DESPACHADOS

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He disfrutado mucho, con cada uno de los distintos Luis Centeno que conozco.
Con el Luis compositor, he pisado escenarios y respirado atmósferas artísticas y escénicas. Con el Luis Centeno poeta, he compartido copas en esos bares cutres de putas y aluminios que tanto nos gustan a los dos. Con el Luis Centeno triste y melancólico he recorrido playas y paseos a la luz de una Luna compungida y suplicante. Con el Luis músico he hermanado su guitarra con la mía y he situado mi voz una octava por encima de la suya. Con el Luis Centeno colega, he derribado no pocos muros de humo a golpe de risas y lágrimas nacidas de la carcajada contenida. Con mi querido amigo Luis Centeno –Señor del Negro Anaranjado– he visitado multitud de países acompañándole como fiel escudero; dejándome aconsejar por su experiencia y, a veces, por su subidilla impertinencia. Como amigo franco y verdadero, con mi querido hermano Luis Centeno, he compartido, robándole un poco para hacerla mía, a su propia madre. A su propia familia.

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Después de toda esa vida, que ya dura unos pocos cuarenta y tres años ininterrumpidos, sigo con Luis respirando atmósferas; compartiendo copas, recorriendo playas y paseos, hermanando guitarras y voces, derribando muros, visitando lugares, y por fin, sigo teniéndole retenida, porque yo así lo quiero y no la suelto, esa parte de familia que en su día le robé e hice mía.
Ahora, cuando todas esas cosas por duraderas y constantes, ya se han transformado en parte acostumbrada y habitual de mi vida, sigo pisando escenarios con él aunque de distinta forma; a distintas alturas. Yo, desde el acomodo y la complacencia que proporcionan la oscuridad del asiento espectador. Él desde la luz acusica y fiscal de los focos; desde el centro fastidioso de atención que proporcionan las tablas. Él, destinatario obligado de miradas inquisitivas e interesadas (menos mal para mí) de demasiados pares de ojos.

1-Despachados
Anoche tuve el privilegio de acudir a ver una representación teatral del Luis Centeno actor. “Despachados” se llama. Una obra escrita por el dramaturgo Samuel Pinazo; dirigida por Pedro Lanzas e interpretada por unos magníficos Paco Inestrosa, Miguel Zurita y el propio Luis.
A Paco Inestrosa, la primera vez que lo vi actuando fue en la era de Acuario metido en el alma de madera del Pinocho de Collodi. La última, había sido (antes de anoche) en la fantástica película “La Isla Mínima” de Alberto Rodríguez. A Luis, desde siempre lo sigo. Y Miguel Zurita –con su voz imponente y su capacidad para hacerse con el público– ha resultado para mí un hallazgo como actor y, posteriormente, como persona afable y cercana.

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El trabajo desarrollado por estos tres actores en Despachados, puede considerarse de extraordinario. Durante el tiempo que dura la obra, mantienen –a base de una enorme exhibición actoral– la atención y el interés del público de manera ininterrumpida y expectante. La trama de Pinazo toca varios palos como el de la amistad y la traición; la generosidad y la infamia. Un mundo, el empresarial, tan competitivo como desleal. La inopinada, y mal ponderada, simpleza y la necedad. Los roles de Alvarito, Diego y Babas, voy a repetirlo porque así lo siento, están absolutamente bordados por Inestrosa, Zurita y Centeno; así que no voy a decir nada más no se me vaya a colar algún spoiler indeseado y reviente alguna sorpresa –que haberlas haylas y muchas– de esta muy recomendable obra de teatro. Una obra llena también de guiños de ingenio y de humor.

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La tenéis hasta el 18 de Marzo; todos los jueves y viernes a las 20:00 horas en la sala B del Teatro Cánovas en la Plaza de El Ejido. Precisamente en el edificio colindante a donde Luis Centeno y yo estudiamos COU y que conformó uno de los años mas dichosos de nuestra vida.
Os lo recomiendo muy encarecidamente: Id a ver esta obra de teatro. No os la perdáis; merece muy mucho la pena.

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(Entre Luis Centeno y Miguel Zurita)

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TRES

TRES

¡Qué extrañas criaturas son los hermanos!
Jane Austen.

-Dulce es la voz de una hermana en la temporada de la tristeza.
Benjamin Disraeli.

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Muchos son –a mi modo de ver– los arrestos que necesitan los actores para exponerse a las miradas de un público atento e interesado, aunque embutido también en el sentido crítico y escrupuloso (a veces cicatero en el juicio y poco generoso en el dictamen) que le proporciona el imprescindible detalle de haber pagado una entrada para asistir a una representación teatral.

Muchos son los arrestos que necesitan, los profesionales de la escena, para dedicarse hoy día a una profesión en la que sus honorarios representan un porcentaje de taquilla y al que, en muchos casos, sólo le conforman el reconocimiento y el calor de la concurrencia.

Cómo se da la circunstancia de que comparto sangre imaginaria con un actor de la talla de Luis Centeno – compadre, amigo fiel y perdurable– resulta que sé de lo que hablo; de una profesión dura y muchas veces desencantada por los resultados de público y por los escasos apoyos institucionales; por la inseguridad y la discontinuidad laboral. Una profesión que siempre lleva como impedimenta un enorme esfuerzo mental y físico para salir airoso de cada una de las aventuras emprendidas. Mil horas de preparación y ensayo. Tres y tres veces más de estudio y memorización. El jugárselo todo a una sola carta cada noche.

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Tres por dos seis son los ovarios –como pude comprobar el viernes– los que se necesitan para salir a escena y exponerse –con esa desnudez a la que obliga el personaje– delante de un público entregado y al que puedes tocar con la mano, para transmitirle un pasaje de disputas y desavenencias familiares, de reconciliación y solidaridad. De ternuras escondidas entre los pliegues del rencor y del resentimiento; de la aflicción y el desconsuelo.

Seis son los ovarios que le echan (a razón de dos, caben a dos) Elena de Cara, Anita Iglesias Cumpián, y Olga Salut para llevarnos a los asistentes a la reflexión sobre tu propia condición familiar; sobre tu propia situación como hermano y cómo hijo. Acerca de las familias que corren el enorme peligro de desmembrarse cuando falta el efecto (y el afecto) “adhesivo” y conciliador de los padres.

Seis son los ovarios que le echan (a razón de dos, caben a dos) Elena de Cara, Anita Iglesias Cumpián, y Olga Salut para llevarnos a los asistentes a la risa y a la alegría reparadora y reconfortante. Esa es la magia de esta obra: La capacidad de llevarte en un instante desde el dolor a la alegría; desde la desolación al júbilo y al contento.

TRES es un espectáculo escénico carente de aparatosidad, en el que una simple olla de conejo con tomate y una botella de coñac de color incierto suplen cualquier aparato ostentoso e innecesario . TRES. Muy recomendable; no se lo pierdan. Todos los jueves y viernes de febrero a las 20:00 en la Sala B del Teatro Cánovas en El Ejido.

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