INCONFESIONES

 

INCONFESIONES

“…se hallaba tendido en una chaisse–longue, y tenía en
su blanca mano una rosa sin perfume.”
O. Mirebau

 

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Conozco a Maripili ¡Qué barbaridad! desde los tiempos postreros del señor Don Eulalio Caballero de Verdaguer. Jefe de Protocolo que fue en, tiempos, de la Muy Noble Casa Castilolamancha. Líder y jerarca de aquel templo de la música y de la imagen que también lo fue La Cueva del Cerrado de Calderón donde tantas buenas producciones se fraguaron y tanto, tanto, sus amigos disfrutamos.

Siempre me gustó ese aspecto desenfadado y libérrimo que destilaba la moza en las fotos que yo veía de aquel domicilio que frecuentábamos a tiempo desfasado – cuando la salud del amigo común corría por los cauces debidos– pues los ambos dos, que somos ella y yo, nunca coincidimos en dicho templo en el mismo punto temporal. Lástima fuese.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Sin embargo, y a las fotos me remito, me encantaba su estilo fresco y lozano. Me atraía mucho, ese su pelo que caía –como desmadejado– cubriéndole media cara; aportando a su semblante, ese aura de misterio y ocultación de actriz de los cincuenta que tanto gustaba a Caballero de Verdaguer.

Dispone Maripili ¡Qué barbaridad! de una risa contagiosa y descarada; produciendo en el que la mira, una mezcla de arrebato y de deseo difícil de evitar. Imposible de soslayar.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

Viste Maripili ¡Qué barbaridad!  un cuerpo concupiscente y lascivo. Una figura tan atrayente y libidinosa como erótica e impúdica… Así qué, sabiendo esto, tímidamente, sacando fuerzas de flaqueza –y venciendo mis temores al rechazo y a su arrebato–  le pedí con voz bajita y cómo no quiere la cosa, el que si se prestaría a ilustrar una nueva entrega de esta serie de poesía erótica que inserto en este blog y que ahora estáis leyendo.

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

De manera inesperada (o no tanto, no se vayan a creer ustedes) Maripili ¡Qué barbaridad! se entusiasmó con la idea; y sorpresivamente, se prestó a ser la protagonista de esta performance virtual y dejar que pudierais imaginar –saliendo de su boca preñada de lujuria–  este poema  de Ana Rosetti.

Una perfecta combinación de la palabra y de la más deseable –y casi tangible– carnalidad que ahora, vais a poder disfrutar.

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Este es el poema de la Rosetti. A Maripili, ¡Qué barbaridad! … Ya lleváis un rato gozándola.

 

INCONFESIONES

Es tan adorable introducirme
en su lecho, y que mi mano viajera
descanse, entre sus piernas, descuidada,
y al desenvainar la columna tersa
–su cimera encarnada y jugosa
tendrá el sabor de las fresas, picante–
presenciar la inesperada expresión
de su anatomía que no sabe usar,
mostrarle el sonrosado engarce
al indeciso dedo, mientras en pérfidas
y precisas dosis se le administra audacia.
Es adorable pervertir
a un muchacho, extraerle del vientre
virginal esa rugiente ternura
tan parecida al estertor final
de un agonizante, que es imposible
no irlo matando mientras eyacula.

Autora del poema: Ana Rossetti

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(© de la fotografía y posado: Maripili ¡Qué barbaridad!)

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TIENE MARÍA…

 

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

TIENE MARIA…

Tiene María, cómo invitado permanente y duradero, el mar alojado en sus ojos. Lo sé, porque observándola atentamente –y dependiendo de la hora que sea del día– son azules índigo por la mañana temprano cuando el sol es aún tímido y vergonzoso. Al mediodía –y a causa de ese Terral sofocante que enfría el agua hasta impedir el baño– los ojos de María, se tornan verdes aceitunados o esmeraldas según le dé el capricho al cielo.

Llegada la tarde, no puede evitarlo y el gris ceniciento invade sus pupilas; hasta que al atardecer, su mirada se viste de un dorado resplandeciente y fulgurante y las aberturas de sus ojos derraman ríos de lava y lanzan partículas  piroclásticas de deseo, apetito y pasión, a aquellos incautos que están a tiro de esa mirada tan lasciva cómo inconsciente. Tan sensual como instintiva.

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

Tiene María la espuma del mar viviendo en su cuerpo. Fresca, apetitosa, deliciosa. Una espuma que apagaría la sed, si se tuviese la fortuna de que te permitiera beberla a tragos quedos y espaciados. Tiene María, continúo, un cuerpo que yo supongo moldeable porque eso, sin tocarlo, se nota. Dúctil y elástico; proclive a la caricia, al abrazo y al beso. Un cuerpo arrebolado por un sinfín de vistazos incontrolables de aquellos que pululan por los alrededores de su presencia física.

Tiene María, sigo diciendo, el color en su piel de la arena fina y húmeda de Cádiz. El sabor salino y fresco del agua atlántica en sus labios; el rosa mojado de esa lengua ansiada, anhelada y codiciada. Se sospecha que tiene María esa lengua viva y traviesa por la que perderías todos tus cartuchos de convicción sólo por invitarla a bailar en tu boca.

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

María (gracias preciosa!) ha sido tan gentil y benévola de remitirme esta serie de fotos para ilustrar este poema erótico de Juan Ramón Jiménez (habitual que es de esta sección) y que ahora os invito a leer:

 

LAS ROSAS PALPITABAN ENCIMA DE TUS SENOS

Las rosas palpitaban encima de tus senos
duros. Como una flora de las blancas batistas
que tus brazos rosaban cálidamente llenos,
los encajes tentaban con carnes entrevistas

¡Qué cándida lujuria en tus bucles con lazos
rojos! ¡Oh, tus mejillas, mates como jazmines,
bajo la llama negra de los hondos ojazos
sobre la pasión cálida de las rosas carmines!

Ibas hacia la vida con todo tu tesoro
intacto… Me mandaste tus pájaros de amores…
¡y te besé, temblando, tu alegría de oro
con un miedo doliente de poner tristes tus flores!

Autor del poema: Juan Ramón Jiménez

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© Fotografía y posado: María Aguilar Montoya

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EL JARDÍN DE TUS DELICIAS

EL JARDÍN DE TUS DELICIAS

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© Fotografía y posado EmeTé

Tres cosas tiene EmeTé verdaderamente notables (entre otras muchas) que la caracterizan y determinan como la mujer exquisita que es: Un precioso lunar bajo el labio, estratégicamente situado, que se le supone envanecido y ufano por eso de que su dueña y señora lo pueda lamer sin demasiada dificultad ni reparo.

Un ombligo, círculo perfecto y atrayente, que habita a una cuarta equidistante de tres conmutadores del deleite. Y unos pies pequeños e insuficientes para soportar tanta listeza y perspicacia. Tanto atractivo y encanto (cuando quiere). Tanta belleza y exquisitez (cuando no se los tocan) Tanta capacidad de seducción y embrujo (porque no puede evitarlo). Tanto talento y entendimiento (porque se lo ha currao).

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© Fotografía y posado EmeTé

Una mujer difícilmente olvidable que ahora, generosamente y por segunda vez, engalana esta entrada de poesía erótica con la impagable merced de su presencia.

Este es el poema:

EL JARDÍN DE TUS DELICIAS

Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.

Autora del poema: Ana Rossetti

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© Fotografía y posado EmeTé

LOS PIES HERMOSOS

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LOS PIES HERMOSOS

 

 La mujer que tiene los pies hermosos

nunca podrá ser fea

mansa suele subirle la belleza

por tobillos pantorrillas y muslos

demorarse en el pubis

que siempre ha estado más allá de todo canon

rodear el ombligo como a uno de esos timbres

que si se les presiona tocan Para Elisa

reivindicar los lúbricos pezones a la espera

entreabrir los labios sin pronunciar saliva

y dejarse querer por los ojos espejo

La mujer que tiene los pies hermosos

sabe vagabundear por la tristeza

 

Pies Hermosos – Mario Benedetti

Debo de reconocerme -aun sirviendo de escándalo para algún timorato y reparón- un irresistible componente fetichista en cuanto a las extremidades femeninas. Me encantan; para que negarlo.

Debo de reconocerme, otra vez y confieso, que  me gustan sobremanera los pies y las manos de las féminas. Sobretodo los pies. Y también decir, que me fijo en ellos; pues suelen manifestar y demostrar, sin quererlo, mucho acerca de esa persona. Dedos chivatos y acusicas, que -al desnudarse impúdicamente en verano- son más proclives a contar y a deslizar secretos personales de usos y costumbres. .

Esto que me atrevo a descubrir públicamente, quizás me avergonzara, si no tuviese el consuelo de que muy fiables estudios e investigaciones, aseguran que a la inmensa mayoría de los hombres nos encantan unos piececitos monos y bien cuidados. Coquetos, bonitos y presumidos. De piel suave y delicada. De planta algodonosa al tacto, si es posible.

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No sé -y lo digo de verdad- si está muy mal visto que alguien se fije descaradamente en los pies de otra persona. A mí, pensándolo un poco, me parece un poco osado y atrevido; rayando la frescura. Rozando también, la insolencia o la impertinencia. Pero, ya se sabe, que todos los tímidos somos fetichistas de los pies. Freud decía que el tímido -al agachar la cabeza- observa sin poderlo evitar, los pies de su interlocutor. Que es a esa parte del cuerpo, a la que más tiempo dedica su mirada apocada y retraída.

 No hay nada más tentador y atractivo que una chica vistiendo minifalda y calzando esas sandalias minimalistas que no ocultan nada; esas que dejan al aire, a la vista y a la imaginación esos pies hermosos y agraciados. Un muestrario carnal agrupado de cinco en cinco que, en determinados casos, desorientan, aturullan y enamoran.

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Y ellas -las que tienen los pies bonitos- lo saben. Vaya si lo saben, no hay mas que ver las fotos que multitud de estas chicas -las que sabiéndose bonitas de pies- tiran fotos sobre ellos con un fondo de mar en la playa; vestidos con esa pátina de color crema tostada que les procura el bronceado. Pintaditas las uñas con esmero. Sin bigotes. Como a ellas les gustan. Como a todos nosotros nos gustan.

 Pero tengamos cuidado y recelemos de los corderos con pies de lobo. Porque hay mucho batracio feo y antiestético escondido tras los sofisticados y acharolados zapatos de tacón alto. Refugio de esperpentos que son. Tengamos cuidado, advierto, porque las apariencias engañan; ocultas y camufladas tras el imposible y atractivo tacón de aguja. Porque muchas preciosas mujeres, disponen de unos pies horriblemente horrorosos; valga la repugnancia.  Tremendamente repelentes. Y estos, permanecen ignominiosamente escondidos a resguardo de las miradas furtivas e indiscretas. Porque, oh desdicha! no acompañan armoniosa y satisfactoriamente al resto del cuerpo.

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Hay ejemplos. Dos pongo:

 Naomi Campbell.  Naomi Campbell pasea por la pasarela con mirada atigrada. Con andares basculantes de pantera resuelta, trotona, y elegante; con una boca (un poco culopollo, todo hay que decirlo) que se asemeja a un tomate fresco y entreabierto. Con una pizca de sal -si se me permite el aderezo- que nos  proporciona la dosis justa de hipertensión cuando la vemos desfilar. Es, cuando menos, un muestrario inapelable de atractivo erótico y voluptuoso al que nadie, en su sano juicio y con las hormonas en el sitio correcto, deja indiferente.

 Pero todo ese sentimiento de deseo y admiración,  toda esa sensación complaciente, epicúrea y carnal se desvanece -como lágrimas en la lluvia (que diría Roy Batty)- al observar los tremendos juanetes que atribulan a la modelo y que compiten –el derecho contra el izquierdo- en ver cual se sale más del envoltorio de piel o de tela que es el zapato. Dos enormes protuberancias del tamaño de media pelota de ping pong la escoltan perennemente. Y es justo ahí, en el momento que te fijas en sus pies…Es justo ahí…cuando la magia se desmorona.

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No digamos de -oh terrible desilusión, y siento terriblemente matar mitos- otra de mis actrices favoritas: Uma Thurman. (pronúnciese Iuma Zerman)

 Iuma Zerman, aleja de la mente esa arrebatadora y sexy imagen vestida de cuero amarillo y esas posturas de luchadora poniendo culo respingón y sugerente,  porque – al igual que con Naomi- todo se desvanece al instante, muere de inmediato, cuando observamos la escena de Kill Bill, en la que trata de abrir una ventanilla de un coche debidamente drogada, con los dedos gordos de los pies. Un horror!

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Algo semejante a dos lenguas de jirafa! Largos hasta lo imposible. Y, aunque parezca también imposible, escoltados ambos dos por los otros dedos contiguos  que le sacan falange y media de ventaja a los mas grandes. ¡Que los Dioses no se lo tengan en cuenta!, pero podría recoger del suelo un melón con un solo pie y licuarlo hasta la extenuación.

 Cierto es que estos dos casos las revisten -a Noemi y a Uma- de una humanidad  y una cercanía de las que creíamos estaban desposeídas. Y eso, nos alegra.

 También pasa, por el contrario -porque de todo hay- que conozco mujeres no demasiado agraciadas, que tienen unas manos y unos pies preciosos. Y esto, les pone el fiel justo en el centro de la balanza.

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Pies recortaditos y simétricos. Morenos y barnizados por el sol.  Pies que  salen al aire libre a la llamada del verano. Pies frescos y lozanos, jóvenes y vivarachos. Pies hermosos que producen al andar, vaivenes de caderas y revuelo de brazos. Pies hermosos; bonitos de ver.

¿Porque… A quien no le gusta verlos pisar la arena de la playa, mientras van dejando tras ellos, las preciosas huellas de sus besos?

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