EN CASA ZAMBRANO

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EN CASA ZAMBRANO.

 Entrar en el universo particular de Tato Zambrano siempre resulta un placer sorpresivo y atrayente. Un verdadero y absoluto deleite. No por los regalos, que también, sino por el delicioso trato recibido por el convidante.

 Pasar una velada en casa del artista plástico Jose Luis “Tato” Zambrano, es siempre también una atractiva  e imprevisible aventura. Una inmensa satisfacción que te proporciona la constante y magnifica atención que te dispensa como anfitrión.

 Surgió la visita a su casa de una manera tan inesperada como espontánea. Tanto fue así, que apenas un par de horas después de haber sido solicitada y requerida nuestra presencia,  Father, mi andaráz amigo Kuky de Todos los Santos, y nuestras correspondientes y amadas secuaces, Santa di Gorgonzola y la juris-prudente (sic) Morazo, nos hallábamos -amparados por la arboleda- sentados ante una preciosa mesa (entre bonsáis, velas y sándalos) dispuesta y engalanada con una vajilla fabricada por el propio artista. En Casa Zambrano.

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Entrar en el santuario de mi antiguo amigo Tato -cuarenta años de amistad nos contemplan desde estas alturas- es tan ameno y agradable cómo singular y diferente. Tato es una mezcla extraña y nada proporcionada de fobias. Me explico, no se me malentienda. Debe de tener un tanto por ciento importante y notable de Kenofobia: miedo al vacío. A esa propensión y querencia, le añadiremos el resto del porcentaje dividido a partes iguales entre la Misofobia y la Ataxofobia; que son la aversión a la suciedad y al desorden respectivamente. No son manías que resulten extravagantes, pues no llegan al punto de la obsesión y la obcecación; es más, son muy de agradecer para el visitante.

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 Afortunadamente y gracias a estos miedos, para el resto de los mortales, el pasear por su casa, resulta ser una fantástica y placentera -ya lo he dicho antes- aventura.

 Me encanta descubrir rincones nuevos; y créanme Uds. que siempre los hallo. Puesto que la casa de Tato y de Victoria, su hogar, es una continua, viva y dinámica exposición de obras de arte -propias y ajenas- que siempre sorprenden, ilusionan y encandilan.  Cualquier lugar en el que descansa la vista, está ocupado, en un feliz y aparente caos organizado -y se me perdone el oxímoron- por algo bello. Y se me perdone ahora la mariconada.

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Subir las escaleras de acceso a su casa, es contemplar  -cómo refrigerio y tentempié visual- una exposición primera que no es sino un adelanto de lo que va a llegar. En cada escalón, una de sus figuras te mira a modo de bienvenida; como avisándote de que estás entrando en Wonderland. Ya sabéis, allí donde flipaba Alicia.

 La terraza delantera, está plagada de plantas; y en sus maceteros, se dan cobijo los personajes (semiescondidos entre el verde) realizados en barro cocido por el artista; lo que le confiere al lugar, ya te digo, un atractivo aspecto de bosque mágico y lisérgico. Misterioso y fascinante. En Casa Zambrano, ya te digo, otra vez.

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 Las paredes de la casa de mi amigo Tato, cuentan -a través de sus objetos- mil y una experiencias. Mil y una historias y anécdotas ; y cuando ellas -las paredes- atribuladas por la presencia intrusa de las visitas, callan, toma el relevo el artista que nos sigue comentando, incansablemente, las experiencias y los sucesos acaecidos en sus viajes. En su periplo vital.

 Mi amigo, tiene una apasionada historia de amor con Marruecos (y con Egipto…y con Tailandia…y con Bali… y con…) de todos esos sitios, siempre viene con las alforjas llenas de objetos de indudable belleza estética y -casi siempre, también- de  botines gastronómicos (especias, aceitunas, frutas y verduras, aceites…) productos de calidades inusuales por estos pagos, que después, sus amigos, disfrutamos suculentamente en sus guisos.

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Pero, también os digo, que no siempre el botín es tangible. Porque también se trae la mirada y la cabeza llena de imágenes y de ideas. De luces y de colores. De proyectos e inspiración. Y, que lo sepa todo el mundo, que con esos réditos que se procura, también -no les quepa a Uds. la menor duda-  también su amigos, nos deleitamos y regocijamos.

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En Casa Zambrano; como es natural y evidente. Como es natural y evidente.

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CIEN MIL VECES CIEN

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CIEN MIL VECES CIEN

 

Estamos tan malacostumbrados a no fijarnos en las cosas, que la mitad de la vida, sin darnos cuenta, se nos  pasa por delante. Apresurada, rápidadamente; y acabamos perdiéndonosla.

Me viene esto a la cabeza, porque observando -a través de mi ventana- pasar corriendo las nubes -ayudadas por el viento- incansablemente, como persiguiendo no se sabe qué, caigo en que no son ellas las que avanzan por el cielo, es la tierra la que va para atrás.

Pero eso, a mí, me da igual… Porque conmigo no va. Pues yo, si a algo estoy acostumbrado, es a retroceder. A ir para atrás.

Y sabes porque? Porque eso es lo que provocas en mi, amor. Con cada pestañeo y cada mirada tierna, con cada risa y con cada caricia, mi amor. Mi más querido amor. Una vuelta atrás. Una sensación insoportablemente íntima y particular.

Un  gozo irreprimible: El que siento cuando te atenazas a mi cuello, y desde abajo -desde esa distancia que nos procura la diferencia de altura- me dices riendo y besándome tiernamente con la mirada, ¡Que loco estás Hijo!

Entonces…No tengo mas remedio que volver  atrás y  besarte -esta vez con la boca- y decirte cien mil veces cien, que te amo. Y que sí, que  estoy loco; pero por ti.

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