.

La loca de la Hormiga ojo

Así nació, La Loca de la Hormiga. Una bonita historia que demuestra la sensibilidad del Maestro.

Yo espero, que esta primera, no sea la ultima vez que pueda estar con Andrés Mérida compartiendo algún espirituoso de las Tierras Altas del Norte.  Aún sin obsequios ni agasajos, aún sin prebendas inesperadas. Sin ningún ánimo de recaudación por mi parte; porque el mejor regalo que se puede tener de él, lo mejor que me puede volver a dar, es que gaste su precioso tiempo compartiéndolo conmigo. Con esa amabilidad sin límite y tan sincera. Con esa generosidad inobjetable.

Un fortísimo abrazo. Amigo.

(*) Nota:  Todas las ilustraciones que aparecen en esta entrada -a excepción de “La Loca de la Hormiga” y el detalle de su ojo, son regalos que Andrés Mérida tuvo a bien hacerme para procurarme algo cercano a la felicidad.

Copia de En el Estudio de Andres Merida

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