EL RÓTULO DE LA MEMORIA

1960

EL RÓTULO DE LA MEMORIA

“Un amigo es la mano que despeina tristezas”.
Gustavo Gutiérrez Merino, Filósofo y teólogo peruano.

“Amigos. Nadie más. El resto es selva”.
Jorge Guillén, Poeta español.

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Uno vale tanto, como los buenos y valiosos amigos que tiene. Y yo –que estoy completamente de acuerdo con eso– me considero un tipo muy, muy, rico. Rico en afectos y en consideraciones; rico y acaudalado en cariño y en ternura. Un hombre es, Father Gorgonzola, que se siente enormemente satisfecho (y feliz) con ese hatajo de maravillosas personas que le rodean. Se me permita la vanidad del uso de la tercera persona.
Ayer, sin ir más lejos, mi más que querido amigo Diego Cumpián, me /nos regaló a Santa y a mí un perfecto gazpachuelo en Benagalbón y una posterior tarde de tocada musical. Ambos dos regalos, difícilmente superables.

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(Diego Cumpián con Father)

Pero al margen de lo tangible y de lo palmario –vuelvo a generalizar– mis amigos me aportan una riqueza instructiva y una inestimable ganancia en lo intelectual; un adorado dividendo en cultura, ilustración y en saber, que es muy difícil de encontrar con tantísima abundancia, como yo –y afortunado me siento– lo encuentro en todos ellos. En todos.

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(Ángel Céspedes)

Particularicemos otra vez. Entre esos muchos amigos enriquecedores que tengo la fortuna de manejar, se encuentra mi muy querido Pedro Rojano; escritor y articulista que es. Una extraordinaria y magnífica persona. Alguien que, escribiendo, hila las palabras de una manera tan ejemplar y acertada, que leer cualquiera de sus textos resulta un inevitable y profundo placer. Este bloguero que os escribe, se jacta de que, en este sitio, casi nunca inserta textos completos corta–pegados de otros autores; salvo contadas excepciones en que dichos textos, poseen o la belleza incontestable de lo escrito, o la más indiscutible coincidencia con la opinión del citado bloguero. Dueño y Señor de este sitio que es.

Por ese motivo, inserto el articulo de Pedro Rojano publicado hoy en el diario “La Opinión de Málaga”.

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(Pedro Rojano)

Leedlo y ya me contaréis! A ver si no se están cargando los comercios tradicionales de los centros históricos de la ciudades. Los rótulos que son, de la memoria.

Este es:

EL RÓTULO DE LA MEMORIA

Una ciudad se recorre tres veces: La primera en la ensoñación del viaje. Inspirada por sus monumentos, por el glamuroso nombre de sus calles, por la huella histórica de lo verídico. La segunda vez con inevitable sorpresa. En el callejeo por calles anónimas, en el café escondido, en la plaza deshabitada o en el atestado mercado. Y la tercera se recorre en la memoria, momento en el que la ciudad cruza la íntima frontera. Un espacio recreado por el recuerdo, anclado en los días en el que lo fotografiamos. Detenido para siempre en el óleo de la evocación. Y entonces la ciudad, esa ciudad, deja de ser la misma que muestran las enciclopedias, las guías de viajes, los portales de internet o las fotografías de los amigos. Esa ciudad nos pertenece.

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Cuando eso ocurre, descubrimos que la identidad de una ciudad también está escrita con el rótulo de sus comercios. Singulares escaparates donde además del género se expone la cultura y tradición de un pueblo. Recorrer la estancia, sentarse en sus mesas, aspirar el aroma de la mercadería? Todo forma parte indivisible de la ciudad, porque solo a ella le pertenece.

La globalización ha infectado las calles de las ciudades con la vulgaridad de lo repetido. Ha repintado de franquicia las fachadas históricas, convirtiendo en un dejá vu el paseo por cualquier capital. La verdadera ciudad está sepultada bajo esa capa de rótulos multiplicados. Visitable tan solo en horario de madrugada, cuando el recuerdo y el sueño son en blanco y negro.

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Málaga sigue amenazada por las aguas del progreso, aunque aún quedan remansos donde admirar lo antiguo. Lugares en los que comprar es una mera excusa para perderse entre los expositores, para deleitarse con el olor de las paredes, para reconocer que los años perdidos están escritos en las vigas que sostienen el tejado. Por eso me gusta pasear por mi ciudad como un extraño. Hacerme el olvidadizo y perderme por sus calles como un buceador frente a un pecio de adoquines. Tomar una caña en La Campana, Casa Guardia o el Pimpi. Oler las especias en El Reloj, probarme unos zapatos en Calzados Alas, embriagarme con el olor a tocino de Zoylo o ajustar el reloj en la relojería Miguel Heredia. Tomar un sombra en la terraza del Bar Central y entrar en la ferretería El Llavín de calle Santa María recordando el arreglo de casa que aún espera. Disfrazarme de comedia en Carrasquilla. Decidir entre los churros de Aranda o el sabor de lo antiguo de Aparicio.

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Acomodarme unas alpargatas en Hinojosa de calle San Juan, saborear el helado de Casa Mira e inventar algún motivo para entrar en la cerería Zalo Y así seguir caminando hasta que la noche comience a encender el neón de mi memoria y pueda salvar del naufragio mi ciudad interior.

La semana pasada cerró sus puertas La Veneciana. Horadada en sus cimientos por un gusano perezoso que no acaba de llegar al Centro y que ha devorado la fragilidad, la paciencia y la ilusión de pequeños comerciantes. Las aguas precipitadas de la modernidad han inundado las cubetas donde se fabricaban helados sorprendentes al paladar que sólo eran posible degustar en Málaga. La góndola de helados quedará sepultada bajo las precipitadas aguas de la modernidad. Como un pecio hundido por los cañones de la globalización, su stracciatella de carnaval, su antifaz de tutti frutti y el chocolate de murano quedarán al pairo de bancos de peces atraídos por su deliciosa mercadería. La heladería La Veneciana sólo estará al alcance del recuerdo.

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(Alberto Murante)

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LA MÁLAGA DE LOS BARES PERDIDOS

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Muy raramente suelo insertar en este mi blog, artículos copiados –literal o parcialmente– de otros autores. Así que siempre que publico algo de otro – ya os digo, muy de vez en cuando– lo hago con su consentimiento o tras su propia petición.

Esta vez me voy a dejar llevar por la pasión y por la vehemencia; por la nostalgia más irrefrenable; y voy a asaltar impunemente al Diario La Opinión de Málaga que en la edición de hoy, inserta un reportaje tremendamente melancólico y apesadumbrado por la Málaga que fue y que ya nunca volverá a ser.

Una Málaga –la de los bares perdidos– donde los platos que se servían están hoy, o ridículamente proscritos ( los pajaritos fritos) o caídos en el desuso. Muchas de esas tapas y raciones, están hoy ridículamente “reinventadas” o ” deconstruidas” (dos palabras que me fastidian soberanamente) por chefs de nueva hornada o propietarios que son de esa proliferación cansina de taperías, tan uniformes y coincidentes en sus contenidos, como llenas de ineficaces platos cuadrados de pizarra donde el sopón está vedado por las propias leyes de la física.

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Este es pues el paseo, que por los bares de ayer, nos proporciona –y ahora vais a poder leer íntegramente– Guillermo Jiménez Smerdou.
Lo recomiendo a todos los malagueños que ya han flanqueado el medio siglo de edad; no hace falta que vistan calva o las disfracen de blanco. A mí, que ya supero esa edad, y a algunos de estos esteblecimientos los veo con una cierta lejanía temporal, sinceramente, que queréis que os diga, me ha emocionado verdaderamente.

Este es:

Ruta de la tapa por los bares de ayer

Guillermo Jiménez Smerdou, ex redactor de Radio Nacional de España en Málaga y premio Ondas, hace un repaso a los bares y restaurantes tradicionales del Centro y los barrios hace décadas, la gran mayoría ya desaparecidos

De los bares que poblaban Málaga hace cincuenta años no queda ninguno. El único superviviente era Orellana, que cerró hace poco. Se salva también el restaurante El Chinitas.
Sin circunscribirme al centro de la ciudad, o Centro Histórico como gusta denominarlo ahora, y sin orden ni concierto, y recurriendo a la memoria porque pasé por casi todos en distintas etapas de mi vida, voy a recordar los siguientes. No hay preferencia alguna. Cada uno tenía su personalidad, su clientela, sus especialidades…

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La Alegría, bar y restaurante, tenía una larga barra donde las bebidas más solicitadas eran los vinos de Montilla y Jerez, aparte la cerveza. Tenía la particularidad de ofrecer una larguísima lista de tapas que se iban sirviendo a medida que se consumían las bebidas. Los camareros reclamaban de la cocina ¡una primera!, para la primera copa. Si se repetía, el camarero cantaba ¡una segunda!… y así hasta que los clientes dejaban de trasegar. Eran tapas pequeñas que iban incluidas en el precio de las bebidas. Fue famosa la ensaladilla rusa.

Enfrente estaba La Hostería, con un mostrador diseñado para los jugadores de baloncesto porque el ciudadano medio tenía que sentarse en el taburete para ponerse a la altura del mostrador. ¿Tapas? Muchas. Pero la más apreciada eran los búsanos.

En la otra esquina de La Alegría estaba la Vinícola Cordobesa, con vinos de aquella tierra y bien surtido de tapas. No lejos, ya en la calle Mesón de Vélez, estaba Guerola, con vinos de la Mancha y con calamares fritos de platos estrella. Toda la calle olía a calamares.
Si uno se desplazaba hacia el sur encontraba la oferta de la Cafetería Granada, con personalidad propia. Era cafetería o bar de copas pero preferido para meriendas al aire libre en la calle Antonio Baena. Pero si se le apetecían gambas sobre otras viandas a dos pasos estaba El Boquerón de Plata, con generosas tapas de gambas para acompañar la cerveza. No lejos estaba Casa Antón, con una oferta distinta a la de los establecimientos citados. Ofrecía huevos de codorniz, croquetas, pajaritos fritos…

En el mismo sector, hacia la calle Marín García, uno podía buscar otras ofertas diferentes, como La Valdepeñense…
Más bares desaparecidos
Exceptuando Lo Güeno, que sigue en la brecha, todos los citados han desaparecido. En la calle Larios, en el mismo sector que iniciamos la ruta de la tapa y bares que solo están en la memoria de los que los frecuentamos, nos tropezamos con La Cosmopolita, más cafetería que bar, y enfrente La Chavalita, solo para matrimonios de cierta edad y por los general acomodados. El primer director que el Banco Santander tuvo en Málaga, que como buen bancario tenía ojo para captar potenciales clientes de sólida economía, comentaba que en La Cosmopolita se daban cita gente de todas clases…, pero los que tenían dinero de verdad frecuentaban La Chavalita. Ninguno de los dos existen.

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Como tampoco está el primer Refectorium, sito en la calle Liborio García, donde salvo los albondigones y las perdices servían el jamón y queso –todo de calidad exquisita– en papel de estraza. El nombre no se ha perdido porque la marca fue adquirida después por un nuevo empresario. Antes de instalarse en La Malagueta estuvo en calle Granados.
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En la calle Strachan se instalaron dos bares–restaurantes que alcanzaron gran prestigio con una clientela numerosísima. Estaba a tope todos los días. Cada uno tenía características propias. Estoy aludiendo a Los Faroles y Los Camarotes, el primero regido por Federico Torres Cuesta, que después se encaminó hacia el camino de la fotografía, cine amateur y vídeos, y el segundo por Eugenio Aichman, de origen alemán y que antes regentó o estuvo en Gambrinus en la calle Denis Belgrano.

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El alemán, aparte de las especialidades de su país como el Mettwurst, Lewerwurst, Bratwurst y otros embutidos de origen germano, ofrecía a su variopinta clientela boqueroncitos victorianos, rape, ensaladilla rusa… Él atendía al público y su esposa se cuidaba de la caja, aquellas mastodónticas cajas registradoras con campanillas que sonaban cuando se accionaba la apertura del cajón en el que se depositaba el dinero. Era un negocio familiar, y al desaparecer la pareja, el establecimiento cerró. Auf wiedersehen (adiós).

Los Faroles no era su competidor sino su complemento, o al revés: los dos se apoyaban mutuamente porque ofrecían tapas y platos diferentes. Gambas, merluza, las indispensables empanadillas, gazpacho que llegó a envasar para su venta en el mismo local, otros mariscos… eran los más populares. Y para completar la oferta, una bolera, la primera que se instaló en Málaga que se sumaba a la oferta de ocio.

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A la entrada de Strachan, haciendo esquina con la calle Salinas, estaba El Gallo, primero café a secas, y después rebautizado como Granja El Gallo. Cuando era solo café era el más popular de Málaga con los precios más bajos. Recuerdo que un empresario bastante rácano, de vez en cuando, premiaba a uno de los empleados más fieles con un café de pie en El Gallo. Le decía, «toma, Enriquito, para que te tomes un café de pie en El Gallo». Desprendido que era el gachó.

La ruta de las tapas

Sin salir del Centro se podía seguir la ruta de las tapas, por ejemplo, por el pasaje Marmolejo, donde estaba Las Baleares, cervecería y oferta del marisquero con sus búsanos y conchas finas crudas con limón o calientes con un aliño propio; muy cerca, en la calle Santa Lucía, estaba el Bar Pombo, cervecería decorada con elementos arábigos. Era uno de los lugares donde mejor se tiraba la cerveza. Y a dos pasos, el Bar Campos, famoso por sus pajaritos fritos.
Y no lejos, en la plaza Mitjana, El Rincón, donde la cazoletita de angulas con su salsa picante era el plato estrella.

No había que alejarse mucho porque la oferta seguía en la Cafetería Viena, en la calle Granada, donde el surtido de canapés invitaba a no abandonar el local hasta agotar la gama de la oferta. En la calle Ángel estaba el Bar Regio, con sus típicos soldaditos de Pavía, o bacalao rebozado. Y si uno quería degustar pulpos fritos, a tiro piedra como dicen en los pueblos, en la calle Capitán, se encontraba La Pilarica, con la particularidad de servir los pulpos con vino Málaga.
Pero había más, de los que no queda más que el recuerdo de los que los frecuentábamos. En la plaza de Uncibay, donde sigue Doña Mariquita con sus meriendas, se encontraba La Reja, con un plato muy solicitado porque era el típico del establecimiento: gambas fritas.

Sin abandonar la zona, el Bar Luna con sus biberones –vino de Jerez en botellas de 333 decilitros– el lugar de encuentro de personajes de la vida cultural de Málaga. La puerta de acceso era de cristal esmerilado que impedía ver desde la calle los clientes que saboreaban buen vino y tapas de jamón y queso. También estaba la Cafetería Santander, muy frecuentada por los futbolistas del Málaga.

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Y curiosamente, la tienda de ultramarinos El Aeroplano, en la esquina de Méndez Núñez con Granada, cuando echaba el cierre metálico a las siete de la tarde, dejaba entornada la pequeña puerta de salida para que accedieran unos asiduos amigos del propietario que convertía el mostrador de la barra y servía vino y toda clase de embutidos de los que vendía al público. En un rincón frecuentado por algunos periodistas, dibujantes y pintores. En la Buena Sombra, en la calle Sánchez Pastor, se citaban a diario muchos artistas que acompañaban la cerveza o el vino con guarritos, curiosa denominación de un bollito de pan con carne de cerdo.
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En otros puntos de la ciudad existían igualmente bares y restaurantes frecuentados por los residentes en la zona; pero la fama sobrepasó las fronteras o límites de los barrios hasta el punto de incorporarse a la nómina del Centro, como los casos de El Trompi, en la plaza Montaño, que se hizo muy popular con sus gambas al pil–pil que se servían al diez, veinte, treinta y hasta el cien por ciento, que eran las dosis de picante que solicitaban al cliente. Al diez eran las menos picantes y las del cien eran el no va más. En los primeros tiempos había que hacer cola para acceder al pequeño establecimiento donde las ristras de ajos y guindillas decoraban el local.
Para tomar caracoles el lugar recomendado era el bar de la plaza Montes, en el barrio de la Trinidad. Era una taberna más entre las muchas que se repartían por la ciudad. Pero los caracoles con su salsa picante eran únicos. Para secarse las manos después de saborear el rico molusco de la tierra se colocaban en el mostrador rollos de papel higiénico.

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En la calle Monserrat, en el sector de Capuchinos, una calle terriza, con una gran variedad de baches y desniveles, empezó un bar dedicado a mariscos que respondía al nombre de Los Delfines. Pese a la odisea que suponía llegar en coche hasta el lugar elegido por el promotor del establecimiento, durante algunos años fue lugar de cita para consumir y deleitarse con gambas, cigalas, conchas finas, almejas… a precios mucho más bajos que en el resto de los del Centro. El local era frecuentado por personas del Centro de Málaga a través del boca a boca, que es la publicidad más efectiva y directa.

Poco tiempo después cambió de ubicación. Eligió una esquina de la Alameda de Barceló, mejoró la instalación con nuevos refrigeradores, mejor servicio y los mismos precios. Al fallecer el industrial en un accidente automovilístico en una curva del Paseo de Sancha (creo que fue atropellado) el negocio ya no funcionó igual. Creo que se estableció en El Palo.
Y más lejos todavía, en la rotonda Suárez, estaba Los Peroles, con sus discos de flamenco a todo trapo y almejas salteadas como nadie preparaba en Málaga en aquellos años. Siempre había tertulias discutiendo si el Príncipe Gitano cantaba mejor que Manolo Caracol. Pero la máxima figura del cante era, para aquella tertulia, Farina.

Después de este paseo por los bares malagueños algún lector pensará que el autor del reportaje se pasaba el día de taberna en taberna. Nada más lejos de la realidad. Es que sesenta y tantos años de ir de acá para allá frecuentaba los establecimientos citados y otros que recuerdo y no recojo para no cansar a mis posibles lectores. Pero echo de menos los pinchitos de Yudi en La Marina por poner punto final a este paseo gastronómico cultural que tengo en el baúl de los recuerdos de Málaga.

Autor: Guillermo Jiménez Smerdou–
Fuente: Diario La Opinión de Málaga

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LOONEY, EL BATON ROUGE Y ALLAN POE.

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LOONEY, EL BATON ROUGE Y ALLAN POE

“Navegué con Jasón y los Argonautas…
temblé de miedo con el Manuscrito encontrado dentro de una botella.
Conocí a la ballena blanca de Ahab y a Dorian Grey;
y por llegar, fíjense Uds. llegué hasta la Isla del Tesoro .”

(Tardes de lluvia con el Nibelungo. Father Gorgonzola.)

Hace algunos días, terminé de leer una novela policíaca de César Pérez Gellida cuya acción se desarrolla en la ciudad de Valladolid. En esta historia, un inteligentísimo asesino en serie llamado Arturo Ledesma, frecuenta un “bar de cabecera” donde, desde el anonimato, pasa sus ratos libres entre suspiros de cocaína y libaciones varias de Ginebra Hendrick’s maridada con Tónica Fever Tree.

Vamos al bar, que es lo primero y lo que quiero.

Describe ese bar -y a su propietario- como un templo -entre tanto local de modernidad estandarizada- donde la música era especial y singular. Seña de identidad. Un lugar donde el ambiente era proporcionado por un camarero-propietario culto e instruido, con una habilidad muy particular para poner siempre la música idónea; y que se salía, ya te digo, de la comercialidad y la simpleza imperante en el resto de negocios del ramo.

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Describe el bar y sigo, oscuro, con un aspecto decadente y con una larga barra donde, al final de ella, se hallaba el cubículo del diablo de Tasmania; con una clientela casi fija. Y con un “atendedor”, ya te digo, que brillaba, por su capacidad cultural y por saber las cosas principales que un profesional del lado estrecho de una barra debe de saber: que beben sus habituales y que música les gusta.

En Málaga, había ya hace algunos años, un bar que me recordaba muchísimo a este otro literario de Valladolid. El de Málaga era el Batón Rouge. Y era igual que este que acabo de describir. De hecho, lo que acabo de describir no ha sido sino el Batón Rouge. Porqué decir otra cosa.

 

El Batón Rouge era el último escalón de la consciencia. El sitio donde se perdía cada noche el poco equilibrio que nos restaba. Era el reducto de la última dosis de realidad donde a golpe de chupitos de Jacks Daniel’s, destripábamos la vida a golpe de interesantísimas conversaciones acompañados por una música de calidad suprema siempre proporcionada por Jose. Jose el del Batón. Uno de los pájaros más ilustrados y eruditos de entre los que anidaban en las madrugadas brumosas de aquella Málaga que fue, desde los años más gloriosos de los 80, a los más menguados y decaídos de finales del Siglo XX.

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Jose ahora renace en las redes cómo el tasmano Taz Looney.(no sé si a él le gustará que yo lo descubra) y haciendo honor a esa conocimiento cultivado que tiene, me lleva a una niñez- adolescencia (porque yo también me acuerdo de ese día de fiebres y estirón) de la mano de sus lecturas de terror; de los Cuentos de Edgar Allan Poe (porque yo también, en esa época, me los leí). De sus comentarios inteligentes.

Ahora no voy escribir más, voy a copiar literalmente lo que mi amigo Taz, escribe sobre Poe. sobre esos relatos extraordinarios (es precioso) y sobre esa juventud que cada vez nos encontramos, cada mañana, más aprisionada entre los pliegues de nuestra memoria.

De regalo, os añado los cuentos completos del autor, traducidos por Julio Cortázar.

Proporciónenselos a sus jóvenes hijos o nietos para que los lean. Dejen que se asusten oyendo latir un corazón delator a través de las paredes; no les importe que se imaginen al Diablo subido en un campanario. Permítanles que lleguen a oler un extraño y sorpresivo tonel de amontillado. No dormirán -lo sé por propia experiencia- pero no veas como ejercitarán la imaginación. Años después, el susto habrá desaparecido. La imaginación, perdurará.

“Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.”
Edgar Allan Poe.

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Dice Taz Looney:

“Allá por mis trece, catorce años, pillé unas fiebres cojonudas que me postraron en cama más de una semana. Allí me llevé un volumen con las Narraciones Extraordinarias que había estado evitando irónicamente hasta esa fecha. Los relatos se sucedían como una espiral la calle Morgue, la Mansión Usher, Berenice, Morella, Valdemar, entraban por la habitación y se quedaban hasta que los personajes del siguiente relato ocupaban el cuarto. Cada una de esas historias tenían ruidos y olores como a hierbas y flores marchitas, o a polvo rancio en cortinas y muebles, olor a foso de humedad y putrefacción en los sótanos y mazmorras.

Durante la noche unas formas muy quietas estaban apoyadas junto al armario o tras la silla pero yo simulaba no verlas. Alguien debía haberme hecho una herida en la cabeza y la almohada estaba empapada en sangre. Hasta que un día las fiebres acabaron. Noté que yo y mis huesos habíamos pegado un considerable estirón. Las terroríficas pesadillas duraron algo más. Pero estos relatos se me grabaron en el alma para siempre. Y algunas (bueno, muchas) veces me gusta recordarlos, lástima que la inocencia se fuese para siempre!”

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Y aquí tenéis los Cuentos de Edgar Allan Poe. Traducidos, yo os lo he dicho, por Julio Cortázar.

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Disfrutadlos!!

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EL CABALLERO MAGIAR

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EL CABALLERO MAGIAR

La Revista La Bombonera es una publicación deportiva centrada en el Málaga Club de Futbol.

Uno de sus valores mas apreciado y estimable, es la enorme implicación de los hermanos Pachi y Ángel Idígoras. La Bombonera se reparte cada dos semanas coincidiendo con la jornada futbolera en el Estadio de La Rosaleda de esta ciudad.

Ángel Idígoras – con esa enorme empatía que demuestra y esa generosidad  incuestionable –también sabe rodearse de los más granado de la ciudad, para que con sus aportaciones, den más clase y carácter (si cabe) a dicha publicación.

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Esta vez es el amigo común  Fco. Javier López Navidad;  Christmas, cómo a mi me gusta llamarle. El amigo Javier con esa erudición tan inherente a él, nos da un paseo por sus años de infancia y nos cuenta – con una enorme proliferación de datos y recuerdos entrañables- el día en que Puskas le marcó un gol al portero malaguista Américo y – de propina – lo dejo baldao y cojitranco para siempre.

Contemplamos en este relato que ahora viene, un paisaje ya desaparecido de los alrededores de La Rosaleda cuando, para cruzar el río, había que pagar el óbolo exigido por los buscavidas que proporcionaban escaleras y tablas para ahorrar al hincha el rodeo. Saboreamos una tortilla de collejas que, desaparecidos los campos junto al Convento de las locas, desaparecida la receta.  Y por fin, entre Camisas Tervilor, Zapatos Segarra y Dugan Impermeables asistimos a la final del Torneo Costa del Sol del año 1963 donde se jugaban los cuartos el C.D. Málaga  y el  Real Madrid  C.F.

Cierra el artículo, internándose y centrando como Paco Gento, el también Poeta Juan Miguel González del Pino. Miel sobre hojuelas, niño!. Miel sobre hojuelas, lo que yo te diga.

Este es el artículo; saboreadlo!!

El caballero magiar

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Nunca olvidaré el día 16 de agosto de 1963, con su cielo abierto y limpio que prometía una tarde de milagro. Yo salí temprano de casa y me acerqué a lo que llamaba la avenida de las moras, por los árboles de morera que, a ambos laterales de la calzada, ornamentaban con sus abundantes verdes hojas y sus frutos rojos y negros, regalando una sombra placentera y fresca en este me metido en grados. Cercano a la avenida había un campo plagado de collejas que daba a los muros del Convento de la Locas. Fui cortando las collejas con las tiernas manos que tiene un niño de menos de diez años y me frotaba en la alegría pensando en el tortillómetro que mi madre me iba a preparar para ir a la Rosaleda, a ver la final del Costa del Sol: C.D. Málaga – Real Madrid C.F.

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Pasan unas horas y hete aquí que efectivamente me veo en GOL, con mi marmita militar de aluminio y plata que me había regalado mi primo Gervasio que había hecho la mili en el Benítez. La marmita o fiambrera constaba de dos cuerpos apilados de tortilla de collejas, tomatito picado, ajo, ¡cómo me gusta el ajo!, pan, moras y una naranja de Coín. Siempre nos quedará Coín.

 Observé en un punto del graderío a un individuo que no me quitaba ojo de encima desde una hora antes del partido y me tenía algo mosca, sus idas y venidas visuales a la fiambrera cantaba a las claras que era un «pidión». Sólo una mirada y se decantaba su hambruna. Cuando menos lo esperaba, lo tenía cercano a mi cogote: «¿Me das una mijita?», «Soy enfermo del pecho», le contesté y no le di nada; es más, di la espantada y me escondí en tribuna, dado que entraba entre la valla y el cemento del escalón. Me habían dicho que por donde pasase la cabeza pasaba el resto, y pasó con una limpieza increíble, yo manejaba por entonces pocos kilos y muchas ganas de quitarme de en medio.

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¡Qué nervios estaba pasando entre el fútbol y la marmita! Cuando cogí una clarilla, tras el segundo gol del Málaga y de Bernardi, exterminé la existencia. ¡Dios mío, qué jugosas las collejas con huevo, el tomate con su ajito picado, qué dulces las moras negras y qué carne la de la naranja de Coín!¡Siempre nos quedará Coín! y si el partido estaba emocionante, la tarde de «papeo» resultó aún más. Cuando observé en lejanía dos ojos abiertos como dos platos de loza mirándome con mal ojo y peor cara. ¡Qué se le va a hacer!, le hice ver con los brazos abiertos, la fiambrera en la mano y una ligerísima inclinación de cabeza, a la par que canturreaba «Un amigo mío» de don Emilio el Moro.

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Cuando el magiar se fue para el balón, tembló la Rosaleda; frente a él, un cancerbero ceutí propio del lugar: pelo zaino, naufragando en brillantina, bigote de verduguillo y en el último tercio de su corpachón de atleta griego: zapatos Segarra con punta Sacromonte, calcetines manolos, o sea, de nylon verde, cañas prietas y enjutos tobillos; y todo porque, con las bullas y nervios del partido, en el vestuario había olvidado borceguíes y calcetas. Se hizo la parada de su vida, quedó cojo para siempre. Aquel proyectil lanzado por el tal Ferenc impactó contra el enjuto tobillo y fue a parar al marcador simultáneo Dardo, a camisas Tervilor, llevándose, así mismo, un trozo de Dugan impermeables. ¡Qué parada, Dios mío!, y sin querer. Para siempre, el buen Américo Canas, quedó perdido de nalgas y con patente caída, y así se sostuvo muchos años en la portería como ídolo perenne en el recuerdo de los malaguistas.

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Un motocarro espera el ansiado trofeo en el patio de armas de la Rosaleda, pero éste estaba condenado para siempre al transporte de bebidas: corría mucha «coñá» por sus venas, Larios a porrillo y cerveza Victoria, malagueña y exquisita; y sus lomos de metal no gozarán del roce de un trofeo con orejas de oro, cabeza de plata y cuerpo plagado de ágatas, ónices, rubíes, zafiros, esmeraldas…y otras piedras caras y raras que nos regala la tierra.

 

Fco. Javier López Navidad, Málaga, 3-3-2014

 

¿Quién al gran zurdo de Hungría,

en una noche remota,

con denuedo detendría

el proyectil que partía

como un rayo, de su bota?

¿Quién, de penalti, el esférico,

en el aire paró fiero?:

El heroico cancerbero

del Club Deportivo, Américo.

 

Juan Miguel González

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LA GOMILLA ELÁSTICA

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 LA GOMILLA ELÁSTICA

 Universo: Bar de copas Wizz en el Barrio de Pedregalejo. Circa 1980

 Eran unos tiempos felices. Lejos de los problemas que hoy nos acucian a todos y qué – sería por la juventud- nos lo pasábamos todo por ese Arco del Triunfo que conforma “El forro de los cohonness” También llamado escroto más finamente.

 En esos primerísimos años de los 80, -acababa de salir el tema “Hoy no me puedo levantar”- bailábamos al ritmo impuesto por Radio Futura, Golpes Bajos, The Police, Eric Burdon, Men At Work, Talking Heads, Rod Sterwart, Spandau Ballet, y si se me permite una mariconada, Bronsky Beat.

 Todos estos grupos, no solo nos seguían educando el oído, sino que nos procuraban un puntiagudo  pelo tieso que causaba furor entre los modernos -que éramos- en aquella época (no era fácil salir de tu casa con determinadas pintas). Con lo de tieso, me refiero a los pelos no al escroto; aunque en determinados momentos, también.

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Por esa época, proliferaban multitud de bares por la zona de Pedregalejo; tan habituales algunos, para los del Negro Anaranjado, que más que bares parecían nuestras propias casas: El Galeón, por poner un ejemplo indiscutible. Pero había muchos más. Muchos más: Bobby Logan, Circuito 3, Plumaria (Después llamado Zambra que es donde conocí al antipático de Joaquín Sabina), Wizz, Duna, Zona, Donde, Bolivia 41, La Chancla, Zoo, S.A. Company, Brotos…. Y mil más que decoraron y honraron nuestro  prestigioso currículum vitae de bares de copas y salas de noche.

 Y estos, sólo en Pedregalejo. Porque después había muuuchos más bares en muuuchas más zonas de la ciudad.

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 Bien, la anécdota que voy a referir, aconteció en el Bar Wizz. Y esto, resumiéndolo mucho y mal, fue lo que pasó:

 Sucedió de noche cómo es natural en un bar de las características del Wizz. Si hubiese sido por la mañana muy temprano, el local hubiese sido la churrería de las Cuatro Esquinas.

 El Wizz, disponía de una amplia terraza-jardín delantera; después venía el local del bar propiamente dicho con una música atronadora, poca luz y una multitud enlatada saltando. Y al final del todo, un patinillo trasero donde no cabía ni un alfiler  y que era el sitio que solíamos ocupar por un inexplicable masoquismo  y una temeraria ignorancia del peligro. Aunque la noche de autos, estábamos con las novias -algunas eran futuras caimanes- en el patio delantero donde la música no era tan atronadora, y el apretuje no tan agobiante. Más fresquito y agradable también.

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Disponía ese patio terraza -al delantero me refiero- de unas mesas altas y algunos taburetes, también altos, que servían para que las caimanes se sentasen cómodamente y nosotros danzáramos a su alrededor más pendientes de los que sucedía alrededor que de ellas mismas; pues se encontraban en un extenuante e interminable palique.

 Tuvimos suerte esa noche -dos mesas ligamos-, dos. Y cuatro taburetes, que pasado algún tiempo, logramos aumentar hasta llegar al número de siete u ocho. Recuerdo esa noche que estábamos  El Afilao y  Sra. Su hermano el actor y Sra. Mi querido y andarín Maese Kuky y Sra. Y Santa y un servidor: el sagaz El Varisto. Asimismo, andurreaba por allí otro amigo -también componente de la Logia de los del Negro Anaranjado– al que llamaremos -para preservar su anonimato- Paquito

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Sentados estábamos casi todos alrededor de las dos mesas. Creo recordar que Paquito – volantón que era-  no se sentaba, pues se hallaba intentando la caza y captura de alguna rubicunda y sonrosada nórdica que le alegrara las pajarillas esa noche. Charlábamos todos muy animados. Las chicas con su gin tonic y/o su cervecita, y los chacales consumiendo whiskies desaforada y frenéticamente.

 Pero hete aquí que, el Señor de los Oscuros Espacios Infinitos: El Diablo, también llamado por estas tierras del sur Zatán, Bercebús, o Er Demonio Pinshapapas, puso en manos -no se sabe cómo- del obstinado y pertinaz amigo Kuky, un diabólico instrumento de tortura; que si se empleaba hábilmente, podría producir tanto sufrimiento y dolor cómo pánico y horror. El espanto más incontrolable ante el suplicio, en la victima destinataria del tormento: Una gomilla elástica!

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La cogió de inmediato, y empezó el taimado a juguetear con la puta gomita entre sus dedos. Aprisionaba un extremo con las puntas del índice y del pulgar de su mano izquierda, para -cogiendo el otro extremo con el índice y el pulgar de su mano derecha- estirarla hasta el borde de la rotura y soltando los dedos derechos, propinar tremendo latigazo al blanco elegido con el acompañamiento atronador de un espectacular chasquido: Tshack!!!!!!! que asustaba nada más oírlo.

 Así que viendo y comprobando el resultado y lo que esta nueva técnica intimidatoria le podría reportar, empezó -ante nuestra atónita mirada-  a ejercitarse en el difícil e innoble arte  del tiro con goma a la Guillermo Tell manera. No había manzana ni niño, todo hay que decirlo.

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De ese modo, empezó la exhibición y el entreno; colocaba una chapa de un botellín de Cruzcampo -de manera vertical en el cuello de este- y… Tshack!!!!!!!  mandaba la chapa a tomar por el culo tres villas más allá de la terraza donde nos encontrábamos. Ponía el ojo en el platito de snacks que había sobre la mesa y…. Tshack!!!!!!!  todas las caimanes con los pelos llenos de kikos, avellanas y garbanzos fritos…

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Veía un paquete de Winston encima de la mesa, y… Tshack!!!!!!!  al momento había 16 cigarrillos destrozados desparramados por toda la terraza con el consiguiente mosqueo del propietario. Nos apuntaba a cualquiera de nosotros, y todos nos cubríamos el careto absolutamente aterrorizados a la voz de… Joputarr!!!

 Kuky se sentía poderoso. Inmensamente invencible e invulnerable. Se sabía -Oh dioses del Olimpo- con el dominio total sobre toda la mesa y de los más amplios alrededores del Wizz. Pues poseía el arma definitiva.

 “Me encanta el olor a gomilla elástica  por la mañana”  se le oyó decir.

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En esto, llega Paquito a la mesa ciñendo la cintura de una alta y rubísima estudiante sueca llamada Agnetha, que le llevaba dos palmos. Un poco mareadilla, dedujimos al instante, pues tenía los ojos achinados y el labio de abajo (y a la boca me refiero)  someramente salido.

 – Chicosss.. Os presento a Anfeta! Dí hola Anfeta!

– Hallä!! (Hola!!)

–Es de Suecia. Dí Algo en Sueco Anfeta!

Hejärni? (Hola! que tal estáis?)

–Dile lo que te he enseñado a decir en español Anfeta!

–Tälävoii ä sshuuupärrrrrr ästa Ketercorrääässs.

– Que? Aprende rápido la joíaporculo o no! Un mostro, lo que yo os diga, un mostro!!!

 Kuky, que permanecía con las manos ocultas bajo la mesa, saca como un relámpago éstas. Estira la gomilla  al máximo, y… Tshack!!!!!!!  pega un crujío otra vez al plato de los panchitos y le llena el labio a Agnetha con tres garbanzos, dos kikos, una corteza de cerdo y un habón seco.

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Sin darnos tiempo a reaccionar, coloca la maldita gomilla  -estirada hasta el martirio- a dos centímetros de la misma nariz del atribulado Paquito.

 Éste pega un respingo hacia atrás gritando al asesino en potencia…

 – Ke ase tiiíoo?

– Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!!

– Ein?

 Por toda respuesta, Kuky, vuelve a colocarle la gomilla, esta vez entre los ojos

 – Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!! Ein?

 Vuelve a gritar  Paquito…

 – Eres gilipollas, macho?

–Que me vas a saltar un ojo!!!

 Vad händer und Paqueten? Pregunta Agnetha (Que pasa Paquito?)

– Nada! este tío que es gilipollas!

– Ein Paqueten? (me lo puedes repetir Paquito que no lo he entendido demasiado claramente?)

Den här killenären skitstövel (que este tío es gilipollas!!) Le contesta Paquito haciéndose el sueco

Ah! ärinte här! (ah! que no es de aquí!)

– Zómismo, Anfeta! Ámonos paéntro!

Paquito se va para adentro dejando a todos hechos un mar de risas, Kuky sigue jugueteando con la gomilla, hasta que de improviso- suponemos que por el desgaste aplicado al elástico- la gomilla se rompe y muere en un último estertor: Tshack!!!!!!!  Afortunadamente sin causar daño alguno.

 Sigue la velada como acostumbradamente: Las chicas con su segunda plácida ronda, y nosotros con la quinta; cuando al cabo de un buen rato vuelve Paquito con Agnetha; ésta, con más moratones en el cuello que el burro de un gitano.

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Nada más verlos, Kuky -recuérdese, desarmado e inerme- mete las manos rapidísimamente debajo de la mesa y espera la llegada de los tórtolos. Carga su arma.

– Ya estamos aquí. Estoooo… Que Anfeta y yo, nos vamos a ir para la casa que estamos algo cansaíllos, y queremos descansar;  ein Anfeta?

– Ohjamyckettrött (Oh si! mocho cansados)

–  Det gör ontliteslidan (Me duele un poco la vagina) Dijo señalándose la barriga

 Fiuuuuu!!!! Más rápido que el rayo, Kuky saca las manos de debajo de la mesa y apuntando al inclito amante, le coloca las manos justo delante -otra vez- de su aterrorizado y sorprendido careto, que exclama:

 – Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!! Ein?

– Tástonto o que!!! Ein?

– Otra vez??? Otra vez???

–Cómo no me dejes tranq…

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 Fiuuuuu!!!! Otra vez, sí!. Entre los ojos.

 –Que te meeetooo cabrónnnnn; que te meeetoo…

 Fiuuuuu!!!! Otra vez, apuntando al carrillo derecho

 Paquito que salta hacia atrás; y cogiendo impulso se avalazanza sobre Kuky intentando cogerlo del cuello.

 Que te meeeeetoooooo…Kukyyyyyyy….

Que te meeeeetoooooo…Kukyyyyyy….. íopuuuuuuuu……

 Rápidamente saltamos sobre el encolerizado amigo y le explicamos de que iba el asunto. Que no había gomilla desde hacia una hora.

 Se marchó Paquito -agotado y con un mosqueo de la hostia- mientras Agnetha le preguntaba…

 –Paketen… varför du har berättat för din kompis att knuffa det var inte vad du sa till mig att vi skulle se i ditt hem? (Paquito…eso que tu le has dicho a tu amigo de metérsela; no era lo que me habías dicho que me ibas a hacer en tu casa?

 Nusé si va a poder ser, Anfeta. Nusé si va a poder ser, le contestó Paquito  muy contrariado y apocado..

 Y se marcharon para el coche de Paquito: un Seat 127 despintao que tenia y se fueron para su casa. Cantando bajito.

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