LA VIDA EN UN MURO

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LA VIDA EN UN MURO.

Mi amigo, estaba absolutamente encadenado y vencido por el uso de determinadas redes sociales. Cualquier acontecimiento que le sucediese en su vida cotidiana, era inmediatamente reflejado en esos paneles publicitarios y chivatos que representaban sus muros de escrituras y opiniones. Tanto, tanto, lo hacía, que ya casi que no distinguía la vida real de la virtual. Ya se sabe… La vida en un muro.

Pero esa mala costumbre, lo de todo pasarlo por el filtro de su Facebook, le pasó tributo.

Porque hasta en la misma intimidad, cuando su mujer estaba deseosa de amor y le solicitaba la pertinente dosis de placer, él bajaba la mano hasta su entrepierna y, con el dedo corazón, le tocaba el botón de “Me gusta”.

Ella ponía cara de éxtasis y de relax; y entonces, él pulsaba “Me encanta”. Cuando ella, mientras era tocada, reía relajada y satisfecha, él le daba a la tecla de “Me divierte” .

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Y cuando al final, después de hacerlo, llegaba la hora del cigarrito, pulsaba “Comentar” y hablaban. Eran esas, las pocas ocasiones en que lo hacían. Hablar. Porque el resto de su tiempo libre, él estaba sentado delante de la pantalla de su ordenador y ella, a sus cosas, soberanamente aburrida.

Un día, sin saber muy bien el sobre qué, esta le hizo un comentario banal que a él le molestó mucho. O lo que es lo mismo: No le gustó nada. Pulsó este pues, de inmediato, el botón de “Me asombra” para seguidamente, el de “Me enoja”. Una y otra vez. Una y otra vez, una y otra vez –quería demostrar su fastidio– una y otra vez. Hasta que accidental e involuntariamente, pulsó “Compartir”. Y esa fue su perdición; porque desde aquel día ella vive con el vecino. Un hombre que sólo lee libros en papel, que le cuenta cosas divertidas, y que le hace el amor cada noche, desaforadamente, mirándola a los ojos.

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Desde aquel nefasto día, mi amigo, sólo pulsa el botón de “Me entristece” y muere cada día un poquito más pidiéndole al destino, y a los administradores de Facebook, que consideren el incluir en los muros el botón de “Recuperar” para así, poder rebobinar y volver a su página de “Inicio”.

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EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERANO

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EL INSOMNIO DE UNA NOCHE DE VERANO

Con todo esto y a decir verdad, en nuestros días, calor y descanso no hacen buenas migas” (Variación conveniente sobre El Sueño de una noche de verano.
(William Shakespeare)

“Y Vulcano, Hefestos, Huehuetéotl y Agni –dioses de la caló– unieron sus fuerzas y desterraron a Kelvinator y a Toshiba a los ígneos mares de lava del Tártaro.” (Anónimo)

Todo empieza con un “clic”; así, de esa manera tan fácil cómo espeluznante. De forma inesperada. Un “clic” que provoca que tu ojo derecho se abra irremisible e incontrolablemente de par en par. Tu mente se va despertando poco a poco y tú ruegas al dios Morfeo que no te deje abandonado en los brazos de Vulcano. Pero el dios del sueño – que por cierto es Morfeo que Picio– no solo no te hace caso sino que, amparándose en que es él el que quiere descansar, te regala un segundo “clic” antes de irse; así pues, el segundo ojo –el izquierdo– se abre también irremisible e incontroladamente para – acompañando al primero– dejarte con una cara de perfecto gilipollas durante al menos cuatro espantosas e inacabables horas.

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En Hefestos, (que dirían los clásicos) acabas de entrar en ese indeseado estado insomne –insoportable, insufrible e irritante– que te regala la alta temperatura. Así que, ante la imposibilidad de conciliar el sueño, empieza uno (para recuperarlo) a aplicar ciertas estrategias de contraataque…

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La primera fase: La lectura; desde la hora prima (que casualmente también es la primera del día) hasta las dos de la madrugada (que es la segunda) uno termina con el premio Goncourt de la mano de Lamaitre y da buena cuenta de la Barcelona gótica del valenciano Llobregat; su testimonio sobre Vesalio y unas cuantas muertes hartamente truculentas. Pero leer –a la mala sombra de los 42 grados– es tremendamente cansado y fatigoso. Y entonces, ya un pelín desesperado, abandono la lectura y entro en…

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La segunda fase: El Facebook; se trata esta fase del leer los múltiples mensajes acumulados desde tu última visita; y eso, te lleva como otra hora. Ya nos hemos puesto al día y en las tres de la madrugada. Y en saliendo de la segunda, y cómo es preceptivo, reglamentario y regulado, viene…

La tercera fase: el Facebook; ¡Alto ahí! dirán Uds… Que esa es la segunda, Segismunda! Y sí. Y no. Porque la tercera es una prosecución de la segunda cómo también es preceptivo, reglamentario y regulado. No sé si me estoy liando. A ver, me explico: Cuando ya he terminado de leer todos los mensajes acumulados que he indicado antes, de mientras –que diría el gitano Antón– me han estado saliendo avisos de “nuevos mensajes” en la susodicha página. Y me doy cuenta –y eso me reconforta– que hay una fauna noctámbula y noctívaga que tiene el mismo problema que yo y que trata de alejar la vigilia obligada distrayendo la mente y alejándola de la pesadilla despierta del desespero.

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Y me sorprendo al comprobar que mi querida MCT tiene unos pies pequeñitos y bellísimos (ella lo sabe) y –que los alza para apoyarlos, buscando el fresco, en la pared– los retrata y los cuelga en la red para sufrimiento de unos; para deleite de otros. Ella se distrae. Nosotros también y nos alegra la mirada. Veo también que un desconocido (de este no pongo iniciales siquiera) se lamenta de la mala suerte al fallarle su intento de suicido. Tal y cómo te lo digo, Rodrigo. CAS aconseja al fallido suicida que no desespere y que confíe en Dios. Ese mismo Dios, que de manera poco generosa, le ha regalado las cuitas que le han llevado al intento. Mi amada CSP –ya pasadas las cuatro de la madrugada– cambia la foto de su perfil, y aunando tímidas desnudeces y frescura playera, te recuerda lo infeliz que puedes ser con su ausencia y que para nada, con esa pose natural y espontánea, alivia tu asfixiante calor.

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Taz Looney (de este si pongo su nombre, sin acritud) me sugiere me meta por salva sea la parte un cargamento de abanicos japoneses para refrescarme, y de camino, desearme un feliz ano nuevo. Además, un hijo de puta se carga a un león en Zimbabue y El Protegido de Pablo Aranda no para de visitar países. Y mientras tanto, algunos más, ya bastantes, –la nómina de insomnes crece imparablemente– dan al botón de “Me gusta” a mensajes antiguos míos. Más “Me gusta” a fotos, también antiguas, y eso me honra, porque denota que mi muro es navegable y apetecible para algunos y además, les refresca el momento del ardor guerrero.

Fauna infelizmente descansada; incapaz de conciliar el sueño. Sometida al calvario indeseado del bochorno y de la calorina. Adoradores obligados de la calidez y la calina. Desesperados habitantes del desconsuelo, de la angustia y de la impaciencia. Resignados y temerosos por la próxima noche canicular que se les avecina.

  • Todas las imágenes que ilustran esta entrada, son obra de Mihai Christe.

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MERODEADORES DE REDES SOCIALES

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MERODEADORES DE REDES SOCIALES

Se esconden tras los parapetos de la impunidad y del secretismo mas ineficaz. Ignorando, que eso del anonimato en las redes sociales, tiene las patas tan cortas cómo su propia generosidad en la respuesta. Hablo de los merodeadores de las redes sociales.

Suelen pasearse por ellas vestidos con un traje de silencio; de un indisimulado secretismo que les permite no involucrarse en nada. No existen para ellos ni el compromiso ni la obligación; ni la responsabilidad ni la necesaria implicación. Tampoco son generosos con su opinión personal. Muchas veces, las más, hacen caso omiso a las mínimas reglas de cortesía y sólo se limitan a escudriñar impertinentemente –desde el ángulo oscuro (como el arpa de Bécquer) en su aburrido salón– tomando buena nota de las conversaciones de los demás para así sacar, como mínimo, el beneficio de la información y el rédito del complaciente fisgoneo. Desde la pesquisa, el acecho y el bicheo.

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Actúan con total descargo de culpabilidad, deslizándose –con los ojos brillantes– por los muros de Facebook donde tienen, más o menos asegurado, el sigilo y la reserva; por los grupos de Whatsapp, ignorando –en muchos casos– que su presencia, ahora sí, siempre es detectada y advertida por el autor, dueño y señor del comentario.

El ego –cuando se alía con el compromiso– ciega la razón que aconseja borrar a esos desconocidos que jamás intervienen en tus chácharas; el salirte de aquellos grupos en los que tus comentarios son sistemáticamente no contestados por ese personal, que tu sabes desde la triquiñuela, han sido leídos por el mudo (o la muda) de turno.

Merodeadores de redes sociales que saben tanto o más que tú de tu propia vida; sin tan siquiera tener la necesidad de comunicarse ni de cruzar una sola palabra contigo.

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SE NOS MURIÓ EL HUMOR…

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SE NOS MURIÓ EL HUMOR…

DE TAN POCO USARLO.

Adoro Internet; ya lo he dicho multitud de veces; por las oportunidades de comunicación que procura, por la información que proporciona, por la oportunidad de hacer amigos. Por el acceso infinito a la música y al cine, y a los libros, y a la prensa. Porque el navegador Google – donde todo esta preguntado y todo respondido – resuelve casi cualquier duda o problema relacionado con el entorno informático que nos rodea. Con la cultura en general.

Se preguntará el que esta leyendo esto… ¿Y a que viene esta parrafada? 

Pues me explico:

Adoro las redes sociales. Puntualizo: Adoro Facebook que es la única red social en la que estoy metido con una cierta asiduidad. Y la adoro, porque dentro de ella he encontrado a amigos que estaban perdidos en las brumas de la desmemoria, he afianzado a muchos de los actuales, y  – lo más importante – he encontrado  a otros nuevos; verdaderos tesoros de ingenio y tolerancia. Gente que me dispensan, generosamente su indulgencia por las continuas barbaridades que por aquí suelto. Gente interesante e  inteligente, abierta y tolerante, de esas  que no se asustan de las palabras porque saben que está escritas desde el prisma del humor. Ese humor – y ahí está el meollo de esta entrada – que molesta a sopla cirios, a beatos y a gazmoños. A los tiranos absolutistas de medio pelo; a los defensores de la moralidad y de las buenas formas que nadie ha llamado y que se siente ofendidos por la necesaria  incorrección, la cierta inconveniencia y la carga de fastidio que debe de tener el humor escrito. Porque el humor escrito, adolece del gesto y del sonido. Le falta la expresión y el aire. Y sustituir eso con la palabra escrita no es nada fácil.

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Con el arma del humor  – en cualquier faceta, digo – se lucha contra la intolerancia y el fanatismo. Apaga la terquedad y la intransigencia. Domeña la soberbia y – sobretodo – la ignorancia. Cuando, de vez en cuando, soy políticamente incorrecto con algún tema religioso, no tarda en salir algún talibán defensor de la fe y de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana (cómo los calamares) que se echan las manos a las  tres potencias de Cristo por algún comentario (para ellos) inapropiado.

Miren Ustedes: No conozco ningún cofrade  –y conozco muchísimos– que, al margen de los golpes de pecho y las lagrimas de emoción – desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Resurrección – cumplan a rajatabla con TODOS  los mandatos y preceptos, que impone la Santa Madre Iglesia, el resto del año. Ya sabéis eso de no fornicarás ni a tu padre ni a tu madre y cosas así.

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El resto del año, pecan contra todos los mandamiento habidos y por haber  que son diez.  Fornican a la diestra y a la siniestra, defraudan a Hacienda lo que pueden porque al ser Pública se creen que es puta. Roban a mansalva en el sacrosanto nombre de la Preferentes: sodomizan si caminan por la acera de enfrente; prevarican si tienen poder político o judicial. Defienden lo indefendible; incumplen promesas, algunos hasta matan moscas con el rabo; y en la intimidad de la alcoba, cuando alcanzan el orgasmo, mientan a Dios tres veces seguidas. Por eso, no entiendo, que cuando alguien en un estado laico, no ama a Dios sobre todas las cosas, o toma (sin maldad) su nombre en vano, los  católicos de toda la vida ponen el grito en su cortijo y comienzan la lapidación.

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Después, están los talibanes también de medio pelo; los administradores de sitios de Internet que, amparados por un cargo inexistente y dado a dedo (qué bonito), se creen insignes censuradores de hilos y comentarios. Por encima del bien y del mal; y que, embutidos en su propio mal sentido del humor, opinan que todos los que se salgan de los cánones de sus “Mundos de Wiki” particulares, ni es ni correcto ni cortés, ni educado ni comedido. Por supuesto, tampoco,  delicado, cumplido, fino y discreto, puesto que hay que ser  disciplinado, impecable y presentable: Un aburrimiento.

Y sí, he copiado esto de un diccionario de sinónimos. Porque me lo merezco. De Scándalo.

No se trata, mucho cuidado, de permitir el insulto, tengámoslo claro, se trata de ser indulgentes; pero si nos fanatizamos, no vamos bien. Siempre habrá alguien que no comulgue con tus ideas, siempre habrá alguien que se sentirá ofendido. Téngase en cuenta –que dentro de los parámetros de la razón–  nadie en su sano juicio, inserta una foto de tronos para insultar a los laicos. Nadie en su sano juicio, inserta una foto con una bandera republicana para incitar a la quema de iglesias. Nadie en su sano juicio debería increpar ni regañar. Tampoco apercibir o amenazar con el destierro ni censurar, a alguien que desde el prisma del humor y del comentario ingenioso, adereza un hilo que  –sin ese condimento– está llamado a ser cómo todos los demás. Una retahíla como todas las retahilas.

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Un amigo tengo, que dispone de lo anteriormente comentado: un sentido del humor directo e inteligente y un ingenio intolerablemente chispeante y perspicaz. Y se le coacciona y limita en base a no se que reglas tan infantiles como obsoletas de buen comportamiento y urbanidad. De idoneidad y, al fin y al cabo, tócate los cohoness, de educación.

Dejémonos de catetadas. Ante el insulto y el ataque injurioso; ante el agravio cruel y premeditado, ignoremos y desterremos al tonto. Pero, por favor,  dejemos vivir  –con un mínimo de libertad– a los que opinamos (y aquí me meto) con humor y buena intención; porque si no, esto será muy gris,  muy uniforme y completamente homogéneo. Pero sobretodo, sobretodo será muy aburrido. Un coñazo insufrible.

 * Todas las imágenes que acompañan este texto son del artista Manuel León Moreno.

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