EDUARDO GUILLE. TRES PELDAÑOS PERO UN SOLO ESCALÓN

 

¿Quien no ha tenido en su pandilla de la niñez y adolescencia un lugar de reunión, fijo y especial, situado en algún tramo de escalera? No puedo imaginar, para los chiquillos, mejor sitio que sirva de atalaya, de  grada y atarazana que una porción escalonada que procure altura, confort y sombra en la calle. Unos escalones estratégicamente situados a tiro de vistazo de alguna casa que les provea de suministro e instrumentos musicales en los momentos más necesarios de la jornada.

Mi hijo, por poner algún ejemplo, tenía su “Escalerilla”. Mi mujer pasaba las tardes  de verano en una “Escalera” y yo, tenía una pandilla, cuyo ágora era el llamado “Escalón”. Tan importante era que la panda, no se llamaba por el nombre de la calle sino como “El Escalón”. Aunque este constase de tres peldaños.

Un grupo de amigos que constituíamos una cuadrilla experta en disfrutar una edad -la adolescencia- llena de descubrimientos y de experiencias vitales que conformarían una parte importantísima de nuestro carácter y comportamiento vital futuro. Mi pandilla de Conde Ureña: “El Escalón”.

Se preguntará el lector de este escrito… ¿Y a qué viene el rollo que nos ha lanzado el Father Gorgonzola acerca de escalinatas, peldaños y escalones?

Eduardo Guille lleva teniendo, desde hace un cierto tiempo, una prolija actividad en cuanto a su faceta de Urban Sketcher ( ya saben esa técnica del dibujo “boceteado” realizado a pie de calle) y cada día, su técnica en esta disciplina (es opinión generalizada entre los grandes de este método) va progresando y desarrollándose positivamente de una manera manifiesta e incontestable.

Eduardo Guille, mi gran amigo desde los tiempos del Reino de Conde Ureña, ha tenido a bien el regalarme un precioso dibujo donde, con la técnica Urban Sketcher, me devuelve a la memoria las preciosas  e inolvidables situaciones que viví, hace más de cuarenta años, en aquellos tres imperecederos peldaños. Aunque nosotros, injustamente, bajáramos de rango al tramo y le llamáramos simple y llanamente “EL ESCALÓN”

Una injusticia como otra cualquiera.

Esta es una selección de los últimos trabajos de Eduardo. Me encanta ser su heraldo en esto de las redes sociales. Me encanta y me enorgullece notablemente.

 

 

EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

“Ganas dan de correr y abrazarte, de llenar de castañas y almencinas tus enormes zapatones de tela peatonal, de auparme hasta tu frente y ungirla de sonetos bien mojados en vino de los Montes.”

Juan Miguel González

Cuando a la temprana edad de ocho años me mudé de la céntrica Plaza de los Mártires, para vivir en una descampada Barcenillas despojada de bloques, lo único que me consoló fue que estaba destinado a vivir en una zona de “entremontes”. Una zona despoblada, en aquellos tiempos, situada entre el Monte de Gibralfaro al sureste y el Monte Victoria al noroeste. No se me tenga muy en cuenta mi capacidad orientativa que no es muy mucho de fiar.

Debido a esa apacible y bucólica situación cuasi rústica, el terreno me obligó gratamente a vivir en un ambiente saludable y enormemente divertido. Un terreno proclive a gozar de aventuras y juegos, que de ninguna manera, podría haber vivido de haber seguido residiendo en el centro de la ciudad. Otro tanto me pasaba cuando, en mis largas temporadas en La Cañada de los Ingleses, podía zascandilear libremente por el monte entre algarrobos y Llagas de Cristo. Esta circunstancia, hizo de mi un experto en subir y bajar entornos sombríos por pinares inacabables o por zonas absolutamente soleadas, y que me procuraban vistas únicas de la ciudad, cuando –cómo solíamos hacer de chavales– subíamos a las cimas de los citados Montes de Gibralfaro y Victoria. Este último también conocido como Monte de la Tres Letras.

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Viviendo en Los Pinos (Barcenillas) no eran pocas las veces que atravesando el Reino de Conde Ureña, llegábamos hasta el Mirador que se encontraba en todo lo alto y en el comienzo del camino de tierra que llevaba al Seminario. Una vez allí, la pandilla, las más veces, hacíamos largas marchas de montañismo para alcanzar la cima del Monte de las Tres Letras. Una vez allí, en unas inclinadas y enormes lajas de piedra (La Barca grande y la Barca chica) nos tendíamos a todo lo largo y pasábamos horas contemplando cómo la ciudad – aparentemente quieta– respiraba a nuestros pies y jugábamos a situar edificios y monumentos.

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El Poeta Juan Miguel González, me llamó hace unos días para agradecerme (no hay de qué) el tratamiento que le había dado en este blog a su inspirada felicitación navideña.

Como suele pasar, la conversación con mi amigo se prolongó más de lo que permiten los horarios laborales, debido a su amenísimo e interesante palique. Salió a colación mi absoluta admiración y pasión hacia su producción costumbrista y localista. Ya se lo he dicho muchas veces, que cualquier referencia versificada sobre la Málaga que ocupó nuestra niñez, y sus bellísimos alegatos sobre negocios, paisajes o personas desaparecidas, conforman uno de las temas preferidos por este que ahora os escribe.

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Juan Miguel González tuvo a bien (Qué honor!) el proponerme ser el personaje, el actor principal, de un romance que escribiría sobre algún lugar preferido de mi niñez. Para hacerme un regalo imborrable para mi ego (no puedo negar mi parcela de vanidad) y para afinzar mi devoción inquebrantable hacia su obra. Hacia su persona. Me preguntó qué lugar estaba grabado de manera indeleble en mi memoria para situar el romance. Entre otros muchos sitios, le indiqué el Monte de las Tres Letras, y eso es lo que ahora viene. Un texto poético de una espléndida hermosura que desde ahora, formará parte del lugar más entrañable y principal de mi Muro de los Afectos.

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Para adornar esta entrada de una manera perfecta, qué mejor que hacerlo con los dibujos de otra persona –que al igual que yo– subió y disfrutó ese monte en su niñez: mi querido amigo el arquitecto Luis Ruiz Padrón. Luis, con esa generosidad inacabable que dispone hacia mí, ha tenido la deferencia de remitirme una serie de dibujos que –junto a la palabra de Juan Miguel– conforman una de las entradas más placenteras que yo haya escrito últimamente.

Este es el texto de Juan Miguel González. Estos son los dibujos de Luis Ruiz Padrón; disfrutadlos. Son una verdadera muestra de delicadeza y de elegancia. Una demostración de cariño, aprecio y amistad tan agradecido cómo inmerecido.

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EL MONTE DE LAS TRES LETRAS

Para Álvaro Souvirón

En lo alto se subía
del Monte de las Tres Letras,
Alvarito Souvirón,
con unos cuantos chaveas.

Deshojaban margaritas,
masticaban vinagretas,
cogerían almencinas
y partirían las almendras.

Caballitos del diablo
volando sobre la alberca,
y cigarrones saltando
y algún lagarto en las peñas,
iban mirando asombrados,
en su escaladora gesta,
por el agreste condado
matinal de Conde Ureña.

A contemplar se sentaban,
felices en una piedra:
la Catedral, el Castillo,
el Seminario, las huertas,
las hileras de eucaliptos,
el Camino de las Pencas,
el Puerto y el Melillero
y el mar de la Malagueta.

En su pecho de gigante,
emocionado conserva
el niño aquel que subía
al Monte de las Tres Letras,
para abrazar con los ojos
y en el alma retenerlas
la luz, la mar y los cielos
de aquella Málaga nuestra.

Juan Miguel González
Málaga. Enero 2015

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ANEXO DE ÚLTIMA HORA

Mi estimado amigo Manolo Alonso Aragón –hermano de mi íntimo amigo (Q.E.P.D.) José María Alonso– tiene a bien el proporcionarme una información que él, cómo testigo directo (era vecino en aquellos días de Conde Ureña) vivió y presenció el bautizo del Monte Victoria cómo Monte de las Tres Letras.

Esta es la información que me proporciona:

Testigo del bautizo del monte.

Hasta finales de los 50 desconocíamos el nombre original del monte. La chiquillería de la zona le llamábamos el monte de las almencinas, el de las chorraeras o simplemente el monte. Pero una buena mañana de aquellas fechas, vimos asombrados las siglas PCE (Partido Comunista de España) pintadas con cal en las grandes rocas que culminan su cima en su cara más occidental y visible desde buena parte de Málaga.

La reacción de las autoridades del régimen no se hace esperar. Apenas 48 horas después, veo desfilar por la puerta de mi casa, decenas de presos políticos; en fila de a uno a ambos lados de la calle y flanqueados por numerosos guardias civiles fuertemente armados. Todos llevaban la misma indumentaria, un mono gris plomizo y transportaban cubos, cañas, brochas, cal, cuerdas, escaleras de mano etc.
En pocas horas aquellas tres letras del monte fueron sustituidas por las de JAC (Juventud de Acción Católica) Cada dos años aproximadamente, las letras eran repintadas con la misma mano de obra.

Con el paso de los años, contemplé varias veces, cada vez con más indignación, la silenciosa y humillante procesión. Esas siglas permanecieron durante el franquismo, la transición y los primeros años de la democracia. Yo era apenas un crío, pero aquel recuerdo quedó grabado en mi mente a hierro; me acuerdo, como si fuese ayer, con todo lujo de detalles.

ALONSO05campo(Jose María Alonso en lo alto del Monte de las Tres Letras)

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POR EL REINO DE CONDE UREÑA

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POR EL REINO DE CONDE UREÑA

 Sólo si eras muy avezado en la exploración y permanecías atento a los vericuetos del recorrido, podías observar que antes de la gran curva, nacía y subía un sendero urbano con vocación de final llamado Juan Such.

 En ese universo de casas palaciegas y preciosas villas que conformaban la vía principal del Reino llamado Conde de Ureña -que también moría como toda calle noble abrazando un pinar- en medio de ese zona sin ocupar por bloques feos y antiestéticos, había un reducto poco mas o menos íntimo y reservado, personal e intransferible, que no era otro que esa cuasi pedanía que ocupaban tres o cuatro casas familiares.

 En ese espacio verde y en cuesta, viví ¡Que afortunado fui! una de las etapas más felices y divertidas de mi vida: La Pandilla de El Escalón. En la calle Juan Such, vuelvo a indicarlo.

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Siempre he sido volatera en cuanto a la pertenencia y permanencia a cuadrillas de amigos. Pero, juro por mi honor de caballero fijosdalgo, que guardo como un tesoro en mi cabeza, lo mejor de cada una de aquellas pandas; si no la amistad tangible de muchos de aquellos amigos, si el recuerdo más satisfecho y rememorante.

 De entre las escasísimas Casas dominantes en la pedanía urbana de Juan Such, La Casa Guille y La Casa Troya eran las principales y más notables. Al contrario que los Lannister y los Stark ambas Casas compartían en paz y sosiego la administración y el gobierno. Aunque no les quepa la menor duda de que poco había administrar y nada que gobernar. Se los juro por las Lluvias de Castamere.

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A la Casa Guille ya me he referido aquí muchas veces. Son amigos tan queridos como duraderos y vigentes. Ya dije en una ocasión que su casa  -y la figura de sus padres- se me antojaban como un reducto de libertad y del “dejavivir” que ni en aquellos tiempos, ni en los de ahora, eran norma de conducta habitual. Una especie de perfecto, apreciado y cordial guirigay para los afectos.

 De la Casa Troya, recuerdo también con verdadero cariño a los progenitores; Don José María y Doña Isabel. Recuerdo esas reuniones a la hora del aperitivo en la terraza charlando todos animadamente -y me incluyo- entre muchas risas. Era ahí donde yo usaba la segunda vajilla de diario de la familia que tanto gusta usar, aún hoy, al articulista Don Curro-Pancho.

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 La familia Troya, era muy numerosa; quizás por eso  -por lo arduo y largo que podía resultar la tarea de llamar a cada uno por su nombre completo- todos tenían un alias, un mote. Lo que ahora los afectados y lechuguinos llamarían “Nick”. Componían el clan: Momo…  Toto… Nenapaz… Puchucha…Joselete… Cuca… Pancho (Curro) y la última -no sé si me olvido a alguien-  Margarita; que esa era la única que no tenía Nick por ser quizás, la mas chica de la manada  o por tener nombre de combinado. Ramón, ahora!!! Sabía que había uno que se me olvidaba!!!

Los Guille sin embargo, extrañamente, detentaban nombre original y completo. Con todas sus letras: Ana Rosa…Mariajosé…Eduardo…mi querida Luisa (el culito más respingón de la pandi)…Jorge…la deliciosa Curry y, por fin y cerrando el círculo: Carmencita. Otra delicia.

Observará el lector que eran dos familias, repito, muy bastante y asaz numerosas. Se me perdone la reiteración a propósito.

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En la Pandilla de El Escalón -llamada así porque solíamos reunirnos y sentarnos en una escalerilla de apenas cuatro escalones- viví ese paso de la pubertad a la adolescencia, en un escenario de juegos por los pinares del Monte de las Tres Letras, acompañado por los primeros guateques y fiestas hippies y los primeros acordes de guitarra. Días de piscina en la Casa Troya en la que -por no faltar-  no faltaba en el jardín ni siquiera un enorme “How Long”  (Jaulón en botelliano) lleno de pájaros.

 Fiesta Hippie

Días de Moonshadow y de American Pie. De sangrías y bailes atropellados. De ensayos en el garaje de la Casa Guille. Primer beso largo con lengua regalado por una francesa preciosa llamada Sophie y que me produjo de inmediato el vergonzante “Efecto Alcayata” . De contactos con la música mas avanzada de la época de la mano de mi más mejor de entre todos los Troya: Toto. Toto, amigo que fue y que ahora duerme en el rincón del desuso y el abandono. No olvido a Julia Araújo la más guapa entre las guapas. La más lista entre las listas. La chica que mejor cantaba. La que con mejores piernas andaba.

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Hubo, porque la vida entiende de muerte, algunos amigos entrañables que se fueron para siempre: el muy querido Fernando Espinosa y el ampuloso Valentín que todo lo sabía; insufrible y repelente niño Vicente.

 Otras Casas compartían territorio: La Casa Villodres a la entrada, la de mi muy querido amigo Yeyo ( ¿donde andará? ) en la gran curva: Los Atienza. Los Márquez frente a los Troya y, por fin, que yo recuerde, la Casa de los Verdes, donde habitaba la más preciosa mujer que pudiera haber en toda la Comarca Ureñiana: Chelo. La del hoyuelo en la barbilla, la del color de ojos que, a modo de denominación de origen, daba -tirando a los azules- nombre a su apellido.

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Una gran peña de amigos. Una divertida y gran peña de amigos. Aún hoy, tengo relación con muchos de ellos; con los de la Fonda Troya, casualmente con los más pequeños, con Pancho -el llamado Curro- y con Cuca. Con los Guille, con casi todos mantengo relación o epistolar o presencial.

 No he vuelto a subir a Juan Such desde aquella época, porque -tal y como me pasó con mi querida Cañada de los Ingleses- no quiero que mi feliz recuerdo sea trastocado y corrompido por lo que el paso de los años haya podido perpetrar en uno de los lugares más mágicos y apreciados que viví en mi juventud.

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Fue una preciosa época. Unos preciosos y entrañables tiempos que aún hoy, recuerdo con enorme cariño y predilección; y saben Uds. una cosa? casa día de verano que entro en mi casa, ya caída la tarde y huelo las damas de noche, no puedo evitar retrotraerme a esa época de mis días felices en Conde Ureña. En Juan Such. Y solo me faltaría para ser completamente dichoso, saben Uds. el que? Comerme a bocados  un membrillo recién arrancado del árbol, para una vez limpio y abrillantado, saborearlo lentamente sentado en cualquiera de aquellos cuatro escalones.

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Y entonces, subo a casa, y me pongo a Cat Stevens en el equipo de música y sonrío con esa alegría triste que te proporciona la nostalgia; para poder, cerrando los ojos, volver a pasear por el Reino de Conde Ureña.

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