LA GOMILLA ELÁSTICA

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 LA GOMILLA ELÁSTICA

 Universo: Bar de copas Wizz en el Barrio de Pedregalejo. Circa 1980

 Eran unos tiempos felices. Lejos de los problemas que hoy nos acucian a todos y qué – sería por la juventud- nos lo pasábamos todo por ese Arco del Triunfo que conforma “El forro de los cohonness” También llamado escroto más finamente.

 En esos primerísimos años de los 80, -acababa de salir el tema “Hoy no me puedo levantar”- bailábamos al ritmo impuesto por Radio Futura, Golpes Bajos, The Police, Eric Burdon, Men At Work, Talking Heads, Rod Sterwart, Spandau Ballet, y si se me permite una mariconada, Bronsky Beat.

 Todos estos grupos, no solo nos seguían educando el oído, sino que nos procuraban un puntiagudo  pelo tieso que causaba furor entre los modernos -que éramos- en aquella época (no era fácil salir de tu casa con determinadas pintas). Con lo de tieso, me refiero a los pelos no al escroto; aunque en determinados momentos, también.

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Por esa época, proliferaban multitud de bares por la zona de Pedregalejo; tan habituales algunos, para los del Negro Anaranjado, que más que bares parecían nuestras propias casas: El Galeón, por poner un ejemplo indiscutible. Pero había muchos más. Muchos más: Bobby Logan, Circuito 3, Plumaria (Después llamado Zambra que es donde conocí al antipático de Joaquín Sabina), Wizz, Duna, Zona, Donde, Bolivia 41, La Chancla, Zoo, S.A. Company, Brotos…. Y mil más que decoraron y honraron nuestro  prestigioso currículum vitae de bares de copas y salas de noche.

 Y estos, sólo en Pedregalejo. Porque después había muuuchos más bares en muuuchas más zonas de la ciudad.

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 Bien, la anécdota que voy a referir, aconteció en el Bar Wizz. Y esto, resumiéndolo mucho y mal, fue lo que pasó:

 Sucedió de noche cómo es natural en un bar de las características del Wizz. Si hubiese sido por la mañana muy temprano, el local hubiese sido la churrería de las Cuatro Esquinas.

 El Wizz, disponía de una amplia terraza-jardín delantera; después venía el local del bar propiamente dicho con una música atronadora, poca luz y una multitud enlatada saltando. Y al final del todo, un patinillo trasero donde no cabía ni un alfiler  y que era el sitio que solíamos ocupar por un inexplicable masoquismo  y una temeraria ignorancia del peligro. Aunque la noche de autos, estábamos con las novias -algunas eran futuras caimanes- en el patio delantero donde la música no era tan atronadora, y el apretuje no tan agobiante. Más fresquito y agradable también.

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Disponía ese patio terraza -al delantero me refiero- de unas mesas altas y algunos taburetes, también altos, que servían para que las caimanes se sentasen cómodamente y nosotros danzáramos a su alrededor más pendientes de los que sucedía alrededor que de ellas mismas; pues se encontraban en un extenuante e interminable palique.

 Tuvimos suerte esa noche -dos mesas ligamos-, dos. Y cuatro taburetes, que pasado algún tiempo, logramos aumentar hasta llegar al número de siete u ocho. Recuerdo esa noche que estábamos  El Afilao y  Sra. Su hermano el actor y Sra. Mi querido y andarín Maese Kuky y Sra. Y Santa y un servidor: el sagaz El Varisto. Asimismo, andurreaba por allí otro amigo -también componente de la Logia de los del Negro Anaranjado– al que llamaremos -para preservar su anonimato- Paquito

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Sentados estábamos casi todos alrededor de las dos mesas. Creo recordar que Paquito – volantón que era-  no se sentaba, pues se hallaba intentando la caza y captura de alguna rubicunda y sonrosada nórdica que le alegrara las pajarillas esa noche. Charlábamos todos muy animados. Las chicas con su gin tonic y/o su cervecita, y los chacales consumiendo whiskies desaforada y frenéticamente.

 Pero hete aquí que, el Señor de los Oscuros Espacios Infinitos: El Diablo, también llamado por estas tierras del sur Zatán, Bercebús, o Er Demonio Pinshapapas, puso en manos -no se sabe cómo- del obstinado y pertinaz amigo Kuky, un diabólico instrumento de tortura; que si se empleaba hábilmente, podría producir tanto sufrimiento y dolor cómo pánico y horror. El espanto más incontrolable ante el suplicio, en la victima destinataria del tormento: Una gomilla elástica!

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La cogió de inmediato, y empezó el taimado a juguetear con la puta gomita entre sus dedos. Aprisionaba un extremo con las puntas del índice y del pulgar de su mano izquierda, para -cogiendo el otro extremo con el índice y el pulgar de su mano derecha- estirarla hasta el borde de la rotura y soltando los dedos derechos, propinar tremendo latigazo al blanco elegido con el acompañamiento atronador de un espectacular chasquido: Tshack!!!!!!! que asustaba nada más oírlo.

 Así que viendo y comprobando el resultado y lo que esta nueva técnica intimidatoria le podría reportar, empezó -ante nuestra atónita mirada-  a ejercitarse en el difícil e innoble arte  del tiro con goma a la Guillermo Tell manera. No había manzana ni niño, todo hay que decirlo.

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De ese modo, empezó la exhibición y el entreno; colocaba una chapa de un botellín de Cruzcampo -de manera vertical en el cuello de este- y… Tshack!!!!!!!  mandaba la chapa a tomar por el culo tres villas más allá de la terraza donde nos encontrábamos. Ponía el ojo en el platito de snacks que había sobre la mesa y…. Tshack!!!!!!!  todas las caimanes con los pelos llenos de kikos, avellanas y garbanzos fritos…

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Veía un paquete de Winston encima de la mesa, y… Tshack!!!!!!!  al momento había 16 cigarrillos destrozados desparramados por toda la terraza con el consiguiente mosqueo del propietario. Nos apuntaba a cualquiera de nosotros, y todos nos cubríamos el careto absolutamente aterrorizados a la voz de… Joputarr!!!

 Kuky se sentía poderoso. Inmensamente invencible e invulnerable. Se sabía -Oh dioses del Olimpo- con el dominio total sobre toda la mesa y de los más amplios alrededores del Wizz. Pues poseía el arma definitiva.

 “Me encanta el olor a gomilla elástica  por la mañana”  se le oyó decir.

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En esto, llega Paquito a la mesa ciñendo la cintura de una alta y rubísima estudiante sueca llamada Agnetha, que le llevaba dos palmos. Un poco mareadilla, dedujimos al instante, pues tenía los ojos achinados y el labio de abajo (y a la boca me refiero)  someramente salido.

 – Chicosss.. Os presento a Anfeta! Dí hola Anfeta!

– Hallä!! (Hola!!)

–Es de Suecia. Dí Algo en Sueco Anfeta!

Hejärni? (Hola! que tal estáis?)

–Dile lo que te he enseñado a decir en español Anfeta!

–Tälävoii ä sshuuupärrrrrr ästa Ketercorrääässs.

– Que? Aprende rápido la joíaporculo o no! Un mostro, lo que yo os diga, un mostro!!!

 Kuky, que permanecía con las manos ocultas bajo la mesa, saca como un relámpago éstas. Estira la gomilla  al máximo, y… Tshack!!!!!!!  pega un crujío otra vez al plato de los panchitos y le llena el labio a Agnetha con tres garbanzos, dos kikos, una corteza de cerdo y un habón seco.

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Sin darnos tiempo a reaccionar, coloca la maldita gomilla  -estirada hasta el martirio- a dos centímetros de la misma nariz del atribulado Paquito.

 Éste pega un respingo hacia atrás gritando al asesino en potencia…

 – Ke ase tiiíoo?

– Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!!

– Ein?

 Por toda respuesta, Kuky, vuelve a colocarle la gomilla, esta vez entre los ojos

 – Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!! Ein?

 Vuelve a gritar  Paquito…

 – Eres gilipollas, macho?

–Que me vas a saltar un ojo!!!

 Vad händer und Paqueten? Pregunta Agnetha (Que pasa Paquito?)

– Nada! este tío que es gilipollas!

– Ein Paqueten? (me lo puedes repetir Paquito que no lo he entendido demasiado claramente?)

Den här killenären skitstövel (que este tío es gilipollas!!) Le contesta Paquito haciéndose el sueco

Ah! ärinte här! (ah! que no es de aquí!)

– Zómismo, Anfeta! Ámonos paéntro!

Paquito se va para adentro dejando a todos hechos un mar de risas, Kuky sigue jugueteando con la gomilla, hasta que de improviso- suponemos que por el desgaste aplicado al elástico- la gomilla se rompe y muere en un último estertor: Tshack!!!!!!!  Afortunadamente sin causar daño alguno.

 Sigue la velada como acostumbradamente: Las chicas con su segunda plácida ronda, y nosotros con la quinta; cuando al cabo de un buen rato vuelve Paquito con Agnetha; ésta, con más moratones en el cuello que el burro de un gitano.

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Nada más verlos, Kuky -recuérdese, desarmado e inerme- mete las manos rapidísimamente debajo de la mesa y espera la llegada de los tórtolos. Carga su arma.

– Ya estamos aquí. Estoooo… Que Anfeta y yo, nos vamos a ir para la casa que estamos algo cansaíllos, y queremos descansar;  ein Anfeta?

– Ohjamyckettrött (Oh si! mocho cansados)

–  Det gör ontliteslidan (Me duele un poco la vagina) Dijo señalándose la barriga

 Fiuuuuu!!!! Más rápido que el rayo, Kuky saca las manos de debajo de la mesa y apuntando al inclito amante, le coloca las manos justo delante -otra vez- de su aterrorizado y sorprendido careto, que exclama:

 – Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!! Ein?

– Otra vez??? Otra vez???

–Cómo no me dejes tranq…

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 Fiuuuuu!!!! Otra vez, sí!. Entre los ojos.

 –Que te meeetooo cabrónnnnn; que te meeetoo…

 Fiuuuuu!!!! Otra vez, apuntando al carrillo derecho

 Paquito que salta hacia atrás; y cogiendo impulso se avalazanza sobre Kuky intentando cogerlo del cuello.

 Que te meeeeetoooooo…Kukyyyyyyy….

Que te meeeeetoooooo…Kukyyyyyy….. íopuuuuuuuu……

 Rápidamente saltamos sobre el encolerizado amigo y le explicamos de que iba el asunto. Que no había gomilla desde hacia una hora.

 Se marchó Paquito -agotado y con un mosqueo de la hostia- mientras Agnetha le preguntaba…

 –Paketen… varför du har berättat för din kompis att knuffa det var inte vad du sa till mig att vi skulle se i ditt hem? (Paquito…eso que tu le has dicho a tu amigo de metérsela; no era lo que me habías dicho que me ibas a hacer en tu casa?

 Nusé si va a poder ser, Anfeta. Nusé si va a poder ser, le contestó Paquito  muy contrariado y apocado..

 Y se marcharon para el coche de Paquito: un Seat 127 despintao que tenia y se fueron para su casa. Cantando bajito.

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EN CASA ZAMBRANO

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EN CASA ZAMBRANO.

 Entrar en el universo particular de Tato Zambrano siempre resulta un placer sorpresivo y atrayente. Un verdadero y absoluto deleite. No por los regalos, que también, sino por el delicioso trato recibido por el convidante.

 Pasar una velada en casa del artista plástico Jose Luis “Tato” Zambrano, es siempre también una atractiva  e imprevisible aventura. Una inmensa satisfacción que te proporciona la constante y magnifica atención que te dispensa como anfitrión.

 Surgió la visita a su casa de una manera tan inesperada como espontánea. Tanto fue así, que apenas un par de horas después de haber sido solicitada y requerida nuestra presencia,  Father, mi andaráz amigo Kuky de Todos los Santos, y nuestras correspondientes y amadas secuaces, Santa di Gorgonzola y la juris-prudente (sic) Morazo, nos hallábamos -amparados por la arboleda- sentados ante una preciosa mesa (entre bonsáis, velas y sándalos) dispuesta y engalanada con una vajilla fabricada por el propio artista. En Casa Zambrano.

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Entrar en el santuario de mi antiguo amigo Tato -cuarenta años de amistad nos contemplan desde estas alturas- es tan ameno y agradable cómo singular y diferente. Tato es una mezcla extraña y nada proporcionada de fobias. Me explico, no se me malentienda. Debe de tener un tanto por ciento importante y notable de Kenofobia: miedo al vacío. A esa propensión y querencia, le añadiremos el resto del porcentaje dividido a partes iguales entre la Misofobia y la Ataxofobia; que son la aversión a la suciedad y al desorden respectivamente. No son manías que resulten extravagantes, pues no llegan al punto de la obsesión y la obcecación; es más, son muy de agradecer para el visitante.

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 Afortunadamente y gracias a estos miedos, para el resto de los mortales, el pasear por su casa, resulta ser una fantástica y placentera -ya lo he dicho antes- aventura.

 Me encanta descubrir rincones nuevos; y créanme Uds. que siempre los hallo. Puesto que la casa de Tato y de Victoria, su hogar, es una continua, viva y dinámica exposición de obras de arte -propias y ajenas- que siempre sorprenden, ilusionan y encandilan.  Cualquier lugar en el que descansa la vista, está ocupado, en un feliz y aparente caos organizado -y se me perdone el oxímoron- por algo bello. Y se me perdone ahora la mariconada.

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Subir las escaleras de acceso a su casa, es contemplar  -cómo refrigerio y tentempié visual- una exposición primera que no es sino un adelanto de lo que va a llegar. En cada escalón, una de sus figuras te mira a modo de bienvenida; como avisándote de que estás entrando en Wonderland. Ya sabéis, allí donde flipaba Alicia.

 La terraza delantera, está plagada de plantas; y en sus maceteros, se dan cobijo los personajes (semiescondidos entre el verde) realizados en barro cocido por el artista; lo que le confiere al lugar, ya te digo, un atractivo aspecto de bosque mágico y lisérgico. Misterioso y fascinante. En Casa Zambrano, ya te digo, otra vez.

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 Las paredes de la casa de mi amigo Tato, cuentan -a través de sus objetos- mil y una experiencias. Mil y una historias y anécdotas ; y cuando ellas -las paredes- atribuladas por la presencia intrusa de las visitas, callan, toma el relevo el artista que nos sigue comentando, incansablemente, las experiencias y los sucesos acaecidos en sus viajes. En su periplo vital.

 Mi amigo, tiene una apasionada historia de amor con Marruecos (y con Egipto…y con Tailandia…y con Bali… y con…) de todos esos sitios, siempre viene con las alforjas llenas de objetos de indudable belleza estética y -casi siempre, también- de  botines gastronómicos (especias, aceitunas, frutas y verduras, aceites…) productos de calidades inusuales por estos pagos, que después, sus amigos, disfrutamos suculentamente en sus guisos.

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Pero, también os digo, que no siempre el botín es tangible. Porque también se trae la mirada y la cabeza llena de imágenes y de ideas. De luces y de colores. De proyectos e inspiración. Y, que lo sepa todo el mundo, que con esos réditos que se procura, también -no les quepa a Uds. la menor duda-  también su amigos, nos deleitamos y regocijamos.

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En Casa Zambrano; como es natural y evidente. Como es natural y evidente.

…///…

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PERIPATEANDO

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PERIPATEANDO

Tenía por costumbre Aristóteles el pasear por el perípato del Liceo, cerca del templo de Apolo en Atenas, leyendo e impartiendo enseñanzas a sus seguidores. A estos seguidores, se les denominaba “Peripatéticos”. Tal y cómo te lo cuento.

 Esto, lo aprendí estudiando la asignatura de filosofía, con mi querido amigo Luis Centeno, hace ya más años de los debidos y razonablemente asumibles. En un Instituto que -fíjense Uds. que honor- dirigía el egregio poeta Rafael Ballesteros. Sirva como anécdota.

 Siempre envidié esa forma que tenía  Aristóteles -discípulo de Platón- de impartir sus conocimientos. No podía yo ni imaginarme, que andando al aire libre, la ilustración, el conocimiento y sus consecuencias, pudiesen llegar a arraigarse mucho mas firme y sólidamente en el intelecto de los alumnos que los adquiridos -y ya que estamos con Platón- en la Akademia.  La Akademia: Esa condena a pupitre y jornada completa a la que mis contemporáneos estábamos y están sometidos.

 Aprender paseando. Gran idea. Peripateando.

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Peripateámos mi querido amigo Kuky y yo por la Ruta del Colesterol con una asiduidad impensada e imprevisiblemente constante; desde hace un par de meses. Y esos paseos, al igual que los realizados por los aristotélicos, son enormemente didácticos y pedagógicos. Pero sobretodo, resultan grandísimamente relajantes, saludables y entretenidos.

 La cosa va como sigue: Kuky tres veces en semana (ahora estas tres se van a transformar en cuatro) me recoge en casa al caer la tarde; no le viene mal, pues le pilla de paso. Dejamos el vehiculo en el aparcamiento de los Eucaliptos de los Baños del Carmen (yo financio el gorrilla) y nos pegamos una andada a paso ligero (como corresponde a nobles hijos de militares de alta graduación) hasta el merendero de Antonio Martín. Hoy sede del afamado Chef Dani García.

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Una hora dura la caminata. Cinco kilómetros. Ese recorrido, que incluye ida y vuelta, nos permite la reflexión y el intercambio de pareceres. La puesta al día en opiniones de actualidad y los diferentes puntos de vista; el trueque de las diferentes formas de ver las cosas. Kuky me esta transformando en un notable y experimentado mediador; también me ilustra en los recovecos de la Historia. Yo a él, lo asesoro en lecturas de obligado cumplimiento;  y también, se las suministro.

 Tenemos una sola regla no impuesta pero si asumida: La Regla del Vestuario. Lo que en la caminata se habla, en la caminata se queda. Regla inquebrantable, firme e inflexible, que nos permite ir más allá de la confianza que se le supone a una amistad forjada en el camino de la vida durante treinta y cinco años. Lo que en la caminata se habla, en la caminata se queda. Esta directriz, marcadamente personal, nos predispone a la confidencia y a la comunicación reservada.

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El paseo, que ya he dicho que empieza en el Balneario del Carmen, nos regala varias cosas. Lo primero -me refiero a esta época del año- es el paisaje que proporciona el atardecer de Málaga. Tres colores se juntan en el mar: el verde, el amarillo y el azul oscuro complementando las preciosas vistas de la Sierra de Mijas con la Cañada de los Cardos  que, como siempre, es la encargada de anunciar la posibilidad de lluvias o no sobre la capital. El mar, que rompe sobre la arena a nuestra izquierda, nos libera de las tensiones propiciadas por estos malos tiempos duros, intolerantes y mal nacidos que no pocas veces son el centro de nuestros comentarios.

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También están los “Encuentros”. Hay otra regla, no escrita por los paseadores, que es la prohibición de parar. Nunca se debe de parar para saludar a menos que las circunstancias lo impongan ineludiblemente. Pero desde luego, la primera norma, es no interrumpir el ritmo y la temperatura corporal que se va adquiriendo a medida que dicho paseo va transcurriendo. ¡Hasta luego y adiós!

 Yo me encuentro con mucha gente conocida. Kuky, se encuentra con toda. Treinta años de docencia le han proporcionado una caterva de amigos ex alumnos que diariamente, le ofrecen su respeto, su consideración y su cortesía.

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Un inciso:

 Muchos son los amigos comunes, que obligados por las inconveniencias de la edad, y las cifras que las analíticas les procuran, se lanzan -al igual que nosotros- a la llamada del ejercicio prudente, sensato y comedido. Ese continuo baile de piernas constante y prolongado atesora bienestar en las arterias y fortalece el corazón. Renueva el hígado maltratado en el fin de semana y además, no lleva aparejado los peligros de las lesiones físicas que rompen -literalmente- a muchos amigos aficionados, pongamos de ejemplo, al paddle.

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El paddle.  Lo digo con conocimiento de causa; pues veo a amigos muy cercanos cada lunes jugar a ese deporte desde mi casa, y ya no saben donde ponerse las vendas elásticas reparadoras. Tobilleras, coderas, felpas y muñequeras. Fajas lumbares… Robocops de Lycra parecen. Modernas momias todavía por descubrir y desenterrar.  El día menos pensado se nos rompe uno;  ya lo verás!

 Los cruces casuales durante el paseo, decía, se tornan en casos, habituales. A mí con uno de los que más me gusta cruzarme -como los Gitanos y los Estudiantes-  es con mi querido amigo y Maestro el pintor Andrés Mérida. Siempre tan torero. Después de un buen puñado de cruces, ya nos sabemos la película, y nos limitamos a una amplísima sonrisa y a un saludo marcial que lo acompaño con un lacónico: ¡Almirante…! Y él, me corresponde de la misma manera: apeando el saludo y el tratamiento. Amigooo… me dice condescendientemente y proseguimos nuestro camino cada uno en su dirección. Cada uno a lo suyo.

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Los paseos con Kuky, me reportan -al margen del ejercicio sano y reconfortante- momentos de cordialidad, cariño mutuo y sincero afecto. Y, aunque hay días que me cuesta la misma vida el bajar para reunirme con él para empezar, el placer inusitado que experimento cuando hemos realizado nuestro paseo acostumbrado, me hacen sentirme orgulloso y feliz.  Satisfecho y contento. Ansioso por que llegue el día siguiente para volver a encontrarme con mi compañero. Con mi querido y viejo amigo de andanzas y aventuras. De viajes y correrías desde hace ya la intemerata, de treinta y cinco años que no son pocos.

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