TARDE CON IDÍGORAS

TARDE CON IDÍGORAS.

 Entre mis defectos, que son todos, brilla –en el horizonte lejano de las virtudes– una cualidad perdida entre tanta tacha y tanta descompostura: la puntualidad. Tengo y presumo, de una impenitente puntualidad. Tanta, tanta, que a veces caigo en la infame e indeseada falta de exactitud horaria, pues llego –la mayoría de las veces– cinco o diez minutos antes a la cita acordada. Y llegar antes, cómo que tampoco es puntualidad en el sentido estricto de la palabra. No se si me explico.

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 Lo de anoche –el llegar tarde a la exposición de mi amigo Ángel Idígoras– fue un imponderable provocado por personas a las que tanto quiero, que por esa misma circunstancia, no puedo ni tan siquiera regañarles. Llegué pues a la sala de exposiciones, y me tuve que tragar ese sentimiento de desconsuelo por haberme perdido al mago Rubiales y a la Nölting cantando; a mis cada día más queridos y admirados Tiritos ( Los elegantísimos Javier Martín y Jesús Durán) me perdí –Oh desdicha!– al Idígoras rascando acompasadamente el Ukelele. Y, también, a más magos haciendo improvisadas Magic–Sessions. Me perdí todo eso y más; me perdí la Vernissage que dicen los pedantes y asiduos a los cócteles de apertura.

 Tarde con Idígoras.

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Y me pregunté, atribulado… ¿Que diantres escribo yo ahora cómo crónica del evento? Sería, si la escribiese –pensaba yo– una crónica  parcial e incompleta?; sin situaciones vividas en primera persona del mascular singulino?.

 Pero no! Después, recapacitando y dándole la vuelta a la tortilla de los disgustos, me dije que no!  Que había que escribirla sin complejos. Que ese retraso me había proporcionado no desconsuelo, sino el suficiente espacio físico y mental como –para no distrayendo mi atención con los actos de amistad de los mencionados– prestarle el pausado interés y la detenida observación a las obras de Ángel que allí estaban colgadas en su presidio de cristal. Todas ellas, aclaro, magníficas.

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Verán Uds.: Me considero un capacitado y tenaz seguidor de este artista y amigo. Tengo guardada a buen recaudo la casi totalidad de su producción –le he dedicado algunos artículos y presentaciones en Power Point en este lugar– y creía saberlo y visto todo. Pero me faltaba– ahora gracias al retraso lo sé– el poder contemplar sin prisas el verdadero alcance de su trabajo. Porque la perspectiva y el detalle que te da la obra en vivo, no es para nada comparable a lo visualizado a través de una pantalla de ordenador.

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 Pensaba uno –en su limitada capacidad– que la mayoría de los trabajos de Idígoras se manifestaba en un soporte “dinacuatrense”. Equivocado estaba. Poder ver algunos de mis cuadros favoritos en gran formato, supuso para mi una agradable e inesperada sorpresa. Yo, humildemente aconsejo que cuando vayáis a dicha exposición –porque insisto una vez más en que no os la podéis perder– os dirijáis a la esquina donde Harold Lloyd cuelga suspendido del reloj de la única torre de la Catedral de Málaga, que sigáis junto a  un Hitchcock rodeado de palomas en la esquina del Parque, o a Marilyn o a Oliver Hardy  y a Stan Laurel  “El Gordo y al Menuíllo” de nuestra infancia;  e incluso –ya casi al final– a los Beatles preparados para actuar en el Recinto Eduardo Ocón.

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 Pero seguid caminando entre retratos, observad cómo te miran Charles Bukowsky o Walt Whitman. Cómo Modigliani se asoma a la ventana entre tejados;  A Toro Sentado junto a Kafka; a Nube Roja con otro rojo: Van Gogh. Y sus músicos: Inconmensurables estampas de B.B. King, Scott Joplin y Howlin Wolf. Tom Waits, Muddy Waters o Johnny Winter. Nina Simone y muchos más. Muchos más.

 Una exposición interesantísima y amena. Cautivadora y atrayente. Distinguida por sus célebres personajes que si no son conocidos –en muy pocos casos–  después de haber pasado por el lápiz de Idígoras, tiene el derecho adquirido de gloria e inmortalidad, de perdurabilidad; y si me apuran… de pernada.

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Por último, un consejo gratuito que le doy al dibujante; ya se que los consejos no pedidos no suelen gustar, pero mi responsabilidad de amigo me obliga a ello: Te recomiendo que tengas cuidado, Ángel. Mucho. Porque anoche, cuando yo ponderaba tu arte y tu siempre disposición hacia los demás, salía a colación un tal Pablo Rodríguez que –amenazante cual lince de cinta adhesiva– te acecha y acorrala echándote la pata encima cual eximio concursante de Gran Hermano. Ten cuidadín. Que el que avisa no es traidor, y a ti, te encontré en la calle, maifrén.

 Los datos de la exposición:

 Autor. Ángel Idígoras.

Título. ‘Kakfa, Toro Sentado, Van Gogh y compañía’.

Lugar. Escuela de Arte San Telmo. C/ El Ejido, 3.

Fecha y horario. Hasta el 3 de marzo. La sala abre de lunes a viernes de 10.30 a 13.30 y de 17.00 a 20.30 horas.

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