SEE YOU LATER TEODORO.

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Lo que me faltaba ya para mudarme de sitio. Después de arder (Pancho) Troya, la partida (parece que sin retorno) del periodista Teodoro León Gross, del Diario Sur ha sido la gota que ha colmado el vaso de mi paciencia y de mi fidelidad periodística. El desencadenante de mi, durante mucho tiempo, contenida “espantá”.
Hace ya bastante, que el Diario Sur de Málaga, me estaba invitando –con su cada vez más infumable línea editorial– a abandonar la lista, a la que estaba abonado, de fans incondicionales de dicho periódico. La cantidad de artículos “cortapegados” de Internet; la temática chusmeta de algunas noticias más propias de revistas vulgares y chocarreras; el conocimiento de que la empresa en Málaga está siendo desmantelada (ahora, tengo entendido, no hay rotativa y la subcontratan en Antequera) y la caída de lectores, producida ya no por la crisis, sino por las noticias chabacanas que se ofrecían, han mermado mi confianza y credulidad en mi otrora periódico de referencia en la ciudad de Málaga.

Teodoro
Ahora es el periodista –y articulista del Diario Sur– Teodoro León Gross el que se va. Ya no va a haber Mirador al que asomarse. Teodoro, no es que se vaya; es que ya se ha ido. Y eso, tal y cómo he dicho al principio, ha sido lo que me ha decidido a hacer pública mi decepción. Mi frustración y mi desencanto. Sólo el Maestro Alcántara, Pablo Aranda y mi querido amigo  Ángel Idígoras, me tienen todavía pillado a un periódico que ya ni me va ni me viene. Seguiré poniéndole más atención al otro; a La Opinión de Málaga. Donde articulistas amigos de un enorme bagaje profesional y literario, hacen que yo lo siga con el antaño y fiel interés que siempre le he dispensado al Diario Sur. See you later Teodoro. So long.

Este es el artículo de despedida de Teodoro León Gross: una magistral lección de caballerosidad, cortesía y elegancia.

Disfrutadlo.

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ultimo Teo

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“MOON RIVER”

“MOON RIVER”

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Por suerte el patito feo no soy yo, el destino quiso que fuera otro. Yo solamente soy el más torpe. Pero eso lo supe mucho tiempo después cuando la vida me enseñó sus trampas y aprendí que navegar contra corriente es difícil.

Detesto estar en este fangal rodeado de todas las especies de insectos molestos; demasiado ocupado en esconderme y encontrar la manera de evitar caer en la celada que me han tendido mis enemigos. La maraña de hojarasca que flota a mi alrededor apesta y no consigo nadar con la destreza necesaria para avanzar. No lo conseguiré…

Están cada vez mas cerca; el pie del que los dirige pisa de modo cierto y contundente; lo puedo oír con nitidez…

La oscuridad está solo rota por algunos sonidos; se percibe en la orilla el cadencioso croar de las ranas que sigue el compás de los latidos que golpean mis sienes…

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Tomo aliento en una roca azul que se me antoja protectora y sobre la que lunea un reflejo gris. Es cierto que hubo un tiempo en que fui más feliz y menos cobarde; aunque no lo recuerdo bien porque mi candidez era vivir en la absurda rutina de mi propia ignorancia. Ahora dudo de todas aquellas dichas y esperanzas en mi futuro, creo que eran solo el espejismo de proyectos que nunca llegarían a ser realidad; y la realidad está muy presente cuando le toca a cada uno de nosotros vivir un trance como este…

No se puede tener más reflexión, que la que te permite la huida, que es la prioridad.

El arma era una escopeta Beretta, modelo Xtrema2, y su capacidad de disparo 12 cartuchos en 1,73 segundos… Acertó a la primera y cinco plomos lacerantes entraron en mi cuerpo buscando insistentemente mis vísceras.

Ahora tarareo “Moon River”, aquella melodía de “Desayuno con Diamantes”; me preparo para el vuelo final de mi vida y os dedico, antes de partir al “Pataíso” mis últimas palabras, las únicas que siempre he pronunciado:”Cuá–Cuá”!

Mañana me colocarán en un féretro de porcelana serigrafiada y me adornaran con una naranja macerada con “Cointreau”… Sin epitafio. Mi esquela–menú del restaurante será:

“Pato a la Naranja”

¡Que os aproveche!

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Un Prólogo a Destiempo

Observarán Uds. que este post es distinto a todos los demás. Pues éste prólogo, no hace honor ni a su nombre ni a su cometido, a su intrínseca particularidad; porque en vez de anunciar lo que ha de llegar, va e –inusualmente– se desplaza hasta el final del escrito comentando lo que ya se ha leído. Tiene una explicación lógica: Lo que se acaba de leer merece una relectura por eso del ponerse en la piel (en el pellejo en este caso) del protagonista del relato; y así, poder discurrir mejor el quejumbroso y pesaroso alcance de esta narración. Eso mismo recomendé (a la relectura me refiero) en otro relato –aquel si que era mío– que también subí a este cuaderno de bitácora y que se llamaba “Una noche inquieta”. Sigo…

La atribulada historia que acabáis de leer ahora, la ha escrito un muy apreciado amigo: Juan Antonio O’Donnell.

Y sobre él, apunto esto:

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“Juan Antonio O‘Donnell podría parecer un atildado chef francés
o quizá jefe de pista de un circo clásico, pero es un madero en toda regla”
(Teodoro León Gross)

Conozco a Juan Antonio desde que el uso de razón y la coherencia luchaban denodadamente por hacerse inquilinos fijos en mi carácter. Yo era un rapaz –por aquella época– tímido y apocado; con esa pusilanimidad que sólo la adolescencia, con muy mala leche, te regala. Juan Antonio –con ese mostachón de Mosquetero de la Reina o de duelista de OK Corral– ya pululaba por mis alrededores con sus amigos coetáneos que eran mis hermanos mayores. Yo, ya lo he dicho antes, era un zascandil mozalbete que pensaba en cosas muy distintas de las que pensaban los que me llevaban, y separaban, un trecho (muy corto) de años.

Transcurrido el tiempo –cuando la edad adulta nos pone a todos en su sitio y desaparece física e intelectualmente la distancia que marcan los años cumplidos– Juan Antonio ya me mira y considera, como un mayor crecido, y maduro; y así, de esa manera, va y me honra y me brinda –con amplia generosidad– su amistad y confianza para siempre.

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Yo, sin embargo –ya se sabe que a los que padecemos retazos del Síndrome de Peter Pan, no les pasa el tiempo por encima a la misma velocidad que al resto de los mortales– sigo mirándolo y tratándolo con un soplo de admiración y de enorme respeto; todo ello tamizado por el cariño que desde siempre, las familias O’Donnell y Souvirón (estamos emparentados) nos hemos dispensado.

Por eso, cuando me lo encuentro –pongamos de ejemplo el último caso– en Casa Mira con un cucurucho de turrón por testigo. Y le atraco sorpresivamente, y le echo el brazo por encima, y beso a su mujer, y charlo animadamente con él, y nos vamos al Lounge del Chinitas (para ver cómo se maquilla de luz la Torre de la Catedral), cuando todo eso pasa… cuando todo eso pasa, no sé si él lo notará, pero todo eso lo hago con un orgullo indisimulado del que se sabe distinguido por la consideración de un amigo noble y honesto, deferente y honrado.

Con Juan Antonio, también suelo encontrarme cada año en las recepciones consulares de la “Fiesta de los Fuegos Artificiales” de principios de la Feria de Agosto, y cada vez que nos vemos, hacemos nuestra la leyenda de Fray Luis de León con un remedo del “Decíamos Ayer” y seguimos charlando.

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El privilegio de tener de tu parte a un Inspector Jefe del Cuerpo Nacional de Policía, a un Jefe de Prensa y Protocolo, a un reputado tertuliano televisivo y a un notable y distinguido malagueño, todo en uno, no es nada comparado con el apego, la amistad y la camaradería que, espléndida y generosamente, me dispensa cada vez que nos vemos; y que yo, le agradezco de una manera afectuosa y entrañable. Apreciada y satisfecha.

Relean “Moon River” lo leerán con otros ojos. Con otras alas. Empapados y embriagados resignadamente de “Cointreau”. Esperemos que la saga continúe, porque aquí siempre tendrá, en la mesa de mi blog, un sitio reservado. Con el permiso, esta última frase, de nuestro común Jose María Alonso.

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Nota: Excepto la fotografía, las imágenes restantes que ilustran esta entrada han sido realizadas por Robert Steiner

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