BARCOS

BARCOS

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Uno de mis lugares favoritos para pasear –ahora que estoy en el tránsito hacia esa ansiada vida de ocio y desocupación; libre por fin de miserables– es el Puerto de Málaga. Aparco justo al final del Muelle de Levante –y atravesando a buen paso todo el Muelle Uno– llego hasta la Virgen del Rocío (La Noria de Málaga) y vuelvo sobre mis propios pasos para recupera mi coche y mi resuello. Un largo paseo; vivificador y estimulante. Saludable y reconfortador.

Tengo que confesarles que cuando paseo por esos lares, recupero parcelas de mi memoria que estaban dormidas. Hoy, ha sido eso de que cuando niño me atemorizaban sobremanera las grandes máquinas. Pongo ejemplos: El Tren Verde (La Cochinita) me producía espanto. No sé porqué; pero me echaba a llorar nada más verlo. Aquellos preciosos ascensores al aire libre en los huecos de escaleras (cuando los había, los huecos y los preciosos ascensores) también me daban mucho miedo. Quizás fuera porque a mi tío Guillermo le aplastó la cara uno de ellos cuando, irresponsablemente, asomó la cabeza por donde no debía y el bicho le aplastó el careto. Pero lo que más miedo me producía, sin duda alguna, eran las enormes salas de máquinas de los barcos –que por aquella época atracaban en el Puerto por donde paseo hoy– y que mi hermano Fernando me llevaba a visitar.

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No entiendo pues, porque la fascinación que siento ahora por los barcos. Debe de ser, pienso yo, que me he acostumbrado a fuerza de viajar en el Pequod con el Capitán Ahab buscando a Moby Dick. Debe de ser porque he bajado con Robert Ballard, un par de docenas de docenas de veces, hasta el Titanic que duerme el sueño de los malaventurados en el fondo del Atlántico. Será que en La Hispaniola he bebido ron sobre el cofre del hombre muerto; o que a bordo del Nautilus –acompañando a Nemo (nunca entendí como el arponero Ned Land tenía tanto interés en abandonar esa maravilla de submarino)– he pasado no poca parte de mi juventud aventurera de sofá y brasero de cisco y picón. El Almirante Nelson, por esos días, me invitó también a disfrutar panorámicas únicas a bordo del Seaview y también, he de confesarlo, me rebelé en la fragata Bounty –solidarizándome con Marlon– contra el capitán más severo y malapipa que el océano haya dado navegando. Con Luiso, también viajé en el María. Matrícula de Bilbao.

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Pero, si de viajes en barco literarios se trata, continúo, si de atravesar mares y tormentas de letras e imágenes fascinantes estamos hablando, nunca he disfrutado más (ni más veces mil) que en El Unicornio buscando el Tesoro de Rackman el Rojo, o en Karaboudjan donde descubro a mi eterno amigo Haddock. En el Sirius, en el Aurora. En el yate Sheherezade de mi alter ego tintinesco: el otro alter ego de Rastatapóulos: El Marqués de Gorgonzola que me dio nombre.
Todo esto viene porque en esos paseos portuarios, ya tengo nuevos y buenos amigos entre las embarcaciones atracada en los distintos muelles. El principal, entre todos, mi favorito; mi predilecto, el barco que más fascinado me tiene: La Sultana.
Ya he hablado de este barco en este blog. Pero debo de confesarles algo que me falta cada vez que lo veo, precioso como es, atracado y reluciente al pie de La Farola. Busco (y me falta) ver a mi querido y admirado amigo Luis Ruiz Padrón, sentado en un banco de madera que hay frente a La Sureña, dibujando a la Sultana que flota, entre mástiles, con el fondo único del Castillo de Gibralfaro y La Alcazaba. Espero, ilusionadamente, que pronto le ponga remedio. Porque nunca se lo perdonaría. Nunca jamás.

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Aurora

El Aurora

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La fragata Bounty

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Karaboudjan

El Karaboudjan

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Hispaniola

La Hispaniola

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María

María. Matrícula de Bilbao

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El Nautilus

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El Pequod

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El Unicornio

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El Titanic hundido

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El submarino Seaview

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CARTA HACIA CAPILEIRA

Carta hacia Capileira

Carta hacia Capileira.

 De vez en cuando la vida -que cuando quiere, es tan madrastra como puta- obvia  y aparta de sí esa particularidad tan necesaria (para que se le llame vida) de dicha y satisfacción que se le supone innata; y va entonces, y  se abandona a la inhumanidad y a la truculencia; golpeándote, cuando está en ese modo, con saña. Con infinita maldad, intolerancia y brutalidad.

 Además, la vida, que a veces también es malvada e insensible cuando quiere, parece ser que sabe perfectamente cuando elegir los mejores o los peores momentos para afligir más al golpeado. Los instantes justos y exactos. Que suelen ser estos, cuando la persona elegida para el martirio está con la guardia bajada; desprevenida; descuidada y entretenida en disfrutar de su existencia. Someramente, claro está. No vayamos a enfadarla y le dé -a la vida-  por bajarnos súbitamente del burro de la alegría. Como es el caso.

 Pero la vida, ya sabéis, que es tan madrastra como puta, sin provocación por nuestra parte y sin haberle dado vela en este entierro (que ejemplo mas inoportuno)  te recuerda que el paso nuestro por ella, no es placentero siempre. No es un paseo por la nubes; sino que es una larga escalera de sentimientos y situaciones. Alternancia de altibajos que se  le llama.

 Una escalera, vaga, imprecisa y accidental, donde cada escalón supone un sinmorir o un sinvivir; alternándose. Porque sabedlo así, que ascendiéndola, se conforma el completo cometido de nuestro paso por la existencia: sufrimiento, alegría; pena, regocijo; tristeza, dicha; amargura, diversión; dolor, felicidad. Escalones pares e impares. Odio y AMOR. Pares e impares.

 Pares e impares. A  veces, de vez en cuando -ya sabéis- esta vida, pasa de ser madrastra a ser puta. De las que te cobran miserablemente por sus servicios, y entonces se torna, insoportablemente dolorosa.

 Mi queridísima amiga Aurora, está pasando -sin premeditación ni alevosía- uno de esos episodios indeseados. Una situación que sin buscarla, constriñe su animo; coarta su natural modo positivo de vivir.  De ver las cosas. Así que desde estas páginas, quiero mandarle un mensaje de ánimo. De positividad; de amor. Ya te digo.

 Y, le daré un consejo aunque no me lo haya pedido: Que suba la escalera saltando los escalones de dos en dos; empezando por los impares. Verás que da resultado. Pues de esa manera, los pares -que son los malos- quedan ignorados; jodidos hasta la indignacion por que se les desdeña. Que se agarre -cuando suba la escalera- a la baranda de sus amigos, de los que la quieren. Que al fin y al cabo, es a esa baranda, donde todos nos aferramos. Para pasar la vida.

 Decirle por fin -aunque ella lo sabe de sobra- que todo, hasta los sentimientos más  aborrecibles y dolorosos, los más fuertemente anclados en el corazón, se atenúan con el tiempo. Ya verás como sí! Te lo digo yo!!

 Te quiero Aurori. Te queremos desde Málaga. Vente ya pacá!!!

 Esto para ti:

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AURORA

AURORA

A Aurora – yo lo sé a ciencia cierta- le gusta caminar descalza por el suelo de mi casa. Como flotando. Sintiéndose parte de ella a través del tacto que sus pies desnudos le procuran. Aportando, sin pretenderlo, ternura a la firmeza elástica y acomodaticia de la madera.

Tiene Aurora, la mirada limpia y transparente; la boca fresca y ágil. Esa misma que calma la sed más ávida, deseosa e incontenible del momento exacto. Tambien, la que puede producir un torrente de palabras que hace que una película dure nueve horas a base de pausas cada veinte minutos.

Aurora, vuela libre a través del cielo para anunciar la llegada del Sol. La retirada de la Luna. Y aparte de eso, Aurora es una amiga muy querida. Es consorte putativa, téngase en cuenta, de uno de mis mejores.

Comparto con ella estimas, no pocos vicios inconfesables, y las necesidades exclusivas de los amigos… Y además, convivimos – y disfrutamos- con la enjundia insaciable de la conversación sin fin. De la verborrea perenne y duradera. Porque a los dos, siempre a los dos, nos interviene el temor a que la velada acabe antes de ese tiempo que solo nos pertenece a pocos que es el eterno. El que no tiene fin.

Sólo la indoblegable y firme sugerencia del anfitrión, y el ahogo en los inevitables efluvios de la noche, consiguen acabar con el momento y predisponernos para abandonar la plaza con la dignidad que se nos supone. O que debería suponérsenos.

Cuando la Aurora llega (no es una canción)…Cuando la Aurora llega, aparece casi siempre de súbito; inesperada y repentinamente: Saltamos Santa y yo al verla como un resorte para poderla estrechar entre nuestros brazos. Con ese abrazo tierno, cercano e inabarcable que procura su cálido cuerpo. Y el nuestro, porque no decirlo también.

Sabemos que ella nota ese cariño; más que nada, porque así nos lo ha dicho repetidamente. Y porque, aunque no lo hubiese hecho, tampoco habría hecho falta. Hay cosas que se notan solo con mirarse cara a cara. A los ojos directamente.

A Aurora le gusta caminar por el suelo de mi casa. Sintiéndose parte de ella, ya sabéis. Aportándole terneza y mimo a la rigidez de la madera, también lo sabéis. Aurora es dulce néctar que apaga la sed. Aurora es una granadísima, (no es un error sintáctico) y fantástica amiga. Así que aquí lo escribo y le doy  asiento en butaca de patio en este Blog: Porque la queremos y, porque en los principios de los tiempos se lo prometí, y ya era hora de pagar mi deuda. Los Gorgonzola, siempre pagan sus deudas. Y que los Lannister me perdonen la indebida apropiación del lema.

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