LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

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LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

El caso sucedió de la manera más imprevista e inesperada. Lo sucedido fue tal y cómo ahora lo cuento:

Era el cumpleaños de un familiar muy querido. Tan querido, como difícil de regalar; pues este, todo lo tiene y, además, todo lo que tiene es de una calidad y de un estilo incomparable. Así que ahí estaba yo; devanándome los sesos por encontrarle un regalo que requiriera los atributos de ser ciertamente original; que fuese atrayente para el regalado y que, por fin, no menoscabase mi delicada economía. Lo que se dice, un regalo que fuese bueno, bonito y barato. Pero sobretodo, insisto, que fuese muy original.

Pero no era fácil. No lo era en absoluto. Porque normalmente lo bueno es caro; lo barato no suele ser bueno; y lo bonito… lo bonito, que sea bueno y barato es, lo puedo asegurar,muy difícil de encontrar.

De pronto, se encendió la bombilla del meollo. Lo encontré! Lo medité tres segundo y medio; y en ese cortísimo tiempo de reflexión, y ya decidido, me puse manos a la obra.

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Uno de los libros más vendidos de este verano está siendo “La Guerra Civil Española” de Paul Preston y Jose Pablo García. Les explico el secreto de este éxito. Concurren tres circunstancias para ello, verán Uds.…

La primera es que el libro está basado en el texto de uno de los más acreditados y prestigiosos hispanistas: El historiador británico Paul Preston. La segunda circunstancia, es que el (fácil) formato de lectura es la ilustración; el cómic; por eso, está al alcance del gusto de multitud de personas que no están interesados en largas novelizaciones históricas pero sí que les viene bien el conocer determinados episodios históricos de una manera amena y cómoda. Y la tercera, por fin, es el magnífico guión y las espléndidas viñetas creadas por el historietista y dibujante malagueño Jose Pablo García.1465544036_463202_1465549701_album_normal

Como quiera que por eso de la redes sociales, mantengo un cierto contacto con Jose Pablo, le pedí el favor de que –para sumarle un incontestable valor añadido al regalo; de ahí la originalidad– lo firmase y dedicase al homenajeado. Así lo hice y así me fue concedido. Tuvo Jose Pablo el generoso detalle de pasarse por mi librería de cabecera, la preciosa Mapas y Compañía (otro valor añadido) y tuvo a bien el firmar y el dedicar – con dibujo incluido– el libro para mi querido cuñado Pepe Carretín que era el destinatario.

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Como no podía ser de otra manera (no podía yo desperdiciar la ocasión) le pedí que me firmara y dedicara con un dibujo de Joselito (el personaje de su trabajo anterior) otro ejemplar para mí. Ya se sabe que eso del fetichismo artístico me interviene sobremanera.

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Una vez en mi poder, hice entrega al interesado del susodicho que tuvo un éxito inmediato y una aceptación estupenda por todos los asistentes al evento que lo ojearon.

Recomiendo este libro como muy estimable y valioso regalo (ya va por la tercera edición) por todas las circunstancias que antes he enumerado. Por la importancia de lo pedagógico e interesante del tema; y sobre todo, por el formato y el guión que huye de cualquier posicionamiento dogmatico y partidista y que se realiza con toda veracidad y con una ejecución impecable.

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Compradlo. Su adquisición enaltecerá vuestra biblioteca. Mis estanterías, ya se enorgullecen por el nuevo huésped y por su ilustre presencia en mi inventario.

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BARCOS

BARCOS

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Uno de mis lugares favoritos para pasear –ahora que estoy en el tránsito hacia esa ansiada vida de ocio y desocupación; libre por fin de miserables– es el Puerto de Málaga. Aparco justo al final del Muelle de Levante –y atravesando a buen paso todo el Muelle Uno– llego hasta la Virgen del Rocío (La Noria de Málaga) y vuelvo sobre mis propios pasos para recupera mi coche y mi resuello. Un largo paseo; vivificador y estimulante. Saludable y reconfortador.

Tengo que confesarles que cuando paseo por esos lares, recupero parcelas de mi memoria que estaban dormidas. Hoy, ha sido eso de que cuando niño me atemorizaban sobremanera las grandes máquinas. Pongo ejemplos: El Tren Verde (La Cochinita) me producía espanto. No sé porqué; pero me echaba a llorar nada más verlo. Aquellos preciosos ascensores al aire libre en los huecos de escaleras (cuando los había, los huecos y los preciosos ascensores) también me daban mucho miedo. Quizás fuera porque a mi tío Guillermo le aplastó la cara uno de ellos cuando, irresponsablemente, asomó la cabeza por donde no debía y el bicho le aplastó el careto. Pero lo que más miedo me producía, sin duda alguna, eran las enormes salas de máquinas de los barcos –que por aquella época atracaban en el Puerto por donde paseo hoy– y que mi hermano Fernando me llevaba a visitar.

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No entiendo pues, porque la fascinación que siento ahora por los barcos. Debe de ser, pienso yo, que me he acostumbrado a fuerza de viajar en el Pequod con el Capitán Ahab buscando a Moby Dick. Debe de ser porque he bajado con Robert Ballard, un par de docenas de docenas de veces, hasta el Titanic que duerme el sueño de los malaventurados en el fondo del Atlántico. Será que en La Hispaniola he bebido ron sobre el cofre del hombre muerto; o que a bordo del Nautilus –acompañando a Nemo (nunca entendí como el arponero Ned Land tenía tanto interés en abandonar esa maravilla de submarino)– he pasado no poca parte de mi juventud aventurera de sofá y brasero de cisco y picón. El Almirante Nelson, por esos días, me invitó también a disfrutar panorámicas únicas a bordo del Seaview y también, he de confesarlo, me rebelé en la fragata Bounty –solidarizándome con Marlon– contra el capitán más severo y malapipa que el océano haya dado navegando. Con Luiso, también viajé en el María. Matrícula de Bilbao.

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Pero, si de viajes en barco literarios se trata, continúo, si de atravesar mares y tormentas de letras e imágenes fascinantes estamos hablando, nunca he disfrutado más (ni más veces mil) que en El Unicornio buscando el Tesoro de Rackman el Rojo, o en Karaboudjan donde descubro a mi eterno amigo Haddock. En el Sirius, en el Aurora. En el yate Sheherezade de mi alter ego tintinesco: el otro alter ego de Rastatapóulos: El Marqués de Gorgonzola que me dio nombre.
Todo esto viene porque en esos paseos portuarios, ya tengo nuevos y buenos amigos entre las embarcaciones atracada en los distintos muelles. El principal, entre todos, mi favorito; mi predilecto, el barco que más fascinado me tiene: La Sultana.
Ya he hablado de este barco en este blog. Pero debo de confesarles algo que me falta cada vez que lo veo, precioso como es, atracado y reluciente al pie de La Farola. Busco (y me falta) ver a mi querido y admirado amigo Luis Ruiz Padrón, sentado en un banco de madera que hay frente a La Sureña, dibujando a la Sultana que flota, entre mástiles, con el fondo único del Castillo de Gibralfaro y La Alcazaba. Espero, ilusionadamente, que pronto le ponga remedio. Porque nunca se lo perdonaría. Nunca jamás.

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Aurora

El Aurora

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La fragata Bounty

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Karaboudjan

El Karaboudjan

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Hispaniola

La Hispaniola

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María

María. Matrícula de Bilbao

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El Nautilus

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El Pequod

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El Unicornio

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El Titanic hundido

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El submarino Seaview

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