EL ESPANTOSO GABINETE DEL DR. COCKROACH.

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El Espantoso Gabinete

del

Dr. Cockroach

***

(No leer antes de comer)

 

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco.”


-Basado en hechos reales-.

 Puede sonar a exageración, pero puedo jurarles y les juro que ese ha sido un  sueño recurrente durante meses. Y no se crean que es porque he vuelto a leer la Metamorfosis de Kafka después de 30 años; sino que sufrí una horrible experiencia hace ya casi un año con una bandada de blatodeos, conocidos también como cucarachas, que por si no lo sabéis, son un orden de insectos heterometábolos paurometábolos de cuerpo aplanado, que miden del orden de 3 cm a 7,5 cm. Y lo de la horrible experiencia, no es el acto en si de transformarme en Jumanji exterminador cruel e inhumano; sino la obligación de tener que mantener el tipo y hacerme el héroe delante de mi hija y de mi amigo. Los dos, casualmente llamados Cuqui. Fíjense lo que es el destino!.

 

Cuento la historia:

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Mi hija, había alquilado un precioso apartamento frente al Paseo Marítimo de Málaga.

 Estaba ubicado dicho inmueble en un bloque construido en la década de los sesenta y – al margen del precioso aspecto vintage del edificio- dicho apartamento, disponía de una enorme terraza que le dispensaba a sus ocupantes unas vistas maravillosas. Lo que amariconadamente se llama unos amaneceres y atardeceres de postal.

 Cuando Santa y yo fuimos a verlo para darle nuestro consejo, nos encantó. Eso si, Santa tuvo la ocurrencia de preguntarle a la gobernanta del edificio…

 -Servanda…Aquí no habrá cucarachas, verdad?

– Aquiiiii….Noooo!!! Contestó horrorizada la gobernanta Servanda que la Diosa Cucal maldiga.

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Cris, que así se llama mi hija, estaba feliz de modo y manera que no paraba de enviar fotos a toda la familia de amaneceres, atardeceres, de oleajes, vientos y mareas. Y de vez en cuando, alguna cucarachilla que se colaba –suponíamos que por la ventana- procedente del vivero de enfrente o del cercanísimo Balneario del Carmen. Pecatta minuta.

 Las fotos de las “cuquis” se hicieron más frecuentes; y de frecuentes a diarias. En la cocina alguna enorme, en el cuarto de baño otra enorme, en el dormitorio más de lo mismo!!!! Otra enorme en …. Hasta que se hizo especialmente enojoso vivir con esa amenaza. Mejor dicho: un puto y repugnante martirio.

 Pero a base insecticidas y de otro métodos, se iba soslayando la cosa. Lo malo fue, Lo malo fue que…

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Con mi querido amigo Cuqui, suelo realizar caminatas diarias por el Paseo Marítimo por eso de mantener los niveles en sangre más o menos controlados. La noche de autos íbamos caminando cuando de pronto, recibo una llamada de Santa:

 –         Gorgón! Vete para casa de la niña que está histérica y aterrada!!! Tiene Cuquis!!!! Muchas Cuquisss!!!!

         Para tanto es? Pregunte un poco mosqueado en suponiendo la gratuidad del susto de la niña.

         Vete para allá, ya!!!!

 

De vuelta de la caminata, le dije a mi amigo Cuqui (el humano) que me iba a quedar en casa de mi hija: De Cuqui? (Cristina) me pregunto. Pasa algo? Preguntó preocupado.

 –         Tiene Cuquis!

         Vale, dale besos a Cuqui.

         Mañana nos vemos Cuqui.

         No! Te acompaño, hombre!!!

 En fin un lío. Llegamos. Subimos. Y nos encontramos a mi hija aterrada en medio del pasillo frente a la cocina subida en un banquillo. En el suelo docenas de cucarachas enormes corriendo por todas partes. Desde lo alto del calentador eléctrico caían en cascadas multitud de esos asquerosos insectos. Mi hija completamente histérica con un spray mata cucarachas en la mano- dirigía enormes chorros de insecticida hacia el boquete de encima del calentador por el que los bichos, agobiados y nerviosos, salían en tropel medio asfixiadas cayendo al suelo al golpe de clack, clak, clak. Decenas y decenas de claks.

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Mi hija, la pobre trataba de aplastarlas con un cepillo de barrer pero lo único que conseguía era trasladarlas de un rincón a otro de la cocina.

 Cuando entramos a la casa y vimos el paisaje, Cuqui (mi amigo el humano) y yo nos quedamos acojonados ante la marabunta cucarachera. Mi hija no paraba de llorar y yo -cómo no podía ser de otra manera en un padre crecido ante la dificultad de su hija- me planté de un salto en medio de la cocina, e improvisando un asqueroso Zapateado de Sarasate, empecé a machacar a las malditas infectas que morían inmediatamente machacadas con un crujido ante la contundencia del zapatazo y de mi enorme personalidad.

Le dije a Cuqui (mi amigo) que se fuese. Que Cuqui (mi hija) dormiría esa noche en mi casa. Que no se podía estar allí con tantas Cuquis (los insectos) Y así lo hizo, se fue y me dejó allí con ella. Dejamos toda la casa sumida en una irrespirable neblina de insecticida y nos fuimos a la seguridad de la casa paterna con la intención de volver al día siguiente para ver si habíamos acabado de una vez con las putas asquerosas.

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El día siguiente, volvimos, pertrechados de una pistola de silicona y su cartucho correspondiente, y de unas redecilla anti mosquitos para tapar todas las rendijas de los respiraderos de la casa y el foco del cuarto de baño.

 Llegamos a la casa. Las putas seguían recorriendo la casa en un frenético y animado guateque de antenas y patitas cortas. Vuelta al baile paterno filial, esta vez ejecutando el famoso Zapateado de La Tempranica. Decenas de víctimas otra vez. Tapo el boquete del termo. Y quito la tapa del foco del cuarto de baño. Me caen dos cuquis encima; una en el pelo y otra en el brazo desnudo, me las quito estoicamente sin duda ni estremecimiento -pues mi hija contempla a su padre cómo un héroe a sus ojos- y tapo todo boquete, Nos quejamos a Servanda que prometió fumigar, como así hizo. Las cuquis, después del fumigado, seguían saliendo- y después para que no se encontrarán solas y pareciera la casa un club de lesbianas, invitaron a unos enormes gusanos rojos que se subían por las paredes del salón. Te lo juro, Carburo!!!

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A los tres días Cris se mudó. Cada vez que Cuqui (mi amigo) y yo pasamos por la antigua casa de Cuqui (mi hija) nos acordamos de la aventura vivida. Desde aquel día el muy mamón me llama Jumanji.

 Ahora, han alquilado otra vez el apartamento. Siempre nos fijamos por si vemos a la nueva inquilina  subida en un banquillo gritando o ahorcada directamente.

 Post  Scriptum.

 Si algún día, vais, en Málaga, por la preciosa librería Mapas y Compañía de mi sobrina, preguntad por ella: Se llama Cuqui.

 Ninoninoninoninonino (música de Psicosis)

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MIS FELICITACIONES

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MIS FELICITACIONES.

 Pensaba felicitaros, esta fiestas de Pascua, con algún mensaje alegórico a los tiempos que nos ocupan. Ya sabéis, esos manidos mensajes (que por muy bien escritos que estén, no dejan de ser manidos) típicos y característicos; sazonados de buenos deseos y de benévolas intenciones.

 Pero vive Dios (mañana, dicen los confiados, que más que nunca) que me era imposible el encontrar palabras con un mínimo atisbo de personalidad. Pues todas ellas están tan gastadas por el uso, que adolecen de la originalidad anhelada.

 En eso estaba, cuando mi muy querido amigo el Poeta Juan Miguel González del Pino, tiene a bien desearme una Feliz Navidad –desde lo más hondo de su corazón- con lo mejor y más valioso que él tiene: Su inimitable creatividad poética puesta al servicio de la amistad y el aprecio hacia el amigo.

 Y tanto se lo agradezco, tanto, tanto se lo agradezco, que comparto con su permiso concedido (no me niega nada, y se lo agradezco) esas letras con todos los míos.

 Sed felices, queridos. Sed felices, procuradlo; ya sé que no es fácil. Tan sólo os deseo aquello a lo que vosotros mismos aspiréis. Sed felices;  aunque vivamos en un jardín estéril, vacuo e improductivo, sed felices, procuradlo; ya sé que no es fácil, pero intentadlo. Yo de momento –y para que os sirva de arranque- voy a regalaros…

 

ESTA FLOR DE DICIEMBRE

 Hace frío esta noche, misteriosa señora,

y, ateridas, regresan las palomas del río.

Orvalla en la glorieta del huésped de Veruela,

y de anís se mojaron los viejos villancicos.

 ***

Siempre sueño, señora, que nieva en estos días,

que dejará en mi puerta su corona de acebo,

porque sé que una vez nevó en su adolescencia

y el estanque cubrió de violetas de nieve.

***

Nunca deje, madona, de ser lo que usted es:

un dulce petirrojo en la tumba de Dickinson.

No escuche el verso muerto ni ceda a la lisonja,

y sea su abierto ser un claro Ave María.

 ***

Hace frío, señora. Desde siempre hace frío,

y no tengo otra cosa que esta flor de Diciembre.

Qué hacer con tanto amor, con tanta mansedumbre,

si no soñar que cae lentamente la nieve.

 ***

                                                             Juan Miguel González

                                                            Málaga, Navidad de 2013

VUELVE LA NAVIDAD A CASA GORGONZOLA. 2013

VUELVE LA NAVIDAD

A CASA GORGONZOLA.

 2013

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LOS CUATRO, LOS CUATRO…

SIEMPRE LOS CUATRO

 Lo reconozco; soy muy tradicionalista, mucho. Pero no se confunda esa condición con la de ser conservador; háganme Uds. el favor.

 Digo tradicionalista, porque a pesar de que tengo la capacidad -de la cual me satisfago- de fusionar y hacer convivir costumbres nuevas con las adquiridas y asumidas en todo mi periplo vital, no sólo no reniego de estos hábitos, sino que además trato de imbuirlos y traspasarlos a mis hijos para que sigan dando la tabarra, con mis manía y mis querencias, a los que hayan de venir detrás de mí.

No se me confundan Uds. háganme el favor, y crean que les estoy hablando de clasicismo trasnochado o folklore casposo; de prácticas anticuadas o de pasado nostálgico. Estoy hablando de conservar las raíces, y los usos y los modos, en los que fui criado y educado y que -orgullosamente- aún trato de mantener.

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Adoro algunas prácticas que me resultan absolutamente gratificantes: La costumbre de mis cuñados de que me regalen un jamón ibérico en Navidades (habrá cosa más bonita?) o la de los otros, que desplazados a mi domicilio, me cocinan una inimitable orza de lomo en manteca para que nos acompañen y acaricien el paladar las frías tardes de Invierno (habrá otra cosa más bonita?) También me encanta esa tradición de asistir a la Fiesta de los Villancicos cada año a Casa de los Gaviño-Spinner, para que una vez acabando con las viandas y los licores, Margarita nos haga entrega a los Gorgonzola (en petit comité y ocultos de miradas envidiosas y suspicaces) de una caja llena de galletitas hechas por ella misma a la suiza manera; cómo no podía ser de otra forma.

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Me fascina que vengan Titi y Ana a visitarnos cargadas de ellas mismas, que ya es bastante. Porque bailaremos y reiremos hasta desfallecer. Desfallecer de puro contento, que es cómo a nosotros nos mola. Comprar dulce de los conventos con Maxi y Pepa; y que vengan Jóse y Silvia a abrirnos el jamón y a beberse mi reserva de Ron. Que venga. por fin, mi hermano Fernando y su manada, para hacerlo llorar; tanto de risa cómo de ternura y emoción. Cómo a él le gusta.

Me encantan también esas costumbres -que a fuerza de ejercer cómo tal, se transforman en tradiciones- como es la de mi querido amigo Fernando Damas que, cada vez que nos reunimos con la Logia del Negro Anaranjado, tiene a bien el obsequiarme con botella de ron de la más alta excelencia.

Me gusta esa nueva costumbre que tiene mi hija Cristina -desde que se emancipó- que es esa que nos traiga churros para desayunar cada domingo por la mañana. Para aliviar indeseadas, pero gloriosas, resacas sabatinas. Los cuatro otra vez juntos.

Me gusta adornar la casa por Navidad. Cada Puente de la Inmaculada y de La Constitución.Me gusta.

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Adoro que los Gorgonzola nos reunamos los cuatro -siempre los cuatro- y que Cris, nos haga más galletitas de mantequilla que dispondremos en bandejitas ad-hoc junto a otra bandeja de porcelana centenaria de mi abuela Matilde, sobre la que reposan algunas botellas de espirituosos que darán su vida en martirio por atender a mis invitados cómo ellos se merecen.

Me gusta preparar la fondue de queso que la familia nos zamparemos en el intervalo del almuerzo; mientras descansamos de instalar las luces de las ventanas que adornan e iluminan la calle desde nuestro salón. De colgar guirnaldas y flores de Pascueros. De llenar la casa de villancicos. Una música que cada año se debate en una lucha  feroz y sin cuartel entre Frank Sinatra y Manolo Escobar; según sea Father o Santa quien disponga el ambiente. Cris en mi bando; Cigalowsky en el bando contrario con su madre.

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Este año estoy contento, y mucho. Pues hemos decidido recuperar una tradición que teníamos ciertamente abandonada desde hace ya algunos bastantes años. Montar el Belén. Con permiso, claro está, de Paco Martínez Soria.

P1190337(Nótese algún intruso en el Belén; los encontráis?)

Desde que los tiernos infantes crecieron, se abandonó dicha costumbre que éste año, ya te digo, vamos a recuperar. Pero no sólo esa; sino también la de desplazarnos -tijera podadora en mano- a nuestro Monte de San Antón y traernos para casa un abundante acopio de ramas de algarrobo, de pinos y de lentiscos. Enormes manojos de tomillo y de romero; de naranjas cachorreñas y de piñas de abetos. Musgo verde y húmedo; piedras llenas de manchas blancas y amarillas de líquenes. Todo un botín botánico natural que compondrá un escenario, fresco y perfumado a campo, donde se situarán las figuras de barro que en su día el Father Gorgonzola compró – hace ya la friolera de medio siglo- en una ya irretornable Plaza de la Merced abarrotada de puestecillos de Navidad, Circa 1963. Todo un botín botánico natural, ya os digo, que coronará también los muebles que desde hace mucho más de un siglo, acompañan la vida de la familia Souvirón y que cada año, al realizar este rito, saben que han cumplido un año más de vida vivida. Yo me entiendo.

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Así que este año, la Casa Gorgonzola -cómo cada mes de Diciembre- otra vez se vuelve a vestir de luz y de Navidad. Y esperará, impaciente y nerviosa, a que los regalos vayan apareciendo -de manera encubierta, pausada y misteriosa- a los pies de nuestro Árbol. Para que el día de Reyes (Santa Claus Go Home!) comiéndonos unos trozos de roscón de la Confitería La Exquisita, (todo es tradición) los abramos en un mar de ilusión, de sorpresa y fascinación. De amor. Los cuatro, los cuatro; siempre los cuatro.

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 Porque ya es Navidad en Casa de los Gorgonzola. Ya es Navidad!

***

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