INOCENCIA Y GRACIA

LA MIRADA DEL ÁNGEL

PASTOR QUE BAJAS CANTANDO

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No llega verdaderamente la Navidad a mi blog, cuando éste se viste adecuadamente con brillos e imágenes apropiadas para estos tiempos. Cuando, al entrar en esta página, empiezan a caer falsos copos de nieve sobre el escritorio. Tampoco, cuando las luces de mi ciudad adornan sus calles con un derroche paradójico e incoherente tratando de atraer al ciudadano hacia un espíritu que ya, hace mucho, abandonó sus tradiciones en aras de otras nuevas prácticas importadas, que nada tienen que ver con nuestro carácter y nuestra particularidad.

No. La Navidad, empieza a notarse en este blog de, manera inequívoca y palpable, cuando mi querido amigo el poeta me llama por teléfono y me proporciona —con su acostumbrada generosidad— el ya tradicional villancico que sirve para felicitar estas fechas a todos los que sois habituales de este sitio.

Un honor al que me tiene mal acostumbrado.

Pero ya no digo más. Ya me callo. Pues no quiero desviar vuestra atención de las bellísimas palabras de mi apreciado Juan Miguel González del Pino. Un admirable escritor y poeta. Mucho mejor persona. Muchísimo mejor amigo.

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (II)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH.

LA CRÓNICA (II)

(EL SEGUNDO DÍA. 20 de Noviembre de 2016)

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios,
la intolerancia y la estrechez de mente”.

( Mark Twain)

“De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera.”

                                                                                (Cuco Sánchez)

 

 A MODO DE OBSERVACIÓN PRELIMINAR:

Ríanse ustedes del exoesqueleto de Adamantium del alobado Lobezno. Descojónense también, si así lo desean, del durísimo Vibranium del escudo del Capitán América, tan remono y rubito él. Ni, por favor, lo comparen con una hipotética mezcla de Dibororrenio, Nanotubos de Carbón, Carburo de Silicio y Carbino que no tengo ni la más puñetera idea de lo que son pero que, al parecer, son materiales duros de cojones.

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Poniéndome drástico, y ya exagerando muchísimo, se me permita poner de ejemplo inexcusable la canción de la insufrible Rebeca, que es dura de pelar, para indicar que la superficie más consistente, pétrea y sólida que han podido experimentar  mis demasiadas carnes en esta ya larga vida, ha sido, y no exagero, el maldito colchón que nos tocó en suerte a Santa y a mí en nuestra cama durante nuestra estancia en Marrakech.

No doubt! Duro de pelar!

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Valgan como ejemplos ilustrativos –y ya termino con mi apreciación sobre el cruel jergón–  el indicar que cuando cambiábamos de postura por la noche, sonaban “crocs” y no me refiero a nuestras pantuflas de agujeros; y que, al levantarme, y ya termino de verdad, mi parecido con una alcayata era de lo más elocuente. Menos mal que una hábil mezcla de Paracetamol y Nolotil con el fastuoso desayuno del Riad Mimoune, me recomponía someramente el cuerpo y me animaba a tirarme otra vez a la calle a seguir viviendo la fascinación y la sorpresa que nos esperaba (ahora lo sé) en nuestro segundo día de estancia en Marrakech.

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¡LOS DESAYUNOS!

Nada prepara mejor el cuerpo humano, para la jornada que se viene encima, como un reparador y delicioso desayuno. Los desayunos marroquíes, son especialmente agradables y pantagruélicos. Gansos de verdad.

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Nos damos –una vez enderezada mas o menos la espalda de Father– ducha reanimadora y reconfortante. Así que bajamos hacia el patio interior para deleitarnos con las viandas que Wallid nos servía amabilísimamente cada mañana.

Una mesa  auxiliar dispuesta con tetera, cafetera, y lechera nos esperaba. Azucarillos (que tiempo sin verlos) y chocolate e infusiones. Ocupábamos –nosotros cinco solos en el precioso patio– una mesa en la nos esperan la mantequilla, la miel con limón y la mermelada. Ese pan delicioso  que sabe a gloria y quesitos de marca ilegible. Tortitas calientes y una especie de crêpes que nosotros rellenábamos con lo que nos apetecía. Zumos de naranja, yogurt casero,bizcocho y macedonias de frutas. Otros días también nos servían unos deliciosos huevos revueltos con verduritas. Ñam!

Quiero indicar, que al menos tres cafés con leche y un par de tés con hierbabuena me predisponían buenamente para la marcha que se avecinaba; aparte del abundante condumio que también nos proporcionaba unas tremendas dosis de energía y que nos reconciliaba con el universo y con el Dios verdadero que por aquellas tierra no sabíamos bien quién era el titular.  Un placer indescriptible, ese desayuno, que hacía  que yo llegara a olvidar, momentáneamente, la infame cama de tortura que, pacientemente, me esperaba arriba por la noche.

Bien, una vez saciados nos dispusimos para el plannig previsto para…

EL SEGUNDO DÍA.

Se trataba de realizar una ruta preparada que incluía dos de los sitios más distantes de nuestro centro de operaciones que no era sino la imprescindible Plaza Jamaa el Fna.

 

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Estos dos sitios de visita inexcusable eran El Jardín Majorelle  (Rue Yves Saint Laurent) propiedad del modisto francés que daba nombre a la calle y los Jardines de La Menara que proporcionan, estos últimos, la imagen más conocida de la ciudad. También teníamos previsto visitar ese día los Zocos, la Madrasa Alí Ben Youssef (Kaat Benahid) la Mezquita de la Koutoubia (sólo está permitida por fuera para los no musulmanes) el Barrio Judío de La Mellah,  y lo que se terciase pues, ya se sabe que los plannings están hechos para romperlos. Al final, pasamos de la Madrasa pues estaba en obras y el Barrio Judío lo dejamos para el día siguiente.

Salimos del Riad. Iniciamos curiosos un paseo agradable por la zona observando cómo la vida transcurre en una zona de Marrakech todavía alejada del invasor. Somos pocos los extranjeros que se manejan por ese barrio y caminamos entre gentes del lugar y negocios destinados al consumo de los propios vecinos. Llegamos a la ya familiar plaza central.  Vuelve la magia del sonido de los tambores de los músicos. Es curioso, pero ese tam-tam es el que nos guía y nos dirige cuando estamos perdidos por los imposibles recovecos del zoco.

LA BICHA

Yo le tenía dicho y advertido al ínclito Cigalowsky que no hiciera nada que el Father no quisiera que hiciese.  ¡Sé prudente! Le aconsejé.

La primera, en la frente. En cuanto me doy la vuelta, me veo al vástago de los Gorgonzola con una serpiente en el cuello y más feliz que una perdiz (a mi hijo me refiero). Una bicha que el oportunista maltratador de animales le había colocado al chavalote a modo de foulard viscoso y frío. Se va Father –en plan Indiana Jones– raudo y ligero para arreglar el asunto con el individuo y, no se sabe cómo, acaba él mismo con el reptil aprisionándole el cuello.

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El árabe, que Alá confunda, me puso la bicha encima; yo sin reaccionar. Me indica que le apriete la cabeza para evitar el mordisco. Yo, entre el acojono y el acojono –y con la mente en blanco– le trinco la cabeza al ofidio y le aprieto tanto, tanto que en la foto se aprecian mis dedos blancos (debido al apriete) y a la bicha mirándome con cara de estar cagándose en mi tó puta madre.

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Le doy 20 Dhs. al sujeto por el magnífico rato que me ha hecho pasar y nos largamos cantando bajito.

Horas más tarde, volvimos a pasar por el mismo lugar y pude ver a la pobre culebra descansando, en un rincón a la sombra, con una bolsa de hielo en la cabeza. Al reconocerme me miró con sus ojos afilados y me lanzó débilmente un escupitajo de veneno que, afortunadamente, se le quedó colgando a modo de babazo, de su hinchado labio inferior y no llegó a alcanzarme.

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Pero… sigamos con el paseo.

Aún con el tembleque en el cuerpo, nos dirigimos paseando hasta la Plaza de la Especias con ánimo de establecer una  estrategia apropiada para los desplazamiento más alejados; estos son, ya lo he indicado antes, los Jardines Majorelle y La Menara. Estudiábamos el tomar un Grand Taxi para desplazarnos cuando de pronto, parada en la plaza, nos damos cuenta de que había una calesa tirada por dos caballos.  Nos miramos. Nos guiñamos, y allá que se fue Cris para ejercer el noble arte del regateo.

Después de arduos parloteos; muchos acuerdos y bastante más desacuerdos, convenimos con el conductor pagarle en vez de 600 Dhs. 250 Dhs. (25€) que incluía el que nos trasladara primero al alejado Majorelle, nos esperara – mucho más de una hora a que saliéramos– para trasladarnos después a La Menara, volviera a esperar, y su posterior vuelta al lugar de inicio del paseo. En total más de tres horas de servicio público. “La prisa mata” le decíamos cuando se quejaba.

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Los caballos, me miran con la una mirada preñada de “inquina equina” intuyendo lo que se les venía encima. Nunca mejor dicho. Nos subimos cuatro detrás y Cigalowsky en el pescante. Me temo lo peor. No soportaría verlo con un caballo al cuello.

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LOS JARDINES MAJORELLE

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Estos jardines, diseñados por el francés Majorelle y adquiridos por Yves Saint Laurent en 1980, son una verdadera preciosidad. La entrada cuesta 7 Euros por cabeza y merecen –por su belleza– absolutamente la pena el visitarlos.

Multitud de cactus; bosques de bambúes; estanques llenos de enormes peces de colores; rincones llenos de encanto y el azul “Chefchaouen” predominando allá donde reposase la mirada. La casa  Art–Decó que habitó en su día el modisto, una estupenda cafetería al aire libre, tienda (carísima) y una exposición de fotografías en la que se enseñaban los principios de ese lugar.

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Hicimos mil fotos y después de un buen rato de preciosos paseos, salimos en busca de nuestra calesa que, diligentemente nos esperaba fuera. Los caballos vuelven a mirarme con cara de odio. Definitivamente, no es para mí, el día del amor animal.

LOS JARDINES DE LA MENARA

Esta vez es Juanma el que se sube, diligentemente, al pescante. Precioso paseo y llegamos a los exteriores del enorme estanque. Camellos y ponies descansan por los alrededores. También me miran de soslayo; debe de haberse corrido la voz. Entramos en la explanada que da paso al estanque y allí, en un kiosquillo, nos tomamos –una vez más– un delicioso zumo de naranja y unas patatillas en una mesa debajo de un olivo centenario que el morillo que lleva el negocio nos apaña en cuestión de segundos. ¡¡¡Siéntate aquí, Alibába!!!

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No tuvimos suerte ese día. Una neblina inoportuna nos privó de la vista más magnífica de los Jardines de la Menara; aquella donde se divisa la construcción (donde, parece ser, iban los sultanes a darse el revolcón con sus odaliscas ) siempre escoltada por la impresionante cordillera del Atlas, que por cierto, ya estaba nevada según pudimos apreciar desde el avión a la llegada, y desde la misma ciudad al día siguiente. La entrada a estos jardines es gratuita. Cuando salimos, compramos en un puestecillo rodante palomitas de máiz. Nada que ver con lo que hay por estos lares, lo juro.

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Vuelta a la calesa. El teniente de caballería Juanma N’Chego toma las riendas del transporte y nos lleva magistralmente durante un trayecto mientras los animales, no sé si debido al esfuerzo o en tributo a nuestra gloriosa presencia, van soltando por el culo una larga andanada de ñoquis (Cigalowsky dixit) llenando una especie de Dodotis gigantes que llevan adosados bajo el sieso.

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Por fin, llegamos a la Plaza de las Especias. Los animales me despiden con una mezcla de displicencia  y alivio y decidimos, con muy buen tino, perdernos otra vez por el zoco dirigiéndonos hacia la Jamaa el Fna con idea de comer en un sitio que yo había elegido con un mirador impresionante sobre la plaza: El restaurante Chez Chegrouni; un lugar con una comida típica marroquí muy rica y con un precio muy ajustado. Pero antes, deberes conyugales, deberíamos de plegarnos al deseo de nuestra Santa y pasarnos por el Café Árabe (184 Rue Mouassine) para bebernos unas cervezas…

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Cris, sigue cumpliendo eficazmente con su cometido. Vuelvo a decir que gracias a su impagable dedicación, nos hace el viaje mucho más cómodo y agradable. Muy tranquilo.  Estoy pensando seriamente el llevarla a todos mis futuros viajes (o que ellos, nos lleven a nosotros).

Bien…estábamos con el Café Árabe…

El sitio, de lujo para aquellos lares, es un precioso restaurante que –¡¡cómo no!!– dispone de una terraza con preciosas vistas a la ciudad, en la que el amable camarero nos busca un sitio cómodo y confortable. Los precios, acordes con el local, sólo se lo pueden permitir los lugareños de un cierto poder adquisitivo y los turistas, que acostumbrados a los precios de sus respectivos países, no notan tanto la diferencia. 40 Dhs. la cerveza más económica que está bien rica. Father se toma un par de batidos reservándose para la noche.

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No vamos a comer hacia Chez Chegrouni; subimos a la terraza y una vez sentados cómodamente en primera fila, nos comimos un cous–cous de pollo y otro de ternera. Un buen número de pinchitos con arroz, un tajin de keftas y sopa harira. Todo eso acompañado con abundante pan (¡¡Que me gusta!!) aceitunas, patatas fritas, y tomate triturado con aceite y sal. Agua, té y dulces. 38 €. Mucho más copiosa que la noche anterior en los puestos y más barata.

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Las vistas, ya os digo, extraordinarias. Allí sentados –oyendo al Almuecín orar justo enfrente nuestra y otros tres, en la lejanía, contestándole– nos sentimos invadidos de una paz y un bienestar impensable en cualquier ciudad europea. Es un verdadero gozo. Esperamos a que la noche cayese sobre la Koutoubia y la plaza se iluminase con miles de puntos de luz que le conferían su aspecto mágico e intemporal característico. Vuelvo a indicar que es una imagen imborrable que siempre nos acompañará y que me gustaría compartir algún día  con algunos de los que estáis leyendo esto ahora.

“¡¡MUCHO CÚSCUS, ALIBÁBA!!”

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Volvemos al zoco, pues Father le había echado el ojo a unos magníficos cinturones de buen cuero que respondían a sus deseos en cuanto a calidad y tamaño. Es allí donde se fragua la mítica frase que definiría nuestro viaje. Entramos como quien  no quiere comprar nada. Pregunto; el viejo moro malandrín, sólo hacía probarme cinturones que yo sabía de antemano que me estaban estrechos. No sé con qué aviesas intenciones, me levantaba la chamarreta, me abrazaba, una y otra vez. Pasaba el cinto por mi cintura, me estrechaba entre sus brazos, y al comprobar que era chico, me decía tocándome la barriga… “¡¡Mucho cúscus, Alibába!!” y se iba a por otro sin hacerle el menor caso a mis indicaciones. Así, unas cuantas veces, hasta que yo le dije: “¡¡Antonio!!  ¡¡Éstos!!Dos cinturones magníficos me llevé por fin. De un magnífico y recio cuero fabricados por él mismo en aquel taller y probados con fuego delante mía para demostrar su autenticidad. Al final, los dos cinturones, unos cuantos magreos al progenitor de los Gorgonzola, y una frase para la historia, 15 €. Una ganga. “¡¡Mucho Cúscus Alibába!!” Ainsss…Creo que me he enamorado…

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Compramos especias  y nos vamos. Al pasar por el sitio del tipo de las serpientes, le arrojé –en un acto de compasión y justicia– un par de Nolotiles a la bicha que aún se encontraba habitando el país de la migraña. Me hizo un burla despectiva con la lengua y con los ojos enrojecidos me mandó a toma “¡Mucho Cúscus!”. Decidimos volvernos ya para el hogar (donde me esperaba el maldito colchón) tras tomarnos otros riquísimos zumos de aguacate y granada con naranja en la plaza.

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Paseábamos mirándolo todo con atención en dirección al Riad; nos comimos en el camino, en una confitería con un aspecto tirando a cutre, unas maravillosas milhojas de crema con un hojaldre exquisito y  unos crujientes dulces de  pasta brick rellenos de plátano con almendras que nos inundaba el paladar de perfume (se me perdone la mariconada). Eso del comer dulces imprablemente, es lo que tiene el viajar con el sahib N’Chego.

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Por fin, subimos para acabar el día –con un mar de risas y unas chicas cántabras que también estaban alojadas allí– a la preciosa azotea del Riad dando buena cuenta del ron y de los productos típicos de la tierra, para después, irnos a descansar y prepararnos para la siguiente jornada.

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No se lo creerán ustedes, pero el terrible cansancio pudo más que mi reticencia hacia el puto colchón y me quedé absolutamente frito en cuanto me acosté. El cansancio, o lo que fuese, es lo que tiene. Soñé con las películas Anaconda y Cabriola…

***

To be continued…

LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (I)

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LA FAMILIA GORGONZOLA EN MARRAKECH. LA CRÓNICA (I)

(PRIMER DÍA. 19 de Noviembre de 2016)

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Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos”.

(Antoine de Saint Exupéry)

“¡¡MuchoKúskus, Alibába!!”

(Anónimo)

 

Sabían en sus infinitas sabidurías, el Dios Padre de los cristianos y su coleguita Alá  de los musulmanes, que ya era el momento preciso para que la Familia Gorgonzola volviese a realizar un viaje –todos juntos en plena armonía y fraternidad– para visitar de nuevo el territorio infiel del Reino de Marruecos.

Era ya la hora oportuna, digo, pues habían sido –estos últimos tiempos– nada generosos en lo referido al pisar aeropuertos y tierras extranjeras. También se presagiaba esta salida, inolvidable por lo ilusionante que resulta siempre un viaje familiar y por la perentoria necesidad del quitar las telarañas y los pliegues que se producen –en la mente y en el ánimo– por la carencia de aires renovados y de experiencias enriquecedoras en otros ambientes distintos al usual. El cambio que le llaman.

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Antes de nada, aclarar que la Familia Gorgonzola (estos son: Father, Santa, Cris y el inefable Cigalowsky) este año había sido incrementada con un nuevo miembro tal cual es el mozo de espadas de Cris al que citaremos –como es costumbre en la saga– por su apelativo quesero: Juanma N’Chego.  En adelante Juanma para abreviar. Cinturón negro primer Dan de Kick Boxing que es, con lo que supone de tranquilizadora dicha circunstancia para el resto del grupo en determinados ámbitos aventurados de algunos países.

LA GÉNESIS DEL PERIPLO Y SUS PREPAROS.

Todo empezó un día del pasado mes de junio –cinco meses antes del inicio de la expedición– cuando comiendo en casa, Cris nos dice que van a comprar –ella y Juanma– billetes de avión a Marrakech para el lejano noviembre al precio de 20 € ida y vuelta desde Sevilla. Si! han leído bien. 10€ la ida. 10€ la vuelta. Cómo fácil es de suponer, el resto de la familia de inmediato mordemos la nuca de la pareja y nos apuntamos sin pensarlo, y sin casi consultarles la compañía, a dicho viaje. De inmediato, lo que yo te diga. Una vez aceptados en la gira (que remedio!) empezamos a preparar el tema organizativo.

Cris –con una profesionalidad digna de mención y encomio– se ocupa eficazmente de todo lo relacionado con el tour: vuelos, transfer, información relativa a estos, documentación necesaria y búsqueda de alojamiento. Además, por eso de dominar lengua extranjeras, es inmediatamente designada Guía, Directora de Regateo y Jefa de Salida del Viaje y desarrolla sus responsabilidades con un dechado de paciencia y resignación sin límite. Enormemente efectiva. Father –más adelante, pues se hace rogar– más acostumbrado a las labores de sillón y apalanque, elabora el planning de visitas y los posibles lugares de compras y condumio. Juanma es “un polvorilla”. Inquieto y siempre asertivo. Colabora con su enorme positividad y entrega. Siempre voluntarioso y predispuesto a lograr que el viaje sea (tal y como resultó) un éxito en cuanto a convivencia, tolerancia y entendimiento. Santa realiza funciones de Madre Supervisora de la Camada, catering patrio, consejera y controladora de gastos del Father Gorgonzola. y Cigalowsky que queréis que os diga… Realizador de videos, locución de medios y catering local. Cuidador siempre atento a los tropiezos de sus progenitores que, todo hay que decirlo, algunos hubo.

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Quede aclarado desde un principio, que todos queríamos vivir un viaje a un Marrakech verdadero y genuino. Nada de hoteles europeizados; nada de comidas en sitios de grandes cadenas o, ni tan siquiera, en sitios acomodados y/o utilizados para y por el turisteo. Queríamos realizar un viaje a un Marruecos auténtico (dentro de lo que cabe en una ciudad tan visitada como es Marrakech) y  a ser posible, vivir lo más alejado del ambiente occidental.

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Así pues, reservamos el alojamiento en un Riad en la misma Medina y decidimos comer allá donde la mayoría de los comensales fuesen autóctonos y nativos marroquíes haciendo caso omiso de detalles higiénicos que de ningún modo toleraríamos en nuestro país. Viajar a Marruecos, para alojarte en la parte moderna (que sólo conocimos en los trayectos del aeropuerto) en un hotel de alguna conocida cadena hotelera, y comer –por miedo a lo desconocido– en cualquier establecimiento de comida rápida tipo Burger, pizza o pollo frito, nos parecía una pérdida absoluta e irreparable de lo más puro, genuino y original de un país tan ensoñador y diferente como es Marruecos. Tan sólo nos permitiríamos, por precaución sanitaria, beber agua embotellada y solicitar vasos de plástico desechando los de uso común que estaban dispuestos en las mesas de determinados sitios. Daba un poco de asquibiri.

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Con esas premisas, nos dispusimos a organizarlo todo. Gracias a nuestra experiencia en organizar periplos y, sobretodo, a las experiencias y opiniones colgadas por viajeros anteriores en la red (mención especial a Tripadvisor y a Los Viajeros) pudimos recopilar una serie de datos que dio como resultado un estupendo planning que, el último día, al final de este relato, colgaré en PDF para el que quiera usarlo como información para futuros viajes. Visitas, lugares para comer y algunos datos más de interés general.

Para los Gorgonzola, no era esta la primera visita al país vecino del sur. Ya antes habíamos estado en muchas ocasiones por sus tierras del norte: Tánger, Tetuán, Asilah, Chefchaouen… Pero para Santa y para mí, era la primera vez que viajábamos al sur del sur; y puedo aseguraros, que la experiencia ha sido tan preciosa como reparadora. Insospechadamente encantadora y fascinante. El ambiente de la ciudad de Marrakech, ha sido de una completa tranquilidad y seguridad en cuanto a posibles temores. El atosigamiento de vendedores, guías, y captadores de puestos de comidas, se da por supuesto y asumido. El regateo –que a muchos occidentales nos avergüenza y cansa– es lo más natural (y necesario) para ellos. Por el contrario, la amabilidad en cuanto a proporcionar información, la dispensa de cortesía y la propensión a la conversación es norma habitual en aquellas tierras. Además… Cris venía con nosotros.

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“La prisa mata” dicen ellos. A nosotros. A nosotros nos mata que hemos perdido –en el camino del ficticio progreso consumista– el placer de tomarnos esta vida con las necesarias dosis de tranquilidad, calma y sosiego. Adornando inutilmente nuestras vidas con paranoias y obligaciones; con objetos tan superfluos cómo inservibles. Olvidándonos a veces de contemplar la vida desde la atalaya de la calma y la serenidad.

Vamos con el relato…

 EL PRIMER DÍA

Juanma y Cris nos recogen a Santa, Cigalowsky y a Father en casa a eso de las once de la mañana. Nosotros estábamos ya dispuestos –pertrechados con una impedimenta de bocatas, snacks y latas– para en coche, desplazarnos hasta Sevilla donde tomaríamos el vuelo directo hacia Marrakech. Salimos. Paramos en Marchena para tomarnos un tentempié (sobretodo para que Santa pudiese fumar) y llegamos a Sevilla para terminar de alimentarnos sentados en un bordillo de la carretera (a la rumana manera) a base de bocadillos de chorizo cular ibérico y lacón asado y ahumado con sus cervecitas y refrescos previendo la escasez de gorrino que se nos venía encima. Patatas fritas y “mondarinas” que si nó no sería “rumana manera” homologada. Mea la muchachada en gasolinera próxima y Cigalowsky tras un arbusto. Padre y madre, mucho mas comedidos, esperan a realizar sus necesidades en el aeropuerto sevillano.

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Llegamos al Aeropuerto de Sevilla. Un poco-bastante cutre, todo hay que decirlo, si lo comparamos con los de Málaga y/o el de Marrakech. El coche nos los recogen en “Salidas” la compañía de Parking que lo tendrá guardado durante nuestra ausencia (19 € los tres días con lavado incluido) y nos dirigimos al Checking.

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Compramos en el Duty Free Shop una botella de un litro de Ron Barceló para la prevención de infecciones estomacales;  un cartón de Chesterfield y una preciosa botellita de un té asqueroso de medio litro cuyo envase sería utilizado más tarde (ese era su verdadera finalidad)  para llevar el ron por la ciudad o por el mismo Riad para evitar suspicacias locales.

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El vuelo transcurre tranquilo y rápido (algo más de una hora de estrechez)

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y llegamos a nuestro destino. Ya estaba anocheciendo.

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La primera impresión es fantástica. El aeropuerto es moderno y bonito. Bien cuidado. El paso por aduana no representa problema alguno. Se soporta estoicamente la casi media hora de cola para el sellado de pasaporte, pero es que el flujo de viajeros es incesante.

Un consejo: en el avión a la ida, y en el aeropuerto de Marrakech a la vuelta, deberéis de rellenar un impreso como éste y que os aconsejo hacerlo tranquilamente para no tener problemas con los funcionarios.

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Los exteriores del aeropuerto son preciosos. Una vez fuera contactamos con nuestro conductor del transfer (ida y vuelta 10€ por cabeza que al final, por deferencia de la compañía, se quedaron en 6€) que nos trasladará en un enorme cuatro x cuatro  hasta la Medina y hasta la puerta de nuestro Riad. Esta es la compañía que en todo momento nos dispensó un trato tan cortés cómo práctico:

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Primer contratiempo: El chófer, puesto al habla (desde el mismo aeropuerto) con el encargado del Riad Todra –que era con el que teníamos concertada la estancia en la ciudad– nos comunica que se han olvidado de nuestras reservas y que no disponemos de habitaciones. ¡¡¡Tócate los cojones!!!  En un primer momento pensamos en la picaresca del conductor y que este nos quiere redirigir a un Riad de su confianza. ¡¡¡Craso error!! Era cierto que no disponíamos de reservas. Así que le dijimos que nos llevara al Riad primero para hablar (y comprobar in situ la situación de nuestras reservas) y en ese caso presentar nuestras quejas al encargado de dicho Riad..

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No obstante, cuando llegamos al Riad que había sufrido el olvido, su encargado, rapidamente nos comunicó que nos había encontrado otro alojamiento que, a la postre, resultó ser mucho mejor que el reservado. Aceptamos momentáneamente con la condición impuesta por Cris de ver antes las habitaciones y condiciones general del nuevo alojamiento. Riad Sidi Mamounie se llamaba el nuevo. Un sitio a diez minutos de la Plaza Jamaa el Fna, con un encargado Wallid, tremendamente amable y servicial. Nos aplican el mismo precio (El Riad Todra pagaría la diferencia) y las mismas condiciones en cuanto a alojamiento y desayunos. Muy recomendable.

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Vemos las habitaciones: Estupendas. Una azotea con vistas a la Koutubia impagables. Patio cubierto para desayunar precioso… En fin el alojamiento muy, muy bien, en todos los aspectos. A los pocos minutos de estar en nuestras habitaciones, ya lo considerábamos nuestra casa.20161119_191506

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Tal y como teníamos previsto, salimos inmediatamente después de soltar (literalmente) las maletas y nos dirigimos a la Plaza Jamaa el Fna para llenar nuestros ojos de luces; nuestras narices de aromas, nuestros oídos de sonidos y nuestras cabezas de inolvidables sensaciones que ya se quedarían a vivir para siempre en nuestra memoria. Una ciudad impresionante y extraordinaria.

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Cambiamos dinero en el Hotel  Alí muy frecuentado por extranjeros y del todo fiable. Justo a la entrada de la Plaza Jamaa el Fna. Lo recomiendo también. 50 Euros= 527 Dirhams.

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Nos adentramos en una cómoda multitud. Y se preguntarán ustedes ¿Qué es una cómoda multitud? Pues es una masa ingente de personas que ocupan un lugar por donde es posible caminar sin tropezar ni sentir sensación alguna de agobio u opresión. Así es y así lo cuento. Otra cosa son los captadores de restaurantes, pero todo eso se arreglaba con un amable Lá shokran habibi (no, gracias amigo!) y seguías tu camino.

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Decidimos cenar en uno de los puestos de la plaza. Carne. Pensamos ir al número 31 que es el recomendado para este tipo de comida (el de los pescados es el 14) no sin antes parar para tomarnos en otros puestos unos cuencos de deliciosos caracoles (a 1€ el tazón) o unos indescriptibles zumos de granada y naranja también a 1€ c/u . Repetimos caracoles y zumos todos los días restantes. El puesto 31 estaba hasta la bandera de ciudadanos marrakechíes; así que nos fuimos hacia otro en el que pensábamos que nos habían timado por el precio cobrado: 480 Dírhams o lo que es lo mismo: 48 euros mal contaos. Pero después, recapacitando… En total nos comimos entre cinco personas: 30 pinchitos (eso sí los 18 de cordero muy chiquititos) una ración de keftas con huevo y dos raciones (también pequeñitas) de salchichas; dos CocaColas dobles (que son caras) y una botella de agua mineral de litro y medio. Ellos, por su parte, nos pusieron un pan riquísimo, salsas picantes, patatas fritas y un picadillo de tomate, pimiento y cebolla…  Así que, después de pensarlo más reposadamente, llegamos a la conclusión de que no nos salió tan caro. Aunque después, comimos mucho más barato e incluso mejor…

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El cansancio ya iba haciendo mella después de tantísimo ajetreo. Decidimos pasear un poco por el zoco para ver y sentir el ambiente…

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Nos vamos hacia el Riad con ánimo de tomarnos unos rones en la terraza y fumar algunos cigarritos típicos del país (a donde fueres, haz lo que vieres) con unas preciosas vistas de la Koutoubia. Un perfecto final para un perfecto primer día.

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Mil risas y mil proyectos para los siguientes días. El viaje acababa de empezar y ya, por lo vivido ese primer día, merecía la pena el haber apostado por una ciudad tan mágica, asombrosa y fascinante como nos estaba resultando Marrakech. Una ciudad de la que he vuelto absolutamente prendado.

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To be continued…

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ARROYO DE LAS CAMPANILLAS

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EL ESPANTOSO GABINETE DEL DR. COCKROACH.

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El Espantoso Gabinete

del

Dr. Cockroach

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(No leer antes de comer)

 

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco.”


-Basado en hechos reales-.

 Puede sonar a exageración, pero puedo jurarles y les juro que ese ha sido un  sueño recurrente durante meses. Y no se crean que es porque he vuelto a leer la Metamorfosis de Kafka después de 30 años; sino que sufrí una horrible experiencia hace ya casi un año con una bandada de blatodeos, conocidos también como cucarachas, que por si no lo sabéis, son un orden de insectos heterometábolos paurometábolos de cuerpo aplanado, que miden del orden de 3 cm a 7,5 cm. Y lo de la horrible experiencia, no es el acto en si de transformarme en Jumanji exterminador cruel e inhumano; sino la obligación de tener que mantener el tipo y hacerme el héroe delante de mi hija y de mi amigo. Los dos, casualmente llamados Cuqui. Fíjense lo que es el destino!.

 

Cuento la historia:

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Mi hija, había alquilado un precioso apartamento frente al Paseo Marítimo de Málaga.

 Estaba ubicado dicho inmueble en un bloque construido en la década de los sesenta y – al margen del precioso aspecto vintage del edificio- dicho apartamento, disponía de una enorme terraza que le dispensaba a sus ocupantes unas vistas maravillosas. Lo que amariconadamente se llama unos amaneceres y atardeceres de postal.

 Cuando Santa y yo fuimos a verlo para darle nuestro consejo, nos encantó. Eso si, Santa tuvo la ocurrencia de preguntarle a la gobernanta del edificio…

 -Servanda…Aquí no habrá cucarachas, verdad?

– Aquiiiii….Noooo!!! Contestó horrorizada la gobernanta Servanda que la Diosa Cucal maldiga.

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Cris, que así se llama mi hija, estaba feliz de modo y manera que no paraba de enviar fotos a toda la familia de amaneceres, atardeceres, de oleajes, vientos y mareas. Y de vez en cuando, alguna cucarachilla que se colaba –suponíamos que por la ventana- procedente del vivero de enfrente o del cercanísimo Balneario del Carmen. Pecatta minuta.

 Las fotos de las “cuquis” se hicieron más frecuentes; y de frecuentes a diarias. En la cocina alguna enorme, en el cuarto de baño otra enorme, en el dormitorio más de lo mismo!!!! Otra enorme en …. Hasta que se hizo especialmente enojoso vivir con esa amenaza. Mejor dicho: un puto y repugnante martirio.

 Pero a base insecticidas y de otro métodos, se iba soslayando la cosa. Lo malo fue, Lo malo fue que…

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Con mi querido amigo Cuqui, suelo realizar caminatas diarias por el Paseo Marítimo por eso de mantener los niveles en sangre más o menos controlados. La noche de autos íbamos caminando cuando de pronto, recibo una llamada de Santa:

 –         Gorgón! Vete para casa de la niña que está histérica y aterrada!!! Tiene Cuquis!!!! Muchas Cuquisss!!!!

         Para tanto es? Pregunte un poco mosqueado en suponiendo la gratuidad del susto de la niña.

         Vete para allá, ya!!!!

 

De vuelta de la caminata, le dije a mi amigo Cuqui (el humano) que me iba a quedar en casa de mi hija: De Cuqui? (Cristina) me pregunto. Pasa algo? Preguntó preocupado.

 –         Tiene Cuquis!

         Vale, dale besos a Cuqui.

         Mañana nos vemos Cuqui.

         No! Te acompaño, hombre!!!

 En fin un lío. Llegamos. Subimos. Y nos encontramos a mi hija aterrada en medio del pasillo frente a la cocina subida en un banquillo. En el suelo docenas de cucarachas enormes corriendo por todas partes. Desde lo alto del calentador eléctrico caían en cascadas multitud de esos asquerosos insectos. Mi hija completamente histérica con un spray mata cucarachas en la mano- dirigía enormes chorros de insecticida hacia el boquete de encima del calentador por el que los bichos, agobiados y nerviosos, salían en tropel medio asfixiadas cayendo al suelo al golpe de clack, clak, clak. Decenas y decenas de claks.

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Mi hija, la pobre trataba de aplastarlas con un cepillo de barrer pero lo único que conseguía era trasladarlas de un rincón a otro de la cocina.

 Cuando entramos a la casa y vimos el paisaje, Cuqui (mi amigo el humano) y yo nos quedamos acojonados ante la marabunta cucarachera. Mi hija no paraba de llorar y yo -cómo no podía ser de otra manera en un padre crecido ante la dificultad de su hija- me planté de un salto en medio de la cocina, e improvisando un asqueroso Zapateado de Sarasate, empecé a machacar a las malditas infectas que morían inmediatamente machacadas con un crujido ante la contundencia del zapatazo y de mi enorme personalidad.

Le dije a Cuqui (mi amigo) que se fuese. Que Cuqui (mi hija) dormiría esa noche en mi casa. Que no se podía estar allí con tantas Cuquis (los insectos) Y así lo hizo, se fue y me dejó allí con ella. Dejamos toda la casa sumida en una irrespirable neblina de insecticida y nos fuimos a la seguridad de la casa paterna con la intención de volver al día siguiente para ver si habíamos acabado de una vez con las putas asquerosas.

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El día siguiente, volvimos, pertrechados de una pistola de silicona y su cartucho correspondiente, y de unas redecilla anti mosquitos para tapar todas las rendijas de los respiraderos de la casa y el foco del cuarto de baño.

 Llegamos a la casa. Las putas seguían recorriendo la casa en un frenético y animado guateque de antenas y patitas cortas. Vuelta al baile paterno filial, esta vez ejecutando el famoso Zapateado de La Tempranica. Decenas de víctimas otra vez. Tapo el boquete del termo. Y quito la tapa del foco del cuarto de baño. Me caen dos cuquis encima; una en el pelo y otra en el brazo desnudo, me las quito estoicamente sin duda ni estremecimiento -pues mi hija contempla a su padre cómo un héroe a sus ojos- y tapo todo boquete, Nos quejamos a Servanda que prometió fumigar, como así hizo. Las cuquis, después del fumigado, seguían saliendo- y después para que no se encontrarán solas y pareciera la casa un club de lesbianas, invitaron a unos enormes gusanos rojos que se subían por las paredes del salón. Te lo juro, Carburo!!!

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A los tres días Cris se mudó. Cada vez que Cuqui (mi amigo) y yo pasamos por la antigua casa de Cuqui (mi hija) nos acordamos de la aventura vivida. Desde aquel día el muy mamón me llama Jumanji.

 Ahora, han alquilado otra vez el apartamento. Siempre nos fijamos por si vemos a la nueva inquilina  subida en un banquillo gritando o ahorcada directamente.

 Post  Scriptum.

 Si algún día, vais, en Málaga, por la preciosa librería Mapas y Compañía de mi sobrina, preguntad por ella: Se llama Cuqui.

 Ninoninoninoninonino (música de Psicosis)

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