REMEMBERING ANTONIO ABRIL

REMEMBERING ANTONIO ABRIL

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Hoy, cómo quiera que tengo el coche en chapa y pintura y me hallo atado al duro banco de la inmovilidad motora, me he puesto a navegar por los procelosos mares de mi disco duro. Mala idea, rediez. Mala idea, porque rememorando publicaciones que en su día realicé sobre trabajos de amigos míos, he vuelto a ver una presentación, abrumadoramente triste y pesarosa, sobre los dibujos que mi queridísimo amigo Antonio Abril tuvo a bien el entregarme para su elaboración.

Y no ha sido una buena idea; insisto muy mucho. Porque eso del navegar por los procelosos mares…tal y tal, conlleva el peligro de naufragar y hundirte en los más oscuros recuerdos que te procuran la ausencia del amigo adorado y querido.

Ni una palabra más. No hace falta.

Esta es una de las presentaciones en Power Point que realicé sobre Antonio Abril.

Tengo que advertir –pues así me sentía en aquellos momentos– que  el tema de Peter Gabriel, no ayuda a la alegría. Sí al regocijo que me produce su eterno recuerdo y el orgullo que sentí siempre por ser su amigo y hermano.

 

Este es:

ANTONIO ABRIL. DIBUJOS #2

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EL RÓTULO DE LA MEMORIA

1960

EL RÓTULO DE LA MEMORIA

“Un amigo es la mano que despeina tristezas”.
Gustavo Gutiérrez Merino, Filósofo y teólogo peruano.

“Amigos. Nadie más. El resto es selva”.
Jorge Guillén, Poeta español.

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Uno vale tanto, como los buenos y valiosos amigos que tiene. Y yo –que estoy completamente de acuerdo con eso– me considero un tipo muy, muy, rico. Rico en afectos y en consideraciones; rico y acaudalado en cariño y en ternura. Un hombre es, Father Gorgonzola, que se siente enormemente satisfecho (y feliz) con ese hatajo de maravillosas personas que le rodean. Se me permita la vanidad del uso de la tercera persona.
Ayer, sin ir más lejos, mi más que querido amigo Diego Cumpián, me /nos regaló a Santa y a mí un perfecto gazpachuelo en Benagalbón y una posterior tarde de tocada musical. Ambos dos regalos, difícilmente superables.

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(Diego Cumpián con Father)

Pero al margen de lo tangible y de lo palmario –vuelvo a generalizar– mis amigos me aportan una riqueza instructiva y una inestimable ganancia en lo intelectual; un adorado dividendo en cultura, ilustración y en saber, que es muy difícil de encontrar con tantísima abundancia, como yo –y afortunado me siento– lo encuentro en todos ellos. En todos.

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(Ángel Céspedes)

Particularicemos otra vez. Entre esos muchos amigos enriquecedores que tengo la fortuna de manejar, se encuentra mi muy querido Pedro Rojano; escritor y articulista que es. Una extraordinaria y magnífica persona. Alguien que, escribiendo, hila las palabras de una manera tan ejemplar y acertada, que leer cualquiera de sus textos resulta un inevitable y profundo placer. Este bloguero que os escribe, se jacta de que, en este sitio, casi nunca inserta textos completos corta–pegados de otros autores; salvo contadas excepciones en que dichos textos, poseen o la belleza incontestable de lo escrito, o la más indiscutible coincidencia con la opinión del citado bloguero. Dueño y Señor de este sitio que es.

Por ese motivo, inserto el articulo de Pedro Rojano publicado hoy en el diario “La Opinión de Málaga”.

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(Pedro Rojano)

Leedlo y ya me contaréis! A ver si no se están cargando los comercios tradicionales de los centros históricos de la ciudades. Los rótulos que son, de la memoria.

Este es:

EL RÓTULO DE LA MEMORIA

Una ciudad se recorre tres veces: La primera en la ensoñación del viaje. Inspirada por sus monumentos, por el glamuroso nombre de sus calles, por la huella histórica de lo verídico. La segunda vez con inevitable sorpresa. En el callejeo por calles anónimas, en el café escondido, en la plaza deshabitada o en el atestado mercado. Y la tercera se recorre en la memoria, momento en el que la ciudad cruza la íntima frontera. Un espacio recreado por el recuerdo, anclado en los días en el que lo fotografiamos. Detenido para siempre en el óleo de la evocación. Y entonces la ciudad, esa ciudad, deja de ser la misma que muestran las enciclopedias, las guías de viajes, los portales de internet o las fotografías de los amigos. Esa ciudad nos pertenece.

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Cuando eso ocurre, descubrimos que la identidad de una ciudad también está escrita con el rótulo de sus comercios. Singulares escaparates donde además del género se expone la cultura y tradición de un pueblo. Recorrer la estancia, sentarse en sus mesas, aspirar el aroma de la mercadería? Todo forma parte indivisible de la ciudad, porque solo a ella le pertenece.

La globalización ha infectado las calles de las ciudades con la vulgaridad de lo repetido. Ha repintado de franquicia las fachadas históricas, convirtiendo en un dejá vu el paseo por cualquier capital. La verdadera ciudad está sepultada bajo esa capa de rótulos multiplicados. Visitable tan solo en horario de madrugada, cuando el recuerdo y el sueño son en blanco y negro.

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Málaga sigue amenazada por las aguas del progreso, aunque aún quedan remansos donde admirar lo antiguo. Lugares en los que comprar es una mera excusa para perderse entre los expositores, para deleitarse con el olor de las paredes, para reconocer que los años perdidos están escritos en las vigas que sostienen el tejado. Por eso me gusta pasear por mi ciudad como un extraño. Hacerme el olvidadizo y perderme por sus calles como un buceador frente a un pecio de adoquines. Tomar una caña en La Campana, Casa Guardia o el Pimpi. Oler las especias en El Reloj, probarme unos zapatos en Calzados Alas, embriagarme con el olor a tocino de Zoylo o ajustar el reloj en la relojería Miguel Heredia. Tomar un sombra en la terraza del Bar Central y entrar en la ferretería El Llavín de calle Santa María recordando el arreglo de casa que aún espera. Disfrazarme de comedia en Carrasquilla. Decidir entre los churros de Aranda o el sabor de lo antiguo de Aparicio.

Confitería Aparicio. Málaga

Acomodarme unas alpargatas en Hinojosa de calle San Juan, saborear el helado de Casa Mira e inventar algún motivo para entrar en la cerería Zalo Y así seguir caminando hasta que la noche comience a encender el neón de mi memoria y pueda salvar del naufragio mi ciudad interior.

La semana pasada cerró sus puertas La Veneciana. Horadada en sus cimientos por un gusano perezoso que no acaba de llegar al Centro y que ha devorado la fragilidad, la paciencia y la ilusión de pequeños comerciantes. Las aguas precipitadas de la modernidad han inundado las cubetas donde se fabricaban helados sorprendentes al paladar que sólo eran posible degustar en Málaga. La góndola de helados quedará sepultada bajo las precipitadas aguas de la modernidad. Como un pecio hundido por los cañones de la globalización, su stracciatella de carnaval, su antifaz de tutti frutti y el chocolate de murano quedarán al pairo de bancos de peces atraídos por su deliciosa mercadería. La heladería La Veneciana sólo estará al alcance del recuerdo.

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(Alberto Murante)

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UNA PATADA AHÍ! (En el mismísimo coño)

 

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UNA PATADA AHÍ!

(En el mismísimo coño))

Voy y me entero, de que hoy se cumplen nueve años de la patada que mi amigo le propinó -en el mismísimo coño- a la Parca. Empeñada estaba ésta en envenenarle la sangre a mi amigo, sin contar, con su cabezonería y obstinación; con su emperramiento en llevarle la contraria a la Inevitable y ganarle la partida con el noble arte del puntapié entrepernilero.

La Jodida, aún no se explica la enorme predisposición y afición que le tenemos a la Vida los frágiles humanos. Todos tenemos fecha de caducidad, lo sabemos, pero no nos gusta que nos toreen y nos lleven de gira cuando a ella (la Muerte) le apetezca; sin tan siquiera consultarnos -que falta de detalle- si nos viene bien o mal.

La Muerte, que ahora van y dicen que es otra forma de Vida, pero sin sexo, ni drogas ni rock & roll. No sé yo, la verdad, si a eso se le puede llamar Vida. A la Muerte digo. Bueno me callo que me estoy liando.

Mi amigo, conformó un apreciadísimo grupo en los ya lejanos 70 que aún estamos en contacto. Mi amigo detentaba el don de la generosidad (asaltábamos el negocio familiar en búsqueda del suministro manducar esporádicamente) el don de la esplendidez y del compadreo. De la más desinteresada camaradería. Me enseñó a oír la música de Triana -entre humos y sentados en el albero- con manta y con cacharra. Me acompañó a ver las piedras de colores en el Torcal; a seguir el cauce del rio en el Molino de Coín. Nos acompañamos (todos) mutuamente durante unos años de aprendizaje y experiencias tan útiles como inolvidables.

Nueve años van ya dándole esquinazo a esa buscona meretriz que se mete en las casas sin que nadie la llame. Hoy hace nueve años que mi amigo Carlos de León y Paz (que nombre tan bonito!), le propino una patada ahí, en el mismísimo coño, a la misma. Y no saben Uds. lo que yo me alegro.

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